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El Bar de Lola

Sevilla, la ciudad de los pasos

Arturo Pérez-Reverte - 18/10/2015

Al capillita sevillano le gustan más las procesiones que a una monja una furgoneta. Para entender el sustantivo "capillita" partimos de un hecho científicamente probado: en el fondo, aunque lo niegue, lo que al noventa por ciento de los sevillanos varones les gustaría ser es hermano mayor de la Macarena o del Gran Poder. Aquí, ser hermano mayor de una cofradía señera es como ser presidente del Betis o del Sevilla: una autoridad. Igual te arruinas en el ejercicio del cargo, pero no te dejan pagar en los bares, y la gente cede respetuosamente el paso por la calle. Cómo será la cosa que un buen amigo mío, conocido escritor andaluz volteriano y guasón, desposado con guapa sevillana de teja y mantilla negra, cuando sale el Jueves Santo a la calle del brazo de la legítima, todo elegante con chaqueta oscura y corbata, se pone al cuello, para estar a la altura de la señora y de las circunstancias, la aparatosa medalla del Instituto de Estudios Jienenses, que se parece a la de las cofradías sevillanas, y la gente le abre camino por la calle Sierpes como si fuera Curro Romero o Paco Gandía. Que es como ser, antes, capitán general.

Lo que pasa es que en Sevilla, hermandades de Semana Santa, o sea, masonerías blancas, sólo hay cincuenta y siete; y el escalafón corre despacio o, según quién eres -amistades, vecindad, dinero, posición social-, no corre en absoluto. Así que el sevillano al que le va la marcha de los Campanilleros, o La Amargura, o la que se tercie, se realiza con el hecho de ser capillita. Al capillita, aparte de la señora de teja y mantilla que lleva cogida del brazo, se le conoce enseguida por el uniforme reglamentario: camisa blanca impecable, corbata, americana azul marino cruzada, a ser posible con botones dorados, pantalón gris marengo, brillo de charol en los zapatos y de brillantina en la cabeza. Pertenece a una especie rara, singular, que sólo es posible encontrar, como si del coto de Doñana se tratara, en la Tierra de María Santísima.

Aparte la indumentaria, el pasador de corbata y la insignia de solapa, al capillita se lo sitúa por la contumacia de sus costumbres. Se pasa el año hablando de la Semana Santa, que, como todo el mundo sabe, es lo más grande del mundo. Vive para su hermandad, a la que dedica más tiempo que a la familia; y cuando agarra por su cuenta a un forastero, es capaz de martirizarlo durante horas con la minuciosa descripción de cómo el Cachorro te pone la piel de gallina al pasar, anocheciendo, por el puente de Triana (aunque, por supuesto, es imposible que comprendas ese sentimiento tan grande si tienes la desgracia de no haber nacido en Sevilla). En cuanto a ideología o posición social, el capillita no tiene una adscripción determinada, y te puede caer encima en cualquier ambiente. Igual da que sea ateo, meapilas, votante de Anguita o aficionado a los programas de Isabel Gemio. Se hermana con sus iguales llorando a lágrima viva cuando, en la Madrugá, exactamente a la una y cuarenta y cinco, ve pasar por la calle Feria a la Esperanza Macarena, esa Virgen que guardó luto cuando a Joselito lo mató un toro en Talavera, o cuando oye las saetas vibrantes y sentidas, recias, casi agresivas, en las que Pepe Peregil, el maestro, no parece que le cante a los Cristos, sino que les riñe. O cuando a las cinco en punto, en Castelar, le chista al forastero para que se calle, porque no le deja oír el paso racheao, el roce de las alpargatas de los costaleros del Gran Poder, y después, cuando se aleja el Nazareno con la cruz a cuestas y esa zancada larga, poderosa, se vuelve Ileno de orgullo y te dice, solemne: "Éste si que es Dios, y no el otro, que al lado de éste ni es Dios ni es na".

