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Noticias y entrevistas

"Aquí se hundió el Dei Gloria"

ENRIC GONZÁLEZ | El País - 03/2/2002

El lápiz señala un punto del mediterráneo, reducido a líneas y cifras de sonda sobre una carta náutica.
"Exactamente aquí".

El lápiz traza un punto en circulito en torno a un guarismo; y las tres personas inclinadas sobre la carta se miran y sonríen. La cuadrícula de longitudes y latitudes, el sextante, el mar, el sol tibio del atardecer: los elementos de la aventura parecen ponerse en orden. Una pequeña pompa de emoción silenciosa estalla en la cabina del barco.

El hombre que maneja el lápiz tiene un extraordinario sentido del juego. A veces desconcierta a sus interlocutores cuando defiende algunos aspectos de la guerra, cuando dice preferir un mercenario antes que un idealista, cuando habla de matar o de morir, cuando establece la lista de sus amigos y enemigos, cuando exhibe su seguridad en sí mismo, cuando hace profesión de cinismo o cuando desdeña ciertos honores contemporáneos. Resulta un personaje inusual en los tiempos que corren, tan difusos, tan confusos, tan apegados a la corrección política, porque se maneja con unas reglas muy estrictas, quizá un tanto extemporáneas. Son sus reglas, y se atiene estrictamente a ellas. No por amor a las reglas, sino al juego. "Sin reglas no hay juego", dice. Si uno comprende eso, puede comprender el mundo de Arturo Pérez-Reverte. El literario y el personaje. Son lo mismo. Toda su vida está planteada como una esforzada aventura, desde su adolescencia submarinista, los primeros viajes en petrolero y las expediciones africanas (Sáhara, Eritrea) hasta su especialización en reporterismo de guerra y su reconversión como novelista. Puede intuirse que cuando la persona Arturo no responde de forma adecuada a tanta exigencia vital, queda relegada por el personaje Arturo.

Conocí a Pérez-Reverte hace algunos años. Él era entonces un compañero de trabajo, un veterano del periodismo de guerra al que convenía escuchar. Acababa de publicar La tabla de Flandes, su tercera novela, pero no había alcanzado aún la celebridad como narrador. Me pareció entonces un tipo cordial, correctísimo en el trato, más bien introvertido, conversador ameno, buen contador de chistes, generoso, con rasgos de orgullo y muy pocas manchas de vanidad.

Ahora es el autor español más vendido, con cifras que marean, y su popularidad es planetaria. Bill Clinton figura entre sus lectores. Se ha hecho rico y famoso. Caminando por el pantalán hacia el barco donde habíamos de encontrarnos, especulaba sobre el efecto que un éxito tan abrumador podría haber ejercido sobre él.

Anticipo las conclusiones: no hay efecto perceptible. Sus amigos, pocos, muy elegidos, homenajeados con frecuencia, son los mismos. El pudor con que el ámbito privado -su familia, sus probables fragilidades íntimas-, también. La weltanschauung desencantada, la habilidad para aplicar tintes aventurescos a casi cualquier situación y el sentido del juego permanecen inalterables. Igual que la mezcla de modestia y arrogancia. Esto se escribe con una cierta admiración.

"Esta mañana ha sido un poco complicada. Por el levante".

Acaba de atracar después de una jornada de navegación en solitario. Se aprecian las marcas de sol y el salitre sobre su tez y sus labios. El velero, que compró hace siete años, casi se ha convertido en una residencia habitual, en un santuario sólo accesible al más estrecho círculo de familiares y amigos. Su mujer, su hija y su mesa de trabajo siguen en Madrid, pero gran parte de su tiempo transcurre en el mar. En cierta forma, el mar sustituye sus antiguas expediciones a zonas de conflicto. La carta esférica, la nueva novela de Pérez-Reverte, transcurre también en el mar. En la costa levantina. Su protagonista, un marinero llamado Coy, vuelve a su ciudad natal, Cartagena, para embarcarse en la búsqueda de u bergantín llamado Dei Gloria, hundido en combate contra un corsario, con un inconcreto tesoro a bordo. Coy viste vaqueros, zapatillas de deporte y un viejo blazer, lo mismo que lleva hoy Pérez-Reverte, nacido en Cartagena en 1951. Ambos desconfían de la tierra firme. Y ambos fumaron el mismo primer cigarrillo: el que les ofreció El Piloto, un marino apuesto y valiente que les enseñó a navegar. Puede sospecharse que La carta esférica es la obra en la que Pérez-Reverte ha volcado más elementos personales.

