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Textos de Pérez-Reverte

Sobre Borges y sobre gilipollas

ARTURO PÉREZ-REVERTE - 30/1/2000

Pues nada. Resulta que en Buenos Aires, interrogado sobre el Borges omnipresente en mi novela La tabla de Flandes, que además se abre, a modo de epígrafe, con sus versos sobre el jugador de ajedrez, estuve hablando un rato de la obra del escritor argentino. Era inmenso y enorme, dije, reconociendo así mi deuda literaria. Salió luego, a pregunta de un amigo, el Borges más personal: sus filias y fobias, lo cruelmente que trató a otros escritores, su manifiesto, público y casi constante desprecio a la lengua falta de recursos en la que, según afirmaba, no había tenido otro remedio que resignarse a escribir. Su autobiografía dictada, donde apunta que, tras leerlo primero en inglés, El Quijote en castellano le pareció "una mala traducción". El hecho de que hasta que le fue concedido el premio Cervantes no tuviera una sola palabra amable para lo español. Que lamentase no haber sido un escritor en lengua inglesa, y que durante casi toda su vida negase la indiscutible, y felicísima, influencia que los autores en lengua española, como Quevedo -en su árida prosa- y el mismo Cervantes tuvieron en su obra, y que escribiera: "los galicismos son el único aporte serio de España a la cultura occidental". En vista de lo cual, dije -y lo sostengo- a mí esas actitudes me parecen propias de un snob. Que en España es una de las variantes que asocio con la palabra gilipollas.

En Argentina, donde la declaraciones fueron por lo general recogidas en su contexto, y donde además todo el mundo conoce a Borges perfectamente, casi nadie se rasgó las vestiduras. A Borges ya lo habían llamado otras cosas peores, y lo que hubo fue cierta polémica, unos a favor, y otros en contra; pero sin conmociones y sin ruido excesivo. Hubo quien dijo que el gilipollas era yo, y también quien sostuvo que por fin alguien se atrevía a decir en voz alta lo que muchos argentinos piensan al respecto. Incluso alguien llegó a escribir que lo mío podía considerarse una boutade borgiana que el propio Borges podía haber suscrito; y que donde las dan, las toman. Nada de particular, ninguna crisis. Todos entendieron que mi comentario no pretendía restar un ápice a la talla literaria del viejo genial y malvado. Al fin y al cabo, sus ojos se cerraron y el mundo sigue andando.

En España, sin embargo -aquí todos somos más borgianos que Borges y más faulknerianos que Faulkner-, la cosa fue diferente. Mi paisano Jaime Campmany me dio un cariñoso y paternal tirón de orejas. Otros, los autoerigidos en guardianes de la memoria borgiana -cosa que uno jamás sospecharía cuando lee lo que escriben- pusieron el grito en el cielo. Luis Antonio de Villena, por ejemplo, escritor imprescindible, en pleno soponcio emocional, le pidió prestado el frasco de las sales al no menos imprescindible Vicente Molina Foix. Y Francisco Umbral, guardián de todos los centenos sembrados por los grandes de la literatura -preferiblemente muertos, que se dejan plagiar sin decir ni pío- me hizo el honor de dedicarme una doble página de revista, aprovechando la coyuntura para hablar de su autor favorito, que es él mismo. El planteamiento era previsible: Pérez-Reverte ataca a Borges. Borges y nosotros estamos en el mismo nivel, Maribel. Luego Pérez-Reverte nos ataca a nosotros. A las perlas del estilo, a los artífices de la prosa pura y exquisita. A los herederos de Valle, Borges, Ramón y Proust. A nosotros, que nos queremos tanto.

