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Textos sobre Pérez-Reverte

Un clásico

JOSÉ BELMONTE SERRANO | El País - 23/1/2003

Cuando decidí organizar un congreso internacional dedicado, monográficamente, a la obra literaria y periodística de Arturo Pérez-Reverte, hubo gente que me dijo que estaba loco. Loco de atar. A quién se le ocurre. En este país, alentados, incluso, por las más altas instituciones, estamos demasiado acostumbrados a no hacer ni puñetero caso a los que aún siguen vivos, a los escritores y artistas que están en activo. Y más locos aún si, además, se trata de un creador que vende muchos libros, aquí y en el resto del mundo; un tío famoso al que la gente, incluso la más humilde, la que lee sus artículos periodísticos, suele parar por la calle -yo lo he visto- para decirle: "Dales caña, Reverte, dales caña".

Pero salió bien. Estuvieron los que tenían que estar (incluido Juan Marsé, al que casi nadie suele sacar del exilio voluntario en su propia casa), y se dijo, unánimemente, que, pese a quien pese, incluso yendo en contra de nuestra particular idiosincrasia y nuestra historia cainita y fratricida, Pérez-Reverte ya es un clásico, un autor al que nunca podremos pagar del todo lo que ha hecho por la literatura, creando un nuevo tipo de lector interesado por la aventura, a la vieja usanza, a lo Conrad, a lo Melville; por una historia con principio, medio y fin, como en los tiempos de Galdós y de don Pío; y en cuanto a la forma, sujeto, verbo y predicado, y las comas en su sitio. No hay más secretos para la coctelera revertiana, aunque luego resulte imposible copiar la fórmula, como han intentado hacer tantos otros.

A Arturo Pérez-Reverte le mueve, fundamentalmente, su fe en la vida (su concepto de la vida daría para un capítulo aparte, pero bastaría escuchar con detenimiento las palabras de Lucas Corso en El club Dumas, o de Jaime Astarloa en El maestro de esgrima (para darse por enterado) y también en la literatura. Cualquier otro, después de haber escrito y publicado, en 1986, una de sus mejores novelas, El húsar, sin que nadie le hiciera caso (una única reseña fue escrita por entonces, a pesar de tratarse de un reportero de guerra bien conocido), hubiera desistido y arrojado por la borda todas sus esperanzas.

Su suerte, su gran suerte, y la suerte de todos los que le seguimos, es que, como él mismo ha reconocido, se trata de un lector que, circunstancialmente, escribe novelas. De ahí que no le preocupara el primer fracaso, el silencio de la crítica, la ausencia de lectores por aquellos años aún no lejanos. No le afectó demasiado el golpe, y continuó escribiendo lo que a él le apetecía, sin tener que rendir cuentas a nadie, sólo a su propia historia, a su propia conciencia, a su mirada de lobo solitario, de héroe cansado. Y fueron surgiendo El maestro de esgrima, La tabla de Flandes y El club Dumas. El éxito no le ha cambiado en absoluto. Y eso le honra. Sólo que ahora, gajes del oficio y de la fama, apenas lo dejan -lo dejamos- en paz, cuando lo que a él realmente le gusta es leer, escribir y navegar, charlar con los amigos y tomarse un cortado con sus paisanos.

A Reverte le daba vergüenza que se organizara un congreso a él dedicado. ¿Qué he hecho yo para merecer esto? Asistía, como espectador, sin advertirlo nadie, camuflado entre la gente, mezclado entre los estudiantes. Da la sensación -me decía- de que la cosa no va conmigo, que es de otro escritor del que habláis. Incluso no reconozco del todo lo que yo mismo he escrito. Y lo decía con la misma emoción que un joven que acabara de publicar su primera novela, cuando él ya llevaba a sus espaldas, en apenas quince años, casi una veintena de obras, y sus libros eran leídos y estudiados en los países más remotos, en las universidades más prestigiosas de todo el mundo.

De ahí que no sea un advenedizo, un impostor cualquiera al que, de momento, como ha sucedido con tantos otros, le sonríe la fama. Reverte se lo ha currado él solito y nada le debe a nadie. Escribe bien, casi como los ángeles, se deja la piel en cada libro y luego vende montones de ellos. Y, a pesar de todo, aún cree, en los tiempos que corren, en el honor, en la honradez y la amistad, sin dejar de ser generoso, incluso, con sus enemigos. Más no se puede pedir.



(José Belmonte Serrano fue presidente del Congreso Internacional La obra narrativa y periodística de Arturo Pérez-Reverte, que se celebró en noviembre de 2002 en la Universidad de Murcia)

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