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Textos sobre Pérez-Reverte

Duelo en la taberna del Turco

Adaptación de Leandro Pérez Miguel sobre textos de Arturo Pérez-Reverte - 16/11/2003

Este diálogo entre Alatriste y Malatesta se pudo presenciar, con motivo de la presentación del nuevo libro de Arturo Pérez-Reverte, el 17 de noviembre, a las 20 horas, en el Teatro Español de Madrid, y el día 24 de noviembre, a las 20 horas, en el Teatro Lope de Vega de Sevilla. La dirección corrió a cargo de Eduardo Vasco. Ginés García Millán encarnó a Diego Alatriste y Dani Albadalejo a Malatesta. A continuación, Pérez-Reverte mantuvo una conversación con Juan Eslava Galán y Rafael de Cózar a propósito de El caballero del jubón amarillo.


Dos espadachines están sentados en una mesa apartada y apenas iluminada de la Taberna del Turco, sobre la que sólo reposan sus respectivos sombreros, dos jarras de vino y un candil. Uno de ellos, GUALTERIO MALATESTA, viste enteramente de negro. El otro, EL CAPITÁN ALATRISTE, porta unos ropajes similares aunque no enlutados. Los dos llevan ceñidas espada y daga. Los actores pueden sentarse o levantarse a discreción durante el diálogo.

Entra en escena (o como voz en off) un joven paje, ÍÑIGO BALBOA, que no se cubre con una capa como los otros, y que en vez de sombrero y espada lleva una gorra de terciopelo y una daga. Se dirige al respetable:

 

ÍÑIGO BALBOA "No era el hombre más honesto ni el más piadoso, pero era un hombre valiente. Se llamaba Diego Alatriste y Tenorio, y había luchado como soldado de los tercios viejos en las guerras de Flandes..." Como saben vuestras mercedes, me llamo Íñigo Balboa y así comencé a relatar las aventuras del capitán Alatriste hace ya unos cuantos años.

En dichos lances, que ocurrieron durante la primera mitad de este siglo XVII, han aparecido varios de los hombres notables de la época, como el conde-duque de Olivares; Ambrosio de Spínola, el expugnador de Breda, o Álvaro de la Marca, conde de Guadalmedina; pero también nos hemos enfrentado a poderosos y crueles enemigos, como el inquisidor Fray Emilio Bocanegra, y Luis de Alquézar, secretario del rey nuestro señor y tío de la malvada Angélica de Alquézar, de quien a los trece años me enamoré como un becerro y para siempre.

Pero el enemigo natural del capitán Alatriste se llama Gualterio Malatesta: un siniestro italiano, un espadachín callado y peligroso, tan acostumbrado a matar por la espalda que cuando por azar lo hace de frente se sume en profundas depresiones, imaginando que pierde facultades.

Diego Alatriste cruzó varias veces los aceros con Malatesta, y ahora ambos vuelven a enfrentarse en el episodio de El Caballero del jubón amarillo. Pero dicen que, poco antes del comienzo de esa aventura, Diego Alatriste y Gualterio Malatesta volvieron a verse en una taberna de Madrid: la taberna del Turco.



Mientras Iñigo abandona la escena, la mesa del capitán Alatriste y Malatesta deja de estar en penumbra. Actitudes tranquilas pero no exentas de recelo. Manos que rozan con frecuencia el puño de la espada o la daga. Miradas suspicaces.

MALATESTA Buenas noches, señor capitán. ¿Os importa que apure mi jarra en vuestra distinguida compañía?

ALATRISTE
Dejaos de ceremonias, Malatesta, y decidme qué diablos estáis haciendo aquí, y por qué aún no habéis desenvainado.

MALATESTA ¿Aquí? ¿En "vuestra" taberna del Turco? ¿En el lugar donde pasáis los días con el joven Iñigo y con don Francisco de Quevedo... y las noches con Caridad la Lebrijana? No. Por una vez, y sin que sirva de precedente, vengo en son de paz. ¿No creéis que debemos celebrarlo?