Durante la Semana Santa, el capillita ni lee periódicos, ni ve televisión, ni oye la radio; vive aislado del resto del mundo. El capillita es quien te dice muy serio eso de que "Sevilla tiene dos silencios: el de la Maestranza y el del Gran Poder en La Campana", y se entrampa con el banco para la Semana Santa y la Feria de Abril como otros, fuera de Sevilla, lo hacen para comprarse el Audi o el BMW. Es quien enseña al forastero a distinguir entre público, gentío y bulla, y se conoce los itinerarios (en Sevilla y en Semana Santa, la línea recta nunca es la más corta) para ver al Cristo de la Buena Muerte a las diez menos cuarto entre naranjos, con el fondo de la Tabacalera, y estar a las doce en Virgen de los Reyes para no perderse la Santa Cruz antes de encontrarse con La Bojitá en La Campana, moviéndose como Pilatos por Pretorio ("por poco nos deja sin Semana Santa, el hijoputa") por ese caos callejero que sólo es aparente, pues la multitud responde a reglas de movimiento tan perfectas como las idas y venidas entre los coros de una ópera cientos de veces ensayada. Cuando caes en sus manos, el capillita es un tirano con sus itinerarios de piñón filo y sus lugares para ver cada cosa pero en realidad lo que le gusta es ir solo, o con otros cofrades. A veces tolera a regañadientes llevar con él al amigo, al cuñado, al compromiso. Puedes seguirlo, pero nunca se para ni te espera. Los momentos -La Amargura en Sor Ángela de la Cruz, el Gran Poder en Pedro del Toro, la Macarena con la Candelaria vencida, de vuelta a su banjo- se producen sólo una vez cada año, y no está dispuesto a perdérselos ni por su madre, que en Sevilla siempre es una santa. Diligente, emocionado, absorto, es capaz de hacerse diez o doce kilómetros cada día pateándose las calles, al encuentro de sus imágenes o de sus momentos predilectos. Va a lo suyo.

Una variedad apasionante es el capillita mariquita. Y en vez de "homosexual" escribo "mariquita", a mucha honra. Porque nadie es tan entrañablemente mariquita como un homosexual sevillano y semanasantero. Lleva el barroco en la sangre y lo vive todo con una pasión inmensa, generosa, que se contagia y se le reconoce con respeto. Sus manos exquisitas para los alfileres han vestido y visten, con los más primorosos detalles, el buen gusto de las más bellas vírgenes de Sevilla. Y su delicadeza, y su ternura, y su profundo conocimiento de los mil detalles del ritual, lo convierten en autoridad indiscutible de la materia. Nadie, ni la más devota beata ni el capillita heterosexual más entregado a su cofradía, igualará nunca las manos de un mariquita como Dios manda aderezando la blonda del tocado de su Virgen, ni la mirada de orgullo que, abiertas de par en par las puertas de la iglesia, ya la música sonando y las largas filas de nazarenos calle abajo con sus cirios encendidos, le dirige a la guapisima Señora, a la Madre, cuando el capataz de portapasos grita "Al cielo con ella", y los costaleros se incorporan, en un golpe masculino y seco, con ella en la cerviz, bajo los varales. Es su momento de lágrimas, y de gloria.

En realidad, digan lo que digan, el capillita es Sevilla, o la resume. O quizá Sevilla sigue siendo lo que es gracias a tan singular personaje, depositario de una herencia más sentimental que religiosa, encamada en una ciudad que considera propiedad privada ("Cómo está hoy mi Sevilla!") y que, además, lo es. Porque, por más que se esfuercen en imitar el modelo, y toda Andalucía -hasta la Andalucía grave y seria de toda la vida- se haya empeñado en convenirse en grotesco y torpe remedo de su capital y su folclor, Sevilla no es España, sino una irrepetible ciudad italiana del Renacimiento. Una ciudad-estado que va a su aire, y se basta consigo misma porque tiene en sí todo cuanto necesita. Por tener, tiene hasta los opuestos: dos ciudades en una, Sevilla y Triana. Sin contar dos Vírgenes principales, dos Cristos, el Betis y el Sevilla, Joselito y Belmonte, y toda la parafernalia entrelazada y dual, contradictoria, que culmina en ese barroco cofradiero que ya aparece incluso en los tratados de arte, el rococó del rococó que se alimenta de sí mismo, rizo sobre rizo, triunfo absoluto sobre el antiguo horror medieval al vacio. En Sevilla, la ramplona ordinariez de la liturgia después del Concilio Vaticano II no afectó para nada a las hermandades de Semana Santa, que se han batido con obstinación y éxito en la defensa de su identidad barroca y ciudadana (que en realidad aquí es la misma cosa), fieles a ella desde la Contrarreforma, o sea, desde que el Gran Capitán era cabo. Quizá por eso Sevilla, recinto autónomo, ciudad-trinchera que resiste gracias al culto a su propia memoria, ha soportado mejor que otras ciudades españolas la vulgarización y el mal gusto de los tiempos que corten. Y seguirá siendo ella mientras haya más capillitas que japoneses.

