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El Bar de Lola

Un libro cada semana (3)

Arturo Pérez-Reverte - 10/4/2015

La aventura equinoccial de Lope de Aguirre
Ramón. J. Sender


Portada del libro"El año 1559, cuando en tierras del Perú se pregonaba la expedición de Ursúa al Dorado, algunos se preguntaban quién era Ursúa para haber logrado del rey que le concediera aquella empresa..."

Este relato de uno de los más grandes escritores españoles del siglo XX es un viaje estremecedor de vida y muerte, que empieza con la envidia y termina con el cadalso. Entre ellos discurre una trama real, histórica, novelada de forma magistral, que compone un cuadro estremecedor de heroísmo, ambición, vileza, locura, violencia y sangre. Leí este libro a los 17 años, y en sus páginas pude comprender, por primera vez, lo que realmente fue la conquista de América. También gracias a ellas me asomé, fascinado, a los rincones más oscuros y peligrosos, a las cualidades admirables y a los defectos eternos del alma española. Estoy convencido de que ninguna otra obra nos retrató nunca con tan seca y cruda luz como lo hace esta extraordinaria novela.

Un libro cada semana (2)

Arturo Pérez-Reverte - 04/4/2015

Drácula
Bram Stoker

Drácula


"Cuando salí de excursión, Munich se hallaba iluminado por un bello sol, y el aire estaba lleno de la alegría de comienzos del verano. El coche ya se movía cuando el señor Delbrück, propietario del hotel Las Cuatro Estaciones, donde yo me había alojado, corrió hacia mí..."


Las películas y la enorme fama popular del personaje del conde Drácula hacen olvidar, a menudo, que la novela de Bram Stoker, publicada en 1897, es de una modernidad asombrosa y se cuenta entre las obras maestras de la literatura. Desde el lector joven y primerizo hasta el avezado veterano, cualquiera que pase sus páginas quedará fascinado por la historia del muerto viviente que reina en la noche y se alimenta con la sangre de sus víctimas; pero, sobre todo, por la manera audaz con que la novela está escrita: poniendo en escena a diversos narradores con giros insospechados, aportando documentos, diarios, noticias, cartas y hasta referencias fotográficas y diarios fonográficos, alcanzado así una admirable complejidad narrativa por la que transitan personajes extraordinarios e inolvidables.

Un libro cada semana (1)

Arturo Pérez-Reverte - 28/3/2015

El conde de Montecristo
Alejandro Dumas

El conde de Montecristo

"El 24 de febrero de 1815, el vigía de Nuestra Señora de la Guardia avisó la llegada del Faraón, buque de tres palos que procedía de Esmirna, Trieste y Nápoles..."

Nunca se equivoca uno al leer (o releer) o regalar esta novela que cuenta la tragedia y la venganza de Edmundo Dantés. Es el gran folletón clásico, la historia caudalosa donde todo aparece: la traición, la inocencia, el amor, el tesoro oculto, la venganza. Entre las obras de Dumas, en algunos momentos de mi vida llegué a preferirla, incluso, a Los tres mosqueteros.

Arte y estupidez humana

Arturo Pérez-Reverte - 04/3/2014

Élmer Mendoza - El Universal de México  04/03/2014

"El único arte posible tiene que ver con la estupidez humana", afirma Sniper, el misterioso grafitero buscado por Lex Varela, una crítica de arte que se convierte en sagaz investigadora en ‘El francotirador paciente', la novela de Arturo Pérez-Reverte, publicada por Alfaguara en octubre de 2013, que aborda el sorprendente universo del grafiti, esa poderosa manifestación de arte callejero presente en todas las ciudades y pueblos del mundo.

El grafiti es cultura, y las personas que lo practican son como sombras que dejan su huella sin aspirar a demasiado. No me extrañará que en cualquier año por venir, y sólo por joder, me cuenten o vea un placazo con el nombre de Arturo, que ha escrito una novela de respeto, apelando a toda su maestría, en que funcionan al menos dos canales que impresionan: el universo del grafiti con sus claras razones y su relación con el arte formal y los espacios tradicionales de exhibición: galerías, museos, programas de grafiti municipal, y el sentido de novela negra con que Varela sigue la pista de un personaje que se escabulle constantemente después de dejar su marca.

Todo lo que un aerosol tiene de paraíso esta aquí. Arturo Pérez-Reverte, que nació en Cartagena, Murcia, España, en 1951, nos comparte un universo asombroso, no sólo por la aplicación invasiva de varias capas de pintura en lugares inesperados, sino por el sustento estético de un arte agresivo, con sentido político y social y sobre todo, como una forma de tomar los puntos prohibidos de una ciudad para manifestarse. Lex Varela, contratada por una editorial de arte, experta en arte callejero, recorre varias estaciones en búsqueda de Sniper, un artista de más de cuarenta años, a quién sigue una legión de jóvenes que se arriesgan no sólo a caer presos, sino a perder la vida por el sitio elegido para su intervención en algún muro, azotea, tren, metro o estatua emblemática de cualquier ciudad. Las calaveras de Posada están presentes como elemento de transgresión.

En su recorrido por España, Portugal e Italia, Lex Varela no va sola. Biscarrués, un poderoso hombre de negocios, busca también a Sniper, lo culpa de la muerte de su hijo que se desplomó de un alto edificio donde ponía su marca y quiere venganza. Dos personas la siguen. Varela las enfrenta, incluso acepta una invitación del millonario a cenar pero no está de acuerdo con denunciar al artista. Ella quiere fotografiar su obra para publicarla en un gran libro de arte y que Sniper lo apruebe y acepte exponer en famosas ciudades. Todos los grafiteros que conoce en el trayecto le advierten que es una locura, que el grafitero mayor no se rendirá ante la idea de comercializar sus creaciones, pero Lex es terca, y si eso es así quiere que se lo diga el mismo Sniper, que piensa que "El arte sólo sirve cuando tiene que ver con la vida"; y además afirma: "Si soy un artista y estoy en la calle, cualquier cosa que haga o incite a hacer será arte. El arte no es un producto, sino una actividad. Un paseo por la calle es más excitante que cualquier obra maestra". Como se nota, hay una rebeldía desbocada pero tiene sentido. Los grafiteros también se llaman escritores y sus mensajes tienen el candor de la vida junto al sentido estético de una intervención que enriquece una pared o un costado del metro. La voz de los aerosoles es fuerte: "Somos pocos pero somos locos", escriben los cholos mexicanos; "El que pecho abarca, loco aprieta", los paraguayos.

Lex Varela es lesbiana. Su relación con el mundo del grafiti se enriqueció cuando investigaba para hacer su tesis de grado y conoció a una dulce chica que le gustaba la adrenalina de pintar la cortina de una tienda con la policía pisándole los talones. Una noche no alcanzó a escapar. En este recorrido la recuerda de vez en cuando y entiende que: "La excitación intelectual, la tensión física, el desafío a tu propia seguridad, el miedo dominado por la voluntad, el control de sensaciones y emociones, la inmensa euforia de moverse en la noche, en el peligro, transgrediendo cuanto de ordenado el mundo establecía, o pretendía establecer." Es la esencia de este arte transgresivo y de las personas que lo crean; queda claro que: "Si es legal, no es grafiti."

