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Noticias y entrevistas

Un día en que cambió la historia

CAPITANALATRISTE.COM - 12/10/2004

¿Quieren vivir la batalla naval más famosa de todos los tiempos? Pues entonces suban a bordo del Antilla, el navío de setenta y cuatro cañones que surca las páginas de Cabo Trafalgar, el espectacular relato naval donde Arturo Pérez-Reverte recrea el combate que el 21 de octubre de 1805 enfrentó a la armada francoespañola contra la inglesa.

Para escribir esta intensa y vibrante novela, que Alfaguara publica un año antes del bicentenario de esta decisiva contienda, el novelista y académico ha partido de una extensa bibliografía y de una amplísima colección de documentos directos sobre Trafalgar. Con ese bagaje y con un escrupuloso rigor histórico, técnico y naval, ha narrado lo que sucedió cuando treinta y tres navíos en línea, cinco fragatas y dos bergantines francoespañoles batallaron contra veintisiete navíos de línea, cuatro fragatas, una goleta y una balandra ingleses. Cuando cinco mil novecientos cuarenta cañones y cuarenta mil hombres entraron en combate.

Pero Pérez-Reverte no ha escrito un libro de historia, aunque relate incidencias reales y revele cómo combatieron y murieron los marinos españoles, franceses e ingleses, a los que define como «hombres de hierro en barcos de madera». Cabo Trafalgar es una novela, una narración que atrapa al lector con un ritmo ágil, con giros inesperados, con intriga, con corrosivo humor negro y con un lenguaje contemporáneo y coloquial lleno de sorpresas. Cuatro perspectivas

El protagonismo de esta novela recae en el mar, en los navíos que combaten, en las gentes que se baten a cañonazos o en despiadados abordajes. Para conseguirlo, Arturo Pérez-Reverte muestra el combate desde cuatro visiones, distintas y complementarias, encarnadas en estos personajes:

o El teniente Louis Quelennec, de la Marina Imperial francesa. Comanda la balandra Incertain, de dieciséis cañones. Es un testigo privilegiado -y alejado, porque no interviene- de lo que ocurre durante la batalla. Por ejemplo, describe así al vicealmirante Nelson: "Es un fantasma y un tocapelotas, vale; pero también, manco, tuerto y todo, un marino de pata negra, como dicen los aliados hispanos".

o El capitán de navío don Carlos de la Rocha y Oquendo. Comandante del navío de línea de setenta y cuatro cañones Antilla, es justo, seco e inflexible. Tiene cincuenta y dos años de vida y treinta y ocho de mar a las espaldas. A bordo, es Dios. Gracias a su mirada contemplamos una panorámica global del combate y leemos comentarios como éste: «Tenemos un rey abúlico e incapaz, una reina más puta que María Martillo, y su amante, Godoy, príncipe de la Paz, el niño bonito de Madrid, el héroe de la guerra de las Naranjas, jefe máximo de las fuerzas navales y de las otras, lamiéndole un día sí y otro también el ciruelo a Napoleón con los tratados de San Ildefonso».

o El guardiamarina Ginés Falcó. Lleva ocho meses a bordo. Nacido hace dieciséis años en Cartagena de Levante (casualidades de la vida: el mismo año y en la misma ciudad en cuyo arsenal fue construido el Antilla, su barco), conoce el oficio y sabe batirse. «En mitad del desmadre -concluye-: patria es una palabra desprovista de sentido».

o El marinero Nicolás Marrajo Sánchez. Patillas de boca de hacha y marca de navajazo en la cara, reclutado a la fuerza en Cádiz hace tres días. Ignora qué está ocurriendo durante la batalla, salvo que va a vender cara su piel. Él más que nadie sabe que, desde que suena el primer cañonazo, el resultado final del conjunto deja de importar, y lo que cuenta es el dar y el recibir, el tú a tú que se establece entre los tripulantes de un navío y aquellos enemigos a los que disparan y de quienes reciben el daño.

Entre la vergüenza y la dignidad
Con estos personajes, Pérez-Reverte muestra con rigor y crudeza las muchas sombras y las tenues luces de uno de los episodios más vergonzosos de la historia española.

Por un lado, nos sumerge en una España vieja y maltratada, donde la corrupción y la ineptitud ocasionan una decadencia imparable. En el año I del Imperio napoleónico, España es una potencia naval venida a menos: cuenta con los mejores navíos del mundo, pero tiene que salir a la mar con oficiales expertos pero desmotivados y con marineros esclavizados, reclutados a la fuerza en Cádiz y sus alrededores. Además, la flota española, que dirige el almirante Gravina -«un tiñalpa cortesano, un político antes que un marino, que va a llenar España de viudas y de huérfanos»-, debe obedecer las órdenes del indeciso e incapaz almirante francés Villeneuve.

Por otro lado, sin embargo, al poblar el libro de «infelices buenos vasallos que nunca tuvieron buenos señores», demuestra, como confirma en la entrevista que sucede a estas líneas, que "la dignidad no la tienen los gobiernos, sino los pueblos". A la vez, ofrece una cruda y realista visión de la batalla.

Tácticas y honor
Los amantes del mar y de la historia naval están de enhorabuena. Pérez-Reverte reconstruye con precisión la batalla de Trafalgar. Al hilo de la narración, expone las sorprendentes tácticas de Nelson y las erróneas decisiones de Villeneuve. Al mismo tiempo, muestra cómo "un buque de guerra es una máquina compleja, un taller flotante hecho para luchar, sujeto a reglamentos y a ordenanzas, donde los hombres trabajan y mueren como autómatas sin otra responsabilidad que la lealtad y la competencia".

Además, vemos a los barcos elegir entre la disciplina y la conciencia, entre la indecisión y la cobardía. Vemos a los mandos españoles salvar la honorabilidad, a falta de otra cosa. Porque se nos presenta un mundo en el que el honor se calcula en arrobas de sangre. Porque, sobre todo, vemos cómo luchan y cómo mueren los marinos españoles. Vemos que la patria se circunscribe a la propia piel, a la vida que alienta en el corazón y la cabeza, a los camaradas que caen al lado gritando su estupor, su locura y su rabia. Vemos que, cuando uno muere cumpliendo con su obligación, no se equivoca nunca. Y que hay días que redimen toda una vida.

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