-Eso es muy relativo. Coy tiene algunas cosas mías, como también las tenía Lucas Corso, el protagonista de El club Dumas. Pero yo no soy Coy. Y el hecho de que parte de la acción suceda en Cartagena y en este mar sólo me ha ahorrado trabajo. Éste es mi territorio. Lo conozco bien.

El trabajo es algo que Pérez-Reverte no suele ahorrar. Más bien al contrario.

-La novela me ha costado tres años: la mitad, para documentarme; la otra mitad para escribir. He tenido que aprender a navegar con cartas náuticas antiguas, he tenido que meterme en la piel de un marino del siglo XVIII, he tenido que pensar como un marino mercante contemporáneo, he estudiado a fondo la historia de los jesuitas... He disfrutado muchísimo.

Los lectores encontrarán de nuevo en La carta esférica el tejido inextricable de hechos históricos y ficticios, el rigor y la exactitud en cada detalle, y la claridad narrativa que caracterizan la obra de Pérez-Reverte. Como de costumbre, bajo un relato lineal se esconde una complicada ingeniería. Y establece un juego de referencias literarias. En esta ocasión, las referencias incluyen algunas de las piezas más queridas de la biblioteca del autor: desde Moby Dick hasta los álbumes de Tintín (El secreto del unicornio y El tesoro de Rackham el Rojo), pasando por El halcón maltés y un surtido de literatura náutica.

-He tardado mucho en escribir una novela sobre el mar. Pero había llegado el momento. Las novelas te eligen, y ésta no hubiera podido escribirla a los 30 años.

Como en Territorio comanche, en la que un amigo de Pérez-Reverte -el cámara de televisión José Luis Márquez- asumía un papel protagonista, un personaje perfectamente real se transforma en personaje literario. Se trata de El Piloto, hijo de El Piloto y nieto de La Pilota, vástago de una popularísima familia de mar cartagenera.

Precisamente por ahí llega El Piloto. El escritor y su amigo-personaje se funden en un abrazo sobre el muelle. El Piloto es más anciano en la realidad que en la novela. Por lo demás, es exactamente el mismo tipo que se une a Coy en la búsqueda del sueño de la bella y misteriosa Tánger Soto.

-Oye, Piloto, si yo te propusiera embarcarnos en algo complicado, algo en lo que nos jugáramos la piel, ¿ te vendrías conmigo? -pregunta Pérez-Reverte.

-Pues sí, claro.

La audiencia (la fotógrafa y el reportero) quedan convencidos. Conversar con Pérez-Reverte es (cuando se deja: si el interlocutor no le interesa, se limita a ser correcto) un placer. Fotografiarle lo es menos. Fue reportero con cámara en sus inicios como periodista y luego trotó durante muchos años con una cámara de televisión al lado. Sabe lo que capta el objetivo.

-Oye, con un 28 ni hablar -advierte a la fotógrafa-. ¿Sale el puerto al fondo o se ve sólo el faro?

Coopera, pero sabe demasiado del negocio como para resultar cómodo. Una vez instalados en el Gran Bar de Cartagena, un de los muchos establecimientos locales que aparecen en la novela, con unas cervezas delante que un parroquiano ha pagado inmediatamente, prosigue la conversación.

