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Noticias y entrevistas

"Alatriste es un hombre sin fe pero con dignidad"

JAVIER RIOYO - 03/10/2002

Sevilla, 1626. A su regreso de Flandes, donde han participado en el asedio y rendición de Breda, el capitán Alatriste y el joven mochilero Íñigo Balboa reciben el encargo de reclutar a un pintoresco grupo de bravos espadachines para una peligrosa misión, relacionada con el contrabando del oro que los galeones españoles traen de las Indias. Los bajos fondos de la turbulenta ciudad andaluza, el corral de los Naranjos, la cárcel real, las tabernas de Triana, los arenales del Guadalquivir, son los escenarios de esta nueva aventura, donde los protagonistas reencontrarán traiciones, lances y estocadas, en compañía de viejos amigos y de viejos enemigos. Este es el hilo conductor de El oro del rey, cuarta entrega de Las aventuras del capitán Alatriste, una de las apuestas más esperadas de la temporada.

...Desde Sanlúcar de Barrameda y Sevilla, Arturo Pérez-reverte mantiene una conversación sobre su nueva novela y el contexto histórico de la España del siglo XVII.

¿Hasta esta Barra de Sanlúcar llegaban los barcos en el XVII?

Aquí es donde llegaba la flota de América, la flota anual de Indias, y aquí es donde pasaba la aduana, antes de subir a Sevilla. Esto se llenaba de galeones, de galeras, de barcos pequeños que traían mercancías. Era un mundo lleno de pícaros, de contrabandistas, de aduaneros, de funcionarios del rey..., y en este ambiente es donde el capitán Alatriste tiene la misión de rescatar, de forma extraoficial, un cargamento de oro que viene de América destinado al contrabando. Viaja por el Guadalquivir abajo, con sus amigos, con un grupo de gente reclutada en los bajos fondos, en las cárceles de Sevilla, y exactamente en este lugar de la Barra de Sevilla asaltan el galeón.

¿Cómo era la picaresca del mar?

En aquella época, como ahora, el contrabando era moneda de cambio diaria, y aunque había un control de aduana muy estricto, siempre había formas de eludirlo. De noche se descargaban en las orillas mercancías que no estaban declaradas. Todo se compraba y se vendía, los aduaneros estaban sobornados, había muchísima corrupción. Era un lugar en donde toda la vida marinera se daba cita. Por eso pensé que era un lugar muy adecuado para contar una parte o el final de la historia de este nuevo Alatriste.

En tu novela se oyen algunos lamentos sobre España: "La vieja perra, ingrata", dicen algunos que han venido de luchar en batallas por la patria.

El drama de Alatriste es el drama de muchos españoles en muchas épocas de su historia. Gente que ha tenido fe y ha luchado por la verdadera religión, como decían ellos, por la patria o por una idea, por la monarquía, en Flandes, en Lepanto o en donde sea, y a su regreso a España se dan cuenta de que lo que han hecho no vale para nada, y que todo sigue en manos de los de siempre, los curas fanáticos, los ministros corruptos, los reyes incapaces, los aristócratas analfabetos, miserables y corruptos también. Esa terrible lucidez de la conciencia de ser de un país con tan pocas posibilidades de futuro ya se daba en el siglo XVII; esa especie de desilusión, de desencanto, sobre la España oficial y la España real.

Contar la Historia. "Atrevióse el inglés de engaño armado, porque al león de España vio en el nido".

