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Noticias y entrevistas

Pérez-Reverte: «Soy jacobino, creo en una educación férrea y medieval»

TULIO DEMICHELI | ABC - 19/11/2005

El creador de Alatriste publica «No me cogeréis vivo», la recopilación de los artículos que han aparecido los últimos cinco años en "El semanal". «Lo mío es una mirada sobre el mundo, a veces un pensamiento, otras un cabreo, pero siempre un ajuste de cuentas». No deja títere con cabeza.

MADRID. «Mira quién entra», dice Corina Arranz. Es Arturo Pérez-Reverte quien cruza la puerta del café Gijón. Trae un libro en las manos y se detiene frente al despachillo para saludar a Alfonso, el cerillero que ha vendido tabaco y visto pasar la vida desde allí, con su batín azul, siempre descorbatado, durante los últimos treinta años. El Gijón ya no sería el Gijón sin Alfonso, el cerillero anarquista, culto, incluso autor. Se incorpora y se saludan con familiaridad. Hojea el libro que le ofrece y sonríe: está dedicado; luego Pérez-Reverte le busca las páginas que él protagoniza. En fin, su amigo Arturo ha venido a traerle «No me cogeréis vivo» (Alfaguara), recopilación de los artículos que desde hace muchos años publica en «El Semanal» y que acaba de salir.

Nos acercamos a saludarles y Pérez-Reverte se jacta con orgullito de buen cumplidor: «No he fallado ni un solo domingo. Cuando era reportero dejaba escritas ocho o nueve columnas si me iba de viaje. Cada cinco años las reúne mi amigo José Luis Martín Nogales, aunque no todas, serían demasiadas». Luego, nos desanima: «Nada de entrevistas, no le quiero hacer promoción». Entonces, Alfonso intercede y no hay mejor intercesor. Cuando Alfonso asistió invitado a su discurso de ingreso en la Academia, y se puso corbata, además le tocó sentarse junto a Jesús de Polanco. Aquella gloriosa tarde el cerillero anarquista, culto y aun autor le dio al gran empresario «una brasilla libertaria de la leche» -como se cuenta en el libro-. Y claro, Pérez-Reverte acepta.

-¿Considera sus artículos semanales como periodismo literario?

-Periodismo es lo que hace Raúl del Pozo, un columnista que habla de la realidad, de la política. Lo mío es una mirada sobre el mundo, a veces un pensamiento, otras un cabreo. Es un ajuste de cuentas semanal. Un ajuste muy subjetivo; no pretendo para nada informar, ni educar, ni transmitir, sólo expresar según esté cabreado, feliz, simpático o de mala leche. Por eso digo que no es periodismo. La columna es un ejercicio de literatura que utiliza el periódico como medio. El periodismo es una cosa tan seria, tan cabal, tan concreta, tan nobilísimamente objetiva que no tiene ninguna vinculación con lo que hago.

-Habiendo practicado tantos años la profesión, ¿no tiene mono de guerras, catástrofes y grescas políticas; mono de actualidad nacional e internacional?

-Yo me asomo a la realidad cuando me apetece y por eso tengo lagunas enormes de la actualidad internacional. No sé, por decir algo, a mí «la crisis económica de Alemania» me importa un pimiento. Cuando leo un periódico me fijo en algo que me llama la atención en ese momento. Mis opiniones no son en absoluto útiles a mis lectores en cuanto a que constituyan juicios objetivos de la actualidad. Soy un tipo que está emboscado en la literatura desde hace quince años. Y en el mar. Navego y escribo. Y desde esa lejanía, a veces hablo de cosas porque siento curiosidad o porque de alguna manera me afectan. Nunca jamás hago un «seguimiento» de «la actualidad». Nunca podría intervenir en un debate de televisión o en una tertulia de la radio para opinar sobre Irak o la «crisis económica en Alemania». Yo soy un novelista y hago ficción. Y como escritor me da igual quién gobierne, que el ministro de Economía sea Solbes o cualquier otro, que Acebes esté en la oposición o sentado en el banco azul. La única faceta pública mía es la de un escritor que está opinando como escritor.

