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ARTURO PÉREZ-REVERTE | El País - 02/8/1994
Es
una cuestión de pura estética, lo sé. Pero odio a ese niño. Se lo
tropieza , uno en cualquier cadena de la tele, cada vez que la
publicidad campa por sus respetos. Es un enano de aspecto anglosajón,
vestido con camisa a cuadros, tejanos, zapatillas deportivas y una de
esas absurdas gorras americanas de béisbol que, desde hace tiempo, uno
encuentra hasta en la sopa. La lleva, por supuesto, como la debe llevar
un niño de ahora, o al menos la imagen de niño de ahora que se empeñan
en colocamos los que saben de imágenes y de niños: con la visera ni
hacia adelante ni hacia atrás, sino ladeada, como el que no quiere la
cosa. Cuidadosamente informal, como buenos vástagos de papás dinámicos
y guapos que bailan en el garaje junto al supercoche o viajan felices
-permitan que me parta de risa- en la nueva Bussines Class de Iberia.
Sabíamos de sobra, a estas alturas, que para ser feliz en la vida hay
que tener físico y estilo anglosajón estadounidense de América. Los
papás deben parecerse a Kevin Costner -Mario Conde ya no es una buena
referencia- y las mamás han de optar entre el modelo rubia elegante y
el de morena atractiva.
Y ahora le toca a los niños. Hasta la fecha, los
modelos válidos eran dos: nórdico para bebés, rubios y con ojos azules,
y travieso-pecoso-anglosajón, para los más creciditos. Todo iba bien, e
incluso nos habíamos acostumbrado a eso, hasta el punto de que conozco
familias de yuppies que consideran una auténtica desgracia tener hijos
con aspecto meridional, porque el fin de semana, junto a la barbacoa,
desentonan.
Pero lo de la gorra es excesivo. Sobre todo sí, como
sospecho, no se trata sólo de un niño, sino de varios, uno por anuncio,
todos y cada cual con su gorra de béisbol atravesada con idéntica
desenfadada, informal y picarona gracia. Una gracia sólo comparable a
la de la madre y el genio publicitario que los parió.