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Textos sobre Pérez-Reverte

Las armas y las letras: El mundo de la cultura en Las aventuras del capitán Alatriste

JUAN CANO BALLESTA - 20/11/2007

Uno de los más grandes retos a que se enfrenta todo novelista al crear su obra es el diseño y definición de cada uno de sus caracteres, la manera de presentarlos y dotarlos de rasgos individuales, el modo de situarlos en un entorno apropiado y el saber hacerlos, si no atractivos, al menos claramente convincentes para el lector. Y es que estos personajes son decisivos para retratar el tipo de sociedad que se nos va a presentar a lo largo de la narración y encarnan los valores éticos y sociales que, incluso sin intentarlo, van a traslucirse a través del texto, y la vigencia y atracción que van a irradiar sus mensajes. Parece ser que uno de los rasgos más notables de esta serie novelesca es, como se sabe, la desmitificación de todo heroísmo y de los mismos enfrentamientos bélicos, que han sido objeto de tantos cantos y poemas épicos desde tiempos remotos dentro de la cultura occidental. Arturo Pérez-Reverte, tras sus tremendas experiencias como reportero y testigo de las más crueles guerras de nuestro tiempo (Líbano, Sudán, Mozambique, Angola, la primera guerra del golfo, Croacia, Bosnia, etc.), "se propone erradicar el germen romántico del heroísmo". Lo que él ve en las guerras es sangre, muerte y destrucción; no llega a vislumbrar ninguna aureola o resplandor de gloria en los que valientemente luchan por una causa ni tampoco en sus víctimas. Como dice Philippe-Jean Catinchi "il n'y avait pas la moindre trace de gloire sur le soldat que gémissait, la tête bandée et la figure dans les mains." Incluso el narrador Íñigo, que con la mirada inocente de sus jóvenes años admiraba en el capitán Alatriste a un Aquiles, un Héctor o un héroe homérico, con el tiempo va adquiriendo una visión más sobria y profunda, que también es más amarga. Como dice el propio Pérez-Reverte en una entrevista con Juan Cruz: "Alatriste es Ulises sin Ítaca a la que volver bajo un cielo sin dioses". Es la total desesperanza.

Pero el novelista no es sólo un forjador de historias de ficción, es también un artista, un creador de mundos de belleza que él va construyendo mientras recurre a los más variados elementos. A lo largo del relato el narrador tiene que ganarse al lector, deslumbrarlo y arrastrarlo hacia un ambiente de magia y belleza que lo sobrecoja y predisponga para aceptar la realidad de los personajes y de la acción. El lector ha de quedar prisionero de esa voz narrativa que le va poniendo ante sus ojos y va sugiriendo a su imaginación escenas atractivas o irresistibles. Veamos como ejemplo este cuadro que hallamos al principio de El caballero del jubón amarillo:

La reina era bellísima. Y francesa. Hija del gran Enrique IV el Bearnés, tenía veintitrés años, clara de tez y un hoyuelo en la barbilla. Su acento era tan encantador como su aspecto, sobre todo cuando se esforzaba en pronunciar las erres frunciendo un poco el ceño, aplicada, cortés en su majestad llena de finura e inteligencia. (Pérez-Reverte 2006a: 69)

El narrador, encandilado por la juvenil hermosura y majestad de la reina, trata de contagiar al lector de su admiración y arrobo ante el regio personaje.

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