-¿No cree usted que los escritores deban tener un compromiso político, ideológico o social?

-Es un error grave pedir a los novelistas que asuman compromisos públicos. Rechazo cuando me piden vincular mi trabajo, mi vida, mi pensamiento con la realidad inmediata. Puedo hablar de ella, pero nada me obliga ni a serle fiel. Yo soy un novelista de infantería, normal. En cambio, José Saramago -que es muy amigo mío y le respeto- sí tiene un compromiso político que le trasciende y lo proclama; y por ello, una obligación moral con ese compromiso.

-Dentro de 300 años..., ¿quién se acordará de qué era ser comunista o popular?

-¿Y quién de mi literatura?

-Apenas nadie se acuerda de Gorki, considerado en su tiempo un inmortal; en cambio, hoy seguimos leyendo a Dumas y a Dickens porque siguen divirtiéndonos y conquistan jóvenes lectores. A lo mejor, «El maestro de esgrima» se va leer más que «La balsa de piedra» y Alatriste será tan famoso como D´Artagnan.

-Yo he visto arder muchas bibliotecas, muchas ciudades bombardeadas, y he visto mundos enteros irse al carajo con apretar un botón. Eso me ha liberado de incertidumbres y me ha dado seguridad. Qué paradoja más grande: una de esas seguridades es que da lo mismo. Hay gente empeñada en construir obras literarias, acueductos o catedrales con la intención de pervivir. Están equivocados. Todo es más simple: yo escribo, tengo una biblioteca y navego. Ésa es mi vida, me basta y me sobra. Pretender universalidades, trascendencias, reconocimientos...

-Vivimos en estado de perpetua agitación desde el Prestige, 11-M y vuelco electoral mediante; la crispación política ahora es mayúscula con tantos pleitos abiertos, algunos muy graves: los Estatutos, la enseñanza, la negociación con ETA, los nacionalismos independentistas; y otros, más remotos, que resucitan de la guerra civil, y aún de antes. Y se duda de España... ¿Qué nos pasa a los españoles?

-Lo que pasa desde hace cuarenta años es que estamos perdiendo la memoria o manipulándola de una manera infame. Y estamos pagando el precio; si un país es una catedral y la gente son las piedras, la historia es la argamasa. Sin argamasa no hay piedras que valgan. Cuando se habla de «recuperación de la memoria histórica» sólo se recuperan los últimos setenta y cinco años. Y yo me refiero a tres mil años. Y ése es un pequeño matiz. Sin ningún complejo: esto es Grecia, más Roma, más la latinidad medieval, más el Renacimiento, más el Barroco, más América con naves españolas en ida y vuelta, más la Ilustración, más la Europa de las ideas, las libertades, la Revolución Francesa y todo eso. Esto es un resultado de tal cadena. En el momento en el cual se escamotean los eslabones, en el momento en el cual se ocultan los momentos de ese largo proceso, se está eliminando todo aquello que da unidad y que es vertebrador.

-Ése también era el «problema» para Ortega.

-Que a mediados del XVII hubiera una guerra con Cataluña, eso es una anécdota dentro de un marco más general que se llama Mediterráneo, Europa, cultura... un marco mucho más amplio y al que todos estamos sometidos. Y ésa es la cuestión. Cuando niegas los cauces generales, cuando impides que las generaciones jóvenes conozcan las fuentes generales, desbordas el río y no hay manera de mantener esa vinculación vertebradora, ya no de España, sino del mundo en el cual vivimos. Nos estamos jugando el futuro. Y a eso hay que añadir la estupidez, la demagogia y el cantamañanismo. Es lo políticamente correcto, el no atreverse nunca a llamar a las cosas por su nombre. Estamos en manos de analfabetos culturales y de cantamañanas y eso es muy peligroso. Y no hablo sólo de este Gobierno, porque el PP, cuando ha estado un montón de años en el poder, ha sido tan cantamañanas como antes lo fue, y está siendo ahora, el PSOE. En fin, todo esto provoca que se sea muy escéptico ante palabras que antes tenían sentido.

