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Críticas

Ninguna foto es inocente

CARLES BARBA | LA VANGUARDIA - 30/4/2006

Un antiguo combatiente emerge del pasado para pedir cuentas a un fotógrafo bélico. Pérez-Reverte vuelve a lo grande con El pintor de batallas.

La literatura está llena de encuentros decisivos, de historias que se surten de un cara a cara entre dos personajes que se autodescubren en relación al otro. En El idiota de Dostoievski por ejemplo Mischkin y Rogozhin coinciden en un expreso a San Petersburgo, y ahí sellan su destino. También Bruno y Guy en Extraños en un tren de Highsmith quedan unidos por un casual encaramiento en un compartimento ferroviario. En el relato Sí de Bernhard el narrador no logra salir de sí mismo hasta que se cruza con la persa en una oficina inmobiliaria, y a partir de ahí establece con ella un fructífero diálogo. En La víctima de Bellow la vida de Asa Leventhal da un giro cuando es abordado en un parque neoyorquino por un tal Allbee, que le acusa de haber arruinado su carrera, y él ya no puede deshacerse de ese doble.

La decimosexta y última novela de Arturo Pérez-Reverte (Cartagena, 1951) podría insertarse en esta línea de ficciones a dos voces, de personajes que se toman la medida mutuamente. Su estructura y tono de hecho recuerdan los de El último encuentro de Márai donde, tras cuarenta años de no verse, un general recibía la visita de Konrad, un amigo de la juventud. Aquí el protagonista de la obra es Andrés Faulques, un ex fotógrafo bélico que se ha retirado a pintar en una solitaria torre vigía de la costa, y quien emerge de su pasado se llama Ivo Markovic, un antiguo combatiente croata al que él fotografió en pleno repliegue, en una imagen que dio la vuelta al mundo. Han pasado quince años, y el miliciano en ese lapso ha movido mary tierra para localizar al cámara que tomó su instantánea. Ivo, como el Konrad de Márai, viene al torreón a saldar una cuenta -la foto que a Faulques le dio fama y dinero, a él le ha traído consecuencias funestas-, y el cañamazo de la novela se sustenta en los tête-à-tête entre dos hombres cuyas vidas se tocaron sólo por unos segundos y que ahora van a dirimir una serie de asuntos pendientes que exigen despaciosas conversaciones.

¿Con qué derecho -pregunta el croata- el reportero le captó en un momento comprometidísimo de su existencia (con los chetniks serbios pisándole los talones, él indefenso en su retirada) y luego se lucró con esa imagen, y cosechó premios, sin importarle un carajo a quien había retratado, y cual era su verdadera identidad, y qué secuelas podía comportarle la foto en cuestión? Por otro lado, Andrés Faulques, que ya ha colgado sus Nikon y sus Leikas, y lleva siete años empeñado en pintar en el propio torreón un mural sobre la guerra, se inquiere: ¿con qué legitimidad irrumpe ahora en su nueva vida uno de los tantos miles de seres con los que se rozó en su periodo de fotoperiodismo bélico, y le pide responsabilidades por su trabajo, y hasta se quiere cobrar con su vida una presunta deuda moral para con él?

El pintor de batallas es un pulso entre dos individualidades, una novela conversacional, un toma y daca entre dos interlocutores en apariencia antipódicos y hostiles pero que, a medida que ventilan el pasado y desentierran episodios tremendos de barbarie, van comprendiendo que el vendaval de la historia les ha arrastrado a ambos por igual, y que por tanto les interesa más indagar juntos en ese caos que enconarse en rencillas personales. Significativamente Ivo Markovic entra en el ámbito de Andrés Faulques cuando la vida de éste ha hecho crisis de un modo radical, porque se ha dado cuenta de que la fotografía ya no le sirve para interpretar la realidad, y confia en que la pintura (y en este caso un mural de una batalla que es una síntesis de todas las batallas) le dé las claves que rigen el desorden del cosmos. En sus sucesivos diálogos Faulques consigue interesar a Markovic en su obra pictórica, y éste descubre con sorpresa que el arte puede auscultar con plausibilidad los enigmas del universo. Pero en el curso de estas charlas el croata a su vez enseña a Faulques que, tanto con la cámara como con los pinceles, él está lejos de ser sólo un hombre que mira, "un tercer hombre indiferente", y que, tanto los miles de fotos que tiró como el mural en el que trabaja, le contienen a él, y le interconectan además con la corriente general del mundo. Markovic, al desvelarle la cadena de desgracias que le deparó la foto que tomó de él en su retirada de Vukovar, le afianza en su sospecha de que "hay una red oculta que atrapa el mundo y sus acontecimientos, donde nada de cuanto ocurre es inocente y sin consecuencias".