Pensaba ahorrarme esta página porque suelo ir a lo mío, no tomo copas en bares de escritores y lo literariamente correcto me trae al fresco. Pero ver entrar en danza a Francisco Umbral me ha hecho, lo confieso, gotear gozosamente el colmillo. Ya tenía yo ganas de que se me arrancara ese victorino. "Pérez-Reverte -escribe el fino estilista- ha elegido a Borges como chivo emisario para atacar a todos los escritores de prosa pura, de creación verbal". Aparte del galicismo de "chivo emisario" por "chivo expiatorio", comprensible en un borgiano que desayuna cada mañana leyendo un tomo de Proust -en francés, supongo-, y de citar mal a Borges al atribuirle después, en una presunta cita del escritor argentino, un leísmo que Borges -que los detestaba- no usa pero Umbral sí, amén de "noche mutua" en vez de "unánime noche" (Ficciones: Las ruinas circulares), Francisco Umbral mezcla las churras con las merinas para ir donde pretende y le duele: que la literatura "de asunto" es el cáncer de la verdadera literatura; y que la verdadera literatura, la novela como Dios manda, es la farfolla muy bien escrita pero sin nada dentro. El estilo, chaval. La escultura léxica. O sea.

Uno se hace cargo. Comprendo que debe de ser muy duro ganarse la vida haciendo magníficos artículos de folio y medio cuando lo que a uno le gustaría es ser novelista, y vender muchos libros, y aparecer en las listas de más vendidos. Uno comprende que debe criar muy mala sangre encontrarse en posesión de una prosa excelente, a veces perfecta, y sin embargo no ser reconocido como novelista de pata negra; que por alguna extraña razón, es lo que a la larga da prestigio y da pasta. Es lógico que cuando Francisco Umbral califica de "angloaburridos" a novelistas "de asunto" y luego va a firmar a la Feria del Libro y se encuentra que Javier Marías está firmando con una cola de cincuenta señoras encantadas y otros tantos caballeros -lo de las señoras es lo que más mortifica-, y el propio Umbral sólo tiene seis que pasaban por allí, eso genera muy mala leche. Como que su antiguo protegido Juan Manuel de Prada, que sí tiene buen estilo y además cosas que contar, haya escrito Las máscaras del héroe, que es tal vez la mejor novela española de los últimos veinte años, y también la novela exacta que Francisco Umbral siempre quiso escribir, y nunca pudo, o supo. O que a su edad uno tenga que hacerse fotos en pelotas para promocionar un libro sobre el viagra, y encima no se coma una rosca. O que esa reciente novela suya medio social y medio policíaca, descomunal, inmensa, extraordinaria, imperecedera según el coro de palmeros finos patroneado por Miguel García-Posada y sus cacheteros, cuyo título -lo juro por mi madre- no consigo recordar en este momento, y que iba a acabar con todas las novelas publicadas y por publicar, haya pasado, como puede atestiguar cualquier librero español -fuera de España nadie sabe quién es Francisco Umbral- por las librerías, incluídas las más selectas, sin pena ni gloria. Como todas las demás.

Uno comprende todo eso, porque tal y como están las cosas, los botines blancos de Valle Inclán, y la sombra de Ramón, y el bastón de Borges no bastan para saciar a quienes, además de maestros de periodistas, ambicionan ser considerados, también, maestros de novelistas. Ahí es donde duele, y lo siento; porque la verdad es que aquí cabemos todos, y es el lector -que está lejos de ser el imbécil que Francisco Umbral supone- quien al final decide. Pero ocurre que una novela es algo muy serio y complejo, que exige largo trabajo, estructura, esfuerzo y humildad profesional, y no se solventa con un bello estilo, dos frivolidades y cuatro asuntos expoliados a otros entre dos columnas en la prensa, una fiesta social y la presentación de un libro escrito y jaleado por los amiguetes de la Sociedad de Bombos Mutuos. Y por cierto, ya que tocamos lo del expolio, Francisco Umbral confiesa que mis novelas, como las de muchos otros, le parecen aburridas. A mí, sin embargo, las novelas de Francisco Umbral me parecen divertidísimas, pues paso muy buenos ratos subrayando en ellas párrafos y asuntos ajenos, de los que tal vez, si me anima, y en este estilo tosco que me caracteriza, podríamos hablar despacio otro día. Maestro.

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Foto de Arturo Pérez-Reverte

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Textos del escritor aparecidos en diversas publicaciones. El cementerio de los barcos sin nombre.

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