-¿Como cuáles?

-Como dignidad, conciencia, solidaridad..., como España. Hay una cosa que no le perdono ni a la derecha ni a la izquierda. Que la izquierda haya dejado la idea de España como patrimonio exclusivo de la derecha y que ésta haya abusado de ello. Cierto, el franquismo contaminó la historia de España: le puso camisa azul al Cid, a los almogávares y a los Tercios de Flandes; pero cuando cambia el régimen, en vez de purgar la memoria de esa contaminación, lo que se hace es decir «cómo está contaminada», y entonces se la tira por la ventana, se barrena, se aplasta, se aniquila; con todo lo cual nos dejan indefensos. Y entonces, ¿qué pasa? Palabras contaminadas por el franquismo, como España, se dejan en manos de la derecha y a partir de ahí, todo lo que tiene que ver con patria, con bandera, con historia, con tradición en su sentido más noble, nos suena a derecha, y claro, es malo y sospechoso... Han conseguido que sea «sospechoso» todo lo que tiene que ver con nuestra memoria. Y en eso, insisto, han sido tan culpables el PP como el PSOE. Entre todos nos han desmantelado. Que alguien diga que la palabra España es franquista cuando «Hispania» nombraba a la provincia romana es ridículo.

-Además de esa amnesia, ¿qué otros factores deterioran nuestra vida política?

-Yo no tengo nada contra los abogados, pero es que estamos en manos de ellos. Casi todos nuestros políticos lo son y muchos manifiestan lo peor de la abogacía: el leguleyismo. Además, hay una profunda incultura parlamentaria. No creo que muchos diputados hayan leído un solo discurso de Cánovas, Sagasta, Prieto, Azaña, Gil Robles o Calvo Sotelo. Desconocen la tradición parlamentaria de la Restauración y de la II República. Estamos en manos de unos políticos que están haciendo una España virtual que no tiene nada que ver con la realidad. Si paras en cualquier taberna de pueblo o cualquier bar de carretera, allí donde haya trabajadores, te das cuenta de un divorcio absoluto. Se han construido una España política sólo para ellos, en la cual medran y se acuchillan, aunque luego se van a comer juntos tras el número parlamentario. Y esto es indignante.

-Cuando los federalistas del PSC olvidan que el Estado federal no es plurinacional -eso no existe: ni lo es EE.UU., ni Alemania, ni Italia-, sino un Estado único y central; y se enredan con los nacionalistas, que sí creen en un Estado único y central, pero independiente de España (siguen la idea romántica de que la nación, así sea inventada, exige un Estado, como recuerda Artola), ¿no alientan un peligroso trampantojo?

-Yo soy jacobino y creo que los estados deben ser fuertes y que la educación debe ser férrea y medieval. Digo que los estados deben ser fuertes, no autoritarios ni totalitarios. Entre los jacobinos no hay nacionalismos posibles, sino un país solidario y a marcar el paso; y el que no quiera ser libre, lo va a ser a garrotazos.

-Eso decía Galdós en «La Fontana de Oro»...

-Quizá me ha quedado ese resabio galdosiano. En fin, lo que lamento profundamente es que, a partir del siglo XVIII, en España no se hermanara, como hizo la Revolución Francesa, la palabra ciudadano con patria, solidaridad, bien, esfuerzo y memoria común. Aquí no hubo guillotina para obispos, reyes y aristócratas; aquí siempre se ha fusilado a los mismos y de manera equivocada.

