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Textos sobre Pérez-Reverte

La Reina del Sur: el poder de un libro

01/8/2011

La Reina del Sur

(En 2004 entré a dar clases a una prepa que intentaba ofrecer oportunidades a jóvenes que no habían encontrado cabida en el saturado sistema educativo de educación media superior de la Ciudad de México. Me encontré con muchas historias, todas interesantes, muchas trágicas. También me encontré con Beatriz Benito, una estudiante que lo volvía a ser en una segunda oportunidad y con una vida complicadísima, en comparación con la de la mayoría de los estudiantes de prepa. Cuando ella estaba a punto de claudicar, recordé que yo había leído una novela en donde se hablaba de una mujer que había conseguido superar su condición a partir de la lucha constante y el enfrentamiento a los obstáculos. Se la regalé. Nunca me imaginé que ese libro le cambiaría la vida. Tanto así que su ensayo de postulación para certificarse (en el lugar en el que trabajo los estudiantes están obligados a presentar una especie de tesis) giraba alrededor del personaje central de la novela y la relación con el proceso del camino del héroe descrito por Joseph Campbell. Pero lo más importante, desde mi punto de vista, no fue el análisis literario de la obra, sino el testimonio de la forma en que la novela había influido en su vida. Les dejo acá la parte final de su trabajo).

Alatriste: el clásico, los clásicos

FRANCISCO RICO | ELPAIS.COM - 22/5/2009

Ensayo. No basta decir que el Pérez-Reverte de Alatriste (o el Alatriste de Pérez-Reverte) es ya un clásico: conviene precisar que lo es por más de una razón.

Pérez-Reverte: El lector de batallas

JUAN CRUZ | El País - 17/6/2008

Vestido de negro, con camisa blanca, abierta, subió de un salto al estrado, le devolvió a su presentador, el crítico José María Pozuelo Yvancos, su móvil y un bolígrafo que éste se había dejado sobre la mesa, y se lanzó a dar mandobles; no dejó títere con cabeza Arturo Pérez-Reverte. Contra esto y aquello, parecía el Capitán Alatriste, aunque alguna vez tuvo ráfagas de El pintor de batallas, su creación más melancólica y, si esto se puede decir, más tierna, más interior, más reposada.

Quevedo y Alatriste

JOSÉ MARÍA POZUELO YVANCOS - 29/11/2007

A siete de diciembre, víspera de la Concepción de nuestra señora, a las diez y media de la noche, fui traído en el rigor del invierno, sin capa y sin una camisa, de sesenta y un año, a este convento Real de San Marcos de León, donde he estado todo el dicho tiempo con rigurosísima prisión, enfermo por tres heridas que con los fríos y la vecindad de un río que tengo a la cabecera se me han cancerado, y por falta de cirujano y no sin piedad, me las han visto cauterizar con mis manos [...].  

Lenguaje corporal en El capitán Alatriste

ANTHONY PERCIVAL - 22/11/2007

El lenguaje corporal, término acuñado recientemente, está en realidad presente a través de la historia; en la época clásica, por ejemplo, se encuentra en la obra de Séneca, La ira (Korte 1997: 251). En los últimos decenios se habla más del lenguaje corporal tanto a nivel popular como académico y existen muchos estudios que lo investigan en los campos de la psicología, la psicología social, la historia, la sociología, la antropología y la literatura.

Las armas y las letras: El mundo de la cultura en Las aventuras del capitán Alatriste

