Prensa > Textos de Pérez-Reverte
Textos del escritor aparecidos en diversas publicaciones. El cementerio de los barcos sin nombre.
#4 - El 06/3/2011 maria angeles dijo:
muy bueno, como acostumbra. Gracias por hacernos entender un poco mejor la historia de nuestro pais a la gente que, como yo, se nos ha "reinventado" algunas veces y no siempre con mucho acierto.
#3 - El 17/5/2010 Ángela dijo:
"Que buen vasallo...si tuviera buen señor"
#2 - El 10/5/2010 Yolanda R. Moreno dijo:
Hace como un par de semanas, mientras repasaba parte del temario de Historia con dos alumnos que están preparando el examen para Graduado en Eso, y en plena explicación de la invasión napoleónica a España, les pregunté que si sabían por qué el 2 de Mayo era fiesta en Madrid. Los dos me miraron como si me hubiese vuelto loca y uno de ellos, casi balbuceando por la sorpresa, me soltó: “pues porque lo dice Esperanza Aguirre...”. Tras quedarme muda de estupor durante unos segundos decidí aleccionar a tan poco ilustrados muchachos. “Los pueblos que olvidan su propia historia, están condenados a repetirla”, les dije. “Y qué triste que siendo de aquí no sepáis lo ocurrido tal día como ése hace 202 años”.
Cuando tres cuartos de hora después terminó la clase y la mini conferencia con que pretendía abrirles un poco los ojos. Creo que lo conseguí, porque los dos estaban hasta impresionados. “No jooooodaaaaaasss......” soltaban a cada rato, completamente estupefactos . Lo cierto es que estoy encantada con el resultado porque han estado cotilleando en Google y cada dos o tres días me traen algún descubrimiento nuevo que han hecho sobre el tema. Además me están haciendo un trabajo (mínimo de diez páginas, les pedí, para que se ilustrasen bien) y, por primera vez en su vida, creo, lo están disfrutando como enanos o al menos eso dicen.
De todas maneras, es una verdad contrastable el olvido al que se ha sometido a lo que realmente pasó el 2 de Mayo de 1808 en Madrid. Actualmente, en este día, se celebra un acto institucional en el edificio de la presidencia de la Comunidad de Madrid, en la Puerta del Sol (el edificio del reloj de Nochevieja, para los no madrileños). Se entregan las medallas de oro y plata de la Comunidad en un acto serio y bastante encorsetado y se coloca una corona de laurel bajo la placa que conmemora en la fachada exterior del mismo edificio y que dice: “A los héroes populares que el 2 de Mayo de 1808 riñeron en este mismo lugar el primer combate con las tropas de Napoleón”. Junto a ella se colocó, años después, la de agradecimiento al pueblo de Madrid por su ejemplar comportamiento el fatídico y terrible 11 de Marzo. Después hay una parada militar en la que desfilan tropas, guardia civil, protección civil,..... Coctelito para los invitados en el interior del edificio y ya está. Fin.
Echo muchísimo de menos un homenaje de verdad a los héroes que aquel día murieron por defender su patria, su ciudad, sus gobernantes. Gobernantes que les habían dejado a su suerte y que preferían lamerle las botas al Napoleón que plantarle cara y luchar junto a su pueblo. Siempre he dicho que en este país tenemos una peculiar idiosincrasia: no hay nada que nos motive más que despellejarnos y matarnos mutuamente. Nuestra historia está llena de ejemplos. Somos capaces de echar a los pies de los caballos a quien sólo hace unas horas estábamos a punto de subir a los altares y además con el mismo entusiasmo. Tenemos una mala leche intrínseca muy acusada, basta una mera discusión de tráfico para que nos lancemos a la yugular del tipo del coche de enfrente. Y ya si hablamos de fútbol, para qué hablar. Pero basta que nos den un enemigo común para que las cosas cambien radicalmente: entonces vamos todos a una, como Fuenteovejuna. Toda nuestra atención, nuestros odios, nuestro atávico deseo de venganza por algo que ni siquiera recordamos, se orientan a ese enemigo como una antena gigante y entonces no nos importa matar ni morir. Y lo hacemos gustosos, de forma tan heroica e impresionante que pasa a los libros de historia. También en esto estamos sobrados de ejemplos.
