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El Bar de Lola

El fracaso elegante

Arturo Pérez-Reverte - 24/11/2012

24.11.12 - José Belmonte. Suplemento cultural Ababol. La Verdad de Murcia.
Editorial: Alfaguara. 497 páginas. Madrid, 2012. Precio: 21 euros.

El inolvidable Francis Scott Fitzgerald, autor de ‘El gran Gatsby' y ‘Suave es la noche', definió la generación a la que él pertenecía -la denominada, no sin argumentos, ‘Lost Generation'- como aquella que, a su llegada, había encontrado todos los dioses muertos, todas las guerras combatidas y la fe en el hombre destruida. La mejor narrativa occidental del siglo XXI bebe, sin duda, en esas aguas turbulentas. De ahí la publicación de novelas que se mueven entre el sueño y el desencanto, que reivindican, de manera categórica, una estética de la derrota.
Max Costa y Mecha Inzunza son los personajes que más hondamente llegan al lector de esta novela. Como Lucas Corso o Teresa Mendoza en obras precedentes. Solo que ya han pasado algunos años y Arturo Pérez-Reverte parece más curtido, menos piadoso, más exigente. Pero no conviene dejar en el olvido a aquellos otros personajes que, desde su condición de secundarios, están construidos con apenas unas cuantas y certeras pinceladas. Nos vienen a la memoria, si hacemos un rápido recorrido por toda su narrativa, el inolvidable Agapito Cárceles, de ‘El maestro de esgrima', Muñoz, de ‘La tabla de Flandes', el padre Ferro, de ‘La piel del tambor', el Piloto, en ‘La carta esférica', y tantos otros. En ‘El tango de la guardia vieja' podríamos destacar a Armando de Troeye, que pertenece a esa clase de individuos «que se comportaban como anfitriones incluso en mesas ajenas». De Troeye, como Astarloa con su estocada, convierte en su Santo Grial la búsqueda del tango perfecto en su vertiginoso descenso a los infiernos de Buenos Aires, acompañado por su particular Virgilio y su Beatrice.
Pero prefiero a un personaje mucho más gris, que apenas aparece en la novela y, sin embargo, llena con su sombra estas páginas: un tipo que lleva implícita la incomprensible locura de la que se nutrió la Guerra Civil española. Es Fito Mostaza, con su sonrisa filosófica en torno al caño de su pipa; un tipo que sabe echar mano de alguno de los pensamientos de Pascal, como aquel que se refiere al poder de las moscas, que impiden que obre nuestra alma. Sagaz metáfora. Es la primera vez, a lo largo de toda su carrera literaria, que Arturo Pérez-Reverte habla de nuestra Guerra Civil, después de habernos mostrado, con toda su crudeza, los desastres de otras contiendas. España, asevera uno de estos personajes en el otoño de 1937, es «el paraíso de la envidia, la barbarie y la vileza».
Max y Mecha son dos creaciones genuinamente revertianas. A la altura de Corso, Alatriste, Macarena Bruner o Teresa Mendoza. El uno, con tanta inteligencia que es capaz de disfrazar de artificio las propias emociones. Un tipo diestro en colocar apuntes ajenos para improvisar palabras. Un lobo solitario que, a pesar de haber perdido sus colmillos, explota lo que sabe y lo aplica en el momento preciso. Max es un Pijoaparte refinado y posmoderno. Y también la alargada sombra del Rastignac zolesco y el Julián Sorel stendhaliano. Se vale de su portentoso físico para llegar a lugares donde ningún ser humano podría imaginar. La otra, Mecha, es una de esas mujeres que ayudan a comprender el tiempo en que nos ha tocado vivir. Una de esas damas en apariencia inalcanzables, «con las que se soñaba en los sollados de los barcos y en las trincheras de los frentes de batalla». Entre ambos, entre Max y Mecha, queda resumido el mundo. El origen y el destino del ser humano. Y también la belleza, la ternura, la sagacidad, el glamur, el fracaso, la ambición y la derrota.
Como el ya citado Scott Fitzgerald, Arturo Pérez-Reverte, que ha llegado a la plenitud de su arte narrativo, se decanta, en estas páginas que ahora nos lega, por la construcción elegante, por el diálogo chispeante, sin dejar de lado esas frases lapidarias, sentenciosas, categóricas, a las que nos tiene acostumbrados: «Un hombre debe saber cuándo se acerca el momento de dejar el tabaco, el alcohol o la vida». Suenan, asimismo, los ecos de su viejo oficio de reportero, de sus artículos semanales. Es el Pérez-Reverte más divertido y sorprendente: «El ambiente era artificial, deliberado, entre apache tardío y surrealista rancio». Pero, junto a ello, destacan ciertas imágenes, tan comprimidas, tan originales, tan repletas de vida, que se asemejan a las greguerías del celebrado Gómez de la Serna: «La ropa tendida en los balcones colgaba como jirones de vidas tristes». ‘El tango de la guardia vieja' es un ejemplo de la llamada escritura transparente. Una nueva apuesta de su autor por el lenguaje fluido, la palabra exacta y las comas en su sitio.
Se trata, en cualquier caso, de un relato de extremado riesgo, en el que el autor ha jugado con distintos espacios y diferentes tiempos, unidos artesanalmente, con pericia y sagacidad, a través de ciertas técnicas cinematográficas de fundidos y encadenados, que resultan incluso divertidos para el lector, a quien, desde las primeras páginas, exige su colaboración para desentrañar los misterios de esta novela casi interactiva: el significado de una película, el origen de una cita, el título de una canción. Una obra, en fin, marca de la casa. Cien por cien revertiana. Con sus obsesiones de siempre. Esas que lleva en su mochila a donde quiera vaya: Troya y la vida, resumida en un tablero de ajedrez. Y la inútil lucha contra el tiempo.