JUAN CANO BALLESTA - 20/11/2007

Uno de los más grandes retos a que se enfrenta todo novelista al crear su obra es el diseño y definición de cada uno de sus caracteres, la manera de presentarlos y dotarlos de rasgos individuales, el modo de situarlos en un entorno apropiado y el saber hacerlos, si no atractivos, al menos claramente convincentes para el lector. Y es que estos personajes son decisivos para retratar el tipo de sociedad que se nos va a presentar a lo largo de la narración y encarnan los valores éticos y sociales que, incluso sin intentarlo, van a traslucirse a través del texto, y la vigencia y atracción que van a irradiar sus mensajes. Parece ser que uno de los rasgos más notables de esta serie novelesca es, como se sabe, la desmitificación de todo heroísmo y de los mismos enfrentamientos bélicos, que han sido objeto de tantos cantos y poemas épicos desde tiempos remotos dentro de la cultura occidental. Arturo Pérez-Reverte, tras sus tremendas experiencias como reportero y testigo de las más crueles guerras de nuestro tiempo (Líbano, Sudán, Mozambique, Angola, la primera guerra del golfo, Croacia, Bosnia, etc.), "se propone erradicar el germen romántico del heroísmo". Lo que él ve en las guerras es sangre, muerte y destrucción; no llega a vislumbrar ninguna aureola o resplandor de gloria en los que valientemente luchan por una causa ni tampoco en sus víctimas. Como dice Philippe-Jean Catinchi "il n'y avait pas la moindre trace de gloire sur le soldat que gémissait, la tête bandée et la figure dans les mains." Incluso el narrador Íñigo, que con la mirada inocente de sus jóvenes años admiraba en el capitán Alatriste a un Aquiles, un Héctor o un héroe homérico, con el tiempo va adquiriendo una visión más sobria y profunda, que también es más amarga. Como dice el propio Pérez-Reverte en una entrevista con Juan Cruz: "Alatriste es Ulises sin Ítaca a la que volver bajo un cielo sin dioses". Es la total desesperanza.

Alatriste en el corral de comedias

CÉSAR OLIVA - 20/11/2007

Diego Alatriste, ese falso capitán de Flandes que se mueve por las calles del Madrid de los Austrias menores, por una Corte en cuyo horizonte empezaba a ponerse el sol como en cualquier nación europea, Diego Alatriste, digo, deambula por una serie de decorados tan reconocibles como veraces. Este oscuro personaje anda desde la Puerta de Toledo a los límites del Buen Retiro, desde la calle del Lobo hasta las huertas del Duque o de Juan Fernández, desde la cuesta de la Vega al sombrío callejón de Cantarranas. La geografía urbana de ese soldado que luchó en la toma de Mastrique es la más variopinta y real que el lector puede suponer. Su autor, y mentor, bien que se documentó para lograr esa sensación tan grata que es creer que todo lo que pasa pudo haber sido cierto, aunque el lector sabe que no es más que una mentira con coloratura de verdad. Su autor, y mentor, sigue y persigue esa técnica que trajera a la castellana lengua aquel monstruo de la narración por buen nombre Benito Pérez Galdós, que no es otra que la de mezclar ficción con realidad. Como veremos a continuación, no es ésta una fórmula circunstancial, sino que se repite a lo largo de la serie con implacable regularidad.

El compromiso ineludible del capitán Alatriste: reivindicación filológica y literaria de la saga