Un solo ejemplo: gracias a la Semana Santa, Sevilla es de las poquísimas ciudades españolas que conservan vivos, de cara al comercio diario, oficios artesanos que en otros sitios han desaparecido, herederos de antiguos gremios medievales nacidos a la sombra de las catedrales: tallistas, imagineros, bordadores, plateros, doradores, que hacen el mismo digno trabajo que en los siglos XVI y XVII. Y es que esta ciudad es como es, porque es barroca y porque tiene una Semana Santa. O quizá tiene una Semana Santa por ser como es. Durante generaciones, los sevillanos han sido bautizados ante esos altares, retablos e imágenes; ante ellos han hecho su primera comunión, se han casado y con sus nombres -Macarena, Jesús, Salvador, Esperanza, Manuel, Magdalena, María de la O- figuran en el registro civil. Hasta en los bares y tascas de sus barrios desayunan café con leche, toman a menudo sus manzanillas o sus lonchas de jamón, bajo las fotos enmarcadas y los carteles de esas imágenes. Tal vez por eso durante todo el año Sevilla es la Semana Santa; porque la Semana Santa es, a fin de cuentas, el runrún del recuerdo, el recobrar viejas sensaciones: olor de las torrijas hechas por la madre, el abuelo vistiéndose para la procesión y amortajado con la túnica de nazareno, la mano firme del padre por la calle, entre la música y el incienso, el roce de los varales con las bambalinas del palio, el tintineo de los rosarios de plata de las Virgenes, los ojos impresionantes del nazareno encapuchado que te mira por los agujeros del antifaz, las calles oliendo a primavera y a gloria bendita. No se trata ya del culto a Dios, sino del culto a la ciudad que contiene toda esa memoria. Por eso no resulta extraño el auge que han tomado las hermandades sevillanas en los últimos diez o quince años, que en absoluto se corresponde con los índices reales de catolicismo o de fervor religioso. La gente ya no se va a la playa estos días, sino que se queda; como si en Sevilla la Semana Santa se hubiera convertido en un fenómeno de ascenso y acceso a un reducto, un ritual, que antes se consideraba exclusivo de la aristocracia y de la alta burguesía. No es casual que la Iglesia católica no haya logrado nunca controlar del todo, pese a sus intentos, la Semana Santa sevillana. Y ahora la controla menos que nunca. Esta es la fiesta mayor, el homenaje que la propia ciudad se concede a sí misma, a sus apariencias y a sus nostalgias. Es el refugio, y el consuelo: un derroche de generosidad, orgullo y paganismo, en búsqueda desesperada de la seguridad y la infancia perdidas.

Por eso resulta apasionante estudiar despacio, mirando sin prisas, el papel que juega la mujer en todo este trajín semanasantero y sevillano. Siempre en segundo plano, en la sombra, desde que soporta las ausencias y afanes procesioniles del consorte hasta el planchado de la túnica, las torrijas y el bacalao con tomate para el marido y los hijos o los invitados, la aguja de coser y de bordar y demás etcéteras. Ser mujer de un capillita es una desgracia como otra cualquiera. Pero junto a los trescientos sesenta y cuatro días de purgatorio a que la condena su marido, hay uno de gloria: ese Jueves Santo en el que se pone guapísima de peluquería, de negro, con teja y mantilla, y del brazo de su legítimo se va por la mañana a El Salvador y a la Magdalena, se toma el aperitivo en la Alicantina, el Giralda o el Rinconcillo, almuerza en familia y luego se viste, o mejor la ayudan a vestirse las hijas o la hermana o las vecinas o la madre (en Sevilla, a los Cristos, a las Vírgenes y a las mujeres se les ayuda siempre a vestirse), y sale a la calle con su marido a ver pasar a sus nietos vestidos de nazarenos, y a los hijos de costaleros, y encima, balanceándose a la luz de las velas enrizás, ve pasar a su Virgen y a su Jesús que, gracias a los afanes de su marido, y a los suyos propios en la parte que le toca, llenan la calle con más poderío y más hermosos que los chorros del oro.

