Textos de Pérez-Reverte | Web oficial de Arturo Pérez Reverte http://www.perezreverte.com Mon, 06 Apr 2020 20:23:44 +0100 FeedCreator 1.7.2 Lo estaba haciendo bien http://www.perezreverte.com/articulo/perez-reverte/1109/lo-estaba-haciendo-bien/ Lo conocí cuando era un niño rubio y guapo de cuatro o cinco años, al que su madre llevaba al diario Pueblo para ver a su padre, abogado del periódico, que cada noche se quedaba hasta la hora del cierre, revisando que nadie hubiera metido la pata en un artículo y nos cayera un pleito. Su padre fue mi amigo, y lo recuerdo siempre fumando en su pipa, rubio y barbudo, con aspecto de comandante de submarino alemán, y al pequeño David sentado y dibujando entre galeradas, timbrazos de teléfonos y tecleo de máquinas de escribir. Supongo que fue allí donde empezó a mamar el periodismo, pero también donde nacieron las raíces de su vida, su vocación y su obra. Y sobre todo, de su carácter. Su padre, al fin separado de la madre y los hijos, murió trágicamente en 1985; y como decía el propio David, fue el periodismo, o aquella clase de periodismo nocturno, bohemio y golfo que aún practicábamos entonces, el que posiblemente le costó el matrimonio, la familia y la vida. "Te quería mucho -me dijo su madre hace unos días, cuando David agonizaba- porque siempre le hablabas bien de su padre". Esto que acabo de contar es una intimidad; pero una intimidad necesaria para comprender  a David Gistau. Porque hasta su muerte fue y quiso ser el hijo de aquel hombre que leía galeradas en las madrugadas de Pueblo a punto de que empezaran a funcionar las rotativas. Quiso serlo para expiarlo y corregirlo. Para mejorarlo, reconvirtiendo aquella vida trágica en una vida feliz. Devolviéndole al hombre que de tal modo marcó su vida, que lo dejó huérfano muy pequeño y al que amaba y admiraba con toda su alma, la certeza de que era posible otro camino. Reconstruyendo la vida de su padre a través de la suya propia. En cierta ocasión, una noche en la que paseábamos después de aquellas cenas nuestras en Lucio con Raúl del Pozo, Antonio Lucas, Edu Galán y Jabois, que desde ahora quedan mutiladas sin remedio, me dijo algo que define perfectamente su vida en los últimos años: "Quiero demostrárselo, ¿sabes?... Yo sí quiero hacerlo bien". Y ésa era, en efecto, su obsesión. Seguir la huella del padre pero con pasos acertados esta vez: una familia unida, hijos bien criados, paz de hogar, libros, cultura, vida. No quería ser González Ruano ni Umbral, ni tampoco Faulkner o Balzac. No lo necesitaba, porque su ambición era otra. Quería ser cabeza de familia a la antigua, clásico, ejemplar. Que sus hijos nunca tuvieran clavada en el corazón la astilla del padre perdido y el hogar destruido, sino todo lo contrario. Deseaba hacerlo bien, y sus amigos éramos...

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Web oficial de Arturo Pérez Reverte Tue, 11 Feb 2020 00:00:00 +0100
Conspirofobia y otros asuntos http://www.perezreverte.com/articulo/perez-reverte/1110/conspirofobia-y-otros-asuntos/ El pasado 1 de enero, en el diario El Mundo, Elvira Roca Barea, autora de los libros Imperiofobia y Fracasología, publicó un largo artículo exculpatorio para justificar los gazapos, errores o inexactitudes que, según el diario El País, contienen estas dos obras suyas, negándolos o matizándolos. Nada de eso me concierne, así que dejo de lado esa polémica que me es, como digo, completamente ajena. Pero ocurre que en el mencionado artículo de El Mundo, Roca Barea sitúa lo de El País en el marco de una "campaña de difamación y desprestigio" llevada a cabo por medios informativos, historiadores e intelectuales disgustados por sus dos libros; campaña (insiste mucho en lo de campaña) que estima "importante que la opinión pública conozca", pues no la considera casual, sino orquestada de común acuerdo a fin de lincharla mediáticamente.

