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Textos sobre Pérez-Reverte

El compromiso ineludible del capitán Alatriste: reivindicación filológica y literaria de la saga

JUAN CARLOS PAREDES - 20/11/2007

Confieso que el comienzo de El capitán Alatriste me enganchó de inmediato. Se cumplía aquella máxima de Cecil B. De Mille: "una película debe comenzar con un terremoto y de ahí para arriba". Su primera frase es antológica: marca el carácter de su personaje, define el estilo de la novela y advierte precisamente sobre el tono moral de lo que vamos a leer: "No era el hombre más honesto ni el más piadoso, pero sí era un hombre valiente." (Pérez-Reverte 1996: 11). Terminado el libro, se percibe que, verdad es, no parece el más honesto, pero también es cierto que si tiene que matar, robar o mentir por unos ideales, por una necesidad o por un amigo, este tipo, cuyos principios y valores se orean en las cicatrices de su piel, no dudaría en hacerlo. Su catadura moral es, pues, peculiar, por no decir dudosa, pero humana, y acorde con los años y el lugar que le ha tocado habitar, y resistir. En esas estábamos, hasta el mes de septiembre de dos mil cuatro. Recuerdo que, por aquellas fechas, andaba yo releyéndome El oro del rey, por la que siento especial devoción, a la espera de la anunciada aparición en octubre de Cabo Trafalgar, siguiente novela de Arturo Pérez-Reverte. Lo recuerdo bien porque aquellas calurosas jornadas coincidieron con el Fórum de Barcelona, donde sabía que iba a intervenir el escritor cartagenero. Y lo recuerdo aún mejor porque, terminándome la citada cuarta entrega, leí un artículo del propio Pérez-Reverte, inmediato a su participación en el Fórum, en el que se había tratado el compromiso moral y social del autor con su obra, que, confieso, me hizo sentir un inesperado escalofrío. Inesperado porque su contribución al debate había sido firme, lúcida y, como es habitual en él, valiente, llamando a las barras de pan, pan, y a las botellas de vino, vino: no se cortó un pelo al expresar que "el compromiso moral no es un ingrediente necesario dentro de la receta de la literatura, puesto que hay perfectos hijos de puta que escriben muy bien", y apuntó también que "las únicas normas de la literatura son sujeto, verbo y predicado". Tras semejante declaración de filosofía literaria y límpido compromiso con la verdad, el único al que, en mi opinión, se debe el escritor, yo me quedé tranquilo y me dije: ¡este es mi Arturo! Coherente como siempre: a decir verdad, no esperaba menos del autor que tuvo los redaños de escribir la biografía más o menos novelesca de una narcotraficante, sin una sola concesión legislada a la moral, sin falsos rellenos y felizmente ajeno al qué dirán las instituciones sociales y culturales tan políticamente correctas -terminacho al uso- que gozamos en este país. Sin embargo, en el escrito que nuestro novelista entregó unas fechas después a la prensa, glosando con sencillez y contundente claridad todo lo declarado previamente en Barcelona, aparece un párrafo que fue el culpable de mi súbito escalofrío -por demás infundado, como veremos más tarde-. Lo reproduzco íntegro para evitar molestas tergiversaciones:

Lo cierto, por otra parte, es que a veces, cuando hay muchas ventas de libros -o sea, éxito-, se da una influencia mayor; y eso impone algunas obligaciones éticas, como en el caso de Sue. En esas circunstancias, y aunque tampoco esté obligado a ello, el escritor debe cuidar más lo que dice, e incluso lo que escribe. Quiera o no quiera, es un referente. En mi caso, eso ocurre con las novelas del capitán Alatriste. Lo que empezó como una especie de guiño histórico casi privado -mi editor y yo estábamos seguros de que no íbamos a colocar ni diez mil ejemplares-, está ahora en los colegios: hay chicos entre doce y dieciséis años que se aproximan a la literatura y a la historia de España en el siglo XVII a través de esos libros. Que los leen, en algunos casos, como tarea escolar obligatoria. Esto me ha echado encima una responsabilidad que nunca busqué, y a la que procuro hacer frente de modo honorable cuando me enfrento a tan jóvenes lectores. Pero en el caso de las novelas de Alatriste, mi responsabilidad moral está limitada a esa obra en particular. A un soldado y espadachín que es un mercenario y un asesino a sueldo; pero cuyos peculiares códigos -paradójicamente, y para mi sorpresa-, se han convertido en referencia de interés para algunos lectores. Se trata, pues, de un compromiso limitado y específico. Si mañana decidiera escribir otra serie de novelas manejando personajes con valores diferentes, u opuestos, nadie tendría nada que reprocharme en absoluto. (Pérez-Reverte 2004: 16-17)

Ya está, me dije. Ya lo han conseguido. A fuerza de integrar al capitán Alatriste en un sistema institucional politizado, en el que tiernos infantes andan por medio, han logrado por fin ablandar el trazo vigoroso de su autor y que la espada libre de su personaje desenvaine en adelante con cierta cautela moral. En todo caso, me dije, nada había que temer fuera del ciclo ‘alatristesco', afortunadamente. Y sus declaraciones dejaban fuera también su Patente de corso; pero, ¿qué le ocurriría al próximo Alatriste, el sexto, que debía entregar en el dos mil seis?

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