Es curioso lo de la mujer, y lo de las Vírgenes, y lo de Sevilla. En realidad, todo este tinglado idólatra que es aquí la Semana Santa se resume en una especie de gigantesco Día de la Madre, donde en el fondo a los sevillanos les importa un pito que Jesús sea Hijo de Dios o del Sursum Corda. Lo que de verdad cuenta para ellos es que se trata del hijo de la Mujer, la Madre que va detrás, con lágrimas en la cara, siguiéndolo camino del calvario, y sin cuya presencia y participación el mismísimo Gran Poder seria un don nadie, un desgraciao; un Juan Lanas. La relación del sevillano con su madre es tan especial que en realidad toda Sevilla no es sino un inmenso matriarcado encubierto. Aquí las mujeres valen mucho más que los hombres. Eso ocurre en todas partes, pero en Sevilla, cuando el aire huele a azahar y a Semana Santa, esa verdad te salta a la cara al volver cada esquina, al escuchar una conversación, al mirar a la gente desde la mesa de una terraza. Ignoro si el fenómeno se debe a una cuestión de educación, de dependencia, de madres que malogran a sus hijos, o de lo que sea. Lo cierto es que en Sevilla los hombres son los que ostentan el protagonismo oficial -apenas ahora, se empieza a admitir de mala gana a las mujeres en algunas cofradías- y las mujeres se quedan en segundo plano, en la sombra; y sin embargo es en torno a ellas donde gira todo el espíritu de estos días singulares. Sevilla es una de las pocas ciudades del mundo donde todavía coexiste, en la mujer de la última década del siglo XX, la mujer del siglo XIX con todo su denso y hermoso atavismo. Mujeres silenciosas y fuertes, siempre superiores a los hombres que paren o con quienes se desposan. Sevilla es la ciudad de las mujeres con mucha casta y de los hombres que buscan a su madre. Detalle importante: cada vez se ven más sevillanas jóvenes con teja y mantilla en estas fechas.

Sólo en Sevilla, entre la gente que se agolpa en las calles estrechas y las esquinas, es posible oír a dos hombres como dos castillos, dos capillitas vestidos con su terno azul, de punta en blanco, comentando con toda seriedad la manera con que la Virgen lleva esa noche la blonda, los aderezos, los pendientes o la disposición de las puntillas y encajes. Y cuando, ya con las claras del día, en la esquina de Relator y Parra, ves venir de lejos a la Macarena a un tiempo espléndida y sombría, con la candelería apagada y los cirios cubiertos por las formas caprichosas que ha ido tomando la cera al derretirse, ojerosa y apesadumbrada bajo la luz cruda de la mañana tras doce horas de recorrer las calles, es posible oír también a un sevillano cualquiera, un hombre hecho y derecho, murmurar, mirándola absorto, un "viene cansá" que suena quebrado, como un sollozo. En realidad, Sevilla es la ciudad de los niños perdidos.

El País, 31 de marzo de 1996

 

Un libro cada semana (20)

Arturo Pérez-Reverte - 28/8/2015

Biografía del Caribe
Germán Arciniegas

Biografía del Caribe"En el principio fue el Mediterráno. Todo lo que a sus costas se acerca, queda tocado de manos azules. Lo que de él se aparta se hace turbio, pavoroso. Äfrica, adentro, era el continente negro; al norte, desde Alejandría hasta Ceuta, resplandece el litoral con sus escuelas de filósofos y nidos de casas blancas..."

Éste es un libro tan extraordinario que sorprende no sea continuamente reeditado, esté recomendado en todas las escuelas y presente en todas las bibliotecas. El del colombiano Germán Arciniegas fue el libro de autor hispanoamericano más difundido en el mundo antes de que Cien años de soledad y el boom de la novela latinoamericana lo apartasen del primer plano, sepultándolo en cierto modo en el olvido. Escrito en una bellísima prosa, ameno, original de principio a fin, Biografía del Caribe es mucho más que un libro donde la Historia y la Literatura alcanzan una simbiosis perfecta. La llegada de los españoles a América, la colonización, la Ilustración y la independencia de las repúblicas americanas (las cuatro partes en que se estructura el libro) desfilan de modo asombroso por estas páginas inolvidables, donde se sucedes hechos y personajes, conquista, aventura, descubridores, marinos, frailes, soldados, reyes, patriotas y libertadores. Un libro que afianza el orgullo y el asombro de lo hispano, la trágica y brillante mezcla de sangres y sucesos trágicos y luminosos que hicieron posible la gran epopeya americana.

