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Textos de Pérez-Reverte

La incontinencia del profesor

ARTURO PÉREZ-REVERTE | - 30/1/2001

No hay nada más resentido, más venenoso ni bajuno, que la vanidad de un reyezuelo mediocre afrentado en la que considera su ínsula. Y, claro, el profesor Polo no ha podido contenerse. Olvidando la prudencia, olvidando cómo fue abucheado en el salón de la CAM por cuatrocientas personas (que no me dejarían mentir aunque lo pretendiera), lleva una semana descolgándose en Murcia con intervenciones diversas, públicas y semiprivadas, prensa, radio y aulas incluidas, en las que sigue confundiéndome con uno de esos alumnos de facultad a los que está acostumbrado a impresionar, y maltratar, con su arrogancia y sus malas maneras, amén de obligarlos a comprar sus libros. No sé si incluidos los de poesía (también es poeta, el profesor) que él mismo se autopublica en la Universidad de Murcia.

Hasta ahora, puesto que en el salón de la CAM había muchísimos testigos, no he creído necesario añadir nada a lo entonces dicho. Que fue muy poco y comedido, sobre todo porque considero incorrecto rebajar a un profesor, sea el que sea, delante del público y de sus alumnos. Pero imagino que el escozor del ilustre intelectual murciano no se calma con ese tipo de bálsamos, ya que una y otra vez vuelve a la carga. Y fíjense. Si se hubiera tratado de simples pataleos de profesor trasquilado por su propia imprudencia, posiblemente los hubiera dejado pasar como dejé pasar lo de la CAM (los asistentes me merecían demasiado respeto como para debatir allí las bajezas del profesor Polo); pero sucede que cuanto me llega estos días, ya escrito, ya por transmisión oral, tiene la irritante forma de reconvención profesoral a un alumno díscolo. A un chico respondón y mal criado. Y eso se lo podría tolerar tal vez a alguno de mis mayores, que son numerosos, respetables y respetados; pero nunca a un individuo de la catadura moral, académica y literaria del profesor Polo, sobre quien hasta ahora mismo, pese a conocer sus andanzas de antiguo, me abstuve siempre de formular juicio de valor alguno. Así que vamos por partes, y puntualicemos todo aquello que entonces me abstuve de exponer.

Primero. El profesor Polo da a entender estos días que accedió a traerme a la universidad de Murcia a ruegos de mis amigos, aunque él se resistía. Eso no se lo cree nadie ni hasta arriba de Jumilla. De ser cierto eso, mis amigos deben de presionar mucho y desde hace tiempo, porque el profesor Polo ya intentó llevarme otra vez a Murcia (en cuya universidad he intervenido cinco o seis veces, pero nunca con él) hace un par de años. Tengo, por cierto, mucha curiosidad por averiguar si a doña Ana Botella, esposa del presidente del Gobierno, también la invitó el profesor Polo al mismo ciclo de conferencias literarias, junto a Ana María Matute y a mí, por iniciativa propia o porque (ambos casos serían interesantes de analizar) los amigos le presionaban. Y en este caso, cuánto se resistió a los amigos y cuánto se resistió a sí mismo.

Segundo. Yo nunca leo textos. Están publicados, y el que quiera, que los busque. Siempre charlo un rato y luego dialogo con el público. Y eso, el profesor Polo, aunque ahora cante misa, lo sabía de antemano y de sobra, como lo sabe en Murcia todo el mundo. Así que no sé por qué le sorprende mi forma de plantear el acto, que además se celebraba a puerta abierta en los salones de la CAM. Cuando uno quiere, como al parecer pretendía el profesor Polo, controlar, dirigir y personalizar este tipo de actos, debe hacerlos sólo con los alumnos, sin público, en un aula de la Universidad. El problema, claro, es que entonces ni sale el profesor Polo fotografiado en los periódicos, ni ejerce de árbitro de la cultureta local, ni trinca subvenciones.

Tercero. El profesor Polo no estaba en el salón de la CAM cuando llegué a las 19,20, lo que fue una descortesía hacia su invitado, ni tampoco a las 19,30, hora a la que estaba convocado el acto, lo que fue una descortesía para el público. Llegó tarde, lo que fue una descortesía para todos. Yo no he sido impuntual jamás, y no tolero que nadie me haga pasar vergüenza de ese modo, haciéndome retrasarme ante gente que acude a un sitio por mi causa (aunque tal vez me equivoco, y a lo que iban era a escuchar al profesor Polo). Por eso, previa consulta a los responsables de la CAM, empecé solo a las 19,40. El profesor Polo, que se vio descolgado del protocolo y de la perorata que traía preparada (media hora, se le calculaba, de prolegómenos), se lo tomó muy a mal. Cómo osa, dijo. A mí. Y se puso flamenco. Eso me sorprendió, lo confieso, pues siempre lo he visto, fuera de Murcia, arrastrarse literalmente ante escritores y políticos, en esmeradas labores de palmeo fino y succión, y no conocía esa digna faceta suya de profesor ofendido.