Juego y cacería (primera crítica en prensa)

Arturo Pérez-Reverte - 18/11/2012

Por Justo Navarro. Suplemento cultural Babelia (El País)

Tres veces se encuentran en cuatro décadas los dos protagonistas de la nueva novela de Arturo Pérez-Reverte, El tango de la Guardia Vieja:  a bordo de un transatlántico rumbo a Buenos Aires en 1928, en una mansión de Niza en plena guerra civil española y en 1966, cuando en las radios suena la canción Ragazzo triste de Patty Pravo, a la salida de un gran hotel de Sorrento. Max Costa se hace llamar el héroe, guapo, alguna vez bailarín profesional de salón en barcos y hoteles, gigoló, ladrón, cazador de lo que no es suyo. Lo conocemos en el momento en que pone los ojos en una pieza excepcional: la belleza Mecha Inzunza, granadina, hija del rey de las aguas minerales y mujer del célebre compositor Armando de Troeye, un cuarentón veinte años mayor que su esposa, amigo de Picasso y Stravinski. Con su camarada Ravel acaba de hacer una apuesta: mejorará el Bolero con un tango. Y a eso va a Buenos Aires el matrimonio Troeye: a escribir el tango más verdadero, el tango de la Guardia Vieja.

La intriga tiene tres nudos: las coincidencias entre Mecha y el bailarín, guía y amante ideal por los arrabales del tango genuino, un superhéroe que deberá vencer en tres pruebas, planteadas en dos planos temporales, entre el pasado de 1928 y 1937, y el presente, 1966. Pero el dispositivo acuciante que mueve la historia es atemporal: el baile, un lance de espías, un torneo de ajedrez, el robo, el arrebatamiento, el sexo, el juego y la caza siempre, sin que a veces sepamos bien quién es la presa y quién el cazador. Presente y pretérito fluirán por fin, simultáneos, en dos misiones que transcurren paralelas, en Niza y Sorrento. El botín son unas cartas del yerno y ministro de Asuntos Exteriores de Mussolini, en la caja fuerte del banquero español que paga el golpe del generalísimo Franco, y los libros secretos del campeón mundial de ajedrez, custodiados por el KGB. Las mismas manos curarán las heridas del héroe en Sorrento y en Niza.

Arturo Pérez-Reverte ha utilizado con genio, como un seductor deslumbrante, la iconografía cinematográfica, canónica, del héroe y la heroína, dos bellezas. Max, con "cicatrices de amores y batallas", legionario a los 19 años en la guerra de Marruecos, "suavemente cínico (...) algo canalla", se mantiene patológicamente solitario por salud, por instinto de superviviente. Lúcido, educado en la experiencia propia y ajena, viste como un caballero ropa de caballero, brilla en las mejores casas y, si es necesario, roba con escalo, abre cajas fuertes, para una cuchillada, revienta un ojo con un dedo, y resiste a la tortura, todo con serenidad profesional, eternamente "leal y recto en sus mentiras y traiciones". Y la mujer, Mecha, también es de película: una potencia económica y sexual, puro glamour e inteligencia. "Durante miles de años los hombres habían guerreado, incendiado ciudades y matado por conseguir mujeres como esa", piensa Max. Siempre aparece como acompañante, mujer de un compositor genial en Buenos Aires o Niza, y en Sorrento madre del aspirante a campeón mundial de ajedrez.

Y hay una sorpresa, un rasgo más de talento, en este Tango. Creo que Pérez-Reverte aprovecha los juicios de los protagonistas sobre la música del compositor de Troeye para exponer su propia idea de la obra de arte. "Se requiere mucha inteligencia para disfrazar de artificio las propias emociones", dice el héroe. "Más le divierte trabajar con la copia que con el original (...) enmascararse adoptando maneras de pastiche. Parodiando incluso, y sobre todo, a los que parodian (...) Es un compositor extraordinario, que merece su éxito", sentencia la heroína. En esta novela-espectáculo puede aparecer un personaje que, puesto que su presentación no gusta al héroe, pide repetir su entrada en escena, como si todo fuera un teatro o una secuencia de película. El espía más sanguinario del cuento debe recordarnos en presencia de dos cadáveres que "esto no es una novela. Así que no pienso dedicar el último capítulo a explicar cómo ocurrió todo". Y, cuando el héroe viejo hace mutis, dirige una leve reverencia hacia el pasado y el sueño, que le da la espalda, como "despidiéndose de un público invisible que desde allí hiciera sonar aplausos imaginarios".

Decorados y vestuario son esenciales en esta historia: el fabuloso mundo perdido, nombres de barcos, bebidas, bailes, hoteles, sastres y diseñadoras de moda, marcas de coches, tabaco, pistolas, perfumes y cajas de caudales, músicas, un escenario que se desmonta mientras se representa la última función. El drama trata de clasismo, aspiraciones y resentimiento, de deseos. El asunto es doble, como el de todos los poemas: el amor y la muerte, aunque sea una muerte aplazada y vivida en plenitud a lo largo de cuarenta años. El tango de la Guardia Vieja es un logro, una novela feliz.