¿Para qué sirve un soldado?

Por Arturo Pérez-Reverte, en Twitter - 22/8/2015

"Esta tarde me dejo caer por el bar de Lola. Y me hace una pregunta que está de actualidad: ¿Para qué sirve un soldado? 

Le señalo el periódico que está encima de la barra, con la foto de los que le dieron estiba al terrata del Kalashnikov en el tren gabacho. 

Entre otras cosas, un soldado sirve para eso -le digo. 

Un soldado -añado- sirve para cosas malas, cuando quien lo manda es un canalla. Igual que un policía.Igual que casi todo. 

Pero un soldado sirve también para cosas buenas.  Sirve para cosas útiles, honrosas y dignas. Si quien lo dirige es honrado y digno. 

Puesto que el que no existan soldados es utopía, en realidad para eso deberían servir siempre los soldados. Para cosas dignas. 

Los soldados tienen mala prensa. El mundo ha cambiado. Pero de pronto, tatatachán, el mundo deja de ser ordenado y razonable. A veces. 

O quizá, de pronto, la realidad irrumpe para poner en su sitio a tanto tonto del ciruelo y tanto demagogo cantamañanas. 

Cuando todo se va al carajo, y a veces se va, los soldados (los de tu bando, claro) te sacan las castañas del fuego. 

A fin de cuentas, bien mirado, son gente especial. Dispuesta a afrontar la mutilación y la muerte por poca paga, o por ninguna. 

Voluntarios o profesionales, forzosos cuando les toca, lo cierto es que están listos para dejarse el pellejo donde otros no se lo dejan. 

Sería ideal que no hicieran falta, claro. Pero de lo ideal a lo real hay mucho hijo de puta de por medio. Y mucha injusticia y mucha hambre. 

Cuando el buenismo de los tontos y los ignorantes se estrella contra realidades, los soldados se vuelven útiles. Y hasta se les vitorea. 

Hoy, por ejemplo, se vitorea a dos de ellos a los que tal vez ayer mismo se insultaba. 

Hace dos días se evitó una matanza porque había dos soldados en un tren. Entrenados para luchar. Para matar (es su oficio) y que los maten. 

Porque en el mundo real, cuando Disney se va al carajo, la gente mata y la matan. O para que no la maten. O mata para que no maten a otros. 

Y la verdad. Prefiero que haya más gente dispuesta a matar y que la maten que esté de mi parte que de parte de los otros. Cuando hay otros. 

Y ahora, señoras y señores, niños y niñas, hay otros. Quien no quiera ver que hay malos, y que están en plena forma, es un perfecto imbécil. 

Esos dos soldados estaban adiestrados para reconocer el sonido de un Kalashnikov montándose. Y entrenados para atacar. 
Y atacaron. 

Atacaron de forma automática, sin pensarlo, por instinto de adiestramiento profesional. Técnicamente profesionales. 

Se les unieron dos civiles. Soldados todos, en ese momento. Profesionales y voluntarios, juntos. Como ocurre en todas las guerras. 

Esos dos soldados y esos voluntarios salvaron a la gente del tren. 

De no haber estado ellos allí, hoy todos gimotearíamos sobre la terrible matanza. Velitas y tal. Yo soy Charlie y demás chorradas. 

Ese día, en ese tren, esos dos soldados norteamericanos eran los nuestros. Y el del Kalashnikov era los otros. Los malos. 

Así que me alegro de que, gracias a esos dos soldados y a esos dos civiles valientes, esa vez ganaran los buenos y perdieran los malos. 

Por qué hay buenos o malos, ésa es otra historia. Pero no creo que sea lo que preocupaba en ese momento a los viajeros del tren. 

Quedémonos sin soldados, que suena facha, e invirtamos en besos con lengua. Verán lo que nos reiremos todos con el del Kalashnikov. 

Para eso sirve un soldado decente, Lola. Que los hay. Los he visto. Para que si hace falta lo maten por ti. Sin complejos. 

Díselo al siempre acomplejado ministro Morenés si pasa por el bar. Y a su jefe Rajoy, el ciclista campechano, cuando se pare a besarte. 

Y ahora ponles unas cañas aquí, a los amigos."     

