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Textos de Pérez-Reverte

Cuando la libertad naufragó en Cádiz

Arturo Pérez-Reverte / El Cultural - 08/5/2014

Hay libros de Historia que iluminan con extrema eficacia el presente, lo que no siempre -en España, al menos- conduce forzosamente a la paz de espíritu o al optimismo. A cambio ofrecen lucidez, que no es poco. Referencias magistrales para comprender mejor, y comprendernos. Lecciones importantes que, en las voluntades y manos adecuadas, serían útiles herramientas de futuro. En tal sentido, La desventura de la libertad es una de esas lecciones. Uno de esos libros. En él, su autor reconstruye casi día por día los cinco terribles meses de 1823 en que el Gobierno liberal presidido por José María Calatrava, enfrentado a una invasión militar francesa, sin apoyos, sin dinero, sin ejército, sin apenas fe política, se desmoronó aferrado a una Constitución imposible de aplicar, defendiendo a un infame rey constitucional que no quería que lo defendieran y conspiraba contra los ministros que él mismo había nombrado, y a un pueblo español apático, tornadizo y violento al que en su mayor parte resultaba indiferente ser libre o ser esclavo.

Como ya hizo en El primer naufragio al analizar el golpe de Estado jacobino de 1793 durante la Revolución Francesa, el autor proyecta ahora una luz singular sobre el trienio liberal y el fracaso de la utopía doceañista: tres años de esperanza que pudieron ser heroicos y acabaron en grotescos, a modo de tragicomedia de enredo cuyo telón cayera teñido de sangre. Se trata otra vez de esa luz gris, casi sucia, infrecuente en el género, marca de fábrica del historiador solvente, y original, que a estas alturas parece difícil discutirle al autor como título. Con ella ilumina el abrumador material de que dispone -el lector advertirá ecos de documentos muy precisos y especializados-, y en especial la pieza que todo lo articula, ordena y detalla: el archivo inédito del propio Calatrava, conseguido por el autor --hay azares que parecen mágicos- en un librero anticuario. Todo eso le permite desmenuzar el período elegido, ofreciéndolo al lector bajo los diversos puntos de vista de protagonistas y testigos directos de cuanto narra. Y así fluye el relato, incitando de continuo a saber qué ocurrió tras cada suceso; con una factura que hace pensar, a veces, en el modo con que Winston Churchill, que además de conspicuo político fue también estimable periodista, historiador y memorialista, se desempeñaba en sus textos cuando combinaba eficiente el rigor, la amenidad, el vocabulario y la estructura. 

Durante aquel dramático repliegue ante las tropas francesas, arrastrando a Fernando VII con ellos de Madrid a Sevilla y de allí a Cádiz, los liberales defendían lo que ya era indefendible, envueltos en una guerra formal contra los invasores del duque de Angulema, en otra guerra sorda contra un rey que los traicionaba desde dentro, y en una tercera guerra entre ellos mismos -tan española que aterra reconocerla en cada zancadilla, en cada vileza--: una guerra interna, ésta, librada aún con más empeño que la que libraban contra los enemigos de la libertad. Aterra, leyendo La desventura de la libertad, más aún que la perfidia política y la crueldad del rey que a todos mintió, pese a que todos sabían que mentía, la falta de generosidad de los mismos liberales divididos en facciones, intereses y egoísmos individuales. Una guerra civil íntima y encarnizada entre supuestos correligionarios, que habría de prolongarse más allá del fracaso, la derrota, la prisión o la fuga, y que todavía los iba a mantener enfrentados durante años, incluso en el extranjero: en aquel Londres donde, forzados a ganarse la vida de cualquier modo, esos exiliados seguirían dedicando su energía a odiarse entre sí, llevando a su miserable existencia la misma ambición, desidia, incompetencia y soberbia suicida que los habían llevado al abismo en España.

También estremece adquirir, página a página, suceso tras suceso, la certeza notarial de que entre aquellas dos España enfrentadas a garrotazos como en el cuadro donde Goya nos pintó el alma, la absolutista y la liberal -la partidaria del trono y el altar, y la utópica alimentada de una fe rayana en el cálculo demagógico o la estupidez-, no había término medio posible; y cuando lo había, o despuntaba, éste se convertía en blanco predilecto de los ataques de unos y otros. Y todo eso pasaba ante los ojos confusos de un pueblo que ni siquiera estaba dispuesto a liberarse a sí mismo; porque, obediente y sumiso por costumbre -en frase de Quintana-, seguía amando la imagen del rey absoluto, paternal e intocable. Un pueblo inculto, primario, vulnerable a púlpitos, confesionarios y halagos fáciles de quienes lo manipulaban con la facilidad otorgada por una práctica vieja de siglos. Y semejante falta de realismo, la pretensión de imponer libertades nuevas y de difícil aplicación a una España estólida que pasaba de ellas, el empeño ciego de no tocar una coma de la Constitución de 1812 aunque todo se perdiese, acabó haciendo realidad lo que más tarde señalaría Carlos Marx: era inviable el cambio brusco que los constitucionales quisieron imponer a un pueblo que no los comprendía. 

