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Textos sobre Pérez-Reverte

Alatriste en el corral de comedias

CÉSAR OLIVA - 20/11/2007

Diego Alatriste, ese falso capitán de Flandes que se mueve por las calles del Madrid de los Austrias menores, por una Corte en cuyo horizonte empezaba a ponerse el sol como en cualquier nación europea, Diego Alatriste, digo, deambula por una serie de decorados tan reconocibles como veraces. Este oscuro personaje anda desde la Puerta de Toledo a los límites del Buen Retiro, desde la calle del Lobo hasta las huertas del Duque o de Juan Fernández, desde la cuesta de la Vega al sombrío callejón de Cantarranas. La geografía urbana de ese soldado que luchó en la toma de Mastrique es la más variopinta y real que el lector puede suponer. Su autor, y mentor, bien que se documentó para lograr esa sensación tan grata que es creer que todo lo que pasa pudo haber sido cierto, aunque el lector sabe que no es más que una mentira con coloratura de verdad. Su autor, y mentor, sigue y persigue esa técnica que trajera a la castellana lengua aquel monstruo de la narración por buen nombre Benito Pérez Galdós, que no es otra que la de mezclar ficción con realidad. Como veremos a continuación, no es ésta una fórmula circunstancial, sino que se repite a lo largo de la serie con implacable regularidad.

De ahí que veamos caminar a Diego Alatriste por los rincones más reconocibles del callejero madrileño, como son el Alcázar Real, las iglesias de San Ginés y San Sebastián, el Carmen Descalzo, las gradas de San Felipe y, cómo no, los corrales de comedias que por aquellos años veinte del décimo séptimo siglo acaparaban la atención de propios y extraños. Precisamente aquí acercaremos nuestra lupa de la curiosidad, pues bien que se puede decir que el autor, y mentor, de este funambulesco personaje está muy al tanto de la vida teatral de esa ciudad, de esa sociedad y de ese país. No es raro, pues España vivía pendiente del quehacer de cómicos y poetas; y en un país en donde la miseria y la podredumbre empezaban a sustituir a las glorias imperiales, se daba enorme importancia a un estreno del Fénix de los Ingenios o a una reposición del fraile Téllez, oculto en el patronímico Tirso de Molina. Habría de pasar muchos años, siglos, para encontrar una efervescencia social similar, con un malhadado juego que consiste en introducir una pelota en un espacio flanqueado por una red. Así son las cosas, y en una nación en la que el índice de alfabetización era bajísimo, la gente se entretenía oyendo décimas o redondillas en espacios otrora dedicados al cuidado de gallinas y capones. Ésta es la gran paradoja de la cultura española del llamado Siglo de Oro: que ignorantes absolutos de rimas y leyendas tenían oído para decidir si la declamación era correcta o no lo era. Como diría después un personaje del célebre y plagiario poeta francés Jean Baptiste Poquelin, hablaban en prosa sin saberlo; entendían de versificación sin pasar por academias o universidades.

Y aquí tenemos a Diego Alatriste, y a su fiel Íñigo de Balboa, viviendo en un sin vivir, comiendo en un sin comer, durmiendo más de día que de noche, pues la amenaza del enemigo siempre viene de la oscuridad, pero acudiendo a estrenos de Lope de Vega o de Tirso, incluso del propio don Francisco de Quevedo, curioso camarada del soldado de Flandes; curioso por lo que de perdulario tiene, más que por el uso y abuso que hace tanto de su acerada pluma como de su acerado acero. En estas amistades radica uno de los ejemplos más relevantes de la personalidad de estos relatos: Diego e Íñigo, personajes de ficción, conviven con Quevedo, personaje real. De la misma manera que el Príncipe de Gales, real, está a punto de morir de una cuchillada de Gualterio Malatesta, ficción; o el Conde-Duque, verdad, se perturba ante la posibilidad de que el representante de la corona inglesa pudiera caer muerto en una callejuela de Madrid, acción de todo punto inventada. Es en esta combinación de mentiras literarias y realidades históricas en donde hay que entender el vehículo de la narración de Arturo Pérez-Reverte, y su discurrir por los raíles de los lances y conflictos de sus personajes.

Y si todo ello merece el interés del curioso, por no decir del crítico literario que curioso debería de ser, alcanza para nosotros especial atención cuanto rodea al mundo de la escena, no ya por el especial protagonismo que el autor le concede, sino como ejemplo de esa técnica combinatoria. Si alguna duda tiene el lector, déjese llevar por los acontecimientos que se cuentan de la farándula, en la seguridad de que encontrará en ellos mil certezas que prueban el preciso conocimiento que tiene su autor tanto de ese mundo como de la influencia que ejerció sobre la sociedad de su tiempo. Ése será el propósito de nuestro próximo recorrido.

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