-Poco después de Trafalgar, episodio que ha novelado, se produjo la invasión napoleónica, lo cual para usted fue una tragedia, porque la lucha contra el ejército invasor -que traía «libertad, igualdad y fraternidad»- se convirtió en una rebelión antiliberal, rechazo que se prolongará hasta muy mediado el siglo XX.

-Napoleón nos hizo polvo. En España había un movimiento al que se llamaba «afrancesado» y que reunía a gente como Moratín y Goya, culta, con ideas renovadoras, y la invasión provocó su aplastamiento. Hay que decirlo: buena parte de la culpa la tuvimos los españoles, porque no se trata sólo de que llegara un rey malo que arrasó las libertades alcanzadas en la Constitución de 1812; sino de que los españoles también las tiramos por la ventana. Éste era un país tan miserable, tan cobarde, tan inculto, que cuando recibió una constitución avanzadísima, concebida en el papel por gente de bien y que le daba libertad, en vez de levantarse en su apoyo, se unce al carro del despotismo y secunda a Fernando VII en la persecución del espíritu liberal.

-¿Cómo explicaría esa sumisión?

-Hay una excusa y es que la gente era analfabeta. Nadie le había enseñado a pensar, estaba en manos de curas fanáticos, de reyes incapaces y de ministros corruptos. Igual se apuñalaba franceses que liberales y luego ibas a misa y te absolvían. Pero ya no es así, la educación es universal y gratuita, existe internet, hay libros de bolsillo, el que quiera puede acceder a la cultura. Hoy es inculto el que quiere. El campesino que pegaba fuego a la iglesia de su pueblo y mataba al cacique en el año 36 quizá tenía una explicación histórica. Ya no; el que hace caso omiso al progreso y la solidaridad es por cobardía, por apoltronamiento y por bajeza moral. Cuando gritamos «¡Vivan las cadenas!» es porque queremos tenerlas. En España nos sigue dando miedo la libertad responsable, aunque la otra nos encanta... Poder mearnos en la esquina nos pone.

-Los medios de comunicación, ¿qué pintan en todo esto?

-Los medios igual que hacen el mayor bien cuando denuncian la injusticia, también hacen el mayor mal cuando, atentos al libro de estilo de lo políticamente correcto, manipulan la realidad. Reproducen lo que es la sociedad y luego la sociedad se retroalimenta de ellos. Lo peor es que hoy no existe el espíritu crítico que hubo en España desde finales del siglo XIX hasta la II República. ¿Qué gente hay a la altura de Ortega en la derecha o en la izquierda? España es un país especialista en perder oportunidades. Entre el 98 y el 36 hubo una gran oportunidad; de la misma manera que la hubo a caballo de los siglos XVIII y XIX y que se perdió con la invasión napoleónica y Fernando VII. Y eso ha dejado un agujero que no se ha podido llenar con nada.

-Cuando antes se proclamaba jacobino, usted dijo que creía en una educación...

-Férrea y medieval. Y el que no quiera estudiar, a trabajar: a ser un dignísimo fontanero, un dignísimo albañil, un dignísimo agricultor. La educación debe ser accesible a cualquiera, pero cuando estudias, hay que esforzarse.

-La manifestación del sábado 12 denunciaba problemas tan graves como la pérdida de la moral del esfuerzo, la idea de que estudiar debe ser un juego, la indisciplina o la pérdida de autoridad de los profesores. ¿Qué piensa de ello?

-El maestro debe inspirar al alumno temor y respeto.

-¿Y admiración?

-La admiración va incluida. El maestro es alguien superior que tiene un conocimiento superior y lo transmite a los alumnos. Ésa debe ser la base. A lo mejor ésta es una concepción que ya no tiene que ver con la realidad, pero es en la que creo. Hablamos de la educación de chicos que a los veinte años tienen que tener conocimientos elementales de su cultura, su historia, su entorno. Cualquiera que tenga un hijo en edad escolar tiene que estar subiéndose por las paredes, y no por las clases de religión, qué puñetas, sino por el desmantelamiento de la cultura en todos los órdenes.

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