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ARTURO PÉREZ-REVERTE | El Semanal - 27/9/2009
En mis tiempos de repórter Tribulete, cuando los de la vieja y
extinta tribu todavía andábamos por los aeropuertos, los hoteles y la
vida con una máquina de escribir portátil a cuestas, mi vieja Olivetti
Lettera 32 con pegatina del diario Pueblo -todavía debe de
estar en algún rincón del trastero- tenía por dentro de la funda un
rótulo escrito a mano con la frase: «Cada día puede conmemorarse el
centenario de alguna atrocidad». La reflexión sigue siendo válida,
creo, para las atrocidades y para muchas cosas más. Hace pocos días,
comentando el asunto con un viejo compañero de excursiones, parafraseó
éste: «Y de alguna gilipollez». Me pareció oportuna la variante, y para
confirmarlo decidí hacer un experimento. Seguro, dije, que si
encendemos ahora la tele y zapeamos cinco minutos, o abrimos un
periódico o una revista, damos en seguida con alguna gilipollez gorda,
hermosa. Bien alimentada. Y tampoco es que la cosa rastreadora tenga
mucho mérito. Por alguna singular razón que compete a los sociólogos,
nunca fue tan desmesurada la cantidad de gilipolleces circulantes,
acogidas con ávido entusiasmo por el personal, siempre dispuesto a
apropiárselas. En ciertos ambientes y lugares, echas una gilipollez
cualquiera al aire, entre la gente, y no toca el suelo.
Pero no quiero desviarme del asunto, que la página es corta y la vida, breve. Vayamos al grano. Y el grano es que abrí, en efecto,
una revista al azar. O casi. Puesto a ser sincero, no la abrí
exactamente al azar; pues procuré elegir una publicación -buenísima,
por cierto- de arquitectura y diseño. Así que en cierto modo jugaba,
vieja puta del oficio papelero como soy, con cartas marcadas. Pero lo
cierto, y eso puedo jurarlo por el cetro de Ottokar -ya saben: Eih bennek, eih blavek-, es que las páginas las pasé al azar, mirando por aquí y por allá. Por
supuesto, no quedé defraudado. Allí estaba la gilipollez de ese día,
rutilante como ella sola. Redonda, compacta y sin poros. Triunfante a
toda página y con titular gordo. Procurando, como todas las buenas
gilipolleces sin complejos, no pasar inadvertida.
Lamento, como ocurre a menudo, no poder ilustrar esta página con las fotos correspondientes; pero haré lo que pueda, que para eso
cobro por darle a la tecla. El caso es que el asunto -«Actualidad decó,
las últimas novedades para estar al día»- iba de muebles
supermegapuestos y modernos, oyes. Con diseño divino de la muerte
súbita. Todo eran sillones, sillas y sofás -sofases, que se dice
ahora-. Y el consejo maestro, que reclamaba mármol a gritos, ayudaba a
situar la novedad en el contexto adecuado: «En tiempos de crisis no
sólo hay que ser pobre, sino parecerlo». Ahora, dejando aparte las
ganas naturales que a muchos de ustedes, como a mí, les habrán entrado
de masacrar y colgar de una farola al ingenioso autor de la frase,
échenme una mano, porfa, y procuren representarse mentalmente diversos
modelos y estilos de muebles clásicos y modernos, tapizados todos ellos
con telas cutres y remendadas: sacos, arpilleras, retales guarros,
zurcidos bastos y costuras deshechas, con los hilos rotos. Todo lleno
de desgarrones, con el detalle encantador, refinado que te vas
absolutamente de vareta, colega, de que no es que el tiempo haya dejado
ahí sus huellas, sino que asientos y respaldos están rotos a propósito,
mostrando los muelles o el relleno interior. Como esas sillas -sitúo
geográficamente la cosa- donde algunos se sientan a vender droga a la
puerta de una chabola de las Barranquillas, pero en tiendas caras y
aflojando una pasta horrorosa. Para que se hagan idea: una silla
francesa con el asiento despanzurrado y los muelles fuera cuesta 800
mortadelos; y un sofá de madera tallada, tapizado en tela de saco
guarro y con un roto en el respaldo, 6.800 del ala. Tampoco se pierdan,
ojo, el texto fascinante con el que se introduce el prodigio: «Maderas
decapadas y formas al desnudo para dar a tu casa un estudiado toque de
abandono. ¡Entra a saco!».
Así que ya lo saben. Si quieren estar a la última en decó y asombrar a la vecina cuando pase a cotillear, entren a saco. O tomen
por él. Tampoco hace falta que sean memos y se gasten la viruta;
guárdenla para pagar impuestos al sheriff de Nottingham. Si lo
que quieren es dar a su casa un estudiado toque de abandono, pueden
apañarse solos. Por ejemplo: tapizando el tresillo, no con sacos de
Nitrato de Chile, que a estas alturas de la feria serían excesivamente
clásicos, sino con cartones recogidos de noche en las calles y con
bolsas de plástico del Corte Inglés. Luego, una vez zurcidos con hilo
bramante y cinta adhesiva -más toque de abandono, imposible-, pueden
darse unos cuantos navajazos para conseguir el apresto adecuado. El
toque final de refinado abandono se añade al saltar un rato encima,
pateándolos bien. De paso, imaginen que le patean los huevos al
diseñador. Eso ayuda mucho.