Inicio > Prensa > Patente de corso
ARTURO PÉREZ-REVERTE | El Semanal - 04/10/2009
Estoy con la ministra de Defensa. Hasta la muerte. A mí tampoco me parece bien que nuestros pesqueros en el Índico lleven
a bordo soldados españoles que los defiendan de los piratas. Otros
países, como Francia, sí lo hacen; pero todo el mundo sabe que los
franceses son unos fascistas de toda la vida, y les gusta mucho darle
al gatillo, como si estuvieran siempre en Dien Bien Fú. Unos
peliculeros fantasmas, es lo que son. Nada que ver con la sobria
serenidad española. Además, como muchos gabachos salen rubios,
desprecian a los subsaharianos afroamericanos de color y no les importa
darles matarile sin complejos; como cuando pillaron a aquellos pobres
somalíes que sólo disparaban y secuestraban para ganarse la vida, los
pobres, y les dieron las suyas y las del pulpo, en vez de pagar
humanitariamente el rescate, como hicimos nosotros, y hasta luego
Lucas. Pero España, no. Aquí las fuerzas armadas las tenemos para otras
cosas. Para combatir seis horas bajo fuego de morteros en Afganistán,
por ejemplo, y que luego la ministra del ramo sostenga, mirándote con
firmeza castrense a los ojos, que aquello no es misión de guerra, sino
actuación humanitaria de paz cuyas reglas de confrontación, según los
protocolos coyunturales intrínsecos, requieren cierta esporádica
contundencia. Por eso allí al enemigo no se le llama enemigo, sino
elemento incontrolado. O como mucho, cuando la ministra va a hacerse
alguna foto y abrir telediario, diablillos traviesos y picaruelos
gamberretes. Talibancillos díscolos que con una pizca más de democracia
occidental serán pronto ciudadanos de provecho, con crédito en el banco
y barbacoa los domingos. Por su parte, los soldados que patrullan cada
día jugándose los aparejos los llaman de otra forma. De hijoputas para
arriba. Pero, cuando eso ocurre, la ministra no está allí pegando tiros
y comiéndose el marrón. Comprendámosla. Está aquí, y no lo oye.
En cuanto a los pesqueros, ya digo. La ministra de Defensa -un día tengo que averiguar, por curiosidad, qué es lo que defiende,
exactamente- ha dicho a los armadores que, si sus barcos quieren
seguridad, pesquen en grupo, todos amontonados en el mismo sitio. De
ello puede deducirse que no tiene ni remota idea de lo que es un
pesquero faenando, pero eso no altera el concepto básico. Y el concepto
indiscutible es que habrá, desde luego, más seguridad si los diecisiete
atuneros españoles se quedan todos juntos en el mismo sitio, borda con
borda, que si andan por ahí dispersos, a la buena de Dios, estropeando
el dispositivo chachi que los protege. Que luego pesquen o no pesquen
es lo de menos, porque por encima de esos detalles está el de la
securitas, securitatis. Y si además se amarran unos a otros y ponen en
el centro del paquete a la fragata Canarias, perfecto. Más seguros,
imposible. A ver qué pirata se lleva por el morro un barco trincado de
esa forma. Luego igual tocan a un atún por barco o vuelven todos a
puerto con las bodegas vacías; pero, eso sí, protegidos de cojones. Lo
que hace falta, como ven, es más voluntad constructiva, más ideas y
menos demagogia.
Respecto al personal protector, tres cuartos de lo mismo. Dice la ministra, con buen juicio, que de soldados nada. Que los barcos
lleven guardias de empresas privadas, si quieren. Al principio era sólo
con porras, esposas y cosas así. Perfil bajo. Discreto. Pero en vista
de las protestas de los armadores -otros fascistas que te rilas- el
ministerio ha dicho bueeeno, vale. Transijo por esta vez. Ahora los
autoriza a llevar escopetas. Fusiles de largo alcance, ha dicho
alguien, como si los hubiera de corto. Es verdad que, frente a los RPG
y las armas automáticas de los piratillas traviesos, eso no sirve para
nada. Para ese tipo de zafarranchos hay que estar al día en el asunto
del bang, bang. Como la infantería de Marina, por ejemplo, que toca esa
tecla desde antes de Lepanto -otra operación contra piratas, por
cierto-, y cuyo propio nombre lo indica. Pero oigan. Es lo que hay. Si
los seguratas no dan la talla, que los pesqueros se gasten la pasta
contratando a mercenarios con experiencia bélica, como Bush en Iraq, y
allá se las compongan. Y si no, que abanderen los barcos en Francia.
También la ministra tiene derecho a dormir tranquila, conciliando el
sueño; y sólo imaginar que un soldado español se cargue a un negro
anémico, aunque el tostado lleve un bazooka al hombro, se lo quita. Se
le abren sus carnes morenas. A ver qué iban a decir los periódicos y
algunas oenegés al día siguiente, al enterarse de que el soldado
Atahualpa Fernández, natural de Lima, y la cabo Vanesa Pérez, de San
Fernando, infantes de marina de la Armada española destacados en el
atunero Josu Ternera, le habían metido un par de cargadores de
HK calibre 5,56 entre pecho y espalda a un somalí flaco y desnutrido
que, para poder comer caliente y sin otra opción en la vida perra, no
tenía más remedio que tirar cebollazos de lanzagranadas contra el
puente del pesquero. La criatura.