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Textos sobre Pérez-Reverte

El compromiso ineludible del capitán Alatriste: reivindicación filológica y literaria de la saga

JUAN CARLOS PAREDES - 21/11/2007

Confieso que el comienzo de El capitán Alatriste me enganchó de inmediato. Se cumplía aquella máxima de Cecil B. De Mille: "una película debe comenzar con un terremoto y de ahí para arriba". Su primera frase es antológica: marca el carácter de su personaje, define el estilo de la novela y advierte precisamente sobre el tono moral de lo que vamos a leer: "No era el hombre más honesto ni el más piadoso, pero sí era un hombre valiente." (Pérez-Reverte 1996: 11). Terminado el libro, se percibe que, verdad es, no parece el más honesto, pero también es cierto que si tiene que matar, robar o mentir por unos ideales, por una necesidad o por un amigo, este tipo, cuyos principios y valores se orean en las cicatrices de su piel, no dudaría en hacerlo. Su catadura moral es, pues, peculiar, por no decir dudosa, pero humana, y acorde con los años y el lugar que le ha tocado habitar, y resistir. En esas estábamos, hasta el mes de septiembre de dos mil cuatro. Recuerdo que, por aquellas fechas, andaba yo releyéndome El oro del rey, por la que siento especial devoción, a la espera de la anunciada aparición en octubre de Cabo Trafalgar, siguiente novela de Arturo Pérez-Reverte. Lo recuerdo bien porque aquellas calurosas jornadas coincidieron con el Fórum de Barcelona, donde sabía que iba a intervenir el escritor cartagenero. Y lo recuerdo aún mejor porque, terminándome la citada cuarta entrega, leí un artículo del propio Pérez-Reverte, inmediato a su participación en el Fórum, en el que se había tratado el compromiso moral y social del autor con su obra, que, confieso, me hizo sentir un inesperado escalofrío. Inesperado porque su contribución al debate había sido firme, lúcida y, como es habitual en él, valiente, llamando a las barras de pan, pan, y a las botellas de vino, vino: no se cortó un pelo al expresar que "el compromiso moral no es un ingrediente necesario dentro de la receta de la literatura, puesto que hay perfectos hijos de puta que escriben muy bien", y apuntó también que "las únicas normas de la literatura son sujeto, verbo y predicado". Tras semejante declaración de filosofía literaria y límpido compromiso con la verdad, el único al que, en mi opinión, se debe el escritor, yo me quedé tranquilo y me dije: ¡este es mi Arturo! Coherente como siempre: a decir verdad, no esperaba menos del autor que tuvo los redaños de escribir la biografía más o menos novelesca de una narcotraficante, sin una sola concesión legislada a la moral, sin falsos rellenos y felizmente ajeno al qué dirán las instituciones sociales y culturales tan políticamente correctas -terminacho al uso- que gozamos en este país. Sin embargo, en el escrito que nuestro novelista entregó unas fechas después a la prensa, glosando con sencillez y contundente claridad todo lo declarado previamente en Barcelona, aparece un párrafo que fue el culpable de mi súbito escalofrío -por demás infundado, como veremos más tarde-.

Alatriste, capa y espada

LUIS ALBERTO DE CUENCA - 20/11/2007

Soy un fan irredento de Alatriste en cuanto saga y en cuanto que supone la resurrección de un subgénero narrativo, el folletín, que está en el centro de mis intereses como lector desde que comencé a serlo en serio, hace casi cincuenta años. Alatriste es un folletín. ¿Y qué demonios es un folletín? Veámoslo sin más demora, teniendo en cuenta que el ámbito en que nace, crece y se desarrolla el folletín es, fundamentalmente, francés, y que es en el seno de la literatura francesa del siglo XIX donde hemos de ir en busca de los principales modelos temáticos y estilísticos de la escritura alatristesca, por más que mi admirado Arturo Pérez-Reverte beba en fuentes plurales y diversas, pues para él, como para el personaje de Terencio, «nada de lo humano le es ajeno». Las letras francesas decimonónicas constituyen, por lo demás, un territorio por donde siempre he discurrido con gusto e interés.