-He intentado demostrar que aún se puede escribir una novela sobre la búsqueda de un tesoro. Y escribiéndola -afirma Pérez-Reverte- me he convencido de que aún es posible buscar tesoros.

En La carta esférica son omnipresentes las reglas del juego. Cada personaje juega según sus reglas. Inevitablemente, unos ganan y otros pierden.

-Yo he llegado a decir que la guerra es limpia, para explicar que allí todo está claro. El que te dispara es un cabrón, y el que está a tu lado es un amigo. El mar también es limpio. Es muy malo, el peor cabrón que existe (El Piloto asiente en silencio), pero te tolera si eres buen marino y juegas según las reglas. El mar selecciona. Todo depende de ti. Estás solo, no hay nadie que te admire cuando lo haces bien. Y tienes que hacerlo bien, porque te va la vida en ello. Si lo haces todo bien y pierdes, no tienes nada que reprocharte. Uno puede estar hundiéndose y decir: sí, naufrago, pero he sido capaz de calcular con toda precisión el lugar exacto en que se me traga el mar. He cumplido.

-El mar quiere valientes para ahogarles, el mar siempre gana -apunta el Piloto.

-Incluso el lenguaje del mar es limpio. No hay sinónimos: una batallola es una batallola, y una estacha es una estacha. Te enfrentas a algo superior, y solo puedes aspirara a hacerlo lo mejor posible. El mar te enseña humildad, resignación, te enseña a perder. Los buenos marinos no presumen nunca.

-Se aprende a rezar y a blasfemar. Yo he visto a marinos que escupían contra el cielo - añade El Piloto.

La conversación discurre durante un rato entre olas gigantescas que forman grutas sobre el buque, cielos oscuros, vientos traidores y situaciones de angustia. Luego amaina la tormenta. El Piloto se despide, y Arturo Pérez-Reverte sale a dar un paseo por la Cartagena de su infancia.

"Estaban parados", se lee en un pasaje de La carta esférica, "en una calle oscura, ante el solar de una casa derribada entre otras dos que aún se mantenían en pie. Los lienzos de la pared desnuda conservaban los jirones de papel, clavos oxidados de los que no colgaba cuadro alguno, huellas de muebles, deshilachados cables eléctricos. Las recorrió con la mirada, intentando reconstruir lo que en otro tiempo encerraron: estantes con libros, muebles de nogal y caoba, pasillos con azulejos, habitaciones con tragaluces ovales en lo alto, amarillentos retratos rodeados de un aura blanquecina que intensificaba su aire fantasmal, al recordar. Ya no estaba la relojería de la planta baja, ni las tiendas de carbón y ultramarinos al extremo de la calle (...). Y al niño de pantalón corto que caminaba por aquella misma calle con una botella de sifón en cada mano, o pegaba la nariz, maravillado, ante los escaparates llenos de juguetes iluminados para la Navidad, hacía mucho tiempo que se lo había llevado el mar".

En La carta esférica hay mucho del autor; más de lo que él está dispuesto a reconocer. Nos hemos detenido en esa misma calle oscura del fragmento entrecomillado, ante el solar de una casa derribada. En esa casa que ya no existe vivieron los abuelos de Pérez-Reverte.

"Tengo bastantes amigos entre la delincuencia. A su modo, son gente que se atiene a sus reglas, a sus códigos.

Los "amarillentos retratos" eran los de sus antepasados, bisabuelos y tatarabuelos muy vinculados al mar. Su memoria privada está ahí, y un poco más allá, donde vivieron los otros abuelos. Y en esta tienda de gorras e insignias militares. Y en los bares canallas del puerto, que tampoco existen ya. Resulta curioso que un tipo tan formal y, por decirlo de algún modo, caballeroso como Pérez-Reverte sienta tal querencia por el mundo más marginal.

-Es que, a su modo, son gente que se atiene a sus reglas, a sus códigos. Tengo bastantes amigos entre la delincuencia.