Arturo es un escritor fascinado por el placer de narrar, sabe lo que significan horas y horas de trabajo y conoce el sabor de la incertidumbre; por eso trata todos los temas. Es un autor que sólo se compromete consigo mismo y con sus lectores, entre los que están aquellos que les gusta que les cuenten historias. Y si la historia implica investigación policiaca, el buen rato está garantizado, como en ‘El francotirador paciente'.

El contador de historias

Arturo Pérez-Reverte - 06/2/2014

Entrevista con Silvana Boschi - Revista Ñ (Diario Clarín de Buenos Aires) 31/01/2014

Contar historias en las que pasan cosas. Haber sido durante 21 años reportero de guerra. Escribir ocho horas por día. Meterse entre los personajes reales que después van a ser los personajes de sus novelas. Salir a navegar. Leer. Buscar nuevas historias. Esas son las cosas que dice que ha hecho Arturo Pérez-Reverte para convertirse en quien es: un escritor español que lleva escritas unas 30 obras, nueve de las cuales fueron llevadas al cine, y que ha sido traducido a 41 idiomas.

Nacido en Cartagena (España) en 1951, Pérez-Reverte comenzó a escribir libros a los 38 años, y su nueva profesión convivió con la de periodista algún tiempo, hasta que el éxito de ‘La tabla de Flandes' y cierta decepción con su carrera lo llevaron a volcarse totalmente a la escritura. Miembro de la Real Academia Española, es autor -entre otras- de ‘Las aventuras del capitán Alatriste', ‘El maestro de esgrima', ‘La piel del tambor', ‘La carta esférica', ‘La Reina del Sur' (sobre la que se hizo una telenovela), ‘El pintor de batallas', ‘El tango de la Guardia Vieja' y ‘El francotirador paciente', editada recientemente por Alfaguara.

Esta última novela es una historia ágil y callejera, que revela el submundo de los pintores de grafitis, esos "lobos nocturnos, cazadores clandestinos de muros y superficies", obsesionados por dejar su nombre o una frase estampada en una pared de Madrid, Lisboa, Verona o Nápoles. Sobre esta última obra y sobre otros temas, como los héroes cansados y escépticos o la potencia de las series de TV como estructuras narrativas, Pérez-Reverte dialogó telefónicamente con ‘Ñ' desde Madrid.

-Usted dijo que ‘El francotirador paciente' se inspiró en razones personales. ¿Puede contar cuáles fueron?

-Bueno, estaba en Verona viendo el balcón de Julieta y se me ocurrió una parte de la trama que luego, viajando en tren a Roma, desarrollé viendo grafitis en las estaciones. Pero en realidad una novela siempre es un punto de estallido de un mundo que uno lleva consigo. Uno va acumulando cosas, recuerdos, lecturas, ideas, vivencias, y un día hay algo, una frase, una palabra, una música, una persona, una sensación, que dispara y aglutina ese mundo que uno lleva consigo. Y eso ocurrió esta vez.

-Cuando se habla de los grafiteros y de la obsesión por dejar su firma, también se podría pensar en los periodistas o escritores. ¿El grafitero es alguien que quiere ser leído de prepo?

-Ellos se llaman a sí mismos escritores, lo cual no es nada casual. Hay muchos tipos de grafitis, y es muy complejo ese mundo. Va desde lo que es la mera firma, el "tag", como lo llaman ellos, hasta la obra pictórica más compleja, que se mete en el terreno del arte urbano. Pero el grafitero puro y duro es aquel que se limita a poner su nombre, su firma, desarrollada de una forma más o menos compleja pero su firma. Es una forma de afirmarse. Yo he hablado con muchos de ellos, y la mayor parte me dice que no pretende ser artista ni mucho menos: "Yo sólo quiero firmar, poner mi nombre, afirmarme". Uno de ellos, que no lee libros, me dijo "escribo y existo", es una visión casi filosófica de la vida intuitiva: escriben para ser. Gente a menudo sin fama, sin nombre, sin trabajo, sin otras perspectivas, poniendo su nombre, ganándose el respeto de los que como ellos escriben en paredes, multiplicando su firma en trenes, en metros. En ese sentido, hay una conexión con lo que es el escritor, que también pretende afirmar en cierta forma su personalidad. O esa firma en primera página que todos perseguimos cuando éramos jóvenes, y que el día que la conseguíamos era un gran éxito,
claro.

-¿Vincula de alguna forma la actividad de estos jóvenes grafiteros con la imposibilidad de llegar a ser alguien por medio del esfuerzo? ¿Tiene que ver con una percepción pesimista de la sociedad o no tiene nada que ver?

-Insisto en que el grafiti es muy complejo y en el curso del trabajo de investigación para esta novela he encontrado muchos tipos de grafiteros diferentes. Desde el vándalo que va a hacer daño, por el placer de destruir o de marcar, hasta el tipo tímido que poniendo su nombre realiza sueños de proyección, o el que quiere ser artista y empieza por ahí. Hay un montón de motivaciones diferentes, es imposible manejar un modelo común. Pero el que más me interesa es aquel que a través de su actividad grafitera grita de alguna manera, afirma de alguna manera y combate de alguna manera. He encontrado un tipo de grafitero que hace una especie de guerrilla urbana, hecha de adrenalina, de transgresión, de provocación, de lealtad entre compañeros, un grupo marginal con códigos y reglas internas. Y ahí es donde me he movido, es lo que más me ha interesado. Porque eso entra en el tema que trato en mi novela, esa ética, esa estética asumida como épica. Eso es justamente lo que me fascinó del grafiti, y he movido mi novela por ese sector específico.

-Usted habla de guerrilla urbana, pero parecería que toda esa organización de los grafiteros, -salir de noche, correr si llega la policía, vestirse de negro-, es una puesta en escena bastante clandestina para un hecho que, de ser descubierto, provocaría sólo una multa.

-Por eso seduce mucho a los jóvenes, entre otras cosas. El grafitero suele empezar muy joven y lo deja pronto, entre los 15 y los 20 años, que es el momento de más actividad, y es por eso precisamente. Yo cuando he estado con ellos, -en España, en Portugal y en Italia, intentando reunir material para contar ese mundo-, he descubierto con asombro cosas casi militares. Me ha recordado, -en inocuo, en no tan peligroso, por supuesto, pero sí en cuanto a las maneras-, escenas de mi vida como reportero, cuando uno estaba en territorio enemigo, "territorio comanche", como yo digo. Toda esa parafernalia que es casi militar, adrenalina, tensión, peligro, crea un mundo que a los jóvenes, que no tienen otras cosas ni otras emociones ni otras adrenalinas, los seduce bastante.