Es en ese punto donde el artículo de la señora Roca Barea sí empieza a concernirme en lo personal. Lo cierto es que ignoro si la coincidencia de ataques contra las tesis mantenidas por ella en sus dos libros es casual o, como sugiere, hay detrás una mano negra moviendo los hilos del asunto. Nada del artículo de El País me importó en su momento lo más mínimo, y nada de la réplica de Roca Barea me importaría tampoco, de no darse en ella un detalle desagradable: me incluye en la campaña como si yo formase parte de esa presunta conspiración. Como si, de acuerdo con otros enemigos suyos, no actuase por iniciativa propia, sino que fuese mano interpuesta. Sicario, cómplice o como queramos llamarlo, de otro o de otros.

Para situarnos, quisiera recordar un par de cosas. Roca Barea, cuya existencia y obra anterior, si la hubo, me era por completo desconocida, dedicó en  un primer libro, Imperiofobia, un pellizquito de monja a una de las novelas del Capitán Alatriste,  Limpieza de sangre, donde un inquisidor, con la libertad que me confiere ser novelista y no historiador (calculen lo que Dumas, salvando las distancias, hizo con  Richelieu), aparecía con luces poco favorables, tan escasas como las que a la Inquisición dedicaron Galdós, Blasco Ibáñez y otros autores españoles desde el siglo XVII hasta ahora. Pero a Roca Barea, atacar a la Inquisición le parecía poco patriótico por mi parte, y a su juicio esto alentaba la Leyenda Negra contra España; así que me hacía responsable de dar argumentos al enemigo, insinuando (elemento común a sus dos libros) que la mejor forma de combatir la Leyenda Negra...

Sigue leyendo]]> Web oficial de Arturo Pérez Reverte Fri, 03 Jan 2020 00:00:00 +0100 ‘Sidi’, un relato de frontera http://www.perezreverte.com/articulo/perez-reverte/1108/sidi-un-relato-de-frontera/ El Cid ha inspirado 'Sidi', la nueva novela de Arturo Pérez-Reverte. Una historia de frontera, polvo, fatiga y sangre. En este texto, el escritor y académico evoca su figura y su relación con un personaje legendario.

En torno al siglo XI, la frontera del Duero y sus aledaños fueron nuestro Lejano Oeste. Era aquél un territorio hostil sin ley ni amo, despoblado y peligroso, situado entre los reinos moros y cristianos, continuamente asolado por incursiones militares de unos y otros en busca de esclavos, ganado y botín. Allí se instalaban para buscarse la vida, a modo de pioneros, familias y gentes desposeídas procedentes de otros lugares, que llegaban en busca de un trozo de tierra para cultivar y criar algunos animales. Fueron así surgiendo granjas aisladas, humildes monasterios, campesinos que araban su pequeño campo con un ojo en los bueyes y otro mirando alrededor, la mano en la espada, en previsión de algún ataque. Y también mesnadas de guerreros cristianos o musulmanes que cabalgaban en busca de fortuna. Eran, todos ellos, gente dura en un mundo duro.

Empecé a interesarme por ese momento y esos protagonistas hace sesenta años casi exactos, donde suelen empezar estas cosas: en una biblioteca. Me gustaba curiosear los libros de mis abuelos, en especial las viejas ediciones ilustradas, y de ese modo di con uno que había sido comprado en 1882 por mi bisabuela Adèle Replinger Gal. Era La leyenda del Cid de José Zorrilla: un volumen con bellísimos grabados del artista José Pellicer. Al niño que yo era entonces le impresionó el realismo de aquellas imágenes que nada tenían de románticas y mucho de crueles, acertadamente propias de la época; y si añadimos la belleza de los versos zorrillescos y su contenido -que hoy llamaríamos políticamente incorrecto-, es fácil comprender la impresión que todo eso produjo en un jovencísimo lector de ocho años; hasta el punto de que todavía puedo recitar de memoria algunos fragmentos de lo que llegué a leer docenas de veces: Echó pie a tierra Rodrigo / y fue con salvaje calma / a ver cómo daba el alma / al Criador su enemigo.