ALATRISTE Con vos sólo celebraré vuestro funeral. La última vez que nos vimos teníamos espadas en las manos, en vez de jarras.

MALATESTA En Sanlúcar, cuando lo del oro del rey.

ALATRISTE Ahí os fastidié bien.

MALATESTA Sí. Pero pienso tomarme el desquite, de aquí a nada.

ALATRISTE Dejadme acabar esta jarra y soy todo vuestro.

MALATESTA Tranquilo, señor capitán. Hay tiempo. Esta noche no quiero matar a nadie. Ni siquiera a vuestra merced.

ALATRISTE ¿Vos sin ganas de matar?... Imposible.

MALATESTA Lo juro por el infierno en el que arderé.

ALATRISTE En el que arderemos.

MALATESTA Voy a haceros una confidencia, señor capitán. Esta noche he caminado sin rumbo por las calles de Madrid mientras recordaba las de Palermo, mi ciudad, donde una noche como ésta, hace veinticinco años, me cobré mi primer fiambre.

ALATRISTE Me conmovéis, Malatesta, tanto como la viuda de un usurero. Si no queríais batiros en fecha tan insigne, ¿qué carajo hacéis aquí?

MALATESTA Os repito que vengo en son de paz. Bebed tranquilo, que no ha llegado vuestra hora, ni la mía. Nos encontraremos de nuevo, y en esa ocasión espero darme más arte. Quiero acuchillar a vuestra merced con calma, espacio y tiempo. Se trata de una cuestión personal. Profesional, incluso. Y de profesional a profesional ajustaremos cuentas.

ALATRISTE Se hará como os plazca. Siempre seréis mi enemigo predilecto. Mi ojito derecho.

MALATESTA Yo no soy un enemigo. Soy un adversario. ¿Advertís la diferencia?... Un adversario os respeta, aunque os mate por la espalda. Los enemigos son otra cosa... Un enemigo os detesta, aunque os halague y abrace.

ALATRISTE Dejaos de bachillerías. Os gustaría degollarme como a un perro.

MALATESTA Lo del perro puede valer. Pero si algo va a gustarme cuando os mate, es que nadie podrá decir que despacho a un inocente, o a un imbécil. Además, reconozco que tenéis... ¿cómo se dice en España?... Dos cojones.

ALATRISTE Lo mismo digo de vos. En tiempos como éstos, cuando se compra y vende todo, desde las banderas hasta la vida eterna, el valor es lo único que no puede comprarse. Es lo único que le queda a gente como nosotros. Por eso ni vos ni yo moriremos en la cama.

MALATESTA ¿Alguna vez habéis pensado en lo mucho que nos parecemos?

ALATRISTE Hay diferencias. Yo sólo soy un hijoputa. Vos sois un hijo de la gran puta.

MALATESTA Bueno. Matices aparte, el mismo oficio. La única diferencia es que vuestra merced juega según ciertas reglas, y yo no.

ALATRISTE Cada uno tiene una reputación que mantener.

MALATESTA Sí. Y reconozco que la mía es más cómoda. No aprecio más rey que el de la baraja, ni conozco a otro Dios fuera del que uso para blasfemar. Alivia mucho que la vida y los años te despojen de ciertas cosas... Todo es más simple. Más práctico. ¿No opináis vos lo mismo?... Ah, claro. Olvidaba que sois soldado. Al menos de boquilla, para ir tirando y creerse digna, la gente como vos aún necesita esas reglas de las que hablábamos. Palabras como rey, verdadera religión, patria y todo eso... Parece mentira, con vuestra biografía, y a estas alturas.

ALATRISTE ¿Y qué sabéis de mi biografía? No tengo más que una hoja de servicios que a nadie importa un ochavo, y la espada de la que vivo... La uso para ganarme la vida; y cuando soy soldado, para cumplir con el rey, que es quien me paga... cuando me paga... En cuanto a mi honra y mi reputación, no son asunto vuestro. De eso cuido yo.

