Inicio > Prensa > Patente de corso
#2 - El 10/4/2011 alex dijo:
yo quiero pasarme porla galleta ami mama
#1 - El 21/7/2010 Fej Delvahe dijo:
Arturo: Su excelente artículo está en consonancia con una crítica cinematográfica que escribí hace tiempo para filme más adelante descrito y que pone de manifiesto como también en este punto de vista sintonizamos.
Me refiero a "El milagro de Ana Sullivan", del director Arthur Penn (País y año: USA 1962), con la actriz Anne Bancroft haciendo de seria y firme maestra que sabía lo que se llevaba entre manos y Patty Duke en el papel de insoportable niña ciega, sordomuda y malcriada.
«A VECES NO YA UN CACHETE SINO DOS, AYUDAN A LA DINAMO DE LA INTELIGENCIA
A las pocas horas de que el Congreso de los Diputados de España haya suprimido dos artículos del Código Civil que concedían a padres y tutores la potestad de "corregir razonable y moderadamente" a los niños, eliminando así la cobertura legal al denominado "cachete", "tortazo", "galleta" o "bofetón" —según nuestros sabiondos políticos, sólo cabe reprender a los menores "con respeto a su integridad física y psicológica"—, me pregunto ¿cómo habrían tratado a la maestra de esta película, Ana Sullivan? Sin lugar a dudas la habrían condenado, dado que ésta sí que le dio a su insoportable y malcriada alumna Hellen, no ya un cachete sino varias bofetadas, muy bien, oportuna y medicinalmente dadas.
Pero es que a los partidarios del "buenismo", es decir, a los que hoy en día quieren pasar a la historia por enmendar la plana de todo lo habido antes de ellos y hacer pasar por "malos" a todos los que no van de "buenistas-malcriadores" por la vida, obviamente a maestras como Ana Sullivan las dejarían fuera del sistema, las condenarían como de hecho ya viene ocurriendo y promocionarían según su estilo: que cada vez haya más docentes y alumnos políticamente correctos y asépticamente zopencos.
Arthur Penn, aunque sólo hubiera dirigido este filme en hermoso blanco y negro, merece estar entre los cineastas que más sana pasión le han dado al séptimo arte. Y en cuanto a Anne Bancroft, verdaderamente nos enamora con su interpretación: perfecta en su papel de maestra seria, que no se acobarda ante las adversidades, que le planta cara a los hipócritas "buenistas" y a su nefasto y delirante "buenismo". Ella, también es amorosa y a amar no le ganan los "que se la dan de superbuenos", pero sabe igualmente tratar sin paños calientes a la violenta y repelente niña Hellen, cuando la ocasión lo amerita, y no le importa pasar por la "mala" de la película (nunca mejor dicho), frente a los que optan por la fachada de la "pseudomoderación", la "pseudosensibilidad" o la "pseudomisericordia". Ella, con su actitud profesional no políticamente correcta (que los psicólogos, políticos y "buenistas" de la actualidad, considerarían DELEZNABLE), posee prospectiva, ve más allá, intenta lo mejor para la niña ciega-sordomuda que vive presa en su propio mundo interior, y gracias a su idiosincrasia corajuda logra salvar a esa criatura hundida en un pozo de tinieblas y soledad. Si por los suaves defensores del "buenismo-malcriador" hubiera sido, Hellen habría continuado siendo una irremediable majadera cuyo sufrimiento se habría acrecentado hasta la locura a la par que lo habría multiplicado a lo largo de los años en su pretendidos y delicados "protectores".
Y ¡¡¡ojo!!!, Ana Sullivan estaba, como muchísimos docentes, padres, madres o tutores, en contra (faltaría más) de la violencia con los niños o con cualquier ser viviente; pero sabía lógicamente que dar un cachete o bofetada, en ocasiones es tan imprescindible y benéfico como el agua de lluvia sobre un reseco campo de siembra.
Película de categoría «10-Excelente». Toda una espléndida lección de como convertir una historia reveladora y extraordinaria en una película inolvidable, con un guión de enorme precisión, un montaje de auténtica excelencia, unas interpretaciones magníficas y una puesta en escena que la convierten en un filme de lujo, digno de estudio y exposición en toda Facultad o Institución que tenga que ver de una u otra forma con la formación de educadores, pedagogos, maestros, médicos, terapeutas, etc.