Tuve así muy pronto mi propio Cid Campeador en la cabeza, alimentado por la lectura y las conversaciones que en ese tiempo -no hubo televisión en casa hasta que cumplí doce años- solían mantenerse con los mayores en torno a una mesa camilla hablando de libros y de historia. La imagen del guerrero medieval que había ganado botín y prestigio en la frontera,...

Sigue leyendo]]> Web oficial de Arturo Pérez Reverte Mon, 16 Sep 2019 23:00:00 +0100 El cigarrillo de John Reed http://www.perezreverte.com/articulo/perez-reverte/1111/el-cigarrillo-de-john-reed/ La imagen es viejo celuloide en blanco y negro, con ese grano grueso y el movimiento demasiado rápido de las imágenes rancias. La magia de Einsenstein fijó para siempre, indeleble, la reconstrucción de aquel amanecer: octubre de 1917. Por la pantalla del televisor desfilan fusiles, bayonetas, rostros tensos; marineros y soldados barbudos, feroces e ingenuos a un tiempo, dispuestos a cambiar sus vidas y cambiar la Historia. Hay disparos, humo, carreras, hombres que gritan silenciosamente con la boca abierta y desgarrada, sablazos, banderas que flamean frenéticas, abrazos de camaradas, pobieda Tovarich, de enemigos que dejan de serlo, y también saña de adversarios que se matan a bocajarro, irreductibles hasta el final.

Oprimo el pulsador del vídeo y la imagen se congela en la pantalla. Un campesino ruso, un mujik con gorro de lana y un capote militar hecho harapos, es alcanzado por un disparo de las tropas leales a Kerenski. Cae sin soltar su fusil, y en el suelo, con las últimas fuerzas, aún se vuelve hacia la cámara para gritar algo que el cine mudo no llega a recoger. Grito crispado y final, cuya interpretación queda a cargo de cada uno. Quizá dice «adelante, camaradas», o «todo el poder para los soviets», que seguramente era el texto ajustado al guión.

Aunque, puestos a establecer libres interpretaciones, se puede creer que el ruso moribundo grita lo que le da la gana. «Ivanka, Ivanka», por ejemplo, llamando a su mujer o a su hija, que arrancan patatas de un suelo helado esperando su regreso lejos de allí, en una miserable isba de adobe. O quizá el agonizante mujik se encara con Einsenstein y con la Posteridad para espetarles un sonoro insulto en buen ruso popular. Algo del tipo: «Para qué todo esto», o quizá: «Podéis iros todos al diablo.»

La Historia de la Unión Soviética abarca 74 años en el calendario. Como el resto de los acontecimientos que la precedieron, y como todos los que vendrán después, ocupa ahora su lugar exacto; una pequeña parte en el discurrir general del mundo, del tiempo y de la vida. Y como todas y cada una de las aventuras emprendidas por el ser humano, se resume en un inmenso cementerio; un largo camino lleno de vueltas y revueltas, subidas y bajadas, donde los hombres van dejando tras de sí una interminable sucesión de fantasmas. A fin de cuentas, la Historia con mayúscula no es sino la suma de las historias, con minúscula, de todos los hombres y mujeres cuyas tumbas jalonan los años y los siglos. Bajo ese bosque de estelas y cruces duermen el heroísmo, el amor, la esperanza, la generosidad, la abnegación y todas...

Sigue leyendo]]> Web oficial de Arturo Pérez Reverte Fri, 03 May 2019 23:00:00 +0100 Una mujer cuesta diez camellos http://www.perezreverte.com/articulo/perez-reverte/1112/una-mujer-cuesta-diez-camellos/ [En el llamado Tercer Mundo, y especialmente en África y Medio Oriente, la mujer sigue pagando todavía hoy, en 1980, un dramático tributo social. Frente a un sexo masculino que se considera intrínsecamente superior, la mujer permanece a merced de padres, hermanos, maridos o hijos, dependiendo económicamente de ellos y forzada a mantenerse dentro de estrechos límites intelectuales. En ciertos lugares que sólo se encuentran a unas pocas horas de avión de las capitales europeas, la condición femenina es atroz. Arturo Pérez-Reverte ha viajado a algunos de ellos para traernos este dramático y crudo documento.]

