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Textos sobre Pérez-Reverte

Lectura de Arturo Pérez-Reverte

SANTOS SANZ VILLANUEVA - 30/10/2003

El número especial del semanario Ababol dedicado a Arturo Pérez-Reverte se abre con un mensaje autógrafo del escritor cartagenero que merece la pena copiar: "Hay unas palabras que me obsesionan desde que, de jovencito, traducía a Homero: Llueve en las orillas de Troya mientras zarpan las naves. En realidad, supongo, casi todas mis novelas hablan de eso".

Cuando no queda sino batirse

JOSÉ PERONA | El Mundo - 30/10/2003

Corría el año 1988 cuando Julio Ollero, que siempre había creído en Arturo Pérez-Reverte y era a la sazón director de la editorial Mondadori, editó El maestro de esgrima, la segunda novela del escritor nacido en Cartagena. Desde su aparición y posterior traducción a varias lenguas, la novela fue acogida con admiración -todavía recuerdo la rendida reseña de The New York Times Book Review: "una espléndida novela de la primera a la última página"- y hoy puede ser considerada como el vivero de ciertos temas y modos, y no sólo literarios, del escritor de La Navata. (...)

Un soldado sin bandera

JUAN MANUEL DE PRADA - 30/10/2003

Siempre que intento figurarme a Arturo Pérez-Reverte bajo especie bélica, acude a mí la figura del soldado sin bandera, veterano de todas las batallas y, sin embargo, todavía invicto. Sé que a él le gusta compararse, erróneamente, con el mercenario, pero algunas pasiones antiguas que cultiva con esmero delatan su verdadera naturaleza: Reverte es, ante todo, un hombre (y un escritor) leal a sus amigos y a sus enemigos, a sus lecturas y a su vida azarosa, a sus navegaciones y a sus recuerdos. Hay en él una doble vocación de lealtad y la soledad que le ha granjeado el encono de los mediocres y la aversión pálida de ciertos mequetrefes que pululan por los arrabales de las llamadas "élites culturales". Pero, ¿qué nos importan estos especímenes subalternos? Reverte nos gusta porque ha hecho de la libertad un modo de leer el universo y de la literatura una segregación gozosa, una fiesta promiscua en la que se convocan los fantasmas custodios de nuestra adolescencia, resucitados por una prosa que tiene algo de zarpazo y también algo de caricia, una prosa que a veces nos oprime con el perfume de la pólvora y otras se nos clava con el sabor de una tristeza que nunca se hace ostentosa, una prosa que, por encima de cualquier otra consideración, nos contamina las ganas de seguir viviendo, engolfados en intrigas caudalosas que relumbran en la oscuridad, como joyas de un brillo que nunca remite.

Yo no sé...

JACINTO ANTÓN - 30/10/2003

Yo no sé si Arturo Pérez-Reverte existe de verdad. Quiero decir tan de verdad como sus personajes. Le he visto un par de veces, incluso he intercambiado con él algunas frases, pero nunca me ha parecido alguien real. Seguramente es por que me niego a atribuir a nadie la paternidad del húsar Frederic Glüntz, el cazalibros Lucas Corso, el marinero Coy o los cuatrocientos héroes malgré eux del 326 de Línea, por citar sólo a unos cuantos amigos. No sé cómo ha ido siendo, pero todas esas criaturas de aire que diría Fernando Savater viven tan ricamente ahora en mi casa literaria, esa casa que poseemos todos los lectores y a la que nos retiramos siempre que podemos para tomarnos unas vacaciones del mundo, tan decepcionante a veces. En mi casa cohabitan los personajes de Salgari y Karl May con Fabricio del Dongo y Frederic Moreau; Jim Hawkins y Dick Shelton con los hermanos Karamazov y Gregorio Samsa. Todos se llevan bien. Y yo les aprecio porque son gente con personalidad, y porque cuentan unas historias estupendas. Por ahí deambulan, como decía, esos compañeros que Pérez-Reverte se empeña en considerar personajes suyos. Con el maestro de esgrima suelo tirar unos asaltos y mientras él y Alatriste analizan sus lances de acero yo trato de meter baza a ver si me valoran el golpe traversor pasando, que ya son muchos años de sable. Con las chicas voy tratando: siempre me han gustado las pecas y nunca he dejado de pensar que en la mayoría de representantes del otro género se esconde una diablesa. El caso es que no sabría ya vivir sin toda esa galería de rostros y cuerpos, como no sabría vivir sin Aramis o Lord Jim. Se me han hecho indispensables: lo descubrí el día en que me vi a mí mismo hurgando en un contenedor de basura para hacerme con el capítulo correspondiente de La sombra del águila, que se publicaba en El País por entregas y que, al haberse agotado el diario, me había perdido. Como decía, yo no sé si Arturo Pérez-Reverte existe. Pero estoy dispuesto a aceptar que sí, siempre que siga poblando mi mundo de hermanos.