En su última época como periodista, el escritor hizo un programa de radio sobre sucesos, y un exitoso programa de televisión, Código uno, sobre la misma materia. En Código uno se vio al Pérez-Reverte más desengañado, cínico y, probablemente, más auténtico. Podía decir cosas parecidas a ésta: "Hoy van a ver un programa realmente sangriento, con todo el horror que puedan imaginar y más. Es tan asqueroso que me niego a verlo. Adiós". Y se iba del plató. Y la audiencia subía semana a semana.

Poco después escribió su famosa carta de despedida a la dirección de TVE.

-Estaba en la cama y tomé la decisión de dejar aquello. Me levanté, me duché y me fui a la redacción. Escribí la carta, imprimí dos copias y mandé una al director general. La otra la clavé en el tablón de anuncios. Serían las cuatro de la madrugada.

Territorio comanche, una "novela ejemplar" sobre su última guerra, la de ex Yugoslavia, y sobre las grandezas y miserias de la profesión periodística, selló para él el final de una época.

-Podía haberme ido mal. Yo no ganaba mucho dinero entonces como escritor, y mi carrera literaria podía haberse torcido. Como puede acabarse cualquier día. Pero ya no hay problema. Tengo la vida más o menos resuelta y no soy persona de grandes gastos.

Arturo Pérez-Reverte es uno de los pocos periodistas que han pasado por años de reporterismo bélico sin matarse a cigarrillos, copas u otros tóxicos. Algunos días fuma (como hoy), otros no. Se embriaga a veces con algún amigo, pero no es bebedor. Es de costumbres austeras, aunque puede permitirse caprichos: comprarse un hermoso velero, amplio pero adaptado a la navegación en solitario; ir de vez en cuando a París a comprar libros antiguos, o pujar en las subastas de antigüedades náuticas. En una de esas subasta arranca, precisamente La carta esférica.

En la conversación surgen amigos comunes (Hermann Tertsch, Gervasio Sánchez) y se evocan inevitablemente peripecias y anécdotas, viejas hazañas bélicas. Pérez-Reverte está un poco cansado de que los entrevistadores siempre echen mano de esas batallitas. Pero a él aún le sirven.

-La vida del escritor consiste en echar cosas a la mochila: cosas que uno ve, personajes que uno conoce... Luego sacas todo eso de la mochila y lo utilizas.

"No me interesa nada esa gente que cree que es mejor dedicar cinco páginas a lo que puede contarse en cinco líneas"

El personaje argentino de la nueva novela, por ejemplo. Pérez-Reverte viajó en los años setenta a la Patagonia, ayudado por algunos jóvenes oficiales de la Marina argentina. Esos mismos oficiales fueron, años después, sus mejores fuentes de información durante la guerra de las Malvinas. Y un día, pasado aquello, encontró sus fotografías en los periódicos, como torturadores de la dictadura en la Escuela de Mecánica de la Armada. Uno de esos oficiales es Horacio Kiskoros.

- No es un personaje enteramente malo. Ninguno lo es en la carta esférica. Trata de la búsqueda de un sueño y de un hombre que se enamora perdidamente, y cada personaje cumple su destino. Al final, la vida sigue.

Tras la fachada de la novela de aventuras (mar, tesoro, riesgo, persecuciones, intriga) se esconden, como vigas amargas, algunas cuestiones inquietantes. El precio de los sueños, por ejemplo. La protagonista femenina de La carta esférica, Tánger Soto, encarna muchas preguntas sin respuesta clara.

-Tánger pelea por un sueño. Pelea hasta el final y está sola. La mujer es superior al hombre cuando decide combatir, porque carece de retaguardia. Las mujeres han sido durante muchos siglos los rehenes de los hombres, y tienen que demostrar que valen más para ser consideradas como iguales. Yo no soy misógino, y eso se demuestra con lo que digo y con lo que escribo.