El tango de la Guardia Vieja. Arturo Pérez-Reverte. Alfaguara. Madrid, 2012. 498 páginas. 21 euros

“El único héroe novelesco que dará sorpresas en el XXI es la mujer”

Arturo Pérez-Reverte - 18/11/2012

Entrevista con Pepa Bueno - Revista Yo Dona (El Mundo) 17/11/2012

No ha bailado un tango en su vida, pero el escritor, que sabe, no obstante, mucho del tema, nos sumerge en su melodía para trazar la historia de su última novela. Una apasionante, apasionada y oscura historia de amor donde la moda es crucial a la hora de definir a los personajes.

El guerrero curtido en mil batallas tiene ya 60 años, ha escrito 28 novelas, sus libros se publican en 42 países, es académico de la Lengua... Arturo Pérez-Reverte (Cartagena, 1951) ha necesitado mucha vida a sus espaldas para atreverse con una novela que es, por encima de todo, una historia de amor. Pero no es un amor cualquiera, es un amor "complejo" entre un guapísimo rufián, Max, y una bellísima y riquísima mujer, Mecha, que se encuentran en tres décadas diferentes del siglo pasado, vertebrado en torno al tango como metáfora de su relación. A hablar de amor y moda -que en ‘El tango de la Guardia Vieja' (ed Alfaguara) tienen una importancia crucial- me dirijo a su casa, un tanto atemorizada por su conocido carácter explosivo... Nos recibe, al fotógrafo y a mí, un amabilísimo y solícito escritor, de verbo desbordante y enfático, desde luego, pero entregado a la entrevista y a la siempre invasiva sesión de fotos, que hacemos en su biblioteca, un lugar tan excesivo como él en donde atesora más de 30.000 volúmenes, un número sensato para un hombre que se califica a sí mismo como "lector que escribe novelas".

-El libro está trufado de prolijas descripciones de moda.
-Prolijas no, precisas.

-[Empezamos mal, pienso para mis adentros] Prolijas porque hay muchas.
-Son necesarias, y te digo por qué. En este libro, la ropa, los objetos, los lugares, hasta las actitudes, tienen mucho que ver con los personajes, que se interpretan tanto por lo que dicen como por lo que visten, por cómo se comportan... No es lo mismo ir vestida de Poiret que de Vionnet, de Schiaparelli o de Chanel. Y a la fuerza de marcar esas cosas, el lector se va a situar mejor en la escena. No es documentación preciosista.

-¿Y por qué crees que la moda es tan definitoria a la hora de situar a unos personajes del siglo XX?
-Porque en aquel momento lo era. Sobre todo en los años 20 y 30. En esas décadas, una persona entraba o salía de la buena sociedad por cómo se vestía. Eso ahora parece absurdo, porque todo vale, pero entonces el filtro riguroso que eran el aspecto, las maneras, la elegancia, o la falta de ella, te permitía acceder o ser rechazado en determinados medios.

-En el libro se adivina erudición en torno a la historia de la moda.
-Ha sido un trabajo de dos años. Además de los conocimientos personales que cada cual pueda tener de su vida o de su memoria, y aquí hay mucho de la mía, de mi abuela, de mi padre, fotos, historias personales -Max fuma como mi padre, enciende los cigarrillos como él y hace los mismos gestos-, además hay un trabajo de documentación riguroso por periodos.

-La novela se hace muy visual. Ves físicamente a los personajes, es muy cinematográfica.
-Olvídate del cine. No es lo que busco. Ya me lo sé muy bien [y me queda claro que por ahí no va a ir la entrevista]. Esta historia necesita que el lector vea luces, pieles, colores, sensaciones... Además, es una película imposible de hacer por muchísimas razones. Primero, sería carísima, y después, aunque tuviera todo el dinero del mundo para hacerla, ¿quién se comporta ahora así?... ¿Qué actor es capaz de encender un cigarrillo como lo hace Max, de llevar un Vionnet como lo lleva ella, de sentarse o moverse por un salón como lo hace Mecha?... Lo único que lamento de ese mundo que se ha perdido son las maneras. Ahora todo es más grosero. Si tú en estos momentos dices de alguien "es un caballero", "es una señora", la gente piensa que estás de cachondeo. ¿Quién es hoy en día un caballero?... ¿Mario Conde, Brad Pitt?

-En el libro, al final, hay dos fechas: Madrid, enero de 1990; Sorrento, junio de 2012. ¿Qué significan?
-La empecé en los años 90 e hice 40 folios, pero me di cuenta de que no iba a ser una buena novela. Tenía entonces 39 años y pensé: "Me falta algo". No sabía qué, y ahora lo sé. Me faltaba mirada. Me faltaban arrugas, canas, que me dolieran los riñones cuando me levanto por las mañanas... Me faltaba esa sensación que tiene un hombre de 60 años de que el tiempo se va, de que la vida se va desmoronando. En ese sentido, es una novela que se ha escrito en estos 20 años.

-Mientras la leía, pensaba en el vastísimo trabajo de documentación que habrías tenido que hacer. Sobre moda, jazz, ajedrez, tango...
-En estos dos años he aprendido mucho. Claro que de todo esto sabía algo, porque es una osadía para un escritor meterse en jardines que no conoce.

-Así que deduzco que eres un gran bailarín de tangos.
-No, yo bailo fatal, pero me he pegado muchas horas viendo bailar. Mi padre sí que era un bailarín de tangos extraordinario. Y desde luego he ido a los garitos donde se baila, y he hablado con expertos bailarines para intentar comprenderlo, porque no quiero contar el tango, quería comprender lo que era para mis personajes.