Un libro cada semana (19)

Arturo Pérez-Reverte - 21/8/2015

El vellocino de oro
Robert Graves

El vellocino de oro"Una tarde de verano, al anochecer, Anceo el lélege, el de la florida Samos, fue abandonado en la costa arenosa del sur de Mallorca, la mayor de las islas Hespérides o, como las llaman algunos, las islas de los Honderos o las islas de los Hombres Desnudos. Estas islas quedan muy cerca unas de otras y están situadas en el extremo occidental del mar, a sólo un día de navegación de España cuando sopla un viento favorable. Los isleños, asombrados por su aspecto, se abstuvieron de darle muerte..."

El boom de la novela histórica que llegó a España a finales de los años noventa, inundando las librerías y entusiasmando a los lectores, hartos de onanismos literarios y ávidos de una narrativa que contara cosas, mezcló en poco tiempo churras con merinas, oportunismo y mediocridad con novelas de alta calidad y largo recorrido. Sin embargo, los grandes títulos y los grandes autores siguieron destacando en el panorama, manteniendo hasta hoy el lugar que merecían. Y así, entre las grandes novelas históricas clásicas, publicada en castellano en 1983, El vellocino de oro sigue ocupando un indiscutible lugar de honor. Utilizando como hilo argumental la mítica expedición de Jasón y los argonautas, el inglés Robert Graves, afincado en Mallorca (autor de la famosa y televisiva Yo, Claudio), construyó con esta novela un extraordinario relato sobre el mundo griego antiguo y el Mediterráneo; sobre, en suma, el espacio cultural y geográfico del que procedemos. Se trata, sin la menor duda, de una novela magnífica que merece estar en cualquier buena biblioteca.

Un libro cada semana (18)

Arturo Pérez-Reverte - 15/8/2015

El primo Basilio
Eça de Queiroz

El primo Basilio"Habían dado las once en el reloj de cuco del comedor. Jorge cerró el libro de Luis Figuier que estaba hojeando despacio, tumbado en la vieja poltrona Voltaire de tafilete oscuro, se desperezó y, bostezando, dijo:
-¿No vas a vestirte, Luisa?
-En seguida.
Permanecía ella sentada ante la mesa leyendo el Diario de Noticias en su bata de mañana, negra, bordada, con grandes botones de nácar; su pelo rubio, un poco revuelto por el calor, se rizaba, recogido en lo alto de la cabeza de lindo contorno; su piel tenía la blancura tierna y pálida de las rubias..."

Si Madame Bovary es la novela de adulterio francesa por excelencia, Ana Karenina es la rusa y La regenta es la española, El primo Basilio (publicada en 1878) es sin duda la gran novela portuguesa clásica sobre sociedad burguesa, infidelidad conyugal, culpa, remordimiento y castigo. En ella, como en las otras tres novelas mencionadas, se perfila perfectamente, con las contradicciones y tragedias correspondientes a la sociedad de la época, el retrato de la mujer moderna, que sueña con la emancipación de su rutina doméstica a través del amor, el romanticismo y la aventura erótica. Con El primo Basilio, Eça de Queiroz consigue narrar todo eso de modo extraordinario mediante la historia de Luisa, cuyos sueños románticos acabarán haciéndola rehén de su ama de llaves Juliana: una mujer de vida miserable, ignorante y resentida, cuyo oportunismo chantajista la convierte, gracias a la maestría del autor, en uno de los personajes malvados más creíbles y bien trazados de la literatura universal.

Un libro cada semana (17)

Arturo Pérez-Reverte - 08/8/2015

Un tronar de tambores
James W. Bellah

Un tronar de tambores"El sargento Utterback se envaró en la silla de montar mientras miraba entre el resplandor amarillo del atardecer al buitre que volaba en círculo en el aire que se oscurecía delante de la pequeña columna. El buitre era la única cosa que había con vida en aquella árida pradera, además de las tres docenas de soldados cansados de montar a caballo y los dos oficiales que se odiaban el uno al otro".

