Inicio > Prensa > Patentes de corso
ARTURO PÉREZ-REVERTE | El Semanal - 08/11/2009
Me dicen los amigos hay que ver, Reverte, con esto del paisaje
que tenemos y la que está cayendo, salimos a cabreo semanal con
blasfemias en arameo, y hace tiempo que no cuentas ninguna de esas
peripecias de la historia de España que dejabas caer por esta página,
de marinos, conquistadores, aventureros y gente así, políticamente
incorrecta, que a veces consuelan y hacen descansar de tanta basura
parlamentaria y municipal, y tanta cagada de rata en el arroz. Y como
los amigos siempre tienen razón, o casi, y es verdad que hace tiempo no
toco esa tecla, hoy vamos a ello. De todas formas, para no perder el
pulso de la actualidad actual, quisiera recordar a un personaje que
practicó la alianza de civilizaciones a su manera. Ya me dirán ustedes
si viene a cuento, o no.
ARTURO PÉREZ-REVERTE | El Semanal - 01/11/2009
Conozco, desde hace tiempo, a una señora que tiene a los niños
criados y al marido ocupado en sus cosas, y la suerte, ella, de no
tener que trabajar para ganarse la vida. Es una de esas mujeres
afortunadas con posición económica cómoda, dentro de lo que cabe, que
dispone de tiempo suficiente para dedicarlo a sí misma. Como todavía
está de buen ver -fue muy guapa y todavía lo es-, no necesita dedicar
horas a mantenerse en forma, pues tiene una forma estupenda. De maruja
calza lo mínimo: no es de mucha tele -excepto los debates políticos,
que se los zampa-, sino del tipo lectora. Devora libro tras libro;
sobre todo, novelistas rusos y centroeuropeos, en ficción, e historia,
ensayo y memorias sobre la primera mitad del XX. De bolcheviques,
revoluciones y ocaso de la monarquía austrohúngara, entre otras cosas,
sabe más que nadie. Disfruta con todo eso, sin otro objeto que el
conocimiento en sí mismo. Saber y pensar. Ni se le ocurre escribir
novelas, ni nada. Sólo tiene una profunda curiosidad por la vieja y
zurcida Europa. Por comprender, a la luz de la memoria escrita y la
cultura, el mundo que fue y el que es. El pasado que explica el
presente y los seres que lo pueblan.
ARTURO PÉREZ-REVERTE | El Semanal - 25/10/2009
Creo que alguien debería explicarle a la ministra de Defensa lo
que es un soldado. Me refiero a uno de esos que desfilaron hace un par
de semanas con casco y escopeta. Es cierto que la ministra tiene
alrededor, en cada foto, un montón de generales y uniformados varios
que podrían explicárselo perfectamente. Pero tengo la impresión de que
no se expresan bien; tal vez porque a medida que asciendes, te suben el
sueldo y te acercas a la jubilación, uno suele volverse menos
elocuente. Con lo fácil que sería, por otra parte, abrirle a la titular
del ramo el diccionario de la RAE por la palabra soldado, mostrarle que significa persona que sirve en la milicia, llevarla luego a la palabra milicia y hacerle leer algo que no admite equívocos: (Del
latín militia. Femenino). 1. Arte de hacer la guerra y de disciplinar a
los soldados para ella. 2. Servicio o profesión militar. 3. Tropa o
gente de guerra. Es cierto que hay una cuarta acepción: coros de los ángeles, que lleva como ejemplo la milicia angélica. Pero cuidado. Que no se haga ilusiones la ministra. Ahí ya estamos hablando de otra cosa.