1 - ASÍ SE FABRICA UNA DONCELLA

«Imaginaba que aquello se trataba de una fiesta. Yo tenía diez años, y era una novedad. Todas las mujeres de la familia, así como las vecinas, estaban pendientes de mí, y aquello halagaba mi vanidad infantil. Cuando llegó el gran día, pintaron mis manos y mis pies y me hicieron acostarme, vestida con una hermosa túnica blanca. De pronto, la fiesta se convirtió en una pesadilla. Me sujetaron entre varias mujeres y una de ellas me pasó un pañuelo empapado de alcohol sobre los órganos genitales. Me escoció y me eché a llorar, pero pronto aquello fue eclipsado por un dolor agudo, como un pinchazo muy fuerte. Grité de dolor. Después, durante muchos días, tuve fiebre y hemorragias. Durante muchos años ignoré lo que me habían hecho. Sólo al hacerme mayor supe que aquel día me hablan amputado el clítoris.»Hoy, repartidas por casi una treintena de países árabes y africanos, más de treinta millones de mujeres de todas las edades sufren mutilaciones semejantes. A pesar de diversas recomendaciones, hechas tanto por algunos gobiernos locales como por organizaciones sanitarias internacionales, la llamada «circuncisión femenina» sigue siendo una práctica habitual desde las riberas del Atlántico hasta el golfo Pérsico, incluyendo una buena porción de países del África centro-oriental. A pesar de que se le suele conferir un origen religioso, lo cierto es que las raíces de tan atroz práctica se pierden en la oscuridad de los tiempos. Hay quien culpa de ella a la religión islámica, pero lo cierto es que en el Corán no se hacen referencias al tema, y que por otra parte se dan abundantes casos de «circuncisión femenina» en países africanos que muy poco tienen que ver con la religión de Mahoma. Algunos estudiosos del tema remontan su origen hasta los bíblicos tiempos de Abraham.

Quienes justifican la...

Sigue leyendo]]> Web oficial de Arturo Pérez Reverte Fri, 08 Mar 2019 00:00:00 +0100 Memoria de guerra http://www.perezreverte.com/articulo/perez-reverte/1113/memoria-de-guerra/ En los años setenta y durante un corto período de tiempo, al principio de mi vida como reportero, hice mis propias fotos. Las guerras no eran entonces lugares tan frecuentados como ahora, las oenegés no existían y los testigos exteriores de aquellas tragedias eran muy pocos. A menudo, en África, Asia o Hispanoamérica, un enviado especial debía buscarse la vida en soledad durante semanas o meses. No era un mundo fácil. Tampoco había teléfonos móviles, y las transmisiones, muy difíciles cuando no imposibles, debían hacerse por línea convencional o por télex. Por esa época yo trabajaba para el diario Pueblo -en ese momento el más importante y popular de los periódicos españoles- y solía viajar solo, de forma que debía arreglármelas con mis propios medios. Y de esa forma, cargado con una máquina de escribir portátil Olivetti y mis cámaras Pentax y Nikon, anduve por la vasta geografía de las catástrofes contando lo que veía.

La mayor parte de las fotos de guerra que hice en esos tiempos no las vi nunca. Me encontraba en Angola, en El Salvador o el Líbano, fotografiaba lo que podía y, con la mayor rapidez posible, buscaba la forma de hacer llegar los carretes fotográficos sin revelar a mi periódico para que se publicaran allí. Los entregaba a un piloto o una azafata, un diplomático, un misionero de regreso, un viajero al que abordaba en cualquier aeropuerto del mundo, confiando en que los entregaran en Madrid. Nunca podía saber si las imágenes que procuraba obtener eran buenas o malas. En eso trabajaba a ciegas. Después, a mi regreso, veía algunas que habían sido publicadas con mis reportajes; pero el resto, la mayor parte, las que quedaron descartadas por el redactor jefe o el responsable de Internacional, no llegaba a verlas nunca. Quedaban en los archivos del periódico, inéditas hasta para mí.

