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Textos sobre Pérez-Reverte

El actor y el caballero del jubón amarillo

RAFAEL DE CÓZAR - 29/10/2003

Cada nueva entrega de Alatriste tiene, desde mi punto de vista, la principal cualidad de abrirnos nuevas dimensiones y perfilar otras anteriores, sin agotarlas, sin cerrarlas, facetas de la personalidad de los protagonistas, perfiles de su trayectoria vital y del mundo que les rodea, dibujando, de paso y poco a poco, el mosaico de nuestra España del siglo XVII. Al capitán Alatriste no es fácil esquematizarlo. Su imagen se nos va construyendo en el proceso de sus acciones, a la vez que evoluciona según el momento y la aventura en la que se ve implicado, con lo que cada nueva entrega nos parece más completa que las anteriores, mejor elaborada. Incluso cabría imaginar, aunque sabemos que no es así, que Arturo tuviera escrita toda la saga y la fuera dosificando, pues la estructura general aparece sin fisuras, perfectamente centrado cada aspecto en el lugar que le corresponde. El quinto volumen efectivamente aborda una nueva dimensión del capitán, la del amor, que se nos había presentado hasta ahora difusa y concentrada en la Lebrijana, pero que de nuevo confirma el temperamento de Alatriste, al afrontar la nueva situación con las esperadas reacciones, incluso arriesgando la vida y la amistad, el amor también como lucha y asunción de sus consecuencias, mientras Íñigo aparece ya como el adulto que su trayectoria anterior hacía prever, por encima de su edad. También esta faceta se le presenta a Íñigo ahora con un perfil distinto, mucho más profundo, asumiendo ya el lateral paralelo al amor, que es la muerte. Todo ello de nuevo en el escenario de Madrid, ahora en su mundo teatral, actores, actrices, admiradores, y el verdadero público, el pueblo, también perfilado en los bajos fondos, posadas, mesones, callejuelas y mercados, una geografía humana que nos lanza de lleno en el centro de la época. A todo ello se une, en mi caso, el divertido añadido de verme dentro, incluso bien y ampliamente retratado, sea cual fuere la ración real de sinvergüenza que me corresponda por una antigua relación no con María Castro, sino con María del Rosario, con Charo, la Charon Stone de mis sueños, pues la intención ya es suficiente para el pecado. En definitiva: un Alatriste más, pero sorprendente por renovado.

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