ARTURO PÉREZ-REVERTE | El Semanal - 19/10/2009
Llevo a un amigo mejicano a cenar al Madrid viejo, que entre
septiembre y octubre, cuando todavía no han entrado los fríos ni las
lluvias, me parece uno de los lugares más agradables de Europa. La
noche del antiguo barrio de los Austrias está en todo su esplendor, con
las terrazas animadas y los bares y tabernas a rebosar. Para más
felicidad, la gente dejó las chanclas y los calzoncillos callejeros
para otras temporadas, los hombres ya no parecen porqueros sin
fronteras, y a las señoras da gloria verlas. Todo vuelve a la
normalidad, dentro de lo que cabe. Paseo con mi amigo por el barrio, y
al doblar a la izquierda en la Cava Baja lo veo pararse, sorprendido.
«No me digas -exclama- que el capitán Alatriste tiene un restaurante
aquí.» Le respondo que sí, que ya lo ve. Que allí está la taberna del
capitán, justo en el sitio donde vivía con Caridad la Lebrijana. Aclaro
después que nada tengo que ver con el asunto; que Félix Colomo, el
propietario, me pidió permiso para darle ese nombre, y yo me limito a
ir de vez en cuando -la comida es estupenda y el lugar, bellísimo-,
pagando rigurosamente la cuenta. Mi amigo no es muy de leer libros,
pero el capitán le suena bastante. Hasta el punto de que, descubro
sorprendido, cree en la existencia del veterano soldado de los tercios.
«Qué bueno -termina diciendo- que te inspires en personajes reales,
como hiciste con la Reina del Sur.» Me lo quedo mirando, para comprobar
si habla en broma. Pero no. Lo dice en serio aunque es mejicano, como
digo, y oyó decir más de una vez que Teresa Mendoza es personaje de
ficción. Entonces comprendo que el tiempo y el extraño azar de la
literatura, incluso para los no lectores -o especialmente entre ellos-,
han hecho su trabajo. Y sonrío feliz, de medio lado, enseñando el
colmillo como un lobo satisfecho.
ARTURO PÉREZ-REVERTE | El Semanal - 11/10/2009
Cada vez que doy un paseo veo más tiendas cerradas. Algunas, las de toda la vida, habían sobrevivido a guerras y
conmociones diversas. Eran parte del paisaje. De pronto, el escaparate
vacío, el rótulo desapercido de la fachada, me dejan aturdido, como
ocurre con las muerte súbitas o las desgracias inesperadas. Es una
sensación de pérdida irreparable, aunque sólo haya echado vistazos al
escaparate, sin entrar nunca. Otras de esas tiendas son negocios
recientes: comercios abiertos hace un par de años, e incluso pocos
meses; primero, los trabajos que precedían a la apertura, y después la
inauguración, todo flamante, dueños y dependientes a la expectativa,
esperanzados. Ahora paso por delante y advierto que los cristales están
cubiertos y la puerta cerrada. Y me estremezco contagiado de la
desilusión, la derrota que trasmite ese triste cristal pegado al
cristal con las palabras se alquila o se traspasa.
ARTURO PÉREZ-REVERTE | El Semanal - 04/10/2009
Estoy con la ministra de Defensa. Hasta la muerte. A mí tampoco me parece bien que nuestros pesqueros en el Índico lleven
a bordo soldados españoles que los defiendan de los piratas. Otros
países, como Francia, sí lo hacen; pero todo el mundo sabe que los
franceses son unos fascistas de toda la vida, y les gusta mucho darle
al gatillo, como si estuvieran siempre en Dien Bien Fú. Unos
peliculeros fantasmas, es lo que son. Nada que ver con la sobria
serenidad española. Además, como muchos gabachos salen rubios,
desprecian a los subsaharianos afroamericanos de color y no les importa
darles matarile sin complejos; como cuando pillaron a aquellos pobres
somalíes que sólo disparaban y secuestraban para ganarse la vida, los
pobres, y les dieron las suyas y las del pulpo, en vez de pagar
humanitariamente el rescate, como hicimos nosotros, y hasta luego
Lucas. Pero España, no. Aquí las fuerzas armadas las tenemos para otras
cosas. Para combatir seis horas bajo fuego de morteros en Afganistán,
por ejemplo, y que luego la ministra del ramo sostenga, mirándote con
firmeza castrense a los ojos, que aquello no es misión de guerra, sino
actuación humanitaria de paz cuyas reglas de confrontación, según los
protocolos coyunturales intrínsecos, requieren cierta esporádica
contundencia. Por eso allí al enemigo no se le llama enemigo, sino
elemento incontrolado. O como mucho, cuando la ministra va a hacerse
alguna foto y abrir telediario, diablillos traviesos y picaruelos
gamberretes. Talibancillos díscolos que con una pizca más de democracia
occidental serán pronto ciudadanos de provecho, con crédito en el banco
y barbacoa los domingos. Por su parte, los soldados que patrullan cada
día jugándose los aparejos los llaman de otra forma. De hijoputas para
arriba. Pero, cuando eso ocurre, la ministra no está allí pegando tiros
y comiéndose el marrón. Comprendámosla. Está aquí, y no lo oye.