-Una actividad algo más emocionante que subir un mensaje a Twitter.

-Sí, uno de ellos me dijo: "Hay imbéciles que se tiran de un barranco o con una cuerda, o se tiran con unas alas por un desfiladero. Pues yo hago esto: yo pinto trenes de noche y me juego mi libertad y mi dinero, o el dinero que no tengo". Es es una motivación tan buena como cualquiera.

-En ‘La tabla de Flandes' y ‘El pintor de batallas' aparece la discusión sobre qué es arte. ¿Retomó ahora ese tema?

-A mí el asunto del arte me interesa desde hace mucho tiempo. De hecho, mi segunda novela, ‘La tabla de Flandes', hablaba de esto, así como ‘El pintor de batallas' y algunos otros trabajos míos. El tema del arte moderno y antiguo me interesa bastante. Y siempre he sentido mucha curiosidad, como espectador, mirando tanto el arte clásico como el arte urbano, como el arte callejero, como aquel punto en el cual el grafiti linda con el arte callejero. Bueno, pues ahí hay varias preguntas que esta novela me permitía plantear. Quiero dejar en claro que yo no apruebo el grafiti, me parece vandalismo, y no estoy de acuerdo con él. Lo que pasa es que me fascina el mundo que hay abajo y ahí es donde he movido mis personajes. Dicho lo cual, debo decirle que hay algunas cosas que comprendo que no están desprovistas de sentido, cuando uno de ellos me decía: "Un político puede llenar las calles con carteles con su cara, una marca comercial puede llenar las calles con carteles de coches o de sujetadores de mujeres, y yo no puedo poner mi nombre. ¿Por qué un político es legal y yo soy ilegal?". Bueno, no es una guerra que pretenda ganar, no es un combate por una victoria social, es una manera de desahogar, de volcar, de gritar, sin ningún objetivo concreto, porque el grafitero no quiere cambiar el mundo, quiere gritar "yo soy, yo estoy, yo existo". Entonces, eso ofrece posibilidades muy interesantes para analizar lo que es el arte moderno, tan capturado, tan domesticado, tan secuestrado por marchantes sin escrúpulos, por galeristas esnobs y por artistas mediocres amparados por el sistema. Encontrarse con ellos, entonces, con la actividad dura, violenta del grafitero en la calle, crea unos contrastes muy interesantes que quería explotar con esta novela.

-'El francotirador paciente' le llevó menos tiempo que otras obras. ¿Es porque ya conocía los escenarios?

-Sí, hay novelas más complejas. Por ejemplo, ‘La Reina del Sur', una novela sobre narcotráfico. Pasé dos años con narcotraficantes en México, en la frontera, en el sur, en el estrecho de Gibraltar, en Marruecos. Requería un trabajo de documentación previa muy complejo. Pero esta novela urbana, actual, corta, casi policíaca, tenía unas características que me permitieron resolverla con más rapidez. Me puse con ella y fue saliendo, fue saliendo... Y vi que la terminaba antes de lo previsto.

-Usted dijo que todas las obras de arte cuentan historias. ¿Un cuadro hiperabstracto también o hay obras cargadas de significado y otras que no?

-Bueno, hay un arte moderno absolutamente ficticio. En el arte moderno hay cosas muy buenas, evidentemente, pero el sistema tiene sacralizadas una serie de mediocridades a las que hace multimillonarias. Y le pongo un ejemplo concreto, el caso de Damien Hirst. Incluso entre los grafiteros, a artistas como Banksy lo consideran estafadores de categoría, desprecian profundamente a ese tipo de artista. Entonces, frente a todo eso, digamos que la actividad del grafitero que no persigue éxitos, ni exponer, ni galerías, que se conforma con salir a la calle, hacer su tapia y volver a su casa con los amigos a tomar unas cervezas, tiene unos aspectos casi románticos, digamos, dentro del vandalismo general, que lo hacen singularmente atractivo. Entonces, claro, uno debe aprobar la vaca muerta de Damien Hirst pero debe criticar a un chico que hace una pared maravillosamente bien hecha en la cual está volcando un montón de cosas que si uno mira las ve; no sé qué decirle. Por eso, para esta novela me planteaba una serie de preguntas que no intento responder sino plantear, porque al fin y al cabo yo sólo soy un novelista, cuento historias, no soy un artista, ni un sociólogo, mando una serie de preguntas e interrogantes.

-¿Cómo fue su decisión de abandonar la carrera de periodista?

-Fue después de la guerra de los Balcanes. Justo ahora han hecho 20 años que dejé de ser reportero. Fui reportero durante 21 años, trabajé en países en guerra, habitualmente, incluida la guerra de las Malvinas. Después de los Balcanes, mis novelas ya funcionaban bien, me daban libertad, me hacían económicamente independiente, y podía navegar con mi propio barco, que es lo que realmente me gusta. Así que decidí hace 20 años dejar el periodismo y dedicarme nada más que a escribir.

-¿Cómo funcionaba su creatividad cuando era escritor y periodista? ¿Hubo efectivamente un salto de calidad o productividad cuando se dedicó sólo a escribir, o la doble tarea funcionaba como un motor interesante?

-Bueno, yo era reportero de guerra, yo no estaba en una redacción habitualmente. Yo me iba a una guerra, estaba meses, volvía, estaba meses en Madrid, y volvía a otra guerra. Es decir, que entre guerra y guerra escribía. No tenía el contacto directo, diario, con la redacción, lo cual me permitía esa especie de esquizofrenia de dos vidas diferentes que fui compaginando sin ningún problema hasta que, bueno, un día decidí que ya no iba a hacerlo más. De todas formas, yo soy un escritor tardío -empecé a escribir con 38 años-, así que digamos que mi vida como escritor y periodista al mismo tiempo no fue demasiado larga. De todas formas, en mis novelas lo que hago es contar bajo el punto de vista, contar con la mirada -al fin y al cabo un escritor no es más que una mirada- con la mirada que me dejó mi vida como reportero. Mi sello, mis personajes, mis conflictos en todas mis novelas se nutren de la vida que durante esos 21 años llevé como reportero, lo que viví, lo que tengo en la memoria, mi álbum de fotos personales. Esta novela, ‘El francotirador paciente', es en cierta forma una novela de guerra.

-Usted habló también de su decepción por la demanda de los medios, en la última guerra que cubrió, de difundir fotografías sensacionalistas, como si se tratara de un espectáculo.