JUAN CARLOS PAREDES - 20/11/2007

Confieso que el comienzo de El capitán Alatriste me enganchó de inmediato. Se cumplía aquella máxima de Cecil B. De Mille: "una película debe comenzar con un terremoto y de ahí para arriba". Su primera frase es antológica: marca el carácter de su personaje, define el estilo de la novela y advierte precisamente sobre el tono moral de lo que vamos a leer: "No era el hombre más honesto ni el más piadoso, pero sí era un hombre valiente." (Pérez-Reverte 1996: 11). Terminado el libro, se percibe que, verdad es, no parece el más honesto, pero también es cierto que si tiene que matar, robar o mentir por unos ideales, por una necesidad o por un amigo, este tipo, cuyos principios y valores se orean en las cicatrices de su piel, no dudaría en hacerlo. Su catadura moral es, pues, peculiar, por no decir dudosa, pero humana, y acorde con los años y el lugar que le ha tocado habitar, y resistir. En esas estábamos, hasta el mes de septiembre de dos mil cuatro. Recuerdo que, por aquellas fechas, andaba yo releyéndome El oro del rey, por la que siento especial devoción, a la espera de la anunciada aparición en octubre de Cabo Trafalgar, siguiente novela de Arturo Pérez-Reverte. Lo recuerdo bien porque aquellas calurosas jornadas coincidieron con el Fórum de Barcelona, donde sabía que iba a intervenir el escritor cartagenero. Y lo recuerdo aún mejor porque, terminándome la citada cuarta entrega, leí un artículo del propio Pérez-Reverte, inmediato a su participación en el Fórum, en el que se había tratado el compromiso moral y social del autor con su obra, que, confieso, me hizo sentir un inesperado escalofrío. Inesperado porque su contribución al debate había sido firme, lúcida y, como es habitual en él, valiente, llamando a las barras de pan, pan, y a las botellas de vino, vino: no se cortó un pelo al expresar que "el compromiso moral no es un ingrediente necesario dentro de la receta de la literatura, puesto que hay perfectos hijos de puta que escriben muy bien", y apuntó también que "las únicas normas de la literatura son sujeto, verbo y predicado". Tras semejante declaración de filosofía literaria y límpido compromiso con la verdad, el único al que, en mi opinión, se debe el escritor, yo me quedé tranquilo y me dije: ¡este es mi Arturo! Coherente como siempre: a decir verdad, no esperaba menos del autor que tuvo los redaños de escribir la biografía más o menos novelesca de una narcotraficante, sin una sola concesión legislada a la moral, sin falsos rellenos y felizmente ajeno al qué dirán las instituciones sociales y culturales tan políticamente correctas -terminacho al uso- que gozamos en este país. Sin embargo, en el escrito que nuestro novelista entregó unas fechas después a la prensa, glosando con sencillez y contundente claridad todo lo declarado previamente en Barcelona, aparece un párrafo que fue el culpable de mi súbito escalofrío -por demás infundado, como veremos más tarde-.

Alatriste, capa y espada

LUIS ALBERTO DE CUENCA - 19/11/2007

Soy un fan irredento de Alatriste en cuanto saga y en cuanto que supone la resurrección de un subgénero narrativo, el folletín, que está en el centro de mis intereses como lector desde que comencé a serlo en serio, hace casi cincuenta años. Alatriste es un folletín. ¿Y qué demonios es un folletín? Veámoslo sin más demora, teniendo en cuenta que el ámbito en que nace, crece y se desarrolla el folletín es, fundamentalmente, francés, y que es en el seno de la literatura francesa del siglo XIX donde hemos de ir en busca de los principales modelos temáticos y estilísticos de la escritura alatristesca, por más que mi admirado Arturo Pérez-Reverte beba en fuentes plurales y diversas, pues para él, como para el personaje de Terencio, «nada de lo humano le es ajeno». Las letras francesas decimonónicas constituyen, por lo demás, un territorio por donde siempre he discurrido con gusto e interés.

Personajes singulares de El capitán Alatriste

JOSÉ LUIS MARTÍN NOGALES - 19/11/2007

Hace unos años, recién publicado El caballero del jubón amarillo, leía yo el primer capítulo de aquel libro, que empieza contando que "a Diego Alatriste se lo llevaban los diablos", porque "había comedia nueva en el corral de la Cruz, y él estaba en la cuesta de la Vega, batiéndose con un fulano de quien desconocía hasta el nombre" (Pérez-Reverte 2003: 11). Estrenaba comedia Tirso y toda la ciudad estaba en el teatro. Y por supuesto, Íñigo Balboa, sentado junto a Quevedo. Sobre el escenario apareció la actriz María de Castro, "hembra briosa, de buenas partes y mejor cara: ojos rasgados y negros, dientes blancos como su tez, hermosa y proporcionada boca. Las mujeres envidiaban su belleza, sus vestidos y su forma de decir el verso. Los hombres la admiraban en escena y la codiciaban fuera de ella; asunto éste al que no oponía reparos su marido, Rafael de Cózar" (Pérez-Reverte 2003: 25). ¡Rafael de Cózar! -volví a leer-. Porque este nombre no me era desconocido.

Foto de Arturo Pérez-Reverte

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