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Textos sobre Pérez-Reverte

Cuando no queda sino batirse

JOSÉ PERONA | El Mundo - 29/10/2003

Corría el año 1988 cuando Julio Ollero, que siempre había creído en Arturo Pérez-Reverte y era a la sazón director de la editorial Mondadori, editó El maestro de esgrima, la segunda novela del escritor nacido en Cartagena. Desde su aparición y posterior traducción a varias lenguas, la novela fue acogida con admiración -todavía recuerdo la rendida reseña de The New York Times Book Review: "una espléndida novela de la primera a la última página"- y hoy puede ser considerada como el vivero de ciertos temas y modos, y no sólo literarios, del escritor de La Navata. (...)

La acción se incia en diciembre de 1868, en los tiempos que Valle-Inclán llamara "amenes isabelinos".(...) Arturo Pérez-Reverte, voraz lector, también periodista y conocedor apasionado de Madrid, recrea la época con su, desde esta novela, reconocida minuciosidad lingüística y literaria.

En este ambiente se destaca, desde el capítulo primero, la figura de Jaime Astarloa, el maestro de esgrima, que mantiene una muy peculiar filosofía de la vida apoyado en algunos libros claves de una biblioteca que Pérez-Reverte irá enriqueciendo libro a libro, pero que aquí tiene su matriz invariable.(...) La mentada filosofía es que la vida de ciertos hombres, llámense Astarloa, Corso, Coy o Alatriste, es un conjunto de reglas que se mantiene inalterable con el paso del tiempo: una cierta estética, poco sentido práctico, no ser de los que huyen, morir como es debido, mirarse francamente a la cara todas las mañanas al afeitarse, ser un clásico. La esgrima es, pues, para Jaime Astarloa no sólo una forma -decente- de ganarse la vida, sino que, y aquí asistimos a la forja de la filosofía revertiana de la ética de sus héroes, presupone un exacto y riguroso conocimiento de las formas de un arte que es elevado a un ritual, a una forma de vivir o, quizá, de resistencia. Por ello, el maestro persigue un sueño: escribir un tratado de esgrima que no sólo emulase a sus maestros, sino que recogiera un golpe maestro, la estocada más perfecta.

Pero estos arcaísmos para la resistencia serán puestos a prueba cuando en el retiro espiritual se introduzcan dos elementos que alterarán la paz de la galería de esgrima. El primero es una hermosa mujer, Adela de Otero, que pretende ser instruida en el arte de la esgrima. Reacio por convicción a las novedades, Jaime Astarloa se resiste a pesar del dinero ofrecido por las clases, pero, deslumbrado en una segunda conversación por el conocimiento teórico de la dama y por su belleza, Jaime Astarloa accede a darle unas cuantas clases y a enseñarle la estocada de los 200 escudos.

El segundo elemento es un sobre lacrado que (...) 180 páginas después de su aparición en la tercera página de la novela transforma una aparente obra costumbrista en una novela de intriga, policiaca, pero, a la vez, y cito de nuevo a The New York Times, "en una sutil meditación sobre los enigmas de la elección y el destino".

Y es ahora cuando ese maestro de la relojería novelística que es Pérez-Reverte hace que, para decirlo con el clásico, se precipiten los acontecimientos. (...) A partir de aquí, el novelista coloca al maestro de esgrima ante su propio espejo.(...) Alejado como está del mundo, se da cuenta de su error: comprende que lo han traicionado. Y, llevado de su concepto de que ciertas cosas no sólo existen en los libros, comete el segundo error, es decir, baja la guardia. Pero, apoyándose en la pericia de su oficio, Astarloa supera la primera encerrona gracias a su valor y a sus exactos conocimientos de esgrima. Después, la novela se remansa porque aparentemente la trama ha concluido. Y es ahora, alta ya la noche y el capítulo octavo y último a punto de cerrar la novela, cuando la imaginación de Pérez-Reverte alcanza una de sus cimas y surge de su profundo conocimiento de la novela folletinesca la invención imaginaria de un final deslumbrante que, como no podía ser de otra forma, se juega "a punta desnuda".

Cuando llegue usted a esas páginas finales comprenderá que, al fin y a la postre, todo se debió a un plan pero, a la vez y como debe de ser, a un malentendido. Y es precisamente ese azar el que obliga a una conversación lúcida y cruel que acaba con las penúltimas certezas del maestro. Descubierta la verdad, parece existir un solo camino: la redención por el amor. Pero, de nuevo, como sucede en el canon, era una trampa más y no queda sino batirse. Es ahora cuando aquellas reglas de la estética del arte de la esgrima serán sometidas a la prueba final y confirmarán que más allá de "ese clamor de voces que festejaban alborozadas el nuevo día que les aportaba la libertad", ese exacto ritual de paradas en tercia o en octava para "tirar cuarta sobre el brazo" confirma el arte y justifica una vida. Y como sucede en la preterida literatura clásica del siglo XIX, será esa batalla final el premio a tanto desvelo y el maestro de esgrima escribirá en el mundo real su anhelado tratado con la más perfecta estocada surgida de la mente humana.



José Perona es maestro de Gramática y comparte apellido y profesión
-es catedrático en la Universidad de Murcia- con el narrador de "La carta esférica"

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