-Sí, de hecho, hay dos libros que marcan eso. Uno es ‘Territorio comanche', que es autobiográfico, es el libro con el cual me despido en el año 93 del periodismo, y ‘El pintor de batallas', escrito diez años después, en el cual hago una especie de recorrido por la guerra a través del arte, o del arte a través de la guerra. Quizá sea mi libro más complejo, más amargo y más triste. Y ahí están también los motivos por los que dejé el periodismo. Yo era un reportero, un cazador de imágenes, un mercenario altamente cualificado, vivía bien, pero todo eso, por una parte, me iba causando una serie de estragos personales y, por otra parte, me iba causando una serie de decepciones sociales. Y a raíz de la guerra del Golfo, me refiero a la primera guerra del Golfo, y a la manipulación a la cual asistí, viví, sufrí y protagonicé en primera persona, como todos mis compañeros, y después a raíz de la guerra de Yugoslavia, fueron tres años en los cuales murieron 52 compañeros, algunos de los cuales eran amigos míos, y eso no valía absolutamente para nada. Occidente seguía mirando la televisión, el fútbol, y haciendo zapping entre el fútbol y los programas del corazón y del sexo, y los Balcanes eran un tema secundario. A raíz de todo eso comprendí que el oficio que había hecho no valía para nada, que ya tenía edad para hacer cosas mías, y navegar, y ser independiente, y que ningún espectador merecía que a mí me mataran en Sarajevo, y decidí que no me interesaba la profesión, que había perdido para mí toda razón de ser, que la aventura ya la había vivido y que la misión humanitaria o ética de un periodista no tenia ningún sentido en el mundo absurdo y puerco en el cual vivía. Así que, dije: "Dejo todo eso y me dedico a navegar y a escribir".

-¿Hubo algún detonante, alguna situación especial que aceleró la decisión?

-Yo desde el año 73 hasta el 94 viví todas las guerras, prácticamente todas las que hubo en ese período. Digamos que fue la acumulación, la transformación de esos años de vida, hasta que decidí que ya no era el chico que salía al mundo con una mochila, sino que era un veterano con cicatrices y mirada cansada, y que ya no creía en lo que estaba haciendo, y que contando novelas a lo mejor podía rentabilizar de alguna forma personal lo que esa vida me había dejado. Pero yo soy un escritor accidental, yo nunca quise ser novelista. Yo era lector, nací en una casa con una biblioteca grande, viajé a mi primera guerra con la mochila llena de libros, cuando vi Beirut o vi Sarajevo había leído bastante para reconocer ahí Troya, o sea que los libros que leí me sirvieron para interpretar el mundo en el que vivía. Era un reportero de guerra ilustrado, por decirlo de alguna forma. Y eso me dio un hilo, me dio un sustrato, un territorio hacia el cual me pude replegar después.

-Usted habla de héroes cansados, escépticos y marginales. ¿Es ése el tipo de héroe que cree que existe ahora?

-No sé si es el que existe o es el que a mí me interesa. Quizá por la vida que he llevado, porque yo también me siento cansado, no mucho más feliz que Héctor o Aquiles. El héroe de corazón puro, el clásico héroe inocente y bondadoso y bueno, y en el lado del bien luminoso de las historias clásicas, ya no funciona, ni en la realidad ni en la ficción. El hombre actual ha perdido su inocencia, su corazón es oscuro, es Ulises a la vuelta de Troya, con sangre en las uñas, en fin. Es un hombre que vaga buscando una Itaca que es muy difícil de encontrar, donde la mujer envejece, es decir, hay un montón de factores... Solamente lo reconoce su perro, y ese es el héroe que me interesa, quizá porque yo me siento más cerca de este héroe que del otro. Yo creo que el único héroe creíble es ese héroe cansado, Y dentro de ese héroe cansado precisamente está la mujer. En mis novelas, sobre todo en las últimas, gana importancia cada vez más el personaje femenino como protagonista, como voz conductora, porque quizás el hombre está muy agotado como guía narrativa, hay lugares a donde el hombre ya no puede llegar como protagonista, como punto de vista narrativo. Pero la mujer, que está haciendo frente a un mundo nuevo, que está enfrentada a desafíos nuevos, que ahora tiene una mirada nueva y fresca porque ha cambiado su viejo rol social y ahora hace otro, y se enfrenta a conflictos terribles, crudísimos y dificilísimos de resolver, la mujer proporciona una mirada, un recorrido narrativo, para llegar allí donde con el hombre no se puede llegar.

-¿Qué opinión tiene del auge de las series, de la relación entre las series actuales y los textos narrativos?

-Bueno, yo no veo televisión ni veo informativos, uso la televisión para ver películas y series, soy realmente un adicto a las series de TV. Mi tiempo libre, cuando no estoy navegando o escribiendo, estoy leyendo y viendo series o cine. En ese sentido, debo decir que yo creo que el talento creativo en este momento se está refugiando más que en la literatura en las series de TV. Yo creo que las series son, en este momento, el artefacto narrativo más interesante que existe en la cultura de la sociedad occidental. Series como ‘House of Cards', ‘Homeland', ‘Los Soprano', ‘Mad Men' o todas éstas, tienen tal cantidad de talento, de creatividad, de eficacia narrativa que de alguna forma desplazan el interés. Si es cierto que la literatura escrita en forma de novela está en cierta forma sentenciada por el mundo en que vivimos, yo creo que habrá grandes transformaciones en ese sentido y no para bien. Lo resumiría diciendo que si yo fuera un joven escritor con ambiciones me dedicaría a escribir historias para series de televisión más que novelas para ser publicadas en papel.

Víspera de la batalla

Arturo Pérez-Reverte - 08/1/2014

Joé Belmonte Serrano. Suplemento cultural de La Verdad de Murcia. 21-12-13 Los héroes -dejó   escrito Pérez-Reverte en uno de sus artículos periodísticos -pasan por   nuestro lado sin que reparemos en ellos. Se sientan en la terraza de un bar,   se sujetan a la barra del metro o hacen la cola del paro, como todos.

No son, pues, héroes   clásicos. A la manera de Homero. O Virgilio. Sino héroes que se ocultan del   sol del mediodía. Que trabajan agazapados entre las sombras. Con talento,   desde luego. Con una inteligencia fuera de lo común. Pero que prefieren   mantenerse al margen, seguir siendo, a toda costa, héroes cansados. Sniper,   el protagonista de esta nueva novela de Arturo Pérez-Reverte, es uno de   ellos. Basta con atender a su descripción, a las certeras palabras con las   que se le define: uno de esos tipos que en una revolución miran por el   balcón, salen a la calle, organizan a los vecinos y acaban siendo los jefes.   Luego, sin embargo, en cuanto la revolución triunfa y toma cuerpo,   desaparecen. Sin más.