Cuando en 1984 desapareció Pueblo, al anunciarnos su inminente cierre fui a los archivos y recuperé casi todos mis negativos: más de tres mil fotografías sin positivar que durante 35 años estuvieron guardadas en unas cajas que hasta ahora no volví a abrir. Se trata de carretes revelados a toda prisa en la agitación urgente de un diario, algunos sucios y con manchas a causa de un deficiente secado. Tampoco son grandes fotografías, de las que labran la fama de un fotógrafo profesional, sino pequeños testimonios gráficos complementarios, imágenes de lo que vi y viví: fotos tomadas por mí, todas, y alguna en la que yo mismo aparezco con veintipocos años, hecha por...

Sigue leyendo]]> Web oficial de Arturo Pérez Reverte Mon, 21 Jan 2019 00:00:00 +0100 El Muyahidín http://www.perezreverte.com/articulo/perez-reverte/1114/el-muyahidin/ Eran las siete de la mañana y Jose Luis Márquez telefoneaba desde Israel: "Tío, acaban de cargarse a Miguel en Sierra Leona". Le respondí que sí, que ya lo sabía. Que acababa de decirlo la radio, y que yo me había levantado a echarme agua por la cara y luego estuve mirándome el careto mojado, de hito en hito, como para asegurarme de que estaba, maldita sea, despierto del todo. Nadie había contado pormenores todavía, pero Márquez y yo mismo y todos los del oficio, jubilados o en activo, podíamos imaginar sin problemas los detalles. Procedimiento habitual: una emboscada en pleno territorio comanche, en esa inmensa y enloquecida casa de putas que son las guerras en África. Miguel y Kurt Schork -buenos días, buenas noches, préstame un par de pilas para la linterna, Holiday Inn de Sarajevo, agencia Reuter, dos puertas más allá en el mismo pasillo, aquella intérprete bosnia y morena que más de uno le envidiábamos-, buscando lo que buscas siempre: una historia, una imagen. Todo eso en plena y literal merienda de negros. Ni un ruido, ni un alma, y Miguel y el otro intentando llegar a alguna parte mientras se ganan el jornal. Y de pronto, tacatacatá. Achicharrados los dos sin decir esta boca es mía. Por suerte, apuntaba Márquez, los pillaron así y no vivos. Se tarda mucho más en morir macheteado, comentó con su voz de carraca vieja. Ya sabes: chas, chas, y mientras tanto dices muchas veces ay. Luego Márquez se despidió -a él acababan de abrirle la cabeza de un ladrillazo en plena intifada, donde tenía la desgracia de seguir currando con la Niña Rodicio- y yo me quedé pensando lo que pienso a menudo: que Márquez sólo es duro por fuera, y que esa mañana se le notaba muy requetejodido por Miguel. Por nuestro Miguelito. Han rescatado el cuerpo, dijo antes de colgar. Así que cuando lo devuelvan a Barcelona, mándale una corona tuya y mía. O mejor ve al entierro. Contesté sí, claro que iré. Pero la verdad es que no pensaba ir. No me consideraba con los suficientes cojones para ponerme delante de Pato, su madre. Aunque luego, claro, al final fui. En realidad lo que de verdad no tuve fueron cojones para no ir.

Recuerdo eso. Que al colgar el teléfono después de hablar con Márquez me quedé con la cara mojada mirándome al espejo, las arrugas y las canas que ya me asoman. Qué cosas, me dije. Veintiún años de lo mismo, y tú aquí, jubilado, y él allí donde está ahora, con todo por vivir y ya ves. Nunca llegará a mirarse estas arrugas y...

Sigue leyendo]]> Web oficial de Arturo Pérez Reverte Tue, 04 Sep 2018 23:00:00 +0100 La cabellera http://www.perezreverte.com/articulo/perez-reverte/1115/la-cabellera/ No los habíamos visto. Ni olerlos, siquiera, hasta que  nos dispararon casi a bocajarro desde ambas orillas del arroyo.

Pam, pam, pam, sonaba. Como lo cuento.