Este libro de James Warner Bellah es uno de esos libros que uno mismo querría haber escrito. Una obra maestra donde pueden leerse frases como ésta: "Los soldados sólo pasan una vez, y lo único que dejan atrás es el recuerdo", como ésta: "Por aquí sirve de poco acusar a un hombre del algo grave, a no ser que se esté en posición de matarlo a continuación, antes de que él te mate a ti", o como esta otra: "Todos tenemos una deuda con la muerte. Paguémosla hoy y no la deberemos mañana". Porque este libro es una verdadera joya, y no sólo para los lectores amantes de la acción y la aventura, sino también para los aficionados al cine clásico. Un tronar de tambores y otros relatos de la caballería americana reúne, en un solo volumen, la novela corta y las cinco historias que, en su conjunto, inspiraron a John Ford la legendaria trilogía cinematográfica sobre la caballería y las guerras indias que acabó siendo Fort Apache, Río Grande y La Legión invencible. Y basta con leer unas páginas para comprender por qué. El autor había luchado en las dos guerras mundiales y sabía bien de qué hablaba. Escritos con un tono seco y eficaz, en estos relatos se oye y se respira, se siente el sonido de los cascos de los caballos fatigados, el polvo que cubre los uniformes azules, el olor a cuero y metal de los jinetes, el campanilleo de sus sables golpeando el metal de los arreos. La dura vida cotidiana de la caballería, los hombres curtidos que la protagonizaron, sus miserias y sus violencias, surgen de estas páginas con tanta fuerza y viveza que cuando uno alza la vista de ellas no puede evitar ver ante sí aquellas imágenes de leyenda que, a menudo con el rostro de John Wayne, el gran Ford dejó impresas para siempre en nuestra imaginación y nuestra memoria.

Un libro cada semana (16)

Arturo Pérez-Reverte - 01/8/2015

El enigma de las arenas
Robert Erskine Childers

El enigma de las arenas"He leído historias de hombres que, obligados por su cargo a vivir durante largos períodos de tiempo en la más completa soledad, salvo por la visión de algunos rostros oscuros, tomaron como norma el vestirse formalmente para la cena con el fin de mantener su pundonor y no sumirse en la barbarie..."

Publicada en 1903, aclamada por la crítica cuando su publicación, El enigma de las arenas es la primera, la más clásica y posiblemente la mejor novela de espías. Todos los maestros del género, desde Eric Ambler a John le Carré, rindieron merecido homenaje a esta magnífica historia, que además transcurre en el mar, lo que combina de modo muy interesante el thriller de espionaje con la narración náutica. Cuando el narrador, Carruthers, aburrido de su vida ociosa en Londres, acepta una invitación de un amigo para navegar en velero, no sabe que se está embarcando en una peligrosa aventura que tendrá por escenario el paisaje inhóspito y los arenales de las islas del Báltico, allí donde la marina del káiser empieza a preparar, clandestinamente, futuras guerras. El autor, Robert E. Childers, de origen angloirlandés, luchó en la guerra de los Boers, fue condecorado por sus servicios a la corona británica durante la Primera Guerra Mundial (que él predijo en parte con esta novela) y luego combatió contra los ingleses en Irlanda en las filas del IRA. Fue fusilado en 1922.

Un libro cada semana (15)

Arturo Pérez-Reverte - 04/7/2015

Las cuatro plumas
A.E.W. Mason

Las cuatro plumas"El teniente Sutch fue el primero de los invitados del general Feversham en llegar a Broad Place. Se presentó a eso de las cinco de una soleada tarde de mediados de junio. La antigua casa de ladrillos rojos, construida sobre una ladera meridional de las colinas de Surrey, brillaba en las oscuras profundidades de un pinar con la palidez de una exótica joya. El teniente Sutch cruzó, cojeando, la galería de retratos de los Feversham..."

Las cuatro plumas es seguramente la más legendaria y famosa historia de guerras coloniales británicas. Desde que la leí por primera vez en la biblioteca familiar, teniendo trece o catorce años, he vuelto a disfrutarla varias veces, y siempre con extraordinario placer. La historia de Harry Feversham, a quien sus amigos y la mujer a la que ama envían cuatro plumas (símbolo de cobardía), y a fin de recuperar el honor perdido efectúa un peligroso viaje clandestino a Sudán y al Nilo, jugándose la libertad y la vida, es un relato tan fascinante que se comprende haya sido llevado al cine cinco veces: dos en blanco y negro (1921, 1929) y tres en color (1939, 1978, 2002), siendo sin duda la mejor de todas la rodada por Zoltan Korda en 1939. Su agradable lectura, el eficaz aroma victoriano que ambienta sus páginas, el magnífico desarrollo de la trama, las peripecias narradas, el retrato fiel de la época dorada por excelencia de los mitos bélicos y patrióticos británicos, convierten la novela de Mason en una obra altamente recomendable, lo mismo para lectores jóvenes que para lectores avezados que gusten de saborear, por primera vez o de nuevo, uno de los grandes clásicos de la literatura de acción y aventuras.

