Prensa > Patente de corso
Columna que Arturo Pérez-Reverte publica en XL Semanal.
ARTURO PÉREZ-REVERTE | El Semanal - 07/10/2007
A menudo llegan cartas pidiendo que recomiende un libro para jóvenes. Algo que los anime a leer. En literatura, la palabra
jóvenes resulta ambigua y peligrosa, de modo que no suelo meterme en
ese tipo de jardines. Cada cabeza es un mundo aparte. Por lo demás,
creo que, salvo contadas excepciones, lo que establece la diferencia
entre un libro para jóvenes y otro para adultos es la edad de quien lo
lee. Unos textos encuentran a su lector en el momento adecuado, y otros
no. El conde de Montecristo, por ejemplo, puede fascinar lo
mismo a un joven de quince años que a un abuelo de setenta. Y no sabría
decir cuándo es más placentero y provechoso leer La línea de sombra, El guardián entre el centeno, La cartuja de Parma, Moby Dick o La montaña mágica.
Hay una novela, sin embargo, con la que tengo la certeza de ir sobre seguro, pues no conozco a ninguno de sus lectores, jóvenes
o adultos, que no hable de ella con entusiasmo. Con su título ocurre
como con tantas obras maestras: el cine lo hizo todavía más popular,
devorándolo, y al fijarlo en el imaginario colectivo desvinculó el mito
de la fuente original. Pero ese libro extraordinario sigue ahí, en
librerías y bibliotecas, en buen y sólido papel impreso, esperando que
manos afortunadas lo abran y se estremezcan con su invención perfecta,
su belleza y su trama sobrecogedora. La novela se llama Drácula y fue escrita -a máquina, innovación técnica absoluta en aquel momento- por su autor, Bram Stoker, hace ciento diez años.
Drácula es de una modernidad que apabulla. Para construirla, Stoker se zambulló en leyendas medievales, supersticiones y brumas
balcánicas, vampirismo y hombres lobo, sin que nada de eso entorpeciese
con erudiciones inoportunas, a la hora de escribir, la limpia eficacia
de su historia, a la que aplica una factura técnica complicada,
impecablemente resuelta, que ya quisieran para sí muchos de los que, a
estas alturas del tiempo y la literatura, pretenden romper o reinventar
las reglas del juego. La historia, que empieza cuando el joven inglés
Jonathan Harker viaja a Transilvania para negociar una venta con un
aristócrata local, se fragmenta en cartas, diarios íntimos, recortes de
prensa, grabaciones fonográficas e incluso el espeluznante diario de a
bordo -pieza maestra dentro de la obra maestra- del capitán de un
navío, el Démeter, que con su perro negro ocupa por mérito propio un
lugar en la nomenclatura de barcos legendarios y misteriosos de la gran
literatura de todos los tiempos.
Además, están los personajes. Complejos, humanos hasta
el dolor, inhumanos hasta la crueldad objetiva y fría, los seres que
pueblan Drácula mantienen al lector pegado a sus páginas: las dos
amigas atrapadas por una atracción fatal, la desnudez fetichista de sus
pies -¡cómo insiste en eso el autor!- cuando se entregan al terrible
seductor, la violación-vampirización de Lucy, la impotente lucidez de
Van Helsing, el sacrificio del compañero generoso, la dramática empresa
de los tres amigos y su estaca en el corazón, la fanática fe del
miserable y leal loco Renfield en su maestro-mesías, a prueba de
manicomios... Y, por encima de todos, desde que una mano fuerte, fría
como la nieve, estrecha la del joven Harker en el castillo de los
Cárpatos, la extraordinaria e implacable sombra que planea sobre la
novela: ese espléndido conde Drácula, cuya engañosa ancianidad y bigote
blanquecino quedaron borrados para siempre, en la iconografía clásica
del mito -160 adaptaciones cinematográficas-, por la magnífica palidez
engominada de Bela Lugosi, la elegancia aristocrática de Christopher
Lee, la escalofriante cortesía de Frank Langella y todas las
derivaciones, variantes o sucedáneos generados en torno; desde bodrios
infames para la tele hasta obras maestras como el mítico, genial,
Vampiros del maestro John Carpenter.
Y es que, por encima de todo eso, Drácula es una novela magnífica que a ningún lector deja indiferente. «La mejor del siglo»,
afirmaba de ella Oscar Wilde en 1897; y con Don Juan y Fausto, según
André Malraux, «los únicos mitos creados por los tiempos modernos». Un
pedazo de libro, vamos. De los que enganchan -literalmente- por el
pescuezo. Así que, señora, caballero, profesor de literatura o quien
diablos sea usted, permítame una sugerencia: si esa lastimosa criatura
suya no abre nunca un libro, cómprele Drácula, o hágaselo leer y
comentar en clase. A usted, de paso, tampoco le vendría mal. Échele un
vistazo, y ya me contará. Tan seguro estoy de eso que, si no funciona,
yo mismo le devuelvo su dinero.