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Noticias y entrevistas

«Todas mis novelas me han llevado a ésta»

DANIEL PÉREZ | ABC.es - 27/2/2010

Convierte en best-seller todo lo que toca. Afilado, inconformista, contestatario, áspero a ratos, pero siempre honesto consigo mismo, Arturo Pérez-Reverte puede presumir de haber colocado su nueva novela, «El Asedio», entre los títulos más vendidos del país, antes incluso de que llegue a las librerías. Su último trabajo no defraudará a sus lectores de siempre: exhibe las claves que lo han definido como un autor capaz de conjugar la intriga, la historia, la acción, la aventura y la reflexión abstracta, casi metafísica, con un estilo cuidado, elegante y eficaz. Todo ello macerado con una ambientación minuciosa y realista, que convierte el Cádiz de 1812 en un escenario perfecto en el que confluyen las vidas, a menudo torturadas por la frustración o espoleadas por la misantropía, de los personajes más diversos. La ciudad cercada por los franceses ha regalado a Pérez Reverte el contexto idóneo para desarrollar una trama múltiple, compleja, que le permite compendiar en un solo texto sus obsesiones de cabecera.

-¿Por qué quería que todas sus novelas estuvieran presentes en ésta?

-Escribir una novela es como montar un mecano. Hay que preparar una estructura, un esqueleto, y luego llenarlo. A la hora de perfilar el esquema original de «El Asedio» decidí que no quería hacer un homenaje, pero sí un recorrido por los distintos tonos de todas mis creaciones anteriores; quería que cualquiera de los lectores que me han seguido pudiera distinguir esos rasgos, esas huellas. Es una especie de balance narrativo. Por eso hay referencias a todos los grandes temas que he tocado antes. Podríamos decir que todas mis novelas me han llevado a ésta.


-Encajar todas esas obsesiones en un solo text, le ha obligado también a enfrentarse a su novela técnicamente más complicada.

-Son muchos personajes, muchos tonos... Hacer que todas esas tramas funcionen entre sí, se relacionen y convivan, requiere un importante trabajo de ingeniería narrativa previa, mucha corrección, mucho pulido de aristas... Es una novela que, aunque sea muy compleja, debía de parecer sencilla. Conseguir esa forma sencilla para un fondo tan complejo ha sido lo más difícil. Dos años intensos de duro trabajo.

-Dice usted que no es una novela histórica, pero toca todos los grandes temas de la época: desde la independencia de las colonias, hasta el trabajo de Las Cortes, el debate ideológico...

-También formaba parte de la intención previa, pero era consciente de que en Cádiz hay dos novelas que ya están escritas: la de Galdós y «Un siglo llama a la puerta», de Ramón Solís. Yo no quería contar, otra vez, el Cádiz de Las Cortes. Quería contar una historia que transcurriese en ese mismo escenario; que América, la guerra, la política, fuese el telón de fondo. Todo lo que no me ha servido para dotar de vida o sentido a esos personajes o a la trama en la que participan lo he dejado fuera.

-¿De qué quería hablar entonces, sobre todo lo demás?

-Del ser humano. El trasfondo podría haber sido perfectamente Troya, Sarajevo, o el Madrid del 36. He querido que fueran personajes universales, con problemas y tragedias, complejidades y oscuridades universales. Pero Cádiz, por sus características, me ofrecía unas posibilidades más intensas para contar esta historia que cualquier otra ciudad.

-La mirada que aplica a esa realidad es esencialmente sombría. Busca el lado más enigmático de la ciudad.

-En mi vida como reportero desarrollé una teoría completa sobre la ciudad como punto de encuentro de un montón de fuerzas, energías... Las ciudades en guerra me enseñaron muchas cosas: por ejemplo, que las bombas caen en el lado bueno y en el lado malo, o a distinguir lo que te protege de lo que no te protege. La guerra transforma las ciudades y a la gente que vive en ellas. Quise buscar ese Cádiz oscuro, misterioso, de preguntas más que de respuestas, que se aleja de los bares, la alegría, el pescaíto frito, la tacita de plata, la luz azul; un Cádiz inquietante. Si he conseguido que el lector la vea así, habré logrado buena parte de lo que pretendía con esta novela.

«Cádiz -dice el autor- fue la España que pudo ser, debió ser y nunca llegó a ser. Es lo más triste y lo más hermoso de ese momento. Si Cádiz hubiese contagiado al resto de España esa tolerancia, esa cultura, esos aires limpios y nuevos, esa capacidad de debatir, esa esperanza de futuro... España hoy sería muy diferente, sería mucho mejor.

-La Constitución, dice usted, «no cambió España».

-No la cambió entonces. La obra gaditana se diluyó. El cambio vino después. Cuando uno estudia las sesiones de Cortes, ve que en la misma gestación ya aparecen los odios, los rencores, las rencillas, la preferencia por ver al enemigo exterminado antes que convencido.

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