-De hecho, la música les marca la vida y el ritmo vital.
-Y no solo eso. Es que el tango es sexo. Es la manera musical, plástica, más evidente de manifestar el sexo entre un hombre y una mujer vestidos. Y eso me ha hecho dedicar muchas horas a pensar sobre el tema, a anotar, a sacar conclusiones y a dar forma a los diálogos de la novela. El tango es un ejercicio sexual apasionante, en vertical y vestidos.

-Leí en tu Twitter esta frase, refiriéndote a la novela: "Y ahora toca hablar de moda". Sin embargo, de lo que verdad se habla es de amor.
-Fíjate que mis novelas, aunque han sido siempre de aventuras, tienen historias de amor, pero nunca habían estado en primer plano. Esta vez, a diferencia de las otras, la aventura, es decir, el ajedrez, el espionaje, el mundo turbulento de esos años, la delincuencia de los bajos fondos, están como telón de fondo de ese amor entre un hombre y una mujer que se encuentran tres veces en su vida.

-Tu protagonista, Mecha, lee en todo momento lo que está de moda en cada una de esas tres décadas en las que se desarrolla la historia. Si viviera ahora, ¿leería ‘Cincuenta sombras de Grey'?
-Quizá sí, por curiosidad, aunque no creo que leyera la trilogía entera. No sé, conozco a mujeres inteligentes que la han leído y les ha gustado.

-[Creo que es el único momento de la entrevista en donde le he visto un tanto dubitativo] ¿Y tú la has leído?
-La hojeé y no me interesó. Esos relatos porno ya se publicaban en las revistas de la Transición, en ‘Lui' o ‘Playboy', escritos por hombres. ‘Memorias de una lesbiana', y era un tipo el que lo escribía. Conocí a alguno que lo hacía para sobrevivir. En fin, si hay mujeres inteligentes a las que les ha gustado, algo tendrá.

-En tu novela también hay sexo, y sexo violento, tríos, voyeurismo...
-Vamos a ver: en mi libro hay sexo. Es una historia de amor entre dos personas adultas, compleja, y tenía que tener sexo, evidentemente, y ese sexo es turbio, porque ella es un personaje sexualmente turbio. Lo que pasa es que había muchas maneras de contarlo, y ese fue uno de los problemas. Cómo hacerlo de una manera que no se contradijese con el tono de elegancia que tiene la novela.

-Son escenas de sexo duro, en cualquier caso.
-Sí, pero el lector ve perfectamente lo que tiene que ver, y no nos demoramos en detalles innecesarios. Paradójicamente, ese sexo turbio es más posible en mujeres que en hombres.

-Pero en tu libro es un varón quien le enseña a ella ese sexo turbio.
-Sí, pero ella lo explica bien: "Él me mostró rincones oscuros que yo tenía". Y eso enlaza también con algo que quizá justifique las razones del éxito de las ‘Sombras de Grey'. Todos tenemos rincones oscuros, pero la educación machista de siglos ha forzado a la mujer a mantenerse alejada de ellos. Eso ha creado una serie de inhibiciones que de vez en cuando, por razones como guerras, revoluciones, enamoramientos, tiempos modernos, caen, y entonces la mujer descubre que ha estado haciendo la panoli durante muchísimo tiempo. Por eso ahora más mujeres están asumiendo con lucidez esos rincones oscuros que antes eran pecado o estaban mal vistos. En cualquier caso, la mujer está cambiando de una manera fascinante: el único héroe novelesco, cinematográfico, que va a dar sorpresas en el XXI, es la mujer.

-¿En qué sentido?
-Llevamos tres mil años de literatura masculina: Aquiles, Héctor, Don Quijote, Sancho Panza... La mujer siempre ha sido comparsa: Andrómaca, Helena de Troya, Penélope, Madame Bovary, la Regenta... Esa mujer está agotada, pero claro, ya hay una nueva que sin dejar de ser Ana Karenina o Bovary es también cazador en territorio enemigo, héroe solitario, guerrero que pelea. Y al mismo tiempo no ha dejado atrás -porque ella va más deprisa que la realidad- el mundo biológico del cual procede, con lo cual tiene una esquizofrenia terrible y fascinante desde el punto de vista narrativo. Está trabajando y tiene un crío en casa, y está en una reunión en la cual se están jugando millones de dólares, pero al mismo tiempo está pendiente del teléfono porque el niño está en cama. Eso, que a un hombre no le pasa, porque consigue separar herméticamente esos dos mundos, es algo que la mujer hará con el tiempo. Y ese personaje, puesto en el siglo XXI, va a ser interesantísimo, y nos va a dar grandes momentos de gloria literaria.

-¿Y cuáles han sido tus referentes femeninos a la hora de plantear el personaje de Mecha?
-Vamos a ver, tengo 60 años, mírame a la cara. ¿Qué quieres que te diga, Madame Bovary? Pues la vida, los libros que he leído, mis 60 años, mi mirada, el mundo en el que he vivido, la gente que he conocido, mi biografía, mis amigos, mis amigas... ¿Qué quieres que te diga uno?

-[Y ahora es cuando me acuerdo de lo que me contaron mis compañeros del periódico sobre un Pérez-Reverte enfadado] En el caso del personaje masculino sí que has dicho claramente que era tu padre [balbuceo un poco].
-Algunas maneras de mi padre. Ven conmigo.