El oro del rey empieza con el segundo asalto inglés a Cádiz, que fue un fracaso para los ingleses, afortunadamente. El conde Lester no pudo conquistar Cádiz, no pudo incendiarla ni saquearla esa vez. El enorme imperio español luchaba solo contra Inglaterra, contra Francia, contra Holanda, contra el turco, contra todos. Decía Quevedo: "Y es cierto, España, en muchos modos, que lo que a todos les quitaste sola te pudieron a ti sola quitar todo". También quería contar eso, cómo España, un imperio en decadencia, estaba cercada de enemigos y también de hombres como Alatriste, hombres como los soldados de Flandes... Algunos de ellos intentaban mantener todavía los restos de ese imperio que se desmoronaba. Contar esa tragedia, esa lucha estéril en la cual España se desangró económica, social y humanamente también. Ese es el fondo de El oro del rey. Con esta serie trato de explicar lo que era España, utilizando como pretexto a Alatriste, sus aventuras, los espadachines, los lances y las peripecias de este personaje y sus amigos. De la misma manera que en El capitán Alatriste hablé de la política y la monarquía, en Limpieza de sangre de la Inquisición, la opresión y el fanatismo de la Iglesia, y en El sol de Breda de las guerras de Flandes y de cómo España luchaba en el exterior, con esta novela quiero contar cómo era la economía, cómo eran los mecanismos corruptos de la administración y cómo toda esa riqueza inmensa de América, todo ese oro que venía de las Indias se malgastaba en guerras y en los bolsillos de gentuza y de chusma que robaba cuanto podía.

Hay gente valerosa que se juega la vida y que incluso la da, a veces, por el rey, por una idea, gente que ha sido perseguida o no bien tratada como Francisco de Quevedo. En El oro del rey, Quevedo crece como personaje de una manera muy peculiar. Se sitúa más cerca de la monarquía o quiere conseguir favores.

Como todo español, Quevedo lo que quería era sobrevivir. Era un tipo muy digno, un tipo que me gusta mucho como personaje, por eso lo he hecho amigo del capitán Alatriste. Pero tenía sus contradicciones como todo el mundo. En una época halagaba a la monarquía, alababa al Conde Duque de Olivares. Era, digamos, poeta de corte, para entendernos. Después cayó en desgracia, pero tuvo una etapa en la que estuvo muy próximo a la monarquía y muy próximo al poder. Y no quería ocultar eso, porque eso lo hace más humano. En este episodio aparece un Quevedo un poco más negociador, más superviviente, que se justifica diciendo: "También la fortuna quiero que me sonría. Tantas veces me ha jugado malas partidas que esta vez quiero que me ayude". Quevedo me parece uno de los personajes más interesantes del Siglo de Oro, tiene lo mejor y lo peor. Tiene la mala leche, el rencor, el talento, la lucidez, el humor, la imaginación, es muy barroco, muy complejo, muy español.

Aquí vemos a un Quevedo que maneja la espada.

Es que Quevedo, a pesar de que era cojo por una deformación en los pies, tenía una gran habilidad con la espada. De hecho hay un episodio en el que le da una auténtica lección de esgrima a Pacheco de Narváez, un famosísimo maestro de este arte en la corte de Felipe IV que, por cierto, nunca le perdonará.

Los españoles éramos mejores en el abordaje, en el cuerpo a cuerpo. La estrategia no era lo nuestro.

El español era un buen soldado de infantería en el siglo XVII. Era, quizá, la mejor infantería de la época, hasta la derrota ante los franceses en Rocroi. Era muy bueno en el cuerpo a cuerpo, quizá porque el español tiene esa especie de rabia nacional que le hace defenderse bien con la navaja, en la distancia corta. A la hora de los combates navales siempre ganaban los ingleses, porque el inglés era marino, manejaba bien los barcos, la artillería, era gente preparada para el mar. El español buscaba siempre el combate de infantería, el abordaje, mientras que el inglés procuraba mantenerte lejos. De esa manera de combatir, de ese carácter del soldado de la infantería española, utilizo algunos elementos para contarlos en El oro del rey. Aunque España es un país marítimo que depende del mar -nuestro cordón umbilical con América-, aquí siempre se vivió de espaldas al mar. Quien tenía prestigio era el hidalgo, el soldado, el capitán, pero el marino estaba al margen. Por eso, poco a poco, los ingleses fueron desplazándonos, porque ellos sí procuraron pagar bien a los marinos y tener una marina potente, fuerte y experimentada. Esa fue una de las causas importantes de la decadencia de España en el siglo XVII, porque no supimos nunca mantenernos al día y perdimos la capacidad de mantener el dominio de los mares que Inglaterra sí obtuvo.

Este río -el Guadalquivir- y este mar -el Atlántico- han sido capitales en la historia de la conquista y del imperio. Eran la entrada y la salida de la riqueza, muchas veces desperdiciada en guerras inútiles o perdida en distintos caminos.