ARTURO PÉREZ-REVERTE | El Semanal - 27/9/2009
En mis tiempos de repórter Tribulete, cuando los de la vieja y
extinta tribu todavía andábamos por los aeropuertos, los hoteles y la
vida con una máquina de escribir portátil a cuestas, mi vieja Olivetti
Lettera 32 con pegatina del diario Pueblo -todavía debe de
estar en algún rincón del trastero- tenía por dentro de la funda un
rótulo escrito a mano con la frase: «Cada día puede conmemorarse el
centenario de alguna atrocidad». La reflexión sigue siendo válida,
creo, para las atrocidades y para muchas cosas más. Hace pocos días,
comentando el asunto con un viejo compañero de excursiones, parafraseó
éste: «Y de alguna gilipollez». Me pareció oportuna la variante, y para
confirmarlo decidí hacer un experimento. Seguro, dije, que si
encendemos ahora la tele y zapeamos cinco minutos, o abrimos un
periódico o una revista, damos en seguida con alguna gilipollez gorda,
hermosa. Bien alimentada. Y tampoco es que la cosa rastreadora tenga
mucho mérito. Por alguna singular razón que compete a los sociólogos,
nunca fue tan desmesurada la cantidad de gilipolleces circulantes,
acogidas con ávido entusiasmo por el personal, siempre dispuesto a
apropiárselas. En ciertos ambientes y lugares, echas una gilipollez
cualquiera al aire, entre la gente, y no toca el suelo.
ARTURO PÉREZ-REVERTE | El Semanal - 20/9/2009
Ha palmado Schulberg, o sea, el amigo Budd. El príncipe de
Hollywood chivato y eficaz cuyas novelas he leído varias veces. Me
encontraba a varias millas de la costa más próxima, venturosamente
lejos de los periódicos, la radio y la tele, y por eso tardé en
enterarme. Ahora, al corriente del asunto, bajo a la parte más
subterránea de mi biblioteca, busco en la parte de novela guiri y en la
de cine, y emerjo con tres libros en las manos. A dos tengo que
soplarles el polvo, y a otro no. Uno de los que soplo empieza: «La
primera vez que lo vi no debía de tener más de dieciséis años; era un
muchacho listo y despierto como una ardilla. Se llamaba Sammy Glick. Su
misión era llevar las cuartillas desde la redacción a la imprenta.