Humo de pólvora y moscardones de plomo zurreaban por todas partes, dando chasquidos siniestros al pegar en carne.

El sargento Ordóñez, que iba de vino hasta las cartucheras, se descuidó él y nos descuidó a todos. Y así le fue, y nos fue.

Que Dios lo perdone, si puede. Yo espero que esté ardiendo en el infierno.

El hijo de mala madre se había negado a atender los consejos de los dos guías indios, Pascualillo y Trancas, que sugirieron otro camino; y como era más cómodo seguir el arroyo que andar desbrozando maleza, nos metió a todos de cabeza en la trampa: once españoles, siete americanos, cuatro morenos y los dos indios.

Veinticuatro, contando el sargento. Todos a la cazuela.

Con los primeros escopetazos se fueron al suelo, o  al agua, casi la mitad. Uno de ellos, el propio Ordóñez. Mirándose con cara de alelado, como si no lo creyera, el mondongo que intentaba sujetarse con las manos, después de que un plomazo inglés le abriera la barriga de lado a lado.

Ni España, ni las Trece Colonias, ni pepinillos en vinagre. Fusil a la cara y culo prieto. Allí cada cual luchó por su pellejo como pudo, batiéndose el cobre, buscando la manera de escapar de la encerrona. Lo normal en esos casos.En lo que a mí se refiere, encaré el mosquete, disparé contra la primera casaca roja que entreví entre los árboles, corrí chapoteando para salir del arrojo y protegerme tras un tronco caído, y allí, con las manos temblándome, le di un tiento al cuerno de pólvora.Ziaang, ziaang, ziaang, sonaba el plomo sobre mi cabeza.

Ataqué una bala con la baqueta y, por si acaso, le puse la bayoneta al fusil antes de mirar alrededor y hacerme una idea de por dónde me podía largar. Porque si algo veía claro era que nuestro pelotón estaba listo de papeles.Los rubios nos habían pillado en el introito. Con el calzón por las rodillas.

Pam, pam. Ziaang.

Los compañeros que seguían vivos recargaban y disparaban como podían, pero sólo era cuestión de tiempo. Los ingleses también traían indios, como todo cristo en América, y entre el crujir de los disparos los oía aullar, relamiéndose con la escabechina y el botín que iban a trincar en cuanto se lanzaran a rematar a los que seguíamos vivos.

Entre el zumbar de balazos y el humo de pólvora,  que con tanta fusilada casi parecía niebla, tres...

Sigue leyendo]]> Web oficial de Arturo Pérez Reverte Wed, 30 May 2018 23:00:00 +0100 ¡Fatalidad! http://www.perezreverte.com/articulo/perez-reverte/1116/fatalidad/ Hacía mucho tiempo que deseaba regresar al castillo de If. Así que, veinte años después, desempolvé el viejo tomo de la editorial Porrúa -841 páginas, texto a dos columnas, como debe ser el folletín canónico- y me puse a ello. Reencontré a Edmundo Dantés y al abate Faria como a dos viejos amigos, y poco a poco la vieja fascinación retornó a la vuelta de cada página. Todo seguía allí, intacto: la traición, el tesoro, la venganza. Inmensa ficción y, al mismo tiempo, real; de carne y sangre como la vida misma. Y entonces, releyendo asombrado lo que tan nítidamente creía recordar, llegué al capítulo donde el banquero Danglars reprocha a su mujer, no que tenga un amante, sino que los manejos de ese amante lo estén arruinando, y añade sus sospechas de una conspiración para llevarlo a la quiebra. En ese momento dejé el libro sobre las rodillas, apoyé la cabeza en el respaldo del sillón e hice una pausa-homenaje, con los ojos en el retrato imaginario del viejo Dumas que preside junto a otros colegas -Stendhal, Sabatini, Féval, Stevenson, Conrad- mi rincón de lectura. No sé de qué diablos se sorprenden ahora, pensé, cuando ven la televisión o los titulares de los periódicos. Él ya lo había contado todo, hace siglo y medio, mejor que nadie podrá hacerlo nunca. Con la certeza de que sólo los muy estúpidos o los muy soberbios se jactan de conocer los límites entre la realidad y la ficción.

