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Textos sobre Pérez-Reverte

Quevedo y Alatriste

JOSÉ MARÍA POZUELO YVANCOS - 29/11/2007

A siete de diciembre, víspera de la Concepción de nuestra señora, a las diez y media de la noche, fui traído en el rigor del invierno, sin capa y sin una camisa, de sesenta y un año, a este convento Real de San Marcos de León, donde he estado todo el dicho tiempo con rigurosísima prisión, enfermo por tres heridas que con los fríos y la vecindad de un río que tengo a la cabecera se me han cancerado, y por falta de cirujano y no sin piedad, me las han visto cauterizar con mis manos [...].

Los que me ven no me juzgan preso, sino con mucho rigor justiciado: por esto no espero la muerte, antes la trato; prodigalidad suya es la que vivo, no me falta para muerto sino la sepultura, por ser el descanso de los difuntos.

Todo lo he perdido [...] ninguna clemencia puede darme muchos años, ni quitarme muchos años algún rigor. (Astrana 1946: 429-431)

Esto escribía el 7 de octubre de 1641, un Quevedo desesperado, tras un año y diez meses de prisión (ejecutada su detención con precipitada entrada por la noche en su alojamiento, que era propiedad del Duque de Alba, quien la tenía alquilada al de Medinaceli, donde se hallaba hospedado, el 7 de diciembre de 1639). Todavía había de durarle dos años más, puesto que estuvo allí tres años y ocho meses, en el que hoy es un Parador Nacional y era ya uno de los monumentos más bellos de España, pero en la época también un frío convento, a la orilla del río Bernesga, en la frialdad de León.

Hasta un día que no podemos precisar de junio de 1643 en que recobra la libertad, uno de los más grandes escritores de España, ha vivido sin juicio, sin acusación concreta, un encarcelamiento, que según nos dice en el Prólogo a La caída para levantarse: "estuve preso cuatro años, los dos como fiera, cerrado, solo en un aposento, sin comercio humano." (Jauralde 1999: 762).

Mucho tiene escrito Quevedo, pero les aseguro que la lectura del Epistolario escrito desde la cárcel contiene algunas de las más desgarradoras páginas salidas de su pluma, dirigidas al padre Pedro Pimentel, a don Francisco de Oviedo, y lo que es más humillante, como el texto con el que he comenzado esta ponencia, al propio Conde Duque, causa de su prisión, pidiéndole clemencia.

No se recuperó ya de esto su quebrantada salud. Quevedo dejó de ser el mismo. Retirado a la paz de sus desiertos, con pocos pero doctos libros juntos, en la Torre de Juan Abad, viviría desde entonces realmente ya en conversación con los difuntos, porque las consecuencias sobre su cuerpo y alma de este episodio resultaron fatales. Él mismo lo refiere. Desde ese lugar, escribe el 4 de noviembre de 1644 a su amigo don Sancho de Sandoval:

pregúntame v.m. cuál es mi enfermedad, más fácil me sería cuál no lo es, después de cuatro años de prisión estudiada por el odio y la venganza del poder sumo, en un aposento cerrado por de fuera, dos años sin criado ni comercio humano, y un río por cabecera en tierra donde el hibierno es rigurosísimo, ¿qué he podido atesorar sino muerte, y hallarme con el cuerpo inhabitable, a quien ya soy güesped molesto? (Astrana 1946: 470)

Corrió bastante tinta entonces, y ha corrido ahora, sobre la prisión de Quevedo. A ella se refiere Íñigo de Balboa, el narrador de la serie de Alatriste, cuando escribe en el volumen segundo de la serie, el titulado Limpieza de sangre:

Y aquella amistad, cogida con alfileres, a pesar de los intentos de Olivares y otros poderosos de la Corte por atraerse al poeta, terminaría rompiéndose años más tarde; dicen las lenguas ociosas que con el famoso memorial de la servilleta, aunque yo tengo para mí que fue cosa de más enjundia la que los convirtió en enemigos mortales, despertó la cólera del rey nuestro señor, y fue causa de la prisión de don Francisco, ya viejo y enfermo en San Marcos de León. Eso ocurrió más adelante, llegado el tiempo en que trocada la monarquía en máquina insaciable de devorar impuestos, sin dar a cambio al esquilmado pueblo más que desastres bélicos y desaciertos políticos, Cataluña y Portugal se alzaron en armas, el francés -como de costumbre- quiso sacar tajada [...] Pero a tan sombríos tiempos me referiré en su momento. (Pérez-Reverte 2006a: 181) 

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