Se levanta y me lleva hasta el fondo de la biblioteca donde me muestra una fotografía enmarcada de la boda de sus padres, ambos guapísimos, elegantísimos. "¿Entiendes ahora cuáles son mis referentes?" Sí, lo entiendo, y compruebo agradecida que no es tan fiero el león como lo pintan, pero no me arriesgo más y decido hacer la última pregunta.

-Dices en la novela que el amor es más inclemente en su devastación en las mujeres que en los hombres.
-Es injusto, pero es así. Son las reglas, porque la sociedad perdona menos a una mujer que no es atractiva que a un hombre. Esa presión sobre la belleza supongo que es una carga muy dura, y para ese tipo de mujeres que han caminado por el mundo como si el mundo hubiera sido hecho para ellas, envejecer debe de ser una prueba muy dura. Hace falta ser muy segura, como mi protagonistas, o muy inteligente o muy afortunada para poder atravesar esa barrera con la dignidad, el aplomo y la serenidad adecuada

Erratas y gazapos

Arturo Pérez-Reverte - 23/10/2012

No hay novela sin errata, o sin gazapo. Sin error tipográfico o sin descuido del autor. Da igual que corrijas de forma obsesiva durante semanas o meses. Y que repases media docena de veces las pruebas finales antes de darlas a la imprenta. El complejo proceso de escritura que puede prolongarse durante años, los distintos momentos en que das a la tecla, los errores naturales de una actividad basada en algo tan inconcreto como la imaginación, los fallos de la memoria propia -y más cuando se trata de una novela larga-, hacen cualquier texto muy vulnerable a esa clase de incidentes. Da igual que tu documentación o notas sean exhaustivas, que cada detalle de la novela que escribes procures amarrarlo con el máximo rigor y cuidado. Detalles inexactos que resuelves sobre la marcha en el calor del teclazo, pendientes de una comprobación posterior, puedes olvidarlos y dejarlos como están, sin darte cuenta hasta que es demasiado tarde. Y no falla: el primer día que abres la novela recién impresa, satisfecho de tenerla al fin en las manos, siempre lo haces exactamente por la página donde la errata o el gazapo que durante innumerables relecturas pasaron inadvertidos te saltan a la cara rotundos, clamorosos, siniestros, consagrados en letra impresa. El tango de la Guardia Vieja, naturalmente, no podía ser una excepción. Apenas abro el primer ejemplar de la primera tirada, compruebo -con un desagradable sudor frío corriéndome por el cogote- que he cometido un error al mencionar una novela de Somersert Maugham. Al abordar ese párrafo tenía en la cabeza hacer que uno de los personajes de 1928 estuviera leyendo una novela de ese autor, escrita por tales fechas -El velo pintado, por ejemplo, fue escrita en 1925-. Sin embargo, por los extraños azares que depara cada momento específico de la escritura, en aquel momento no mencioné esa novela, leída hace mucho tiempo, sino El filo de la navaja, que leí por la misma época que la otra, a mediados de los sesenta, pero que no fue escrita por Somerset Maugham hasta 1944 -después se hizo una película protagonizada por Tyrone Power-. ¿Explicación? La de siempre: error, confusión de títulos en la memoria, necesidad de escribir el título de una novela y seguir adelante con el texto, pendiente de una comprobación de fechas y ajuste posterior que no llegué a realizar nunca, dando por bueno, supongo, al corregir después, que ya lo había hecho un año atrás, en el momento de escribir ese maldito párrafo. Así que ahí está El filo de la navaja, publicada en 1944, en manos de un lector de 1928. Por suerte lo he advertido a tiempo para que se corrija en el resto de la tirada de la novela y en las traducciones extranjeras, cambiando el título por El velo pintado; aunque ya nada podrá impedir que figure en parte de los ejemplares de la primera edición. No es grave, por supuesto. Apenas una pequeña anécdota. La mayor parte de los lectores ni siquiera lo advertirá. Pero constituye una buena lección de humildad profesional y de vida en general: recordatorio de que, por mucho que te afanes, la escritura de una novela, como la vida misma, está sembrada de minas esperando que las pises. Y que siempre, por mucho cuidado que pongas, acabarás pisando alguna. Por eso no puedes menos que sonreír recordando aquel viejo chiste editorial sobre la fe de erratas impresa al final de un libro: "El corrector certifica que este libro no contiene ninguna errita".

Ésta es la portada

Arturo Pérez-Reverte - 02/10/2012

Ésta es la portada. © Arturo Pérez-Reverte

Las portadas de las novelas, con sus correspondientes ilustraciones, tienen muy diverso origen. Las mías, por lo general, suelo dejarlas a discreción de los editores, y me limito a aprobarlas o señalar como mucho algún detalle. Pero esta vez, para El tango de la Guardia Vieja, la portada la elegí yo. Ocurrió antes del verano. La historia ya estaba casi escrita, y me encontraba en Nápoles para darle el repaso final y tramar los últimos detalles del desenlace, que tiene Sorrento por escenario. Una tarde, comprando en la librería Feltrinelli, encontré un álbum de fotos de Edward Quinn; un fotógrafo que me interesa porque durante muchos años se ocupó de todas las celebridades que pasaron por la Costa Azul. Estaba allí de pie en la librería, como digo, hojeando el libro antes de llevármelo, cuando de pronto encontré la foto. Venía a toda página, en blanco y negro, perfecta, con todo el aroma de una de las épocas en que transcurre la novela. Pero es que, además, la mujer, la situación, la ropa que vestía, el detalle del joyero y el collar, el ambiente general de la imagen, encajaban perfectamente con la idea. Con el personaje protagonista y con su tiempo. Así que telefoneé a mi editora y le dije "ya tengo la portada, consigue los derechos de reproducción". Y bueno. Aquí está, por fin. La imagen de una clase de mujer y de una época desaparecida. O no del todo, porque todavía hay mujeres así. Creo. Precisamente de eso trata la novela. En todo caso, el símbolo de la historia en la que he trabajado estos dos últimos años. Y de la que estoy a punto de librarme. Por fin.