Siempre corría. Siempre tenía sed». Un buen comienzo, la verdad. De los
que uno envidia. Ese libro me lo regaló mi amigo el productor de cine
José Vicuña, en la edición de Planeta del año 61. ¿Por qué corre
Sammy?, se llama. No es una obra maestra, pero sí una novela
extraordinaria. Ascenso y caída de un trepa ambicioso y genial. Tan buena que duele. El otro con polvo encima -un polvo simbólico, no
exageremos o se enfadará Conchi, la señora que limpia la casa- es un
libro de memorias. De cine, es el título. Memorias de un príncipe de Hollywood. Decepcionante, éste. Buen retrato de los primeros años del cine,
contados por el hijo de uno de los grandes productores de la Paramount,
pero incapaz de ir más allá. Recuerdo que, cuando lo leí, pensé que, si
lo hubiera firmado otro, no volvería a pensar en él. Me fastidió, sobre
todo, que el autor pasara de largo, sin detenerse, por la gran mancha
puerca y negra de su vida: cuando en 1951, asustado por la caza de
brujas en Hollywood, delató a sus compañeros comunistas ante el
siniestro Comité de Actividades Antiamericanas.
ARTURO PÉREZ-REVERTE | El Semanal - 14/9/2009
Dirán ustedes que lo de hoy es una chorrada, y que vaya tonterías elige el cabrón del Reverte para su artículo. Para llenar la página. Pero no estoy seguro de que la cosa sea intrascendente. Como decía Ovidio, o uno de esos antiguos -lo leí ayer en un Astérix-, una pequeña mordedura de víbora puede liquidar a un toro. Es como cuando, por ejemplo, ves a un fulano por la calle con una gorra de béisbol puesta del revés. Cada uno puede ir como le salga, naturalmente. Para eso hemos muerto un millón de españoles, o más. Luchando por las gorras de béisbol y por las chanclas. Pero esa certeza moral no impide que te preguntes, con íntima curiosidad, por qué el fulano lleva la gorra del revés, con la visera para atrás y la cintita de ajustarla sobre la frente. Todo eso conduce a más preguntas: si viene directamente de quitarse la careta de catcher de los Tomateros de Culiacán, si le da el sol en el cogote o si es un poquito gilipollas. Concediéndole, sin embargo, el beneficio de la duda, de ahí pasas a preguntarte si, en vista de que al pavo le molesta o no le conviene llevar la visera de la gorra hacia delante, por qué usa gorra con visera. Por qué no recurre a un casquete moruno, un fez turco o a una boina con rabito. Luego terminas pensando que es raro que los fabricantes de gorras no hayan pensado en hacer una gorra sin visera, para fulanos como el que acabas de ver; y de eso deduces, malpensado como eres, que la mafia internacional de los fabricantes de gorras de béisbol pone visera a todos los modelos para cobrar más caro y explotar al cliente, y luego lo disimulan regalándole gorras a Leonardo DiCaprio para que se las ponga del revés cuando saca en moto a su novia en el Diez Minutos. Eso te lleva inevitablemente a pensar en la crisis de Occidente y el aborregamiento de las masas, hasta que acabas echando espumarajos por la boca y decides apuntarte en Al Quaida y masacrar infieles, mientras concluyes que el mundo es una mierda pinchada en un palo, que odias a la Humanidad -Monica Bellucci aparte- y que la culpa de todo la tiene el Pesoe.
[Continúa leyendo]ARTURO PÉREZ-REVERTE | El Semanal - 07/9/2009
He recibido carta de una lectora que comenta un artículo aparecido en esta página sobre cadáveres de la guerra civil enterrados
o por desenterrar, lamentando que no mostrara yo excesivo entusiasmo
por el asunto del pico y la pala. El contenido de la carta es
inobjetable, como toda opinión personal que no busca discutir, sino
expresar un punto de vista. Comprendo perfectamente, y siempre lo
comprendí, que una familia con ese dolor en la memoria desee rescatar
los restos de su gente querida y honrarlos como se merecen. Lo que ya
no me gusta, y así lo expresaba en el artículo, es la desvergüenza de
quienes utilizan el dolor ajeno para montarse chiringuitos propios, o
para contar, a estas alturas de la vida, milongas que, aparte de ser
una manipulación y un cuento chino, ofenden la memoria y la
inteligencia. Envenenando, además, a la gente de buena fe. Prueba de
ello es una línea de la carta que comento: «Parece que para usted todos los muertos de esa guerra sean iguales».