Documenta el autor, muy oportunamente, la sorpresa de los invasores franceses cuando se internan en un país que muy poco antes había sido su más terrible pesadilla militar. Los veteranos de la campaña napoleónica, acostumbrados a vérselas con un enemigo cruel y fanático en una España hostil, se frotan los ojos, incrédulos, cuando se ven vitoreados y abrazados en cada pueblo, bendecidos desde las iglesias por los mismos curas y frailes que sólo ocho años antes, trabuco en mano, predicaban su implacable exterminio como abortos de Satanás. Los soldados del duque de Angulema -al que este libro hace debida justicia-, que sólo pretenden restaurar la monarquía y hacer posible un régimen con cierta representatividad por parte del pueblo, no esperan la reacción brutal, sangrienta, de Fernando VII y su gente hacia los constitucionalistas vencidos. Y cada vez, cuando los liberales se retiran o encierran en sus casas, cuando la turba infame acude, como suele, en socorro del vencedor y ajusta cuentas con el débil y el caído, son los franceses quienes salvan a cuantos pueden. Incluso, a menudo, los encarcelan para protegerlos. Ellos son los únicos que intentan impedir las atrocidades alentadas por los realistas borrachos de venganza, que con saña se multiplican por todas partes; los saqueos y asesinatos perpetrados por las turbas que se envalentonan a su paso, dispuestas a cobrarse en los indefensos, en los liberales encarcelados y sus infelices familias, el fácil botín infame de la revancha. 

Son brillantes, y muy útiles para comprender el juego de fuerzas de la época, las descripciones de la situación política en Gran Bretaña, con los intentos de Londres para que España tuviese una salida constitucional razonable, y su alivio al advertir que a Francia correspondía el repugnante mérito de haber allanado el camino a un tirano sin escrúpulos. La parte militar del asedio de Cádiz y el asalto francés al Trocadero figura en el libro con claridad y rigor extremos, y la exhaustiva documentación manejada por el autor convierte esas escenas en intensos relatos bélicos, narrados en primera persona por los más destacados testigos. 

Pero el logro mayor de La desventura de la libertad es, sin duda, el formidable retrato psicológico de los principales protagonistas. Gracias a la riqueza documental y testimonios directos que el autor maneja, todos aparecen penetrados lúcidamente en sus intenciones y sentimientos, lo que redunda en la mejor comprensión de los sucesos en que intervienen. Y entre todos esos absolutistas infames y vengativos, entre todos esos políticos mediocres víctimas de su propia incompetencia, entre todos esos militares indecisos, propensos a cambiarse de bando según pintasen oros o pintasen bastos, se alza enorme, superior, cuajado a lo vivo, un retrato magistral de Fernando VII: el rey más vil que ocupó trono en España; el siniestro personaje que engañó a sus padres, a Godoy, a Talleyrand, a Napoleón, a Inglaterra, a Francia, a sus esposas, a los liberales y a sus mismos partidarios. En estas soberbias páginas, Fernando VII aparece exactamente como era: un oportunista cruel, un cobarde inteligente y afortunado, un psicópata del disimulo y de la infamia. Alguien cuyo carácter queda resumido en un trazo brutal, rápido y definitivo: la mirada de odio que el rey, recién liberado, dirige al regente Cayetano Valdés, el digno héroe de San Vicente y Trafalgar, en silenciosa promesa de la venganza implacable que caerá sobre él y cuantos lo humillaron. Y es que el rey felón es el único personaje de talla entre ese rebaño lanar de serviles imbéciles o interesados, de liberales arrogantes, irresponsables y utópicos. Fernando VII, en su vileza infinita, es el único que emerge por siniestro mérito propio entre toda esa mediocridad e incompetencia, brillante en cada página del libro justo a causa de su ilimitada maldad, por entero shakesperiana, que lo pone a la altura de un Ricardo III o un Macbeth. 

Y es que no hay hombres capaces. O apenas hacen acto de presencia en aquel trágico escenario. Se lo dice sin rodeos Quintana a lord Holland: "Tuvísteis vuestro Cromwell, los americanos su Washington, los franceses su Napoleón. Nuestro país, milord, no produce esa clase de hombres". Ni siquiera, en La desventura de la libertad, hay héroes reales, durables. La muerte les llega con infamia, sucia, alevosa: a la española. Ballesteros, O'Donnell, Riego… Los viejos soldados liberales de la guerra de la Independencia traicionan a los suyos, buscan el perdón real, el medro futuro, o viven sangrientos y tristes crepúsculos, delatados, insultados, asesinados por el mismo pueblo que luchó bajo sus órdenes y hasta ayer los aclamaba como paladines de la libertad. Y los que, gracias a sus vencedores franceses, que los apresan para poder salvarles la vida, logran huir al exilio, aún allí, desunidos, insolidarios, en esa perpetua guerra civil que todo español parece tener incrustada en el alma, se echan en cara unos a otros la derrota y el desastre. 

La desventura de la libertad es uno de esos textos altamente recomendables, aunque fuese para confirmar una útil certeza: la historia de España es una novela apasionante que a menudo acaba mal.Sus minuciosas 1.165 páginas constituyen un baño de lucidez necesario, casi higiénico, sobre qué somos los españoles, qué fuimos y qué podemos o podríamos ser. Este libro abunda en desalientos, fracasos, ruindades y esperanzas; en situaciones que entristecen o que, eso depende de cada lector, explican, educan y tal vez consuelan. Entre las últimas, destaca una imagen: la del joven teniente que en Sevilla y en plena retirada hacia Cádiz, al frente de su tropa que marcha a tambor batiente, ordena presentar armas según las ordenanzas y grita ¡Viva la Constitución! al pasar ante la lápida conmemorativa de 1812, que en ese momento el populacho está destrozando a martillazos.

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¿Qué es?

Textos del escritor aparecidos en diversas publicaciones. El cementerio de los barcos sin nombre.

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