El 2 de Mayo de 1808 es un espejo de todo ellos, un reflejo brillante pero también cruel y dramático, pero que no debería olvidarse y menos por los que somos de Madrid. Una imagen de lo que podemos hacer los españoles unidos cuando nos tocan las narices. El levantamiento popular de aquel día ya se venía gestando desde jornadas anteriores: la ausencia de noticias de la familia real, llevada a Bayona por Napoleón; la connivencia de la Junta de Gobierno con Joaquim Murat, cuñado del corso y a la sazón gobernador de Madrid y gobernante “de facto”; los desmanes y abusos de las tropas francesas, que consideraban el territorio español como zona conquistada y despreciaban hasta el aire que respirábamos. Todo ellos había creado un ambiente enrarecido en Madrid, una especie de rumor sordo que clamaba por darles un buen escarmiento a los franceses, un odio latente hacia esas tropas groseras y soberbias que nos pisoteaban y nos consideraban escoria. De muchos pueblos de la periferia de Madrid, esa mañana del 2 de Mayo, llegaron hombres de todas las edades intuyendo un alboroto masivo, una protesta, algo..... Y todo fue aún peor de lo que imaginaban.
El intento de evitar que se llevasen al último miembro de la familia real, el infante Francisco de Paula, a Bayona, había congregado a mucha gente frente al Palacio Real. Los preparativos que se veían exaltaron los ánimos de los madrileños allí reunidos y se asaltaron los carruajes para cortar las riendas y evitar que el niño fuese sacado de Madrid. La respuesta de Murat fue el colmo de la diplomacia: sacó cañones a la calle y ordenó dispararlos contra la multitud desarmada, organizando un caos descomunal.... y encendiendo la mecha de la Guerra de la Independencia.
La gente, despavorida, comenzó a huir por el escape natural: la calle Mayor y la calle Arenal rumbo a la Puerta del Sol, donde desde primeras horas de la mañana ya había mucha gente a la espera de noticias de Bayona o algo que les hiciese tener fe en un futuro próximo. Los gritos aterrados de los que llegan retumban en la gran plaza madrileña. Y entonces todo se torna rojo a los ojos de los que allí se encuentran. Los franceses nos matan. Los franceses cañonean al pueblo. ¡¡Muerte a los franceses!! Ese grito correrá como la pólvora por los barrios más castizos de Madrid que serán los que en este día se batirán como leones. No olvidemos eso: fueron los barrios más pobres, los de los chisperos y las modistillas, los de los manolos, los de las tabernas oscuras y las corralas de vecinos. Nada pasó en los barrios ricos, porque allí nadie movió un dedo, concentrados como estaban en no perder ni un ápice de sus riquezas.
Murat, siguiendo con su aplastante don de gentes, ordena que la facción más sanguinaria y terrible del ejército de la que disponía en Madrid, los mamelucos, cargasen a caballo y sable en mano contra los ciudadanos reunidos en la Puerta del Sol. Armados hasta los dientes y sobre cabalgaduras habituadas a la guerra, remontan al galope la calle Alcalá y penetran en la plaza dispuestos a no dejar títere con cabeza. Pero la gente allí reunida no se aparta. Y no sólo no se aparta, sino que sacan navajas, tijeras de podar, hoces de labranza... y se lanzan ciegos de furia contra un ejército curtido en mil escaramuzas, que les supera en preparación y en fuerza, que les pisotea sin piedad. La carnicería es espantosa, pero los madrileños no dejan de luchar. Atacan a los caballos para hacer caer a los jinetes y que sean vulnerables. No retroceden, no huyen, no se rinden. El enfado descomunal empieza a dejar paso al nerviosismo entre los generales franceses.
El pueblo madrileño, que ha comenzado su peculiar “guerra de guerrillas” por las calles del centro utilizando hasta las macetas como armas arrojadizas, con una eficacia letal, dirige entonces sus ojos a los cuarteles donde los militares españoles permanecen encerrados. Pero dentro de esos cuarteles la orden es clara: no confraternizar con la población civil y por supuesto, nada de levantar un dedo contra ningún militar francés. Para más vergüenza y deshonra, tenían la orden, desde hacía días, de no llevar las armas cargadas ni, por supuesto, contar con munición que pudiese ser usada. Tropas inservibles pero de gran utilidad para los planes de Murat. Tropas que, tras la triste jornada madrileña, decidirán que la tregua se ha acabado y perseguirán a los franceses hasta debajo de las piedras, consiguiendo que, por primera vez en la historia, las invencibles tropas napoleónicas muerdan el polvo en Bailén, el 19 de Julio de 1808. Después la cosa no fue tan gloriosa, pero ahí queda la fecha.
