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XLSemanal - 21/5/2012
El tercer acto de la tragedia Julio César contiene un ejemplo interesante de lo que, desde la Logse o por ahí cerca, llamamos comprensión lectora, y que hasta hace poco se conocía por simple sentido común. Para levantar al pueblo romano contra Bruto y los otros asesinos de César, el Marco Antonio de Shakespeare empieza su famoso discurso aludiendo varias veces a Bruto como «un hombre honrado». Y el pueblo, voluble pero no completamente imbécil, termina captando el sentido de la ironía y acaba queriendo hacer picadillo a los magnicidas. Dicho de otra forma, la comprensión lectora de los romanos fue en este caso, y en términos generales, la apropiada.
[Continúa leyendo]XLSemanal - 14/5/2012
Alguna vez he hablado aquí de remordimientos. De lo poco que se llevan en los últimos tiempos, si es que alguna vez se llevaron. De la facilidad con que nos fabricamos, en el acto, excusas útiles para ignorarlos. El estado del bienestar incluye eso, imagino. El bienestar personal a toda costa. El no sentirse responsable, o culpable, de nada. Pero no siempre es así. A veces, el daño infligido a otros sigue presente en nuestra memoria y nos acompaña hasta el final, obligándonos a mirarlo cara a cara. No sé ustedes, pero en mi archivo personal tengo algunos remordimientos, o estragos que tienen mucho que ver con ellos. Fueron muchos años pisando caminos raros y cristales rotos. Y ninguna supervivencia es impune, claro. Algunos, con eso, hacemos novelas. O escribimos artículos como éste.
[Continúa leyendo]Arturo Pérez-Reverte - La Lettura, Corriere della Sera - 08/5/2012
L'autore del Club Dumas e del Capitano Alatriste rivela como nasce un racconto: "È cercare l'Isola del tesoro".
Non do lezioni morali e tantomeno culturali. Nei miei libri c'è solo quello che ho vissuto.
[Continúa leyendo]XLSemanal - 07/5/2012
Una tarde de hace nueve años, mientras esperaba en mi entonces mesa habitual del café Gijón a que los miembros de la RAE votaran sobre mi candidatura, uno de los viejos camareros, que me conocía desde que entré por primera vez en el café siendo un jovencito imberbe, me dijo: «Hubo un tiempo en que tener una silla reservada aquí era más importante que tener un sillón en la Academia». Y tenía razón. Pero lo que pude averiguar más tarde, una vez dentro, es que había algo aun más importante que un sillón con tu letra en la sala de plenos, e incluso que una mesa reservada en el Gijón: el perchero del vestíbulo de la RAE, con sus perchas de bronce y su bastidor de madera con huecos para el bastón o el paraguas.
[Continúa leyendo]Alfaguara - 03/5/2012
novelaenconstruccion.com es una web en la que publica anotaciones sobre la escritura de su nuevo trabajo.
[Continúa leyendo]XLSemanal - 30/4/2012
De vez en cuando, algunos de ustedes sugieren que me ponga en plan abuelo Cebolleta y cuente batallitas viejas. Lo hago con placer, porque me gusta la Historia y creo útil recordar ciertos episodios que, para bien o para mal, nos definen. E incluso, a veces, permiten reconciliarnos con nosotros mismos: con este desgraciado país que, pese a obispos, reyes, ministros y generales, también parió durante siglos a no poca gente honrada, valerosa y decente. A hombres y mujeres con los que valdría la pena tomarse una copa, e incluso dos. A fulanos admirables.
[Continúa leyendo]XLSemanal - 23/4/2012
En abril de 1954, el Vietminh cercaba la base francesa de Dien Bien Fu, en la Indochina francesa que pronto se llamaría Vietnam. Sometido a un espantoso bombardeo, el símbolo del orgullo colonial estaba a punto de caer. El gobierno de París, aun sabiendo que la derrota era inevitable, no quiso aceptarla sin un estúpido gesto teatral, así que lanzó en paracaídas a un último contingente de voluntarios, conscientes de que su único destino era la muerte o el cautiverio. Asombrosamente, se presentaron muchos. Entre ellos había tres hombres del servicio de prensa del ejército. Saltaron el primer día, entre las bombas, y cuando pisaron tierra uno estaba muerto y otro había perdido una pierna. Cuatro días después, en un segundo salto, llegaron otros dos reporteros para cubrir esas bajas: un fotógrafo y un camarógrafo. El cámara se llamaba Pierre Schoendoerffer y tenía veinticuatro años. Durante cincuenta y dos días filmó la carnicería, replegándose hacia el último bastión a medida que iban cayendo los reductos exteriores. No hubo rendición. Se peleó hasta que los viets penetraron en el puesto de mando y éste dejó de emitir. Hecho prisionero, Schoendoerffer vivió dos años en condiciones horribles, en un campo de concentración donde innumerables compañeros dejaron la piel que habían salvado de la batalla. Después hizo películas y escribió libros.