”El milagro de Ana Sullivan” se basa en la historia real de una niña que con apenas diecinueve meses se quedó ciega, sorda y muda, probablemente a consecuencia de una encefalitis. Sólo retuvo, del alfabeto sensorial que había heredado de la gestación, la información que podía obtener del tacto, el olfato y el gusto, un bagaje muy insuficiente para recibir el menor mensaje de los demás y para reaccionar a él. De modo que se desarrolló obedeciendo únicamente a sus pulsiones, que la dejaban en peor situación que un animal, ya que no podía regularlas. Aunque la niña sentía la seguridad de su madre, la forma en que los brazos de su mamá le manifiestaban amor y ternura, no tenía ningún medio de recibir de ella la menor información que le pudiera enseñar el espacio, el tiempo o cualquier otra noción. Se alimentaba como un animal hambriento, ante la mirada consternada de sus padres, que le daban su amor sin medida, aunque fuera en verdad un amor desamparado.
En esta situación, a la edad de siete años, Helen Séller conoció a la joven educadora Ana Sullivan; contratada por sus padres, más para ponerla al servicio de su incontrolable hija que para hacerla evolucionar de forma notable, pues el estado en el que se encuentraba la sordomuda se consideraba refractario a todo trabajo terapéutico. Sin embargo, un mes y dos días después la niña estaba hablando con el lenguaje de los signos. Tres años más tarde dominaba el braille. Incluso años después realizaría estudios brillantes, se convertiría en profesora de universidad y en una de las mujeres más famosas de Estados Unidos, antes de morir en 1968 a la edad de ochenta y ocho años.
Esta historia real se desarrolló a finales del siglo XIX, en una pequeña ciudad de Alabama. La niña, Helen Séller, una vez adulta lo contará ella misma en un libro que ha sido traducido a unos cincuenta idiomas (HELEN KELLER, Historia de mi vida muda, sorda, ciega. Madrid. Felipe Marqués, 1904).
Tras dirigir en 1959 una obra que William Gibson había escrito a partir del libro, que estuvo en cartel durante más de trescientas representaciones en Broadway, Arthur Penn nos obsequió en 1962 con este aleccionador filme por el que le estaremos agradecidos siempre.
Maravillosa película se mire por donde se mire, irrepetible y una joya que luce seguro entre las mejores 50 películas de la Hª del Cine. Imantadora de la primera a la última imagen. Vemos desplegarse, frente a la solicitud incondicional y al amor inmenso de los padres, frente a la brutalidad de las resistencias de la niña, las exigencias, frías, de apariencia a veces cruel, de la joven educadora. En nombre del futuro de la niña, la maestra aboga, con gran pertinencia y firmeza, contra la facilidad de la piedad y del amor paternos que refuerzan el problema de la menor ciega-sorda-muda, y por la necesidad, aunque parezca insoportable, de la estrategia que prepara.
En fin, este caso de Helen Séller demuestra, por encima de los discursos "buenistas", que cualidades como "solicitud", "proximidad", "comprensión", “explicaciones”, que en nombre del amor a los hijos se consideran primordiales en la educación actual impartida a los hijos o a los alumnos, suelen ser casi siempre más un problema que una ayuda. Demuestra también que la complacencia con el menor procede más de la pereza que de la preocupación que debe despertar su futuro. Todo lo contrario de lo que hará la joven y atrevida educadora Ana Sullivan, que tiene bien claro desde el primer momento que lo que salvará a la niña ciega, sorda y muda de su oscuridad vital no son las complacencias, mimos y la malcrianza que le están dando sus padres y familia, sino más bien buenas dosis de disciplina, esfuerzo y severidad para que después de todo este sacrificado proceso ella pueda elevarse sobre su propio hundimiento físico, liberarse y ser una persona que dé al mundo todo el excepcional potencial que conlleva como ser humano. (Cf. ALDO NAOURI, Educar a nuestros hijos. Una tarea urgente. Taurus. Madrid 2008)»
Fej Delvahe