Era terrible, era el imperio más rico del mundo, y al mismo tiempo el más pobre. El oro y la plata que venía de América se desviaba a los banqueros genoveses que tenían endeudada a la monarquía. Se destinaba para pagar la guerra, incluso al enemigo. El oro pasaba por España pero no se quedaba. Quevedo lo explica muy bien en sus famosos versos Poderoso caballero es don Dinero: "Nace en Las Indias honrado, donde el mundo le acompaña, viene a morir en España y es en Génova enterrado", que yo utilizo para explicar la miserable riqueza de España. Eso hizo que aquí no se fomentara el comercio. Todo el mundo quería ser hidalgo, no pagar impuestos; decir: "mis abuelos eran Mendozas y Guzmanes". Nadie se ocupaba del trabajo, todos se daban aires de grandeza y eso es lo que hizo que España se desmoronara.

Paseando por las calles de Sanlúcar de Barrameda hemos visto una placa que recordaba una hazaña marina con nombres de marineros importantes de procedencia muy distinta, incluso italiana. Eran marineros vascos, catalanes, gallegos...

Basta mirar esta placa donde se cuenta la llegada de Elcano con los últimos supervivientes de la expedición de Magallanes en su viaje de vuelta al mundo, basta mirar en la memoria para darte cuenta de que todos estaban ahí desde el principio. Vascos, gallegos, catalanes, andaluces," todo lo hicieron entre todos. España no lleva 500 años, lleva 2000 años de memoria a cuestas y cuando se niega la existencia de España como entidad, como país o como lo que sea, me produce una amargura indecible porque es olvidar nuestra historia y nuestra memoria. Por eso los libros de Alatriste son mi grano de arena, es mi forma de decir "cuidado, hay que recordar y repasar la historia". España hizo muchas cosas terribles y muchas cosas infames, claro que sí, pero también hizo cosas magníficas, fue lo que nunca más llegó a ser otro país. Ni siquiera hoy Estados Unidos, comparativamente supone lo que fue España en su momento. Somos un pueblo viejo, que vivió y sufrió mucho, y sufrimos todos juntos, además. Juntos estuvimos en las trincheras de Flandes, en América, en Lepanto, en Constantinopla, en el norte de Africa... España es memoria, negarla es infame y recordarla es digno. Para mí, quizá, lo más digno que he hecho en mi vida, como escritor y como lector.

Tú escribes historias de ficción, pero en esta serie trabajas con un material muy cercano a la Historia, por ejemplo aquí asistimos a una traición del Duque de Medina Sidonia, el gran señor de esas tierras. ¿Qué hay de realidad y qué de ficción?

Por supuesto trabajo con la Historia, pero la meto dentro de mi propia imaginación, mis personajes y mis planteamientos. Una novela no es más que un pretexto para leer, y con Alatriste vuelvo a leer a todos los viejos autores y los viejos historiadores de la época. Coger a Quevedo, a Lope, a Mateo Alemán, al capitán Contreras y al Duque de Estrada, darles la vuelta y mezclarlos con mis personajes, es un placer singular y, posiblemente, la razón fundamental por la que escribo sobre el capitán Alatriste.

Cuentas historias del pueblo, pero te centras más en un tipo de gente aventurera, que quiere escapar de su dura realidad y se arriesga a dejarlo todo por una causa.

La perspectiva en España era muy triste. O te limitabas a envejecer, pagando impuestos a los señores feudales, desangrado por una aristocracia infame, por unos curas poderosísimos, por unos reyes absolutamente incapaces, o lo dejabas todo y te arriesgabas. Un tipo joven en aquella España decía: "bueno, ¿yo voy a seguir aquí, viviendo así como mis padres? No, me voy, o me matan o me hago rico". Y se iban a Flandes o a América. La terrible grandeza de esos personajes los hace apasionantes. Construyeron el Imperio por ambición, no por la patria, ni por la bandera, sino por ser ricos, por ser hidalgos, por no trabajar, por ser respetados, por volver a su pueblo siendo admirados. Eso tiene una grandeza cruel y terrible, y me sorprende que no se haya escrito más sobre ellos.