Pasear por Cartagena con Arturo Pérez-Reverte es un no para de abrazos, saludos, vítores y peticiones de autógrafos. Hay de todo, desde antiguas novias hasta perfectos desconocidos que aseguran conocerle desde siempre. El lleva esas cosas con su habitual cortesía: sonríe, firma autógrafos, estrecha manos, se deja fotografiar junto a sus admiradores.

-Es que esto no es como cuando te saludaban porque te habían visto en al tele. La gente se toma la molestia de leer mis libros. Hay que ser considerado.

El respeto para con el lector de a pie se convierte en distancia respecto a otros admiradores de mayor calado.

-Durante la campaña electoral, todos quisieron hacerse fotos conmigo. El PP, el PSOE e IU. Todos me invitaron a actos o me pidieron que firmara algo. A eso me negué, por supuesto.

Una punta de arrogancia asoma de vez en cuando entre sus palabras.

-Yo no soy nada chulo -aclara-. Pero si hay que ponerse chulo, me pongo. Le sublevan, es decir, desatan su acreditada capacidad para el sarcasmo, algunos críticos que etiquetan su obra como "de consumo", pretendidamente inferior a algún tipo de literatura.

-Respeto muchísimo a cualquier persona que escriba, porque sé el trabajo que cuesta. Lo que no acepto son intelectualismos baratos. No me interesa nada esa gente que cree que es mejor dedicar cinco páginas a lo que puede contarse en cinco líneas.

Su aceptación en Europa y en Estados Unidos parece vindicarle. En Francia se le compara con Alejandro Dumas o con los grandes novelistas decimonónicos, sus queridos escritores de folletín. Los panegíricos internacionales, la fruición con que el cine adapta sus obras y las ventas multimillonarias (la primera edición española de La carta esférica es de 230.000 ejemplares, una barbaridad) no excitan su vanidad perceptible.

Lo que más valora de su éxito es la libertad que le proporciona. Una libertad entendida como ausencia de jefes, de órdenes, de horarios y de instrucciones. En su época de empleado se defendía de todo ello a golpes de cinismo. Es relativamente célebre una anécdota -existen muchísimas en torno a Pérez-Reverte, al mayor parte inventadas- de hace años, cuando TVE le envió a cubrir la información de un petrolero embarrancado que causaba una marea negra. "Vale", preguntó ya desde la puerta, "pero dame la consigna: ¿estamos a favor o en contra?".

-Escribo por puro placer. Es demasiado trabajo como para hacerlo por obligación. El día que no sienta placer, lo dejo. Y listos.

Por el momento, el placer se mantiene intacto.

-Ahora me pongo con una nueva entrega del capitán Alatriste. Y luego comenzaré otra novela que ya tengo más o menos en la cabeza.

¿Sin interrupción?

-Nunca escribo dos cosas a la vez. Pero pongo la palabra fin en una novela y al día siguiente ya empiezo otra. No me hacen falta periodos de descanso ni adaptaciones mentales. Supongo que eso lo gané haciendo de reportero, igual que la capacidad para trabajar 12 horas diarias.

Todo ese frenesí productivo, insiste, es puramente voluntario.

-Ningún editor puede fijarme plazos. Estaba previsto sacar un Alatriste en las pasadas Navidades, pero andaba en los últimos capítulos de la carta y no pudo ser. Si para escribir la próxima novela tardo tres años, bien. Si tardo cinco años también. Tengo la ventaja de que el mercado me acepta como soy y me lee gente de todas las edades y condiciones. Soy libre para hacer lo que quiera.

El orden y la autodisciplina que se impone a sí mismo no sería capaz de imponérselo ningún jefe. Es perfeccionista hasta límites increíbles ("puedo leer tres o cuatro libros para que un solo párrafo sobre un hecho determinado sea irreprochable"), e incapaz de entregarse a la pereza. Mañana, después de cenar, dormirá un par de horas en el camarote del velero y a eso de las doce o la una se hará a la mar. En solitario.

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