Conchita Montenegro cenó en Niza

Arturo Pérez-Reverte - 24/9/2012

Una novela también supone pequeñas satisfacciones personales. Guiños particulares del autor. Tengo una deuda pendiente con una actriz española, ya desaparecida, de la que hace mucho tiempo soy devoto: Conchita Montenegro. Brilló con rotunda luz propia en el cine, y en los años 30 hizo películas en Hollywood con Ramón Novarro, Leslie Howard y Robert Montgomery. Fue casi nuestra Greta Garbo. O sin casi. Era guapísima, elegante y tenía todas las virtudes para convertirse en una gran estrella. Pero no quiso. Se casó con un diplomático, renunció al cine y desapareció de la vida pública, aunque antes protagonizó una de mis películas favoritas, Rojo y negro: extraordinaria, moderna, curiosa e inquietante historia sobre el Madrid de la Guerra Civil, rodada en 1942 por el falangista Carlos Arévalo, que fue prohibida al resultar incómoda para el régimen franquista. Como una parte de El tango de la Guardia Vieja transcurre en la Costa Azul en 1937, decidí que era una buena ocasión para hacer un guiño-homenaje a mi querida señora Montenegro. No sé si en esas fechas concretas, otoño de aquel año, ella estaba en Francia; pero nada impide pensar que pudiera encontrarse allí de paso. Nada lo desmiente. Así que, en una cena en una villa de Niza, en casa de la hermana de un conocido financiero -lo llamo Tomás Ferriol, y está inspirado en cierto modo en la figura del banquero Juan March-, incluyo entre algunos de los invitados que conversan, reunidos en un lugar del salón, a una bella actriz española a la que Max, el protagonista, cree identificar como Conchita Montenegro. Sólo aparece en un par de líneas, naturalmente. Ni siquiera la oímos hablar; pero está ahí, y yo lo sé. Me gusta la idea de hacerla revivir de ese modo, respetuosamente, incluyéndola en mi mundo imaginado. Y nadie puede probar que no fuera posible: por un momento, las vidas de Max Costa y de Conchita Montenegro se cruzaron una noche de otoño, en Niza. Y punto. Es lo estupendo de imaginar cosas para escribirlas después, y que luego otros las lean para verlas con tus ojos. Con tu mirada. Nadie puede poner límites a eso.

La melodía que no pudo ser

Arturo Pérez-Reverte - 03/9/2012

Nunca, hasta el final, sabes dónde puedes meter la pata. Ni siquiera después del final estarás seguro. Y si te equivocas, ten la certeza, aunque sólo cuentes con tres o cuatro lectores, de que uno de ellos sabrá del asunto mucho más que tú. Lo suficiente para poner el dedo en la llaga y señalar implacable el resbalón. El patinazo. La lección la aprendiste en tu primera novela: cuando mencionaste los eucaliptos en una escena de El húsar, al describir brevemente el paisaje de Aranjuez; y una vez publicado el libro recibiste carta de un lector, informándote de que la escena transcurría en 1808 y los eucaliptos no llegaron a España de Australia y Tasmania hasta 1865. La experiencia hace que esas cosas procures ahora amarrarlas todo lo posible, aunque siempre puede deslizarse algo por una grieta, sumándose errores y descuidos. Golpes de mala suerte. Esta vez, al menos, uno de ellos se ha evitado in extremis. Voy por la última corrección -que siempre es la penúltima- cuando un muy querido amigo, que está leyendo el manuscrito, me da un toque de alerta. Ese amigo -profesor de literatura, motero contumaz, deliciosa pinta de rockero a ratos, persona formidable- lo sabe todo de música del siglo XX, y un poco más. "En 1966 -me advierte- todavía no había sido compuesta Europa, de Santana. Así que es imposible que una orquesta la estuviera tocando en la terraza de un hotel de Sorrento". No puedes menos que darle la razón, maldiciéndote por tu torpeza. Y lo más fastidioso, compruebas al releer ese párrafo, es que era evidente. Cuando pasas revista a las causas del error, compruebas que si hubieras prestado más atención habrías caído tú mismo en la cuenta. Simplemente mezclaste en la primera escritura dos recuerdos diferentes de juventud, atribuyéndole a uno la música del otro; a partir de ahí lo diste todo por bueno, dejaste de pensar en ello, y el anacronismo sobrevivió a tus sucesivas correcciones del texto. Monumental despiste, en cualquier caso. Y una lástima, porque esa melodía, Europa, es bellísima, y en tu cabeza la asociabas muy directamente con la situación que quisiste describir. No sólo ayudaba a crear ambiente, sino que en su tono melancólico, hasta en el título,  había conexiones específicas, directas, con lo que pretendes contar. Pero no se puede ganar siempre, concluyes. Adiós a Santana por esta vez. Así que, agradeciéndole a tu amigo que te haya ahorrado pisar esa mina -"Te debo una cerveza, compadre"- le preguntas qué música instrumental podría estar sonando en ese momento en un baile público de terraza bajo farolillos, al atardecer, finales de verano,  mientras los mayores conversan sentados a una mesa y las parejas jóvenes bailan con el fondo de la bahía de Nápoles. "Mete Crying in the chapel -aconseja tu amigo- y no te compliques la vida".

