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Textos sobre Pérez-Reverte

Configuración y características de Diego Alatriste, personaje memorable

JOSÉ BELMONTE SERRANO | JOSÉ MANUEL LÓPEZ DE ABIADA - 18/10/2007

Mi vida está detrás de cada página, de cada personaje. Ahora bien, mi propósito no es contar mi biografía (eso resultaría muy aburrido), sino contar el mundo: intentar trasladar al papel la lucidez o la confusión que la vida me ha dejado. (Arturo Pérez-Reverte).

1. UN HÉROE CANSADO
Antes de ganarse la vida en calidad de espadachín a sueldo en el Madrid de Felipe IV, Diego Alatriste había sido soldado de la escogida tropa que se empleaba en correrías por tierras del turco. El rico botín de esas incursiones le había permitido establecerse en Nápoles, de donde tuvo que embarcarse, debido a una mujer marcada y una estocada certera, con destino a Sevilla, donde de día se acogía al sagrado de la Iglesia Mayor y de noche salía a ganarse el mendrugo cotidiano. Comedido y sobrio, la sola nota llamativa del capitán era la pluma roja del sombrero de ala ancha que velaba y ensombrecía su mirada glauca y fría. Su espeso mostacho ocultaba la turbadora sonrisa de las situaciones peligrosas y la mueca conminatoria. Se emborrachaba solo, con la mirada quieta posada en la pared. Su rostro mostraba una sola cicatriz sobre la ceja izquierda, pero su cuerpo y su alma estaban surcados por costurones nacidos de la certidumbre que España se iba a pique irremisiblemente. Y también de la certeza que entre tanto era un lobo cansado que caza solo, que mata por oficio, sin hambre ni pasión.

2. EL PERSONAJE LITERARIO
El intento de reunir, en nómina abarcadora, los rasgos distintivos del personaje literario y de teorizar mínimamente al respecto, está condenado al fracaso parcial, a quedar incompleto, porque el recolector tiene que contentarse con reunir sólo los rasgos y aspectos más significativos.

Ello es así porque toda referencia teórica al personaje topa en seguida con una cuestión de estatuto, con la necesidad de distinguir entre persona y personaje. De ahí que los propios creadores puedan referirse a veces a sus personajes como si fueran personas reales. Y lo hacen pese a ser muy conscientes de que sus criaturas son meros elementos sintácticos y a sabiendas de que sus personajes van creciendo a la par que el texto avanza. Esa supuesta confusión no es, sin embargo, sorprendente, puesto que los creadores no se suelen contentar con que sus personajes sean representaciones de personas: su objetivo es crear la ilusión de que sus figuras son «reales». Por eso los lectores pueden reconocerse en determinados personajes, incluidos aquéllos que son conscientes de que todo personaje es un mero conjunto de signos verbales, icónicos o visuales.

Contrariamente a los personajes «comunes» (que suelen aparecer al comienzo de la obra como meros nombres o entidades, carentes aún de connotaciones y significados), los tipos o prototipos poseen características y significados previos a la concepción o actuación del personaje: son categorías simbólicas, estructuras parcialmente formalizadas. En el caso de Alatriste, el lector ducho puede asociarlo quizá a la imagen del miles gloriosus minado por los años. Seguro es, sin embargo, que entre tanto ha pasado a formar parte de nuestra mitología literaria e icónica desde las primeras entregas de la serie; posteriormente, la película, la difusión de ilustraciones y fotogramas y los dibujos de Joan Mundet han contribuido a acercarlo a un público que desborda con creces el de los lectores.

Esta rápida reflexión teórica está relacionada con aspectos sumamente complejos. En lo que sigue intentaremos reunir los rasgos «constitutivos», «esenciales» del personaje, a sabiendas de que las figuras y los tipos literarios tienen vida propia más allá de los textos que los alumbran; ello es así porque las posibles definiciones y caracterizaciones de la figura tienen muy en cuenta, entre otros, aspectos estéticos, semióticos, narratológicos, poéticos, históricos, sociológicos o psicológicos. Y ello sin desatender los aspectos simbólicos que toda figura literaria bien trazada encarna, tanto en lo relativo al pasado como en cuanto a pautas de comportamiento, de actitudes o idiosincrasias del presente. A lo dicho se añaden aspectos imagológicos que, como su nombre indica, pertenecen al campo de la imagología.

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