Sniper sale de su   escondrijo, por fin, bien avanzada la novela. El acierto del autor de estas   páginas es, sin duda, el modo de construir al personaje a partir de cierta   información que «la chica», Alejandra Varela, va obteniendo de cuantos lo han   conocido. Es como ir al encuentro de un sueño insistente y repetido con el   temor de no encontrarte con lo que tanto has deseado. ‘El francotirador   paciente', vuelve, en cuanto al número de páginas, a ‘El pintor de batallas',   después de la experiencia de dos novelas ciertamente voluminosas, de muy   largo recorrido, con otra cadencia y un tono diferente, ‘El asedio', con más   de setecientas páginas, y ‘El tango de la guardia vieja', con casi   quinientas. Con ‘El pintor de batallas' existe un mayor lazo de unión que   este simple detalle anecdótico. De nuevo, con temple, con sabiduría y   experiencia, ese deseado equilibrio entre acción y reflexión. A veces, es el   propio lector quien detiene el ritmo para hacer un alto en el camino,   detenerse en una perla en forma de frase -tan breve como profunda y   compleja-, marca de la casa, frecuentes en la mayoría de sus novelas: «Sólo   eres joven en la víspera de la batalla. Luego, ganes o pierdas, has   envejecido». Reverte afina más que nunca. Con un par de pinceladas logra ese   efecto que otros escritores, contemporáneos suyos, no saben plasmar ni en   varias páginas de sus libros. Así describe los efectos de la crisis, cuando   se fija en una tienda de la ciudad «con folletos publicitarios que se   amontonan en el polvo del suelo al otro lado de cierres metálicos». Alejandra   Varela, la encargada de dar con el paradero del grafitero más buscado de   Europa, para hacerle una tentadora oferta y algo más, se inscribe en la línea   de los mejores personajes femeninos creados por Reverte: desde la ya lejana e   inolvidable Julia de ‘La tabla de Flandes' hasta la Teresa Mendoza de ‘La   reina del sur', pasando por Adela de Otero (‘El maestro de esgrima') y   Macarena Bruner (‘La piel del tambor'). Y a su alrededor, secundarios que   cobran enorme fuerza a lo largo del relato, que se hacen un hueco en la   trama, que, en plan unamuniano, demandan de su creador, un espacio vital,   unas líneas para poder expresar sus sentimientos.

Adentrarse en el   mundo del grafiti no era tarea fácil. Y mucho más si ese mundo es analizado   en clave artística y humana. Un mundo, casi de corte militar, hecho también   de códigos, de reglas no escritas. Son como soldados antes de un combate   nocturno. Es la guerrilla del arte. La obra de arte más honrada, porque quien   la hace no la disfruta. Esta afirmación da pie a otro de los elementos más atractivos   de esta novela. Pérez-Reverte no tiene inconveniente alguno -como ya hizo en   ‘El club Dumas', donde desvela que el éxito o el fracaso de un libro no se   sustenta en la calidad del mismo, sino en una gran mentira: en el capricho de   un influyente y desalmado crítico- en airear, por boca de sus personajes,   que: «La auténtica obra de arte está por encima de las leyes sociales y   morales de su tiempo». De ahí que se llegue a afirmar que «el arte actual es   un fraude gigantesco"» Y que son los medios y los críticos influyentes   los que pueden encumbrar a cualquiera. O destruirlo.

La búsqueda de   Sniper por parte de Alejandra tiene razones de mayor calado. En ello reside,   de algún modo, la esencia y la sorpresa final de esta obra. Reverte, no lo   olvidemos, toma con frecuencia elementos de la novela negra, y sabe manejar   la intriga, en su justa dosis, como pocos. La sensación final no es otra que   la de estar ante una obra bien construida estructuralmente, con un lenguaje   sin alarde alguno, sin preciosismo de ninguna clase, con una deliberada   sencillez que no impide, sin embargo, que su autor nos ofrezca espléndidas   descripciones de rincones de la ciudad de Nápoles, último escenario de la   obra tras su paso por Madrid, Lisboa, Verona y Roma. La sombra del periodista   aparece de vez en cuando, sacude al lector, le pone los pies sobre la tierra.   En definitiva, un producto revertiano un tanto raro, hay que reconocerlo,   nada habitual, al menos en cuanto al tema elegido, pero, al mismo tiempo, un   documento que nada tiene de ajeno a sus anteriores entregas, con su deseo   siempre de sacar a la luz y poner sobre el tapete, sus libros, sus cuadros   favoritos, sus películas predilectas... Y una música muy especial: la del viejo   Chet Baker, con la que pone banda sonora a su obra: «The wonderful girl for   me/ oh, what a fantasy...».

Escribir dudas como bombas

Arturo Pérez-Reverte - 31/12/2013

Por Juan Cruz. La Nación (Argentina) 27-12-13

Hasta Enric González, excelente periodista que siempre tiene preguntas nuevas, le hizo a Arturo Pérez-Reverte (Jot Down, 1 de junio de 2012) la vieja pregunta: "¿Nunca tienes un aguijón de nostalgia por el periodismo?" El veterano periodista, que jugó un papel fundamental en el reporterismo español, de guerra y de paz, a principios de los años noventa, respondió a su estilo: "Tengo el impulso. Ocurre como cuando has sido torero o cura. Hay oficios que marcan". Fue periodista; jamás dejó de ser novelista, ni antes ni ahora. Y ahora ha escrito una novela en la que en ocasiones deja un lugar para que mire, con la sabiduría de la experiencia propia, un periodista al que él le entrega por entero la lente de la narrativa.Y tanto, y tanto que marcan ciertos oficios: no se van nunca, son como un grafiti indeleble, es como una bomba que cae sobre uno. De hecho, desde que una noche decidió abandonar el periodismo, harto de la burocracia que se mascaba en su lugar de trabajo, Televisión Española, y aún antes de hacerlo, no hay una sola novela de Arturo Pérez-Reverte, y todas son muchas ya y además todas han estado en las listas de más vendidos en España y en el mundo, en la que ese impulso que él dice tener no se cumpla. Pero ahora aquel periodista está en la lejanía del impulso: el pulso es desde hace rato el de un novelista. Como en El francotirador paciente. En La piel del tambor, por ejemplo, el novelista se adentra, con los materiales de inspección del periodismo, en las capacidades que tiene Internet para complicar los asuntos de la Iglesia; en La Reina del Sur es imprescindible su olfato de ojeador para saber qué pasa en el profundo sur del narcotráfico mexicano; en El pintor de batallas es consustancial el cansancio del narrador tranquilo para interpretar el tono (bellísimo) de esa reflexión melancólica; y en El tango de la Guardia Vieja está Pérez-Reverte buscando en tres o cuatro lugares (La Riviera, el barco, Buenos Aires, Sorrento) el destino del alma ajena en función de los sitios que frecuenta. Un escritor de novelas que jamás abandonó el impulso de periodista. Un periodista que dejó el oficio para ser, enteramente, como ahora, un novelista. En El francotirador paciente está ese narrador que fue periodista en estado puro, simulando el oficio para que el interrogante, el diálogo, tenga ese aire hemingwayano en el que a veces incurre, para ensalzar el género narrativo, el novelista Pérez-Reverte; y no sólo está él (o su trasunto) sino también la pura metáfora del oficio, y por tanto el periodista que fue como resultado de su impulso y de su historia, o de la historia de su impulso. En el lenguaje, en el diálogo, en ese cierto cinismo que tienen (que tenemos) los periodistas por dar acabada una historia para pasar a otra, está también el oficio de escribir en las paredes, que es la esencia del grafitero: su falta de solemnidad absoluta, su disponibilidad para poner bombas allí donde otros ponen tan sólo dudas. El grafitero escribe de noche, mayormente, como solemos hacerlo los periodistas, a la peligrosa hora del cierre. Para escribir un libro así tienes que tener alma de grafitero, o de periodista, y, como Hemingway, tienes que haber tenido el atrevimiento de haber dejado a tiempo el oficio. Así, teniendo todos los puntos de vista, está escrita esta novela, El francotirador paciente.

