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ARTURO PÉREZ-REVERTE | El Semanal - 14/9/2009
Dirán ustedes que lo de hoy es una chorrada, y que vaya tonterías elige el cabrón del Reverte para su artículo. Para llenar la
página. Pero no estoy seguro de que la cosa sea intrascendente. Como
decía Ovidio, o uno de esos antiguos -lo leí ayer en un Astérix-, una pequeña mordedura de víbora puede liquidar a un toro. Es como
cuando, por ejemplo, ves a un fulano por la calle con una gorra de
béisbol puesta del revés. Cada uno puede ir como le salga,
naturalmente. Para eso hemos muerto un millón de españoles, o más.
Luchando por las gorras de béisbol y por las chanclas. Pero esa certeza
moral no impide que te preguntes, con íntima curiosidad, por qué el
fulano lleva la gorra del revés, con la visera para atrás y la cintita
de ajustarla sobre la frente. Todo eso conduce a más preguntas: si
viene directamente de quitarse la careta de catcher de los
Tomateros de Culiacán, si le da el sol en el cogote o si es un poquito
gilipollas. Concediéndole, sin embargo, el beneficio de la duda, de ahí
pasas a preguntarte si, en vista de que al pavo le molesta o no le
conviene llevar la visera de la gorra hacia delante, por qué usa gorra
con visera. Por qué no recurre a un casquete moruno, un fez turco o a
una boina con rabito. Luego terminas pensando que es raro que los
fabricantes de gorras no hayan pensado en hacer una gorra sin visera,
para fulanos como el que acabas de ver; y de eso deduces, malpensado
como eres, que la mafia internacional de los fabricantes de gorras de
béisbol pone visera a todos los modelos para cobrar más caro y explotar
al cliente, y luego lo disimulan regalándole gorras a Leonardo DiCaprio
para que se las ponga del revés cuando saca en moto a su novia en el Diez Minutos. Eso te lleva inevitablemente a pensar en la crisis de Occidente y el
aborregamiento de las masas, hasta que acabas echando espumarajos por
la boca y decides apuntarte en Al Quaida y masacrar infieles, mientras
concluyes que el mundo es una mierda pinchada en un palo, que odias a
la Humanidad -Monica Bellucci aparte- y que la culpa de todo la tiene
el Pesoe.
Llegados a este punto del artículo, ustedes se preguntan qué habrá fumado el Reverte esta mañana; concluyendo que, sea lo que
sea, le sientan fatal ciertas mezclas. Pero yerran. Estoy sobrio y con
un café; y todo esto, digresión sobre gorras incluida, viene al hilo
del asunto: lo de que no hay enemigo pequeño, y que si parva licet componere magna, que dijo otro romano finolis de aquéllos. Pequeños detalles sin
importancia aparente pueden llevar a cuestiones de más chicha, y parvos
indicios pueden poner de manifiesto realidades más vastas y complejas.
Vean si no -a eso iba con lo de las jodías gorras- el anuncio
publicitario que hace unos días escuché en la radio. Un anuncio de esos
que definen no sólo al fabricante, sino al consumidor. Y sobre todo, el
país donde vive el consumidor. Usted mismo, o sea. Yo.
Buenos días, don Nicolás -cito de memoria, claro-, dice la secretaria a su jefe. ¿Le apetece un cortadito? Claro que sí,
responde el mentado. Es usted muy amable, Mari Pili. Ahora mismo se lo
preparo, dice ella, pizpireta y dispuesta. Pero ojo, la previene el
jefe. Recuerde que yo el café lo tomo siempre de la marca Cofiflux
Barriguitas. Por supuesto, don Nicolás, responde la secre. Conozco sus
dificultades para ir al baño, como las conoce toda la empresa. Ahora yo
también bebo el café de esa marca, igual que lo hacen ya todos mis
compañeros. Tomamos Cofiflux Barriguitas, y nos va de maravilla.
Etcétera.
Juro por Hazañas Bélicas que el anuncio es real. Quien escuche la radio, lo conocerá como yo. Lo estremecedor del asunto es la
naturalidad con que se plantea la situación; el argumento de normalidad
a la hora de controlar si el jefe va apretado o flojo de esfínter.
Interpretarlo como nota de humor publicitario deliberado -lo que
tampoco es evidente- no cambia las cosas. Con humor o en serio, el
compadreo intestinal es de pésimo gusto. Delata, una vez más, las
maneras bajunas de una España tan chabacana y directa como nuestra vida
misma -«Yo es que soy muy espontáneo y directo», te dicen algunos
capullos-; convertida, cada vez más, en caricatura de sí misma. En
pasmo de Europa. Y ahora pónganse la mano en el corazón, mírense a los
ojos y consideren si, en un país donde, tras emitir en la radio un
anuncio con semejante finura conceptual, se espera que la gente normal
compre entusiasmada el producto -y no me cabe duda de que lo compran-,
sus ciudadanos pueden ir por el mundo con la cabeza alta. En cualquier
caso, díganme si una sociedad capaz de dar por supuesto, como lo más
corriente, que todo el personal de una empresa, desde la secretaria
hasta el conserje, conoce, airea y comparte las dificultades
intestinales de su director, presidente, monarca o puta que los parió
-nos parió- a todos, no merece, además de café Cofiflux Barriguitas, o
como diablos se llame, un intenso tratamiento con napalm.