Pero hasta para esto hubo una excepción en Madrid aquel 2 de Mayo: el Cuartel de Artillería de Monteleón que se encontraba bajo las órdenes del capitán Luis Daoiz. Daoiz tenía las mismas órdenes que todos, pero no le eran ajenas las conspiraciones contra los desmanes franceses, ya que había tomado parte en la llamada “Conjura de los Artilleros” junto con el capitán Pedro Velarde para intentar un alzamiento general contra los invasores. Pero la Junta de Gobierno, en lugar de apoyarles, destrozó sus planes y les cambió de destino para “que no alborotasen más”. A Monteleón llegan las noticias de lo que sucede en las calles de Madrid. Llegan también los sonidos de las descargas de fusilería, los gritos aterrados de mujeres y niños, los cañonazos. Pedro Velarde, partidario de luchar al precio que fuese, se presenta en el cuartel y trata de convencer a Luis Daoiz de que se abran las puertas, que se entreguen armas al pueblo, que luchen contra el enemigo que les humilla de esa manera. Hasta Pérez Galdós, en uno de sus Episodios Nacionales, recogerá el momento en que, tras debatirse contra sí mismo y contra las órdenes dadas, Daoiz decida hacer lo que Velarde y su corazón le dictan: abre las puertas, entrega armas a los ciudadanos y se apresta a defender un cuartel completamente indefendible.
Ambos, junto con el teniente Jacinto Ruiz y el teniente Cónsul, junto con unos 100 soldados y 200 civiles que se quedan a ayudarles, resistirán toda la mañana con sólo dos cañones operativos, fusileros en los pisos superiores y a base de valentía y rabia, el ataque de hasta 4000 soldados franceses de élite que no comprenden por qué no Monteleón no se rinde, por qué desprecian las treguas, por qué prefieren morir que dejar sus armas a los pies del invasor. De los héroes de Monteleón, el primero en morir fue Pedro Velarde, por un disparo en el corazón, a la una menos cuarto de la tarde. Luis Daoiz, herido gravemente en una pierna, se da cuenta de que todo está acabado. Pero ni siquiera entonces dejará que su orgullo sea pisoteado. Cuando el general Lagrange, muy soberbio, se le acercó y le llamó traidor, Daoiz se levantó ciego de ira sobre su pierna sana y atravesó con su sable, el arma que mejor manejaba, el pecho del francés. Inmediatamente, fue cosido a bayonetazos por la espalda. Llevado a su casa de la calle de la Ternera (cerca de la actual Plaza de Santo Domingo), morirá allí sufriendo terriblemente a las dos y cuarto de la tarde.
Hasta primera hora de la tarde, las escaramuzas se suceden. Hay batallas en la Plaza de la Cebada, en la Puerta de Toledo, en las cercanías de la Plaza Mayor. Pero hay que rendirse a la evidencia: se enfrentan al mejor ejército del mundo y todo acaba tan bruscamente como empezó. Los muertos riegan las calles, los franceses comienzan su metódica venganza a base de fusilamientos en masa y asesinatos en plena calle. Murat, rabioso, descargará su cólera matando indiscriminadamente y sometiendo a la población a un régimen aún más terrible que antes. Pero fue el principio del fin del poderío de Napoleón. En sus memorias llegó a escribir que “el pueblo de Madrid se comportó como un solo hombre de honor” y aseguró que su mayor error había sido darnos un enemigo común contra el que luchar. Incluso su hermano José, nombrado rey a dedo, llegó a escribirle en una ocasión: “Sire, vuestra gloria se hundirá en España”.
Los madrileños debemos estar orgullosos de lo que fuimos capaces un 2 de Mayo de hace 202 años. Debemos recordar lo que fuimos, recordar lo que podríamos volver a ser. Y debemos, sobre todo, recordar a los héroes de aquel día, a los anónimos y a los que aparecen con nombres y apellidos, para que la próxima vez que nos pregunten porqué es fiesta este día en Madrid podamos sacar pecho y levantar la cabeza para decir: porque le echamos unos buenos redaños.
#1 - El 01/4/2010 miguel angel dijo:
Todo lo que podria escribir ya se ha escrito,pero desde el punto de vista de alguien que ha sido artillero durante muchos años no puedo evitar el sentimiento de desazon,de rabia contenida,incluso lastima por no haber nacido dos siglos antes,pero lo que me molesta realmente es que la idea de que el Ejercito abandonara a la poblacion civil cunda como una idea generalizada y se acepte a pies juntillas.Si el ejercito no acudio fue porque su misma fuerza que reside en la disciplina fue su perdicion,y si que acudieron,aunque en pequeños numeros,principalmente buenos artilleros.