Yo al menos he leído así el libro, como si Pérez-Reverte usara dos elementos, el grafitero que se esconde, que evade la ley porque su oficio es burlarla, y la mujer (que domina la novela) que lo busca por todas partes para saber dónde está, en qué basa su gloria y cuál es su estado de miseria, qué se aloja en el alma artística que tanto mueve y que tanto conmueve. Qué es, al fin, ese personaje.

Pero no se engañen, esa metáfora es la que extrae este lector, porque la novela no trata exactamente de eso. Es tan suculenta esta escritura veloz, sorprendida de sí misma, está tan impregnada de la vida del grafitero (y de los grafiteros); es tan vívida la calidad nocturna de su pesquisa, tan notable el uso gramatical del verbo de los ilegales que escriben en las paredes, que es obvio que para llegar a estas conclusiones narrativas que vierte en El francotirador paciente, el propio Pérez-Reverte ha tenido que hacer periodismo, envolverse en ese mundo hasta mancharse, por decirlo con las palabras del viejo poeta Gabriel Celaya. Pérez-Reverte ha escrito un thriller cuya sustancia va por ahí, por la búsqueda de un personaje (el francotirador que dibuja su disgusto ante la sociedad en las paredes de las ciudades) al que algunos acusan de haber causado muertes en el ejercicio de su oficio clandestino; la mujer que lo persigue ha recibido un encargo editorial que quiere convertir a ese fugado que sigue escribiendo en las paredes un contrato para que sea más que Picasso. En medio se suceden historias paralelas que le dan a la narrativa el sustento propio de las novelas de suspense; como hizo en El tango de la Guardia Vieja, el novelista que es usa al periodista que fue para utilizar la información como manera de retener al lector hasta hacerlo caer en la cuenta de que está ante un thriller.

Las frases cortas son suyas, los eslóganes que suelta el francotirador son suyos, los diálogos o las peleas son sus dibujos; pero él mismo ya se ha situado al margen de la historia para contarla mejor. No lo voy a contar, pero ese distanciamiento está en la raíz misma del resultado final de la pesquisa que acomete Lex, la mujer que busca al francotirador grafitero para hacerlo grande. La paradoja que encierra ese final es, quizá, lo que la faltaba a la historia para que fuera un juicio metafórico del periodismo del que viene Pérez-Reverte. No sé cuántos dirán que esta novela es un homenaje al periodismo, pero yo me atrevo, porque sólo uno que fue buen periodista hubiera dibujado así la vida entera bajo la luz de la oscuridad, aquella luz que, por otra parte, perseguía Lewis Carroll cuando estaban apagadas las velas del día. Escribir en la calle, dice el grafitero, es "escribir dudas como bombas". Aquí están, explotan, abren nuevas dudas, es una pared infinita en la que Pérez-Reverte ha escrito un manifiesto narrativo..

Sonate a trois temps

Arturo Pérez-Reverte - 09/12/2013

LE TANGO DE LA VIEILLE GARDE d'Arturo Pérez-Reverte. Traduit l'espagnol par François Maspero Éditions du Seuil, 536 p., 22 €

Bruno Frappat. La Croix. 5-12-13

Qu'il ne soit pas nécessaire de s'identifier aux héros d'un roman pour être entraîné dans la danse, le dernier livre de l'écrivain espagnol Arturo Pérez-Reverte en fournit la magistrale démonstration. Bien malin qui dénicherait dans la panoplie de personnages qui circulent dans les pages de cet épais roman des gens sympathiques, fréquentables, à citer en modèles aux jeunes filles de bonne famille.

La morale et la littérature, une fois de plus, attestent de leur divorce structurel. Dans le domaine des lettres, l'eau de rose a fait long feu. Le temps est aux cyniques, aux obsédé(e)s, aux manigances désespérées de la tragédie qui se résume souvent à une quête de l'impossible amour. Une quête faite de violences, de hasards impossibles, de destins se croisant et recroisant au gré de circonstances que nul ne maîtrise.

Tout autre que le talentueux Pérez-Reverte, maître du roman de cape et d'épée modernisé, nous perdrait aisément dans le fouillis des anecdotes et de la temporalité chahutée de son œuvre. Mais on retrouve dans ce gros roman la maestria phénoménale d'un des meilleurs raconteurs d'histoires de la littérature européenne. Un as du rebondissement, de l'énigme policière, des déroutantes sinuosités des amours et des haines qui agitent les esprits cabossés de son humanité sans repères ni, donc, entraves.

Esprits étroits, s'abstenir. Il y a dans ce livre des scènes choquantes, d'une brutalité, y compris sexuelle, qui pourraient relever de la pathologie la plus extravagante. Mais ce n'est pas pour cela qu'il faudrait fuir cette lecture, ni, au demeurant, y adhérer. C'est surtout la construction de l'histoire par un façonnier de récits qui constitue la plus belle surprise de l'œuvre d'un écrivain qui nous a déjà habitués aux virevoltes de ses héros.

De ses héros et de ses paysages. Car on change beaucoup d'horizons dans ce livre : des faubourgs de Buenos-Aires dans les années vingt à la baie de Sorrente dans les années soixante ou à celle de Nice à la fin des années trente. Des lieux, des drames pour les deux personnages principaux. L'un est un danseur mondain, payé pour sa beauté afin d'entraîner les dames qui s'ennuient dans les linéaments de tangos somptueux, sur les transatlantiques des années trente ou dans les cabarets, y compris parisiens, des temps d'après.

L'autre personnage principal, une dame bien sûr, mariée à un compositeur, tombe dans ses rets. Max et Mencha, lui célibataire, elle mariée (plusieurs fois) vont se fuir et se retrouver, de décennie en décennie, comme constamment renvoyés à leur inaugural amour fou. La construction de cette histoire repose sur le passage incessant d'une période à l'autre. Parfois le lecteur est perdu : où en sommes-nous, là ? Avant la guerre ? Après ?

Les allers et retours temporels et spatiaux, loin de déterminer une envie de passer à une autre lecture, sont constitutifs de la fascination qu'exerce ce fort roman. Et ce, en dépit du faible intérêt existentiel que l'on pourrait accorder aux faits et gestes d'un truand de grands hôtels et d'une femme riche et belle qui passe sa vie, obsédée par des amours coupables, à attirer sa proie et à la rejeter.