El pintor de batallas en este sentido se desarrolla en tres planos: el tiempo en el que Faulques tarda en completar la pared cóncava; el tiempo -la cuenta atrás- que le da su visitante croata para que ponga en claro sus asuntos pendientes; y el tiempo de sus recuerdos, que van desplegándose al hilo del mural y de los coloquios con su interlocutor, y en la mayoría de los cuales anda presente una mujer, colega y amante, cuya pérdida ha hecho mella en su carácter. Olvido Ferrara (tal es el nombre de esta atractiva modelo de padre italiano y madre española) deviene una presencia tan real y obsesiva como la del propio Markovic y, a través de la evocación de días compartidos en México D.F., Venecia, Roma o Atenas, y en escenarios bélicos como Duvrovnik, Kuwait, Sarajevo o Mogadiscio, Faulques va comprendiendo cuanto le debe a ella en la nueva mirada con que ahora ve las cosas, y en qué modo sus comunes experiencias (sobre todo frente al horror de la guerra) han curtido su alma y le han arrojado más luz en su sondeo de la existencia.

La propia Olvido ha sido en su momento la primera en darse cuenta de que si se pegaba a Faulques -"necesito un Virgilio y tú eres bueno para eso", le dice en una ocasión- iba a aprender a ver el mundo en su dimensión auténtica, sin los enmascaramientos en que transcurren las existencias de cada cual. Entre ambos, y a lo largo de tres años de correrías por los puntos más calientes del planeta, descubren que el mundo está ahí como un jeroglífico insondable, y que la guerra es una buena escuela para ponerse en situación de descifrarlo. Aprende uno en esos escenarios (en Beirut lo mismo que en Pnom Penh, en los Balcanes igual que en El Salvador) que el hombre es un animal carnicero tan pronto se le aflojan las tuercas civilizadoras, y que la Naturaleza por ende es un monstruo indiferente, que puede desatarse y mostrar su faz más devastadora sin el más mínimo respeto con todo lo que palpita y respira.

Una fuerte inflexión
El croata que acude a la torre para pedir cuentas a Faulques conoce en carne propia con qué encono puede golpear la vida, y al principio quiere arrojar a la cara del otro las tremendas heridas que arrastra. Gradualmente sin embargo va percibiendo que El pintor de batallas esconde sus propios tajos, y que del "pulso terrible de la vida" sabe tanto como él. "¿Sabe, señor Faulques?", le confiesa en un momento dado: "Cuando después del campo de prisioneros fui a un hospital de Zagreb, lo primero que hice fue sentarme en un café. Y no daba crédito a lo que oía: la conversación, las preocupaciones, las prioridades... Oyéndolos, me preguntaba: ¿Es que no se dan cuenta? ¿Qué importa el abollado del coche, la carrera en la media, la letra del televisor? ... ¿Comprende a qué me refiero?".

Por supuesto, Andrés Faulques entiende perfectamente de qué le habla el otro. Él ha colgado las cámaras y se ha retirado a pintar precisamente para sustraerse de una vez a la maraña de nimiedades con que nos enreda la cotidianeidad, y para ir a lo esencial de la vida, y tratar de reflejar en el mural el orden secreto que desencadena las cosas.

Éste no es el Pérez-Reverte de El maestro de esgrima o La tabla de Flandes. A sus 54 años, y con sillón en la Academia desde hace tres, da una fuerte inflexión en su trayectoria. Aquí no hay golpes de sable, ni una cascada de aventuras, ni acción a chorros. El pintor de batallas es su obra más destilada y despojada. Rinde homenaje a los grandes maestros antiguos de la pintura (y a algún moderno). Y pone en pie a dos personajes - a tres, si contamos a esa mujer en la lontananza del recuerdo- que básicamente intercambian ideas, en un encarnizado afán de desentrañar las reglas de juego de la vida y la muerte. La torre de vigía a la que se retira Faulques es una buena metáfora del sentido de la obra: aunque en su origen fue un lugar para atalayar corsarios y defenderse de ellos, y tiene por tanto un aire de baluarte romántico, al terminar el libro parece más bien un espacio en donde su ocupante se ha encerrado a repensar el mundo. Como el torreón de Montaigne, la torre Martello de Joyce o la torre Muzot de Rilke.

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Foto de Arturo Pérez-Reverte

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Críticas sobre los libros de Arturo Pérez-Reverte y su trayectoria literaria.

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