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JUSTO NAVARRO | ELPAÍS.com - 08/3/2010
Arturo Pérez-Reverte en plenitud: El asedio tiene fuerza plástica y potencia narrativa. La fluidez entre ambientes y episodios es perfecta. Sus rotundos personajes se cruzan en Cádiz, barco sitiado pero felizmente abierto al mar, espléndido y crepuscular a la vez, el escenario idóneo para que coincidan la disciplina científica de la guerra moderna y el ancestral misterio del crimen.
[Continúa leyendo]JAVIER GOÑI | ELPAÍS.com - 08/3/2010
Aunque escriba, como todos, en ordenador, la imagen que da Arturo Pérez-Reverte cuando, como en este caso, le reúnen -el crítico José Luis Martín Nogales- un tan numeroso puñado de artículos, es de escribir en una vieja máquina, sólida como un barco de guerra antiguo, en rollo de papel continuo, de aquellos de teletipo que conoció el joven Reverte en las redacciones de antaño.
[Continúa leyendo]ENRIQUE TURPIN | ELPERIÓDICO.com - 05/3/2010
Tras varios episodios nacionales mucho más livianos (en torno a la batalla de Trafalgar y el 2 de mayo), Arturo Pérez-Reverte viaja al sitio de Cádiz, la ciudad que llegó a ser casi el único territorio de la España peninsular no ocupado por Napoleón. Pero en esta ocasión intenta concentrar en más de 700 páginas reconstrucción histórica, misterio policial, cañones y relaciones románticas.
[Continúa leyendo]JOSÉ MARÍA POZUELO YVANCOS | ABC.es - 05/3/2010
Hay una línea sutil que vincula a los personajes protagonistas de esta excelente novela: todos están embebidos en una pasión que les tiene ocupada la mente y el cuerpo. Rogelio Tizón, el comisario de policía de Cádiz, vive para resolver el extraño caso de las muchachas jóvenes asesinadas a latigazos, y si eso tiene que ver con las bombas caídas en el mismo lugar. Es como un jugador de ajedrez, su gran afición, estudiando el movimiento de las piezas, sin descansar hasta ganar la partida.
[Continúa leyendo]ENRIQUE TURPIN | EL PERIÓDICO DE ARAGÓN - 06/1/2007
Aunque no sería mala cosa, no se hará preciso recomendar que para mayor deleite en la lectura de las nuevas aventuras del capitán Alatriste y su inseparable aprendiz y cronista Íñigo de Balboa se siga aquel consejo de algún sabio sargento que rezaba que "meado y ayuno es como mejor se bate uno". Cámbiese el batir por el leer, porque a veces no estaría de más que también el lector sobrellevara el esfuerzo de recomponer el espíritu de la época como aquí se lleva a cabo, a sabiendas que la situación sería transitoria y que en ningún momento padecería los envites de la malandanza: a este lado del Mediterráneo siempre se está a dos pasos de la cocina.
SANTIAGO DELGADO| El Faro de Murcia - 05/1/2007
Ya he leído Corsarios de Levante, la última entrega de Arturo Pérez Reverte sobre el soldado español del Siglo de Oro. Ahora le toca el Mediterráneo. El buen marinero que es Pérez Reverte nos lleva desde la Isla de Alborán hasta el cabo Negro, en la costa egea de Anatolia. Es la mejor de todas las novelas alatristinas. Quizá también, si incluimos las otras.
JOAQUÍN ARNÁIZ | La Razón - 16/12/2006
La épica es el verdadero otro lado del espejo de la lírica. Y así, el héroe épico por mucho que luche por su amada vive preparándose para morir, escuchando siempre en la lejanía el sonido del cuerno de Roldán. En este volumen, ya el sexto de la saga, el capitán Alatriste es, en mi opinión, más héroe épico que nunca (quizá enlazando con el Alatriste de «El sol de Breda»), y está más desesperadamente solo que nunca, incluso con su Íñigo ya batiendo las alas de la adolescencia rebelde. Y con la determinante presencia constante del tiempo que modifica para siempre la vida de los personajes. «El tiempo muda unos lugares y respeta otros. Pero siempre te cambia el corazón», dirá en un momento Alatriste.
[Continúa leyendo]JOSÉ MARÍA POZUELO YVANCOS | ABC - 09/12/2006
Diez años no pasan en balde. No para el héroe de las que
comenzaron siendo aventuras de un soldado en la España del siglo XVII y
van convirtiéndose en un proyecto distinto al del mero entretenimiento
con las capas, espadas y lances varios en que se quedarán todavía
algunos lectores superficiales. Conforme Alatriste evoluciona como
personaje, crece la medida de la serie, con novelas que van adensando su
trayectoria en dos direcciones. Primeramente, según vimos ya en las
anteriores El oro del rey y El caballero del jubón amarillo, por el
estigma del desengaño, como si Quevedo fuese algo más que un amigo, y su
amarga visión de las Españas caídas prendiese cada vez más en la retina
de Alatriste, sometido a los vaivenes del poder cortesano, como lo fue
la historia de don Francisco mismo. No es casual que un ejemplar de Los
sueños de Quevedo, recién salido a estampa, acompañe los ratos de ocio
del capitán. Pero tampoco lo es la inclusión parcial en el texto (pág.
221), y completo en el apéndice final, del espléndido soneto que Quevedo
dedicó a su amigo y protector, don Pedro Téllez de Girón, duque de
Osuna. El acento de contraposición entre vasallos leales sin señores que
los merezcan acentúa la línea semántica constante en la narrativa toda
de Pérez-Reverte: su amarga visión respecto los valores inservibles, por
muy grandes que hayan sido las hazañas quemadas en su servicio.
JUSTO NAVARRO | El País - 02/12/2006
Nadie se ha arrepentido de ser valiente, o eso oí una vez, y valiente es Diego Alatriste, capitán crepuscular y cansado en un mar fabuloso de cristianos contra musulmanes, el Mediterráneo, matriz de razas, lenguas y viejos odios fraternos: "Nadie se degüella mejor y más a gusto que quien harto se conoce", ahora y en 1627, cuando empieza Corsarios de Levante. El pasado es también un país de aventuras.
[Continúa leyendo]CARLES BARBA | LA VANGUARDIA - 01/5/2006
Un antiguo combatiente emerge del pasado para pedir cuentas a un fotógrafo bélico. Pérez-Reverte vuelve a lo grande con El pintor de batallas.
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