Personajes singulares de El capitán Alatriste

JOSÉ LUIS MARTÍN NOGALES - 20/11/2007

Hace unos años, recién publicado El caballero del jubón amarillo, leía yo el primer capítulo de aquel libro, que empieza contando que "a Diego Alatriste se lo llevaban los diablos", porque "había comedia nueva en el corral de la Cruz, y él estaba en la cuesta de la Vega, batiéndose con un fulano de quien desconocía hasta el nombre" (Pérez-Reverte 2003: 11). Estrenaba comedia Tirso y toda la ciudad estaba en el teatro. Y por supuesto, Íñigo Balboa, sentado junto a Quevedo. Sobre el escenario apareció la actriz María de Castro, "hembra briosa, de buenas partes y mejor cara: ojos rasgados y negros, dientes blancos como su tez, hermosa y proporcionada boca. Las mujeres envidiaban su belleza, sus vestidos y su forma de decir el verso. Los hombres la admiraban en escena y la codiciaban fuera de ella; asunto éste al que no oponía reparos su marido, Rafael de Cózar" (Pérez-Reverte 2003: 25). ¡Rafael de Cózar! -volví a leer-. Porque este nombre no me era desconocido.

Acerca de la traducción alemana de los 'Alatristes': Comentarios, problemas y soluciones

ULRICH KUNZMANN - 19/11/2007

Ocuparse del personaje del capitán Alatriste significa calar hondo en las raíces arquetípicas de la idiosincrasia y la literatura españolas. Aunque Alatriste inculque a su discípulo y escudero Íñigo la norma implacable "Tu rey es tu rey", no profesa gran respeto por el soberano, que puede tener más vicios que virtudes; su lealtad responde a otra regla que "los hombres como Diego Alatriste necesitaron siempre para ordenar -y soportar- el aparente caos de la vida" (Pérez-Reverte 2000: 264). Y esta lealtad tan sólida como problemática hace pensar inevitablemente en la primera obra de la literatura española y en su protagonista, el Cid: "¡Dios, qué buen vassallo, si oviesse buen señore!" leemos en uno de los primeros versos conservados del Cantar; y la fidelidad del Cid a su rey, más malvado o más indiferente que bueno, se mantiene tan intacta como la de Alatriste, quien perpetúa así un rasgo fundamental del carácter español. Una fidelidad más allá de lo personal, que el autor Pérez-Reverte ilustra con muchos episodios sugestivos, a veces divertidos y a veces trágicos.

Carne picada

MONTERO GLEZ | ABC - 12/11/2007

Por alejar voces que anuncian guerras, viene a cuento recordar vergüenzas pasadas. Terrenos de juego donde un mal día brotó la semilla del exterminio. Sin ir más lejos, en nuestra historia más reciente, el campo de Mestalla o el ya desaparecido Chamartín, fueron utilizados como campos de concentración. Para no ser menos, en el lado de allá del océano, Pinochet convirtió los estadios en fábricas de carne picada. Sirva el ejemplo sonoro de Víctor Jara, cantor del pueblo, que le arrastraron al llamado Estadio Chile y allí que le molieron los huesos como si fueran café. Después le ajustaron treinta y tantas balas en el cuerpo. El hijo de Amanda terminó amontonado en un corredor del estadio junto a otros hijos del pueblo. Tras impedir varias veces la reconstrucción de los acontecimientos, al final, el Estadio Chile pasaría a llamarse Estadio Víctor Jara. Lo más parecido a un gol fuera de tiempo, de esos que marca el recuerdo para reconciliar olvidos. Pero un gol al fin y al cabo.

Configuración y características de Diego Alatriste, personaje memorable

JOSÉ BELMONTE SERRANO | JOSÉ MANUEL LÓPEZ DE ABIADA - 19/10/2007

Cartel del Congreso Internacional Alatriste: la sombra del héroe

Mi vida está detrás de cada página, de cada personaje. Ahora bien, mi propósito no es contar mi biografía (eso resultaría muy aburrido), sino contar el mundo: intentar trasladar al papel la lucidez o la confusión que la vida me ha dejado. (Arturo Pérez-Reverte). 