Un vermut en Montecarlo

Arturo Pérez-Reverte - 29/8/2012

Sentado ante un vaso de vermut en la terraza del Café de Paris, de Montecarlo, intento situar la conversación entre Max y los dos agentes italianos. Ya he estado un rato largo en el bar del Hotel de Paris con la misma intención -era y es buen lugar para ponerle delante a mi personaje una botella de Chateau d'Yquem-, pero el sitio no resulta adecuado para una conversación de ese tipo. El bar ofrece poco espacio a la discreción, y el barman o un camarero -he comprobado que en 1937 el barman se llamaba Emilio, pero ignoro si era español o italiano- estarían demasiado cerca. Lugar poco adecuado para confidencias delicadas o peligrosas, por tanto. Así que lo que hará Max es salir del hotel, cruzar la plaza y sentarse en el café, que está enfrente. Como en el momento de la novela, el día es luminoso, y el viento del norte mantiene el mar azul y el cielo despejado de nubes. Sentado junto a mi mesa, bajo una sombrilla de la terraza, bebo vermut y miro. La ventaja habitual de mirar con libros leídos en la cabeza es que éstos te presentan los lugares de forma eficaz para tu propósito. Permiten verlos con ojos diferentes a como los ve el paseante común que no tiene la suerte o la precaución de acudir antes a esa documentación previa. A ese útil contexto. Dicho de otra forma, te permiten ver sólo lo que necesitas ver. En esta ocasión, sobre Montecarlo, me acompañan las lecturas y relecturas de varias novelas policíacas de E. Philips Oppenheim, algunos relatos locales de Blasco Ibáñez, novelas de Somerset Maugham y las Memorias de César González Ruano, entre otras cosas. Gracias a todo eso puedo estar sentado en la terraza  del café de París, olvidarme de dos rusos groseros y ruidosos que vociferan en la mesa de al lado -hablando con Putin por sus teléfonos móviles, supongo, para decirle que acaban de ingresarle otro millón de dólares en su cuenta local-, y concentrarme en mi personaje y sus problemas. Ver, como él ve, la imponente fachada del Casino a la izquierda, el hotel de Paris con la ventana de su habitación enfrente, al otro lado de la plaza, y el hoy desaparecido Sporting Club -de cuyo cercle privé Max lleva una tarjeta en el bolsillo- a la derecha. E imaginar la fila de Rolls, Daimlers y Packards de cromados relucientes estacionados donde ahora veo Audis y Mercedes. Sólo me cuesta situar la elegante joyería del judío Gompers, personaje real, que según la leyenda compraba por la noche a los jugadores las joyas que les había vendido por la mañana, y que tres o cuatro años después sería asesinado con otros  miembros de su familia por los ocupantes nazis. Cruzando lecturas, no consigo establecer con certeza si su tienda estaría a mi derecha, siguiendo la fachada del café en dirección al Metropol -hoy ya no es hotel sino lujoso centro comercial, con una librería estupenda y un buen restaurante japonés-, o enfrente, en el chaflán del hotel (mi impresión, tras encontrar una antigua tarjeta postal de la joyería, es que estaba siguiendo la acera del café de Paris a la derecha, en la esquina. De cualquier modo, se trata de un detalle muy secundario y no merece dedicarle más tiempo; así que lo dejaré impreciso en el texto). Ahora ya no me queda más que imaginar y anotar. Recostarme en la silla y cruzar las piernas como haría Max -procurando él no estropearse la raya del pantalón-, abrir la pitillera, elegir con cuidado un cigarrillo Abdul Pashá, golpear suavemente un extremo en la tapa y llevármelo a la boca mientras escucho, tan preocupado como mi personaje, la insólita propuesta de los dos espías italianos.

