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Críticas

La épica del desencanto

JOAQUÍN ARNÁIZ | La Razón - 15/12/2006

La épica es el verdadero otro lado del espejo de la lírica. Y así, el héroe épico por mucho que luche por su amada vive preparándose para morir, escuchando siempre en la lejanía el sonido del cuerno de Roldán. En este volumen, ya el sexto de la saga, el capitán Alatriste es, en mi opinión, más héroe épico que nunca (quizá enlazando con el Alatriste de «El sol de Breda»), y está más desesperadamente solo que nunca, incluso con su Íñigo ya batiendo las alas de la adolescencia rebelde. Y con la determinante presencia constante del tiempo que modifica para siempre la vida de los personajes. «El tiempo muda unos lugares y respeta otros. Pero siempre te cambia el corazón», dirá en un momento Alatriste.

En este sentido, creo que el personaje de Pérez-Reverte es diferente cuando está en España que cuando sale al exterior, quizá porque el verdadero héroe está siempre en camino, y de hecho es en el Camino del Grial que encuentran grandeza y muerte los caballeros de Arturo. Y en esta novela, Alatriste e Íñigo, embarcados en las naves de la flota real y visitando Malta, Nápoles y las propiedades españoles norteafricanas, allí donde vegetan viejos soldados de los Tercios, abandonados por su rey y condenados al olvido, son quizá más épicos que nunca.

Alatriste, aquí, quizá está más cerca de la ética del samurai que en sus ámbitos hispánicos. Poco importará ya luchar por el rey o por un quimérico imperio, sino que más bien una extraña mezcla de «beau geste» y de penurias económicas les guiarán a la muerte y a la gloria. Alatriste sabe que su único oficio es la guerra, que funcionarios y mercachifles se están comiendo un imperio que ya nadie defiende en la Corte, y así escuchará esto de un viejo soldado: «Dime qué le importa a un escribano, a un juez, a un funcionario real, a un tendero, a un fraile, que en las dunas de Nieueport nos retiráramos impasibles y banderas en alto, sin romper el tercio...».

Ahora, las aventuras de Alatriste y sus compañeros están teñidas de una cierta amargura, donde sólo las feroces batallas contra los turcos (enemigos, sí; pero no resguardados tras papeles y ordenanzas) y ejemplares venganzas (disparar las cabezas de los enemigos con un cañón hacia el campo adversario) parecen animar por un momento a estos soldados profesionales, que, al fin, sólo terminarán luchando porque no saben hacer otra cosa, y porque en un tiempo de siervos es el único lugar en que se puede tener honor, aunque no sea más que muriendo en el campo de batalla.Un libro éste que incluso puede ser leído independientemente (Pérez-Reverte va mostrando retazos de pasado y de futuro del Capitán Alatriste, y pronto el lector tiene un personaje perfectamente construido), y que irá conduciendo al lector de pasaje iniciático (la rememoración de la caída de Osuna o la vida de los galeotes en las galeras) en paisaje iniciático hasta la batalla marítima final, con la creación de ese fascinante caballero de la Orden de Malta navegando, orgulloso y victorioso, al fin, contra la muerte.

Más que aventuras. Pero, atención, no es una novela de aventuras ésta, o por lo menos no es sólo una novela de aventuras. Sino que en ella Pérez-Reverte nos habla de una sociedad que enviaba a sus hombres como pajes a los trece años a los Tercios de Flandes; de la vida y existencia de los moriscos arrojados de España, de una época en que, como dice el novelista, «para crear el infierno así en el mar como en la tierra no eran menester más que un español y el filo de una espada». Ahora, en este tiempo en que tan mala propaganda tiene la épica, sorprenderá al lector de este relato que se publique una obra como ésta última de Pérez-Reverte, donde se habla de temas como la decadencia y aparecen aventuras sangrientas, botines y barcos tomados al asalto, pero también, y sobre todo, de aquello que tan bien cantó Saint-John Perse: «Tras el orgullo, he aquí el honor, y esta claridad del alma floreciente en la espada grande y azul».

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Críticas sobre los libros de Arturo Pérez-Reverte y su trayectoria literaria.

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