La Andalucía de Pérez-Reverte

ANTONIO BURGOS | ABC - 07/10/2004

Siempre envidio a Arturo Pérez-Reverte. Por cómo escribe. Por cómo es. Por cómo se atreve a decir lo que piensa. Por su temple para saber hacerse perdonar el éxito, con sus millones de lectores. Un caballero de la escritura. A quien envidié más todavía la otra tarde. Le acabábamos de dar el premio Romero Murube. Estaba cayendo el sol. Lo llamé al teléfono móvil para felicitarlo. Y lo envidié como nunca lo he envidiado: estaba en Cádiz. A la hora más hermosa de Cádiz, la que marca el reloj del sol que se pone en la mar, horizonte de esa joyería de piedras preciosas que es La Caleta. Lo envidié como aquella mañana que, a bordo del viejo «J.J.Sister», con Miguel de la Quadra, íbamos por medio del Atlántico rumbo a las Antillas, nos cruzamos con un carguero y le dije a Alfonso Ussía:

-Fíjate la suerte que tienen los de ese barco: van a Cádiz.

Hoy, corral

ALBERTO DIAZ VILLASEÑOR | Diario de Córdoba - 21/9/2004

La cita es para esta tarde. Quiénes irán en busca de magia, efectos y trucos, quiénes lo harán en pos de la pendencia, y quiénes tras la palabra cierta y desnuda como antesala de la historia y la aventura. Cada quién tendrá su Dulcinea que cortejar en la distancia, una bolsa que distraer de la custodia de su legítimo, o la procura de un trozo de pan negro (por lo sobado) y chacina que llevarse al hocico dejando algunas miguillas prendidas de la sotabarba por el qué dirán. La cita es a la caída de la tarde en la Córdoba barroca, en ese Teatro Principal, o de la Comedia, que bien pudiera ser el madrileño corral del Príncipe o el de La Pacheca. La pieza no es de Lope, pero la capa y la espada están aseguradas. No actuará La Calderona para el Rey Nuestro Señor, sino que los actores serán los propios autores del siglo, Arturo Pérez-Reverte, Juan Eslava Galán y Rafael de Cózar; aunque seguro que hogaño su público no ha de ser truhanes, pícaros, hidalgos sin ventura, doncellas con sus amas, mujeres de la compañía, ni caballeros con escudero. Antaño sí, como dice Iñigo Balboa en la primera entrega del capitán Alatriste: la entrada del corral era "un hervidero de comerciantes, artesanos, pajes, estudiantes, clérigos, escribanos, soldados, lacayos, escuderos y rufianes, que para la ocasión se vestían con capa, espada y puñal, dispuestos todos a reñir por un lugar al que asistir a la representación".

Alatriste, la película

AGUSTÍN DÍAZ YANES - 29/7/2004

Arturo Pérez-Reverte vuelve al cine, esta vez de la mano de un director que, con tan sólo dos películas, Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto y Sin noticias de Dios, ha irrumpido con fuerza en las pantallas españolas: Agustín Díaz Yanes. El rodaje de la película, una coproducción de España (Origen S.L), Francia y Estados Unidos que él mismo va a dirigir, con un coste de 20 millones de dólares, comenzará en septiembre de 2004.

No queda sino batirnos

BELMONTE SERRANO | La Verdad de Murcia - 31/12/2003

En 1996, cuando sale a la luz la primera entrega de la saga del capitán Alatriste, que también lleva la firma de su hija Carlota, nadie podía sospechar, ni siquiera el propio Arturo Pérez-Reverte, que el personaje en cuestión, Diego Alatriste y Tenorio, soldado español del sigo XVII y espadachín a sueldo en sus ratos de asueto, lector de versos selectos, amante del mejor teatro de todos los tiempos, amigo de Quevedo, admirador de Lope y de Velázquez, pequeño filósofo postmoderno y existencialista antes de inventarse el existencialismo, habría de superar a su propio creador. Un caso parecido al de don Quijote y Cervantes. ¿Quién inventó a quién? ¿Quién fue antes, el ser o la nada? Los entes de ficción subiéndose a las barbas de quienes les dieron vida y aliento a través de un soplo divino que les confiere autonomía para siempre. Pérez-Reverte, consciente del extraño milagro, se resiste a poner fin a la serie. Publica un nuevo Alatriste y, al mismo tiempo, anuncia otras aventuras para un futuro inmediato. Por algo será.

Foto de Arturo Pérez-Reverte

¿Qué es?

Textos sobre el escritor y su obra. Revertianos.

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