El eterno conflicto entre la realidad y el deseo: El húsar

JOSÉ BELMONTE SERRANO - 31/1/2003

Sólo varios años después, cuando Arturo Pérez-Reverte se ha convertido, sobre todo a raíz de la publicación, en de La tabla de Flandes, en uno de los escritores más leídos y estudiados de la literatura universal de este final de siglo, algunos críticos e investigadores se han interesado y han vuelto sus ojos, con ánimo de llevar a cabo un análisis más pormenorizado, sobre su primera novela, El húsar, aparecida en 1986, cuando el autor de la misma contaba ya con 35 años de edad. No se trata, pues, quizá por ese rasgo apuntado anteriormente, de un primer y simple acercamiento al terreno de la creación, sino, antes bien, el producto de una larga vida de lector, que arranca desde su más tierna infancia, y, acaso, de escritor silencioso que no irrumpe en los escenarios de la literatura hasta alcanzar una evidente madurez en todos los terrenos. Así, Rafael Conte, en la edición llevada a cabo por Alfaguara, ha calificado esta novela de "relato espléndido sobre la desmitificación de la guerra y la muerte de todo heroísmo, en plena época napoleónica" (pág. 19). En nuestra introducción a Los héroes cansados, ya tuvimos ocasión de señalar, refiriéndonos, asimismo, a El húsar, que Arturo Pérez-Reverte "asume sin complejos ya en esta primera novela un tipo de ficción por la que andará el resto de las suyas" (pág. 14).

El revertismo y sus alrededores

SANTOS SANZ VILLANUEVA - 31/1/2003

Arturo Pérez-Reverte publica en 1986 su primer libro, El húsar, y ya entonces sabe muy bien lo que quiere. No es de los autores que manifiesten dudas o incertidumbres en sus comienzos y luego las despejen con una maduración intelectual o estética. Su ideario, su visión de la vida, está sintetizada en esa opera prima, en la cual se hallan patentes asimismo sus fidelidades literarias. Resumiendo ambos aspectos en una formulación escueta que nos sirva para plantear, de entrada, sin rodeos, las generales de la ley de su literatura, diremos que ésta se centra en la búsqueda y defensa de valores auténticos, y que se apoya en una concepción tradicional del relato.

Capitán Alatriste

ALBERTO DIAZ VILLASEÑOR | Diario de Córdoba - 28/1/2003

El fantasma del capitán Alatriste subió desde el viejo alcázar de Madrid hasta la calle que lleva el nombre del que fue su Rey, Felipe IV. El capitán o su espectro bordearon el gran parque que el valido de su Majestad regaló a éste para sus esparcimientos; el valido era el entonces todavía sólo conde de Olivares y el jardín, el Retiro. El capitán ya no reconocía nada de aquel Madrid que era éste, pero aún se detuvo por la Cuesta Moyano rebuscando entre los tenderetes de los libros de viejo alguno de su pendenciero amigo Francisco de Quevedo.

El sonido de un lector

JUAN CRUZ | El País - 24/1/2003

Este otoño, cuando Arturo Pérez-Reverte cumplió 51 años, su editora Amaya Elezcano llevó a su casa un regalo muy especial: la música que hay detrás de su último libro, La Reina del Sur.

Una justicia poética

JOSÉ PERONA | El País - 24/1/2003

Junto a su primera novela, El húsar (1986), Arturo Pérez-Reverte ha recorrido los ambientes napoleónicos en La sombra del águila (1993), y la memoria emocionada del Emperador late en el nombre del protagonista de El club Dumas (1992), Lucas Corso (de Córcega, la tierra de nacimiento de Napoleón). En las dos primeras novelas citadas existe ya, y se hace explícito en la tercera, la larga sombra de Dumas: entrar a saco en la historia para novelarla.

Un clásico

JOSÉ BELMONTE SERRANO | El País - 24/1/2003

Cuando decidí organizar un congreso internacional dedicado, monográficamente, a la obra literaria y periodística de Arturo Pérez-Reverte, hubo gente que me dijo que estaba loco. Loco de atar. A quién se le ocurre. En este país, alentados, incluso, por las más altas instituciones, estamos demasiado acostumbrados a no hacer ni puñetero caso a los que aún siguen vivos, a los escritores y artistas que están en activo. Y más locos aún si, además, se trata de un creador que vende muchos libros, aquí y en el resto del mundo; un tío famoso al que la gente, incluso la más humilde, la que lee sus artículos periodísticos, suele parar por la calle -yo lo he visto- para decirle: "Dales caña, Reverte, dales caña".

Foto de Arturo Pérez-Reverte

¿Qué es?

Textos sobre el escritor y su obra. Revertianos.

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