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Críticas

Alatriste, aventura del lenguaje

JOSÉ MARÍA POZUELO YVANCOS | ABC - 08/12/2006

Diez años no pasan en balde. No para el héroe de las que comenzaron siendo aventuras de un soldado en la España del siglo XVII y van convirtiéndose en un proyecto distinto al del mero entretenimiento con las capas, espadas y lances varios en que se quedarán todavía algunos lectores superficiales. Conforme Alatriste evoluciona como personaje, crece la medida de la serie, con novelas que van adensando su trayectoria en dos direcciones. Primeramente, según vimos ya en las anteriores El oro del rey y El caballero del jubón amarillo, por el estigma del desengaño, como si Quevedo fuese algo más que un amigo, y su amarga visión de las Españas caídas prendiese cada vez más en la retina de Alatriste, sometido a los vaivenes del poder cortesano, como lo fue la historia de don Francisco mismo. No es casual que un ejemplar de Los sueños de Quevedo, recién salido a estampa, acompañe los ratos de ocio del capitán. Pero tampoco lo es la inclusión parcial en el texto (pág. 221), y completo en el apéndice final, del espléndido soneto que Quevedo dedicó a su amigo y protector, don Pedro Téllez de Girón, duque de Osuna. El acento de contraposición entre vasallos leales sin señores que los merezcan acentúa la línea semántica constante en la narrativa toda de Pérez-Reverte: su amarga visión respecto los valores inservibles, por muy grandes que hayan sido las hazañas quemadas en su servicio.

Protagonista principal. El otro camino de adensamiento lo surca el lenguaje. Podría decirse (y quiero hacer algo más que un juego de palabras) que lo que comenzaron siendo unas novelas de aventuras han terminado por ser una auténtica aventura del lenguaje, que en esta última entrega se convierte en el protagonista principal, y traduce, según creo, un nuevo compromiso de su autor, quien logra ir donde hoy no llega nadie en novela histórica: dar vida a una aventura semántica. Comienza siendo léxica, por los dos o tres centenares de términos que estaban arrumbados en diccionarios de época y en jergas especializadas de la germanía, del juego de cartas, de la marinería o de las suertes de ataques y defensas en las batallas o duelos. Podría allegar mucho de ello en esta crítica, aunque bastará a cada lector con ver lo que digo según la novela avanza. Pero es sobre todo semántica, porque Alatriste es hoy menos aventura recreada, y cada vez más creación propia, como si la obra le fuese creciendo a su autor entre las manos, hasta acariciar la idea no de escribir como los antiguos según comenzó siendo la serie, sino de crear un espacio nuevo con aquel lenguaje de época, por el procedimiento de haber embebido la situación de tal manera que solamente de esa forma pudiera decirse. Eso no significa ya remedo, sino necesidad creativa que vamos viendo crecer en cada entrega.

Batallas navales. En el último Alatriste la nueva necesidad creadora se dirime en el lenguaje y no en la aventura. De hecho, la trama se ha adelgazado mucho, y se convierte en episódica, con tres batallas navales (una contra el navío inglés, y dos contra los turcos); precediendo a ellas una antológica escaramuza con la cabalgada en los alrededores de Orán, y entre ellas una escala memorable en el Nápoles tabernario. La de Orán traduce mucho del sentido de la obra: la necesidad de proveerse salvajemente por parte de unos soldados que la Administración ha abandonado a su suerte.

Podría decirse que Lope de Vega ha cedido a Cervantes la primacía de este libro. Digo esto porque la trama es cervantina toda: la berbería mediterránea, las plazas españolas en el Norte de África, la lucha contra el Turco (que condensaba en esa denominación un todo sinecdóquico, por infiel), pero incluso la suerte de los moriscos es aquí convocada. Resuena Ricote, y resuena el episodio paralelo del cautivo, convocado incluso en algún detalle geográfico. Sabe Pérez-Reverte, y sería desdicha no reconocerlo (aunque habrá quien se lo niegue, según van siendo proverbiales todavía las envidiosas negativas de un esfuerzo lingüístico realmente sobresaliente), que tales convocatorias por un escritor son envites bien fuertes. Sale de ellos mucho más que airoso, como de la precisa reconstrucción histórica del escenario mediterráneo, con sus escalas principales en Melilla, Orán, Lampedusa, la travesía del Scila y Caribdis, la soberbia Nápoles, hasta llegar por Patmos a las puertas del Mar de Nicaria. Es tanta la precisión histórica y geográfica de esta obra, que quizá acabe teniendo su peaje comercial, porque lectores habrá que dejen en el camino esta aventura estilística, ya decididamente volcada del lado de los lectores verdaderos, que sabrán apreciar el enorme esfuerzo y disciplina de una novela como la presente, que por ello es creación y no simple homenaje.

¿Título menor? Digo esto convencido de la necesidad de zafar a la serie de Alatriste del sambenito de su carácter secundario, menor, y porque se hace preciso celebrar la dificultad inherente a la empresa de dotar a cada situación de su propio sentido léxico, a favor de un significado que lleva la novela histórica a un lugar de exigencia olvidado hoy por casi todos, excepto quizá por Umberto Eco, que igualmente se ha comprometido en recrear con precisión cada época convocada. Si el italiano cede a la ironía posmoderna, en el caso de Pérez-Reverte se arrostra la ideología del siglo, por más que resulten chirriantes y políticamente incorrectos los valores embebidos que este libro ofrece, sin traducción posible. Porque no cabe ser cervantino o quevedesco en parte, o mirar España y la Berbería con los ojos del presente. Quizá este modo de ser novela histórica vuelva a como fueron las de Galdós y Baroja para el caso del carlismo: la única forma posible de que una reconstrucción pueda sobrevivir. Haber puesto ante los lectores de hoy un mundo de ayer, que ha necesitado de ese lenguaje, y no de ningún otro, para ser realmente posible. Escribir novela histórica, cuando es crear, necesita tal cosa.

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