On passera sur les épisodes policiers ou de roman d'espionnage qui, d'une ville à l'autre, finissent par donner le tournis. Sauf pour dire qu'ils sont, chacun, tricotés avec un professionnalisme d'auteur de romans de cape et d'épée qui sait ce que sont un suspense, une surprise, des crimes et des violences ponctuant le destin d'êtres égarés par leurs passions, soit de l'amour, soit de l'argent.

Les époques traversées voient se succéder des aventures liées aux débuts de la guerre d'Espagne et à la montée du fascisme ou à la persistance de la guerre froide. On retrouve là le journaliste Pérez-Reverte (ce fut son métier que d'être reporter avant qu'il ne s'oriente avec un immense succès vers l'écriture de romans). Hors de la morale commune, «nos héros», comme on dit, ne sont pas hors du temps. Légèrement à côté, mais pas très loin.

À qui recommander cette lecture d'un ouvrage ne méritant pas le prix Montyon, qui récompense des œuvres édifiantes à confier à toutes les mains ? Uniquement à ceux des fous de romans qui peuvent mettre de la distance entre ce qu'ils lisent et ce qu'ils veulent vivre. Et savent que ce n'est point pécher contre l'esprit que se distraire en lisant des récits de vies imaginaires dont il n'y a rien à tirer sur un plan pratique. Une lecture gratuite, en quelque sorte, où les trois temps d'une sonate, mi-humaine mi-inhumaine, nous font tournoyer sous plusieurs cieux en compagnie d'amoureux fous qui se cherchent. Et ne se trouvent que pour se perdre. à temps, à contretemps, trop tard.

El grafiti es sólo el envoltorio

Arturo Pérez-Reverte - 05/12/2013

Escrito por Burnel. Foro Icorso. 4-12-13

     Si no te gusta el grafiti, no te importe.
El grafiti sólo es el envoltorio. Es como cuando esperas un regalo y el
envoltorio es de Er Gome con sus triangulitos dorados y viene con esos
lazos cruzados imposibles, como  garantizando su calidad.
Sería lo mismo que se llamara Sniper y fuera jugador de batallas  on
line del Call of Duty ghosts. El mejor jugador. El que empezó con un
nivel 80, esa fiel infantería que explota bombas, o evitan que salga un
vuelo, o se cargue de un tirón a diez enemigos moracos, y avanzan poco a
poco de nivel, bombarderos sin piedad enganchados a su pantalla de
ordenador, con el micrófono en la oreja -consolador a veces para las
madres- hablando un inglés de mascar chicles y tú preguntas, sigilosa:
-¿Pero nene, con quién juegas?
- Ahí, con un chaval de Silver City
- ¿Siver qué?
- Calla mamá, que me matan
Cierras la puerta y te dices, -no entiendo nada-.
Pues eso es El Francotirador Paciente. Territorio Reverte. Territorio
Reverte puro y duro. El de siempre. El de La Tabla de Flandes, El club
Dumas o El Maestro de Esgrima. El de Teresa Mendoza y La Reina del Sur.
Incluso, quizá, el de El Pintor de Batallas.
Códigos y reglas para la banda del aerosol. Pero nada nuevo para los
viejos del lugar. Lex Varela no inventó nada que ya no hubiera inventado
Lucas Corso.
Comprendo que tira para atrás un Reverte maduro, que después de ese
tangazo inolvidable, te venga con sprays, tags y grafos en muros
imposibles. Empiezas el libro y de repente, aparece Mauricio Bosque y te
dices, ¿pero a quién me recuerda este hombre? Es Mauricio, claro,  pero
podría ser Boris Balkan. Y de pronto, Paco Montegrifo, representante de
la casa de subastas Claymore. Uff, respiras hondo y te dices: "estoy en
casa". Incluso cuando llegas a Pachón y piensas aquí está Casimiro
Feijoo o Rogelio Tizón. Tranquilidad.
Es como la garantía a seguir leyendo. Y entonces, empieza el ritmo. La
trepidante y vertiginosa lectura que no te deja parar hasta llegar al
final. Un libro como los de antes, rápidos, cortos, plaf-plaf-plaf.  No
hay una parte más profunda, ni más farragosa, ni de más difícil
comprensión. Al contrario, empieza una carrera donde te pones tus
deportivas air max, tu sudadera oscura de felpa y corres por sus páginas
como si un foco de luz  alumbrara a tu espalda a lo largo de un túnel
de metro, dispuesto a meterte entre rejas.
"Chicos duros, con pocas esperanzas, que emitían en su
propia longitud de onda. Carcoma despiadada del mundo viejo, cabeza de
playa de una Europa mestiza, bronca diferente. Sin vuelta atrás".
Ésos, pienso,  son los destinatarios de este libro. Y de esta idea de
grafiti y arte urbano. Los mismos códigos, las mismas reglas, la misma
fiel infantería, la misma honestidad, las certezas, en definitiva, las
virtudes de revertilandia. Gente lúcida pero que no saben lo que aún
son, porque hablamos de la Segunda Generación de Lectores Revertianos.
Por eso pienso que el grafiti es el envoltorio. Daba igual, el andamiaje
es el mismo, pero había que hacérselo atractivo a ese nuevo lector
joven, que se pasa horas delante del Call of Duty - o lo que sea-  que
no le mola la esgrima ni el tráfico de libros de viejo.
Atractivo para ellos. Y para nosotros. Quizá por su frescura. Por esas
noches de mochila a la espalda, palpitaciones en las sienes, felpas con
capucha e incursiones en Entrevías. Esa nueva adrenalina nos ha venido
bien a todos, a APR que, a buen seguro, se lo habrá pasado de lujo en el
trabajo de campo, a nosotros, los viejos del lugar, que no ha hecho ver
un poco de luz en este territorio hostil del que empezamos a estar
hartos por los años que llevamos en ellos.
Es como una vuelta a Sinaloa, a Teresita Mendoza y a "Sonó el teléfono y
supo que la iban a matar". Ya nos dimos cuenta en ETdlGV que íbamos,
inevitablemente, camino del héroe nostálgico y esto ha sido como un para
y corre. "En realidad la melancolía no siempre es un lamento".
Sin embargo, no hay gallego ni un tanguero que te enamore. Hay una sutil
y fina línea de amor, de un amor dulce y a la vez doloroso, que te va
dejando a mijititas, poquito a poco, comprendes al héroe cansado que es
Lex Varela pero ¿y Lita?. ¿Qué fue de Lita y sus dulces silencios?.
"Aquella mirada rojiza traslucía una extraña felicidad absorta,
ensimismada, que yo conocía bien: la había visto en sus ojos cuando nos
mirábamos muy de cerca, piel con piel, recobrando el aliento en mitad de
un abrazo íntimo. En cuanto a la sonrisa, ésta era inconfundible, muy
propia de Lita: abstraída, ingenua, casi inocente. Como la de un niño
que mirase atrás en mitad de un juego complicado o difícil, quizá
peligroso, en busca de la aprobación de los adultos que observan.
Esperando un elogio o una caricia".
Vas sospechando, tirando de una finísima hebra de hilo hasta que te das
de bruces con la historia. Inesperada. Repentina. Insospechada. Y
entonces, comprendes que los códigos son los mismos, que podrían
fundirse en Diego, Adela, Teresa, Manuel, Menchu, Felipe... en realidad,
son todos y es solo uno. Lo que no me queda claro es si ahora,
quisiéramos para sí que, llegado el caso que vomiten sobre nuestro sucio
corazón, alguien nos quisiera con la misma frialdad y la misma lealtad
que demuestra Lex, que es, en realidad, la Francotiradora Paciente.
"Y yo sentí ese reproche de soledad verde, instintiva, más intenso
inolvidable que un grito desgarrado, una imprecación o un insulto, fijo
en mi espalda incluso cuando me alejé de allí".