[Continúa leyendo]XLSemanal - 16/4/2012
A veces, cuando tecleo con nostalgia de guillotina y blasfemo en exceso, algún lector me reprocha que no aporte soluciones, recursos o vías alternativas. Que no practique la blasfemia constructiva. Pero tengo respuesta para eso. Si tuviera soluciones en el canuto mágico, napalm aparte, cobraría más por esta página, y en vez de Patente de Corso la llamaría Tres en Uno. Como no las tengo, me limito a despacharme a gusto. Todo sea por evitar la concentración de ácidos y la úlcera. Eso no quita para que a veces también se me ocurra algo útil. Socialmente enriquecedor. Me pasó ayer, paseando por el centro de Madrid. Ahora que todo son ofertas a bajo precio, rutas hosteleras y recorridos urbanos que mezclan cultura y gastronomía, es buen momento para que el Ayuntamiento se plantee un recorrido turístico que tenga como punto fuerte la calle Montera, en pleno centro de la villa. Molaría un huevo. Figúrense el eslogan en los aeropuertos y vallas publicitarias de medio mundo: Madrid, tapas y putas. Sugiero como imagen institucional, por ejemplo, el oso del madroño con tacón de aguja, medias de rejilla y una loncha de jamón ibérico en la liga. Con la banderita de España.
[Continúa leyendo]XLSemanal - 09/4/2012
Hoy toca vieja batallita. Con ésta, además, saldo una deuda. O lo intento. Iba en tren cuando un joven me abordó con mucha educación. Traía en la mano un objeto largo y estrecho en una funda de paño. Soy teniente de Infantería de Marina, dijo, y voy a incorporarme a un destino. También soy lector suyo desde que empecé a leer. Por eso, como éste es mi sable de oficial, quiero que lo tenga usted. Pasado mi estupor, y tras la natural resistencia a permitir que se desprendiera del sable, insistió y no hubo otra. Bajé del tren con su regalo bajo el brazo, que ahora está en mi casa, en compañía de dos docenas de sables y espadas vinculados a la historia de España de los cuatro últimos siglos. Agradecido, envié al joven un libro también un par de veces centenario, y con el acuse de recibo llegó una petición: que dedicase un artículo al granadero Martín Álvarez, infante de Marina español en el combate naval de San Vicente. Y aquí me tienen. Cumpliendo con el sable.
[Continúa leyendo]XLSemanal - 02/4/2012
Parece que fue ayer, y ya ven. La noche del próximo 14 de abril toca aniversario: cien años justos desde que el Destino, que tiene ganas de guasa, puso un iceberg en mitad de la ruta del Titanic. Barco publicitado como insumergible, tecnología ultramoderna, primer viaje, 2.228 personas a bordo entre pasajeros y tripulantes. La mar lisa como un plato. Y zaca. Cubitos de hielo en la cubierta de estribor, desgarro bajo la línea de flotación, y al fondo. Millar y medio de ahogados preguntándose cómo ha podido pasarme esto. Glú, glú. Después, un siglo de leyenda, libros, películas: la de Kate Winslet y Leonardo di Caprio, estupenda. La protagonizada por Clifton Webb, prescindible y mediocre, incluso mala. La mejor, en mi opinión, la más rigurosa y perfecta –la he visto docenas de veces, y sigo haciéndolo– es La última noche del Titanic, dirigida por Roy Baker sobre un guión nada menos que de Eric Ambler, basado a su vez en un libro conciso y magnífico de Walter Lord, A Night to remember –así se titula la película en inglés–, que ninguna de las obras posteriores logró superar nunca. El libro de Lord, publicado en 1954, acabo de verlo en bolsillo, recién reeditado, con el mismo título: La última noche del Titanic. Así que quien quiera saber exactamente lo que ocurrió a bordo entre el 14 y el 15 de abril de 1912, no sé a qué espera, si tiene una librería cerca. O lejos.
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