Un libro cada semana (14)

Arturo Pérez-Reverte - 27/6/2015

Juan Belmonte, matador de toros
Manuel Chaves Nogales

Juan Belmonte"Juan es un niño atónito, que cuando asoma por las tardes al portal de su casa con el babadero recosido y limpio, llevando en las manecitas la onza de chocolate y el canto de pan moreno que le han dado para merendar y contempla el abigarrado aspecto de la calle desde la penumbra del zaguán, se siente sobrecogido por el espectáculo del mundo..."

Que no se equivoquen taurinos y antitaurinos con el título: Juan Belmonte, matador de toros, es mucho más que una historia de toros y toreros. Es una biografía casi novelada, apasionante, magníficamente escrita por el que tal vez fue el reportero, cronista y escritor más notable de su momento, el sevillano Manuel Chaves Nogales. Publicada como serial en La Estampa en 1935, narra las memorias del legendario torero Belmonte, rival en los ruedos del también famoso Joselito: un torero admirado por los escritores de la generación del 98 y la del 27, amigo de Valle-Inclán, de Zuloaga y de Hemingway. Juan Belmonte, que reforzó su leyenda suicidándose en 1962 de un tiro en la cabeza en su cortijo andaluz, dictó él mismo sus memorias a Chaves Nogales, quien supo convertirlas en una obra maestra de penetración psicológica y de cuadro social de una Sevilla y una España que estaban a sólo un año de la cruel Guerra Civil. Fue tal el éxito de ventas y la popularidad de esta obra que pronto conoció varias reediciones, fue traducida al inglés y al francés, y se convirtió en texto obligatorio para el estudio de la lengua española en varias universidades norteamericanas. Arrastrado por el torbellino de la contienda civil, Chaves Nogales, de simpatías republicanas pero consciente del desgarro al que a España la sometían la extrema derecha y la extrema izquierda, se exilió en 1936 para no volver jamás. Murió prematuramente en Londres, a los 46 años, no sin antes escribir A sangre y fuego, que tal vez sea el mejor libro de relatos escrito sobre la guerra civil española. Molesto su nombre para unos y otros, vencedores y vencidos, a los que incomodaba con su imparcial y lúcida objetividad, ningún periódico español dio la noticia de su muerte.

Un libro cada semana (13)

Arturo Pérez-Reverte - 20/6/2015

La línea de sombra
Joseph Conrad

La línea de sombra"Sólo los jóvenes conocen momentos semejantes. No quiero decir los muy jóvenes, no; pues éstos, a decir verdad, no tienen momentos. Vivir más allá de sus días, en esa magnífica continuidad de esperanza que ignora toda pausa y toda introspección, es privilegio de la primera juventud..."

Un aviso previo: ésta no es la mejor novela de Joseph Conrad. Para lectores avezados recomendaría antes Victoria, pues creo que narrativamente hablando es la más equilibrada de sus novelas, o tal vez la monumental Lord Jim (la excelente pero también excesivamente manoseada El corazón de las tinieblas puede dejarse sin problemas para más tarde). Sin embargo, La línea de sombra, historia más bien corta, reflejo de la juventud del propio Conrad cuando obtuvo el mando de su primer barco, es una forma estupenda de iniciarse en el mundo de tan extraordinario narrador. Un relato de apariencia sencilla, una novela corta sobre el mar y los marinos, donde uno y otros son sólo un pretexto, pues de lo que se trata, en realidad, es de contar el paso de la juventud a la responsabilidad y la madurez: la travesía de esa difusa línea de sombra que todo ser humano cruza tarde o temprano en la vida. Como detalle personal, añadiré que hay escritores que dejas atrás una vez fuiste capaz de encontrar en ellos cuanto, según tus limitaciones lectoras, crees que podían darte. Otros autores, sin embargo, envejecen serenamente contigo, a modo de viejos amigos, pues cada vez que relees uno de sus libros encuentras algo que no habías sido capaz de ver antes. Eso me ocurre todavía con el viejo Conrad, a mis 63 años, tras haberlo empezado a leer a los 15, precisamente con La línea de sombra.

Foto de Arturo Pérez-Reverte

¿Qué es?

Anotaciones de Arturo Pérez-Reverte. Desde abril de 2012 a marzo de 2014 fueron publicadas en novelaenconstruccion.com

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