Ritos, novelas, guerras

Arturo Pérez-Reverte - 03/12/2013

Jose Carlos Llop. Diario de Mallorca. 1-12-13

A principios de verano, Arturo Pérez-Reverte estuvo de visita en Mallorca. Como en otras ocasiones, paseamos por la ciudad y charlamos. Creo que fue delante de La Lonja „él tenía el barco atracado en el Club Náutico„ cuando me habló de Verona y de cómo allí, ante una torre medieval (inciso y broma shakespeariana entre ambos), se le ocurrió su siguiente novela. Ya había anochecido. "De repente la vi", me dijo. "Vi toda la novela como en una serie de secuencias cinematográficas y se la conté a quien iba conmigo. Ahora ya la estoy terminando". Protesté. Aún no había leído El tango de la Guardia Vieja „me disponía a hacerlo durante las vacaciones„ y me anunciaba otra novela para el otoño. Se rió: "Tú sabrás, hermano, cada uno lee y escribe a su ritmo". Hace diez días me llegó El francotirador paciente y lo abrí por la página 167. En ella la narradora desembarca en Nápoles y toma un taxi que le deja frente al hotel en página y media absolutamente impecables. Entre Eric Ambler y Hergé con el inconfundible sello Pérez-Reverte.

Uno puede ver un relato, pensé aquella noche. Uno puede ver un poema en el momento en que el poema cristaliza en la mente. Pero ver una novela entera encierra algo que se escapa a la misma mecánica narrativa, una mecánica que suele consistir, también, en adentrarse en territorio desconocido. Pero uno no ha estado en la guerra, que es la ventaja con la que juega Arturo siempre. Ha leído a Conrad „otros lo hemos hecho también„, pero él lo ha vivido. Lo ha respirado. Lo ha visto. Y entonces, sobre un muro de Verona, ve la novela entera, su novela, y sabe que la ha atrapado y que es cuestión de escribirla para que ya no pueda escapar jamás. Para poder adentrarse después en otra novela „o verla sobre otro muro, en la superficie del mar, o allá en el horizonte„, como si cada una de ellas fuera el rayo verde o la ballena blanca y al final estuviera la salvación del que cree que poco o nada es lo que se salva.

Pero he citado a Conrad, que está siendo muy citado por la crítica al referirse a El francotirador paciente. Conrad estuvo en El húsar, la primera novela de Pérez-Reverte, cuando a todos les parecía el juego de un periodista que quiere algo más. Estaba, también, en la segunda, El maestro de esgrima, cuando empezaron a pensar „antes del estallido de La tabla de Flandes y su aplastante acogida„ que la cosa iba en serio. Y tan en serio, que iba. Pero eso ya lo sabía el autor al escribir El húsar. Ahora los sables y floretes han sido sustituidos por los sprays de pintura urbana. Como el ajedrez de La tabla de Flandes volvía a aparecer en El tango de la Guardia Vieja con el hijo de Mecha Inzúa, su gran protagonista. Era un ajedrez moderno, heredero de Fischer y Spassky y Kasparov y alejado de la pintura flamenca, pero al mismo tiempo era el ajedrez de siempre, como la vida y la muerte, como Conrad y la guerra y Kurtz y Sniper, el pintor oculto y guerrillero „a lo Bansky„ de El francotirador paciente. (La pintura „ese otro asunto revertiano„ que reaparecía en El pintor de batallas, también oculto y retirado del mundo).

Pero además del ajedrez, en El tango de la Guardia Vieja, estaba el tango y su combate amoroso y estaba „vertebrando toda la novela„ algo que es muy difícil de hacer: el reencuentro entre dos antiguos enamorados que son, a su vez, viejos enamorados (en la creencia de que el deseo pueda ser una forma de amor) y cuando digo viejos, digo mayores. Eso es, repito, muy difícil de hacer y en El tango? está muy bien hecho. Hay allí un cansancio vital que se vuelve moralista, salpicado de sentencias aquí y allá y poblado por un humor seco que también es marca de la casa. Un humor tan desengañado como misericordioso, si es necesario: no hay por qué devolverle al mundo la misma hostilidad que regala; no siempre, al menos. Y donde hubo amor es obligado el agradecimiento.

El joven reportero „el de las páginas de Territorio comanche, el que nos contó Los Balcanes y Eritrea y El Golfo„ se ha ido diluyendo en las páginas del escritor maduro: ese que tiene algo de viejo mosquetero de Dumas, pero también de Alatriste y de marino de Trafalgar y de capitán de artillería en el Madrid del 2 de mayo y de artillero francés en el asedio de Cádiz. El mismo que bebe tequila entre narcocorridos; o viaja disfrazado de bailarín en los transatlánticos de los años 30, cuando viajar era un lujo; o se encierra en una torre junto al mar y pinta y recuerda que todas las guerras están en El triunfo de la muerte, de Brueghel y en ese libro „El pintor de batallas, repito„ encontramos una de las dos o tres mejores novelas españolas de lo que va de siglo.

A principios de verano, ya dije, Arturo Pérez-Reverte y yo charlamos como solemos hacer siempre. El mundo queda entonces al margen y sólo regresa cuando brindamos con las palabras de Joseph Roth: "¡Quiero ver a mi emperador!". La bahía, al revés que el país, no tenía nada de austrohúngaro: más bien parecía un paisaje de Suave es la noche. Al cabo de unas semanas leí El tango de la Guardia Vieja y ahora, con la llegada del frío, acudo a El francotirador paciente, fiel a la cita prometida en Verona, fiel a las palabras de su autor en una noche palmesana de principios de este verano, que tanto ha tardado en marcharse.

Foto de Arturo Pérez-Reverte

¿Qué es?

Anotaciones de Arturo Pérez-Reverte. Desde abril de 2012 a marzo de 2014 fueron publicadas en novelaenconstruccion.com

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