Cuarto. Siempre pensé que discutir en público sobre dinero era de gentuza sin educación y sin vergüenza, pero el profesor Polo ha planteado dos veces el tema y me veo obligado a responder. Nunca cobro mis intervenciones en universidades ni colegios, salvo en casos especiales de cursos universitarios subvencionados por bancos, o cuando no se me consulta y me encuentro con el pago hecho. Tampoco he preguntado jamás cuánto se paga, y ni siquiera si se paga, de lo que, profesor Polo aparte, desafío a quien sea a que afirme lo contrario. Y además, por lo general, como saben precisamente los responsables de la CAM y de Cajamurcia por casos anteriores, a menudo ni siquiera hago efectivos los cheques que se me entregan o me envían. En el caso concreto de las 150.000 pesetas que tan generosamente el profesor Polo me había destinado, acudí a Murcia ignorando la suma, como saben los responsables de la CAM, con quienes (no me fiaba del profesor Polo) me puse en contacto previo para decirles eso mismo. Luego estas 150.000 ptas. fueron donadas, a través de la misma CAM y sin que yo llegara a cobrarlas, a una asociación que se ocupa de enfermos del síndrome de Down. En ese contexto, decir que estoy allí sentado porque cobro, y que mi secretaria planteó "exigencias económicas concretas" para que yo acudiese a Murcia, amén de una absoluta falta de clase y de decencia, es un embuste, una canallada y una infamia.

Quinto. El profesor Polo también miente como un bellaco cuando afirma que rechacé dar una rueda de prensa previa a la conferencia "para no dañar mi imagen, que me reservo para la próxima novela". De hecho, y está probado con los hechos mismos, hablé con cuanto periodista se me acercó ese día (como hago siempre que lo considero oportuno), tanto en la inauguración de una calle a la que Casillas me ha hecho el honor de dar mi nombre, como en los minutos previos a la conferencia. Lo que sí es cierto es que no quise dañar mi imagen apareciendo en una conferencia de prensa junto al profesor Polo, muy interesado en cambio, como todo advenedizo que vive de los demás y del morro propio, en hacerse esa foto y mangonear periodistas rentabilizando en su beneficio mi presencia y mi contacto con ellos. Así que si quiere periodistas, dije, que se los busque. Y si quiere publicidad personal, que la pague con sus méritos o con el dinero de su bolsillo.

Sexto. El profesor Polo recuerda, como prueba incontestable de mi arrogancia, que exigí un hotel distinto al de otros conferenciantes. Esa es, posiblemente, la única verdad que contiene su artículo. Exigí ir al hotel Rincón de Pepe, al que voy cada vez que visito Murcia desde hace veinte años. O más bien lo exigió mi secretaria sin dar opción a discusión alguna; que para eso, entre otras cosas, se ocupa de mí. Estaría bueno que a estas alturas de mi vida fuese el profesor Polo quien me eligiera los medios de transporte (en este caso, por cierto, pagué yo el tren) o los alojamientos.

Séptimo. Durante las dos horas que estuve en el salón de la CAM no hubo (hay cuatrocientos testigos) una sola descortesía ni salida de tono por mi parte. Sólo cuando los insultos del profesor Polo se volvieron demasiado viles para soportarlos impasible, le dije, creo recordar que hablándole todo el tiempo de usted, que de seguir por ese camino me encantaría tener con él "una conversación más íntima y térmica en el lugar adecuado", y no delante de aquella gente ante la que me ataba (quienes me conocen saben lo dolorosa que fue la atadura) el respeto que a mis lectores tengo. Conversación ésa que no descarto, por cierto, si es que alguna vez se dan las circunstancias oportunas.

Octavo. No quiero extenderme demasiado. Así que, como estoy seguro de que la soberbia del profesor Polo pesará más que la prudencia, me reservo unos cuantos puntos más para la réplica al artículo o declaración que, sin duda, no podrá resistirse a escupir. La ventaja que le llevo es que lo más que puede decir de mí es repetir las bajezas que ya ha dicho, o añadir que no le gustan mis novelas ni mi carácter. Él sin embargo, tiene un currículo muy sabroso, con numerosos esqueletos en los armarios donde hincar el diente para este tipo de navajeo. Así que ya me extenderé con más detalle, cuando llegue el momento, sobre cómo el profesor Polo lleva una década manejando dinero ajeno (tema que tanto le gusta tratar en público), antes de la Administración socialista y ahora de las cajas de ahorro, para subvencionar así el feudo cultural que tantas satisfacciones, de todo tipo, le depara. También charlaremos un rato sobre sus relaciones (de las que soy testigo y confidente privilegiado) con el poder y con los escritores que pueden reforzar su posición, a cambio de prestar servicios de paniaguado y correveidile cuando hace falta un voto en el jurado tal, premio Cervantes incluido, o un lustrado de zapatos en el contexto cual. Y puestos a ello, describiré con detalle cómo es el trato despectivo e insultante que reserva a los alumnos en general (de las alumnas en particular hablaremos aparte) que tienen la desgracia de coincidir con él en las aulas (han sido miles, y sus testimonios están en la universidad y en las calles de Murcia). También detallaré por qué no me gustan del profesor Polo ni sus maneras engoladas, ni su aspecto, ni tampoco la cara que tiene. Y por cierto, confío en que la próxima vez cuidará mejor los textos de sus réplicas ("nos equivocamos los dos mutuamente"), recordando que es incorrecto utilizar el adverbio "mutuamente" de tal forma, pues así significa recíproca correspondencia, mientras que el verbo "equivocar" se refiere, en ese contexto, a obras o pensamientos propios de cada cual. Y si algo está claro es que las obras y pensamientos del profesor Polo y los míos no tienen nada que ver, ni lo tendrán nunca. Así que no se meta en jardines y a vivir, profesor. Que son dos días.

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Textos del escritor aparecidos en diversas publicaciones. El cementerio de los barcos sin nombre.

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