Algunos de los personajes llegan a ser unos triunfadores pero otros llegan derrotados, heridos, vencidos, pertenecen al mundo marginal o acaban en la cárcel. Asistimos a ese mundo barroco lleno de contrastes.

Había gente muy dura y peligrosa en una España muy violenta, más que ahora. Todo el mundo iba armado y eso creaba una especie de lumpen de la delincuencia que ya Quevedo, Lope, Cervantes y Mateo Alemán describen con mucha nitidez. Yo quería pasearme por ese mundo y contar cómo hablaban, la jerga que empleaban en la época, y sobre todo reconstruir esa especie de dignidad personal en la miseria, esa especie de grandeza en la crueldad. Era gente, además, que vendía a su madre por un doblón de oro, que mataba por un maravedí y, sin embargo, tenían códigos de lealtad a los amigos, códigos de dignidad personal, retorcida, pero su dignidad. Y a veces, uno encuentra más dignidad en esos personajes que en la gente aparentemente honorable. Mis años como reportero me han puesto en contacto muchas veces con ellos, y he descubierto que son más fieles a sus códigos que otra mucha gente.

Había lances en los que no sólo participaba la gente canalla, sino que también los caballeros se podían ver inmersos en esa vida peligrosa.

Había un tipo de espadachín, de buena familia, que era el joven aristócrata consentido, con privilegios, que sabía que era inmune a la justicia y que hiciera lo que hiciera no le iba a pasar nada. Jóvenes como los que ahora van con el coche y se pegan un golpe o se ponen hasta arriba de copas. Había episodios pintorescos, los soldados se enfrentaban con los corchetes, con la justicia, y a veces la justicia no se atrevía a salir a la calle porque estaban los soldados fuera, o los espadachines. Era un mundo tan violento y tan feroz que me sorprende que se perdiera en la literatura.

Apreciamos un cambio muy significativo en la figura del escudero Íñigo Balboa. Ha regresado de Flandes, se ha hecho más hombre y está ansioso por demostrarle a Alatriste que él también está preparado para los lances. Háblanos del cambio de Iñigo.

Íñigo ha crecido, ya tiene 16 años, ha estado en la guerra y está más curtido. Maneja la espada y la daga, y aprende esgrima gracias a Alatriste. Por tanto, ya se ve capacitado para enfrentarse a los enemigos y batirse a espada contra el siniestro Gualterio Malatesta. Pero también está Angélica de Alquézar, la hermosa jovencita menina de la reina, que también ha crecido y de la que él está enamorado. Con ella vive también sus lances sentimentales y lo arrastra a traiciones y a emboscadas en las cuales él está a punto de perder la honra y la vida.

Alatriste es un mercenario muy particular, las razones que le llevan al combate o la lucha o al enfrentamiento son muy distintas.

Alatriste es un sicario, es un mercenario, un espadachín a sueldo. Lo que pasa es que tiene sus códigos, su ética, su forma de ver el mundo. Él se bate para sobrevivir, le gustaría vivir tranquilamente con dinero y no tener que batirse con nadie, pero sólo tiene su espada y su valor, y como es su único capital con eso vive. Pero me gusta, me cae bien porque es un tipo que tiene dignidad y sabe mantener la compostura en los peores momentos.

La espada y la cruz están muy unidas en Alatriste.

Están unidas porque lo estaban en la época. En aquel tiempo era imposible separar religión de política, de guerra, de todo. El español era un tipo que tenía fe y, además, creía que degollando herejes se glorificaba a Dios. Eso es lo terrible y lo dramático de la época, se podía quemar a un hereje o degollarlo y no había remordimiento. Eso marcó mucho a España, la marca todavía, para lo bueno y para lo malo. Por eso me parece mal que quiten la religión de los colegios porque realmente estudiar la religión es una forma de entender también lo que fue España. En las novelas de Alatriste siempre procuro que, de una u otra forma, aparezca la Inquisición, el clero, como entramado político, además del espiritual.

Ahora estamos en una iglesia, uno de los muchos exponentes del barroco sevillano que se da de manera más uniforme, y que eran lugar de culto y también de refugio.