Un problema de estructura

Arturo Pérez-Reverte - 16/8/2012

Un problema de estructura. O uno entre muchos. La acción de la novela no es lineal, sino que intercala situaciones de tres épocas diferentes: 1928, 1937 y 1966. Eso obliga a pasar continuamente  de unas situaciones a otras, pues además algunas están relacionadas entre sí de modo directo. Pero esas transiciones son peligrosas, pues podrían desconcertar al lector, despistarlo en ciertos pasajes, confundirlo entre un momento y otro de la narración. Te arriesgas a que por unos instantes, hasta que vuelva a situarse en lo que lee, se interrumpa la naturalidad lectora y se altere esa delicada suspensión de incredulidad que todo autor debe buscar en el lector para que lo que le cuentas funcione y sea -parezca, al menos- creíble. Al principio intentaste que cada momento tuviese un capítulo distinto, para evitar problemas; pero no te encontrabas a gusto con esa fórmula. Salían capítulos demasiado cortos, de cinco o seis folios. O menos. Y tú escribes capítulos de unos 25 a 35 folios (excepto en las novelas históricas de Alatriste, que suelen ser de 15 folios). Así que al final decidiste incorporar esas escenas y las transiciones en el marco general de cada capítulo, separadas unas de otras por los habituales espacios en blanco. Para suavizar el paso de un momento a otro, de 1966 a 1928, por ejemplo, y regresar luego a 1966 o a 1937, te ves obligado a cuidar mucho las primeras líneas de cada bloque de texto. Como si fueran campos de minas. No puedes decir "Ahora estamos en tal fecha, ahora en aquélla". Ni usar siempre los mismos mecanismos. Ni darle con el codo cada vez al lector, pues acabará siendo consciente de lo que pretendes. Así que eso exige un trabajo minucioso. Entre otras cosas, ir sembrando pequeños detalles apenas visibles, que hagan que sea el lector quien sitúe temporalmente cada escena, bajo su propia responsabilidad. Como si tú no tuvieras nada que ver. Esos toques son de muchas clases. Un buen truco, o útil al menos -en literatura, todo truco que funciona es bueno, y muchos se aprenden en los autores clásicos- es la mención ligera, al paso, nunca sistemática, excesiva ni demasiado explícita, de objetos, músicas, paisajes o situaciones características de cada época. Si alguien fuma un cigarrillo sacado de una pitillera en vez de abrir un paquete de tabaco, suena de fondo un twist, un diario titula con los guardias rojos de Mao o los astronautas del Gemini XI, pasa un Fiat 850 o un Hispano Suiza, ella se pone un sombrero cloche, alguien saca el reloj del bolsillo de un chaleco o en el restaurante está cenando una actriz de Cinecittá, incluso si alguien dice cinematógrafo en lugar de cine, combinado en vez de cóctel, o el interior de un coche huele a cuero en vez de a plástico, el efecto puede conseguirse con cierta eficacia sin que sea preciso dar más explicaciones. Una de las cosas que aprendiste escribiendo y publicando novelas es lo peligroso que resulta un lector al que se le interrumpe cuando está leyendo a gusto, sumido en la historia que le cuentas, y tu torpeza narrativa, tu incompetencia técnica, le obliga a pensar demasiado sobre la manera en que la historia está dispuesta. Si lo enfrías cuando está caliente. Si permites que se asome al artificio.

Ha pasado mucho tiempo, Max

Arturo Pérez-Reverte - 13/8/2012

-Lo has dicho antes: tu marido era culto, imaginativo y liberal... Pero recuerdo las marcas de golpes en tu piel.

Ella, que ha advertido el tono, lo observa con censura. Después vuelve el rostro hacia la bahía, en dirección al cono negruzco del Vesubio.

-Ha pasado mucho tiempo, Max... Eso es impropio de ti.

No responde. Se limita a estudiarla. Entornados los párpados de la mujer por la claridad del sol, el gesto multiplica el número de pequeñas arrugas en torno a sus ojos.

-Me casé muy joven. Él hizo que me asomara a pozos oscuros de mí misma.

-Y tú lo hiciste conmigo.

-Te gustaba mirar, como a mí. Recuerda aquellos espejos de hotel.

-No. Me gustaba mirarte mientras mirabas.

Una risa súbita, sonora, parece rejuvenecer los ojos dorados de la mujer. Ella sigue vuelta en dirección a la bahía.

-No te dejaste, amigo mío... Nunca fuiste un chico de ésos. Al contrario. Tan limpio siempre, pese a tus canalladas. Tan sano. Tan leal y recto en tus mentiras y traiciones.

-Por Dios, Mecha. Eras...

-Ahora ya no importa lo que era -se ha vuelto hacia él, súbitamente seria-. Pero tú sigues siendo un embaucador. Y no me mires así. Conozco esa mirada demasiado bien.

Se ha echado atrás en el respaldo de la silla. Permanece así un momento, cual si buscara memoria exacta en las facciones envejecidas del hombre que tiene delante.

-Vivías en territorio enemigo -dice al fin-. En plena y continua guerra. Sólo había que ver tus ojos.

-Nunca me gustaron las guerras. Suelen perderse.

-Ahora ya da lo mismo -ella asiente con frialdad-. Pero me gusta que no hayas estropeado tu sonrisa de buen chico... Esa elegancia que mantienes como el último cuadro en Waterloo. Me recuerdas mucho al hombre que olvidé. Aunque has envejecido, y no hablo del físico. Supongo que le ocurre a todos los hombres que alcanzan alguna clase de certidumbre... ¿Tienes muchas certidumbres, Max?

-Pocas. Sólo que los hombres dudan, recuerdan y mueren.

-Debe de ser eso. Es la duda la que mantiene joven, supongo... La certeza es como un virus maligno. Te contagia de vejez.

Mecha ha vuelto a poner la mano sobre el mantel. La piel moteada de vida y años.

-Recuerdos, has dicho. Los hombres recuerdan y mueren.

-A mi edad, sí -confirma él-. Ya sólo eso.

-¿Qué hay de las dudas?

-Pocas. Sólo incertidumbres, que no es lo mismo.

-¿Y qué te recuerdo yo?

-A mujeres que olvidé.

Ella parece advertir su irritación, porque ladea un poco la cabeza, observándolo con curiosidad.

-Mientes -dice al fin.

-Demuéstralo.

-Lo haré... Te aseguro que lo haré. Dame sólo unos días.

Foto de Arturo Pérez-Reverte

¿Qué es?

Anotaciones de Arturo Pérez-Reverte. Desde abril de 2012 a marzo de 2014 fueron publicadas en novelaenconstruccion.com

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