Hay novelas de las llamadas populares que conocen un curioso destino: escritas con un objeto, terminan convirtiéndose, a pesar incluso de la intención del autor, en símbolos, en banderas de algo. A veces hasta sobreviven y van mucho más allá de las intenciones de su creador. Cuando Eugenio Sue escribió Los misterios de París para diversión de una clase burguesa, ávida lectora de folletines, no imaginaba que su obra terminaría siendo acogida como una denuncia de la triste condición de los oprimidos, y que muchos de quienes lucharon en las barricadas de 1848 lo harían por haber leído aquellas páginas. Otro tanto puede decirse de Los Miserables de Víctor Hugo, o de El conde de Montecristo, de Alejandro Dumas. Todas ellas son novelas que admiten, ya en su origen, dos lecturas paralelas: la de quien se sumergía en sus páginas por el puro placer del planteamiento, nudo y desenlace, y la de quien encontraba en ellas otros elementos, otras claves ocultas que daban profundidad y valor social a lo que en apariencia, y a veces incluso en la...

Sigue leyendo]]> Web oficial de Arturo Pérez Reverte Wed, 18 Apr 2018 23:00:00 +0100 Cuento de Navidad http://www.perezreverte.com/articulo/perez-reverte/1117/cuento-de-navidad/ Érase una ciudad grande, como las de ahora, y la policía les había precintado el piso, y ya no tenían para pagar una pensión. Exactamente igual que en los cuentos de Navidad que tienen como protagonistas a desgraciados como ellos. Hacía un frío del carajo, dijo él mientras buscaban un portal en condiciones. Había un abeto iluminado al final del bulevar, donde El Corte Inglés y sus luces se confundían con los semáforos, con el destello frío y trágico de una ambulancia que pasaba en la distancia, demasiado lejos para que pudiera oírse la sirena. Una ambulancia muda, con destellos de tragedia urbana. Las ambulancias y los coches de policía y los de pompas fúnebres, se dijo él viendo desaparecer el destello, son igual que pájaros de mal agüero. Vehículos con mala leche.

Lo mismo aquella noche la ambulancia iban a necesitarla ellos. Porque, como ustedes ya habrán adivinado, la mujer, la joven, estaba fuera de cuentas, o casi. Caminaba con dificultad, entreabierto el abrigo sobre la barriga, llevando en una mano la Adidas llena de ropa para el que venía en camino, y en la otra una maleta de esas que, a fuerza de haber ido a tantos sitios, ya no tenía aspecto de ir a ninguna parte.

-Me cago en todo -dijo él. Y ella sonrió, dulce, mirándole el perfil duro y desesperado, el mentón sin afeitar. Sonrió dulce porque lo quería y porque estaba allí, con ella, en vez de haber dicho adiós muy buenas y buscarse la vida en otra parte, con otra chica de las que no se equivocan al anotar con lápiz rojo días en el calendario.

De vez en cuando se cruzaban con transeúntes apresurados, de esos que siempre aprietan el paso en Navidad porque tienen prisa en llegar a casa. Una mujer de edad se apartó de él, mirando con desconfianza su aire sombrío, la mugrienta mochila que cargaba a la espalda, los bultos atados con cuerdas, uno en cada mano. Después un yonqui flaco y tembloroso les pidió cinco duros y, sin obtener respuesta, los siguió un trecho por la acera, caminando detrás, con aire alelado y sin rumbo fijo. Un coche de la policía pasó despacio, silencioso. Desde la ventanilla, los agentes les echaron un desapasionado vistazo a ellos y al yonqui antes de alejarse calle abajo.

-Me duele otra vez -dijo ella.

Como era previsible desde que empecé a contarles esta historia, buscaron un portal para descansar. Había uno con cartones en el suelo y un mendigo, hombre o mujer, que dormía envuelto en una manta, bulto oscuro en un rincón que apenas se movió con su llegada. Entonces a ella le dolió otra vez. Y otra. Y...

Sigue leyendo]]> Web oficial de Arturo Pérez Reverte Sun, 24 Dec 2017 00:00:00 +0100