MALATESTA Vaya. Ya salió la honra... La honra, señor capitán, es complicada de adquirir, difícil de conservar y peligrosa de llevar. Sobre todo, cuando uno empeña su vida malgastándola en defender a alguien como vuestro rey.
Un rey indigno de vos.

ALATRISTE Mi rey es mi rey. Es el que me tocó en suerte, y no tengo otro.

MALATESTA Pobre capitán Alatriste. Y pobre España. Reyes incapaces, ministros corruptos y frailes fanáticos os han llenado de cicatrices. Y Francia, Inglaterra, Holanda, Venecia, el turco y hasta el mismo papa os rondan como lobos hambrientos. Os vais al carajo.

ALATRISTE Sin duda. Pero antes los vamos a joder a todos bien.

MALATESTA Ahora lo habéis dicho. No os batís por España, sino por vos mismo. Lo de España es un pretexto.

ALATRISTE Todo soldado necesita una bandera.

MALATESTA El oro, por ejemplo. Ésa es buena, y es la mía

ALATRISTE Triste bandera es ésa. Y fijaos en la paradoja: a este siglo infame lo llaman Siglo de Oro.

MALATESTA Pues no es el oro lo que os sobra. Y plata, tenéis la justa. Sacrificio estéril, gloriosas derrotas, corrupción, picaresca, miseria y poca vergüenza, de eso sí que tenéis los españoles a espuertas.

ALATRISTE Ya. Lo que pasa es que luego uno va y mira un cuadro de Diego Velázquez, oye unos versos de Lope o de Calderón, lee un soneto de don Francisco de Quevedo, piensa en nuestros tercios teniendo agarrada a toda Europa por los huevos, y se dice que bueno. Que tal vez algo haya merecido la pena.

MALATESTA Es un punto de vista. Pero al final, entre todos quitarán a España lo que supo ganar ella sola.

ALATRISTE Será que no merecemos conservarlo. En cuanto a mí, nadie puede quitarme otra cosa que la vida.

MALATESTA ¿Veis como algo nos parecemos?... Pardiez, el día que por fin os despache me sentiré un poco más huérfano.

ALATRISTE ¿Huérfano vos? ¿Acaso un bellaco como vos tuvo madre y padre?

MALATESTA Por una temporada, sí. Al cabo, mi madre se fue con otro hombre. Luego, una noche como ésta maté a mi padre. Hoy hace veinticinco años.

ALATRISTE Uno de vuestros puntos débiles, Malatesta, es que habláis demasiado y abrís huecos en vuestra defensa. Ahora sé que os puedo llamar hijo de la gran puta, y no sólo en sentido figurado, como antes.

MALATESTA Hacedlo, voto a Cristo, y la tregua cesará ahora mismo.

ALATRISTE No os impacientéis, que mi jarra aún está mediada. Dejadme apurarla y luego, si os place, podremos trocar las palabras por los aceros.

MALATESTA Esta noche no me acomoda. Lo de matar debe hacerse de cerca, con esmero, mirando al otro a los ojos. Hoy vengo demasiado melancólico, y cuando estoy así me vuelvo torpe. Mato fatal.

ALATRISTE Otra vez será, entonces.

MALATESTA Tal vez en la próxima novela de ese fulano, Reverte.

ALATRISTE En ella os espero. Buena suerte, Malatesta.

MALATESTA Buena suerte, capitán Alatriste.



Gualterio Malatesta se levanta y abandona la escena. El capitán apura su jarra y vocea, hacia el interior del escenario: "¡Caridad, más vino!" Finalmente, revela:

ALATRISTE Tiene razón Malatesta. Quien mata de lejos no aprende nada de la vida. Ni arriesga, ni se mancha las manos de sangre, ni escucha la respiración del adversario, ni lee el espanto, el valor o la indiferencia en los ojos del otro. Quien mata de lejos no crea fantasmas que luego acudirán de noche, puntuales a la cita, durante el resto de su vida. Quien mata de lejos es peor que los otros hombres, porque ignora la cólera, y el odio, y la venganza; pero también ignora la piedad y el remordimiento. Quien mata de lejos no sabe lo que se pierde.

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