Lugares como este servían de asilo. Tú te batías en la calle, matabas, robabas, te perseguía la justicia y te metías aquí y te acogías a sagrado: "A Iglesia me llamo", decían los delincuentes de la época. Las iglesias eran lugares en los que, paradójicamente, se daban cita la escoria de la sociedad, los espadachines, los carteristas de entonces -que se llamaban bolsilleros-, los asesinos. Y era curioso porque de día vivían acogidos en las iglesias, en los claustros, en los jardines, y de noche salían a la calle a hacer sus fechorías. Cuando uno contempla una iglesia tan magnífica se da cuenta de que en aquella España, junto a todo lo miserable, lo infame y lo corrupto, hubo cosas hermosísimas. Cuando lees El lazarillo, el Guzmán de Alfarache, El Quijote o El buscón y te deprimes al ver qué desgraciada España tuvimos, después uno llega a lugares como este que lo reconcilian con la parte oscura de nuestra Historia.

A pesar de que lugares como este se hacen gracias al controvertido oro de América, como se cuenta en El oro del rey.

Sí, el oro se iba a Flandes, a Génova, se perdía en la corrupción, en mil recovecos, pero también parte de él, por suerte, se quedaba aquí y valía para dorar estos retablos magníficos. Eso es lo bueno que tiene la memoria, que si haces balance puedes compensar lo positivo con lo negativo.

Nunca vemos a Alatriste como creyente. Tenía algunos valores, creía en algunas cosas, pero no tanto religiosas.

Esa es una pregunta difícil, porque justamente procuro dejar eso en una zona de sombra a la hora de contar la vida de Alatriste. Era una España muy religiosa, pero Alatriste no es creyente, yo lo sé, aunque nunca se dice. Justamente Alatriste ha perdido la fe en todo, en la Patria, en la Bandera, en su rey, en la Religión, en Dios. De hecho, todos los personajes en mis novelas se caracterizan por la ausencia de fe, no religiosa, sino la ausencia de fe en general, en grandes ideas, en grandes palabras. Alatriste es uno de ellos y participa de ese criterio: es un hombre sin fe pero con dignidad, y eso lo justifica.

Describe al malísimo, Malatesta.

Yo le tengo un especial cariño a Gualterio Malatesta, el malvado espadachín italiano, el enemigo de Alatriste e Iñigo Balboa, porque es un malo de los que a mí me gustan, en realidad es un malo con maneras. Malatesta admira ciertas cosas en Alatriste y en Íñigo también, aunque los odia a muerte. A pesar de la rivalidad, hay también una especie de complicidad profesional. Ellos saben que son de la misma carda, de la misma madera y eso hace que el enfrentamiento entre ambos sea muy singular.

Hay otros personajes secundarios, como el funcionario eficaz que parece desmarcarse de esos tipejos de los bajos fondos, poco dados a trabajar.

Sí, es un personaje muy pintoresco. Se trata del contador Olmedilla, un funcionario real, un tipo de las aduanas reales, gris y honrado, que se dedica a llevar los balances y las contadurías. Es un tipo que tiene un gran sentido del deber, cosa extraña en la época, y que en un momento determinado se revela como un ser heroico.

En El oro del rey haces una serie guiños y juegas con el nombre de algunos personajes que tienen su importancia, como Saramago, el portugués...

A menudo hago guiños y bromas a los amigos en mis novelas y, a veces, a los no amigos. Aquí sale el novelista Juan Eslava Galán, gran amigo mío, que aparece como uno de los espadachines que recluta Alatriste. También aparece José Saramago, porque tengo con él una relación cordialísima, y de broma me dijo: "¿Por qué no me metes un día de personaje en la novela?" y dije: "voy a hacerlo". Alatriste recluta entre los espadachines de Sevilla, de los bajos fondos, a un portugués que se llama Saramago, que es asesino a sueldo para poderse pagar la publicación de un largo poema épico que escribe desde hace 20 años. En ese poema la península Ibérica se separa de Europa y flota en el Atlántico en una balsa de piedra tripulada por ciegos. Además es un espadachín que mientras se bate cita a Camoens, como no podía ser de otra forma.

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