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Noticias y entrevistas

"Trafalgar demuestra que la dignidad no la tienen los gobiernos, sino los pueblos"

CAPITANALATRISTE.COM - 12/10/2004

Pregunta: ¿Éste es un libro de encargo?
Respuesta: No, pero digamos que se juntaron el hambre con las ganas de comer. Alfaguara sabía que tenía previsto escribir algo sobre Trafalgar, porque es un tema que conozco y que me gusta y me divierte. Me preguntaron si lo quería escribir ahora y les dije que sí. Alfaguara me animó a hacer lo que tenía previsto a un plazo más lejano.

P: La batalla de Trafalgar sigue de actualidad, ¿no?
R: En este país se confunde historia con derechas y se cree que conmemorar una batalla es celebrarla. Pero conmemorar es recordar. En momentos como éstos de guerra en Irak y en muchos más lugares, cuando se cuestiona la Historia de España y las jóvenes generaciones están creciendo sin la menor referencia histórica porque les han desmantelado la palabra "historia" de los planes de estudio, palabras como Trafalgar o la Guerra de la Independencia son pretextos estupendos para mirar hacia atrás. Para comprobar que este sitio llamado España tiene una historia rica, variada, llena de desgracias y de cosas también hermosas y luminosas. Siempre digo que somos lo que somos porque fuimos lo que fuimos. Sin conocer la historia, lo que nos ha pasado, no se entiende lo que nos está pasando ahora. Por eso es tan útil, al margen de este libro, recuperar la historia. Lo triste es que los chicos tengan que recuperar en las librerías lo que ministros analfabetos les han quitado en los planes de estudio.

P: ¿Los historiadores se ocuparán de Trafalgar con motivo del bicentenario de la batalla?
R: Estaría muy bien. Éste es un país con una memoria de mierda, pero sería excesivo que el año que viene no se recuerde Trafalgar. Los ingleses y los franceses van a hacerlo. La batalla no puede pasar inadvertida. Y no sólo por el combate, sino por lo que significa, por lo que implica sobre nosotros mismos, sobre nuestra historia, sobre nuestra memoria, sobre nuestro presente.

P: ¿Qué lugar ocupa Trafalgar dentro de la historia española?
R: Trafalgar es una ignominia, es uno de los puntos de mayor abyección y bajeza española. Godoy, que es un político miserable y servil, manda a la muerte a un montón de hombres que no tienen nada que ver con él para complacer a Napoleón. Eso es tan español que da asco reconocerlo. Pero Trafalgar también demuestra que la dignidad no la tienen los gobiernos, sino los pueblos. Incluso con políticos indignos y canallas hay pueblos que dan lecciones de dignidad. Eso ocurrió en el 11-M y ha ocurrido un montón de veces, como en Trafalgar. Esa gente que ha subido a los barcos sin tener experiencia, reclutada en las tabernas, en las cárceles y en los hospitales como carne de cañón, luego pelea con una habilidad y un coraje increíbles.

P: ¿Qué muere en Trafalgar?
R: En Trafalgar termina el siglo XVIII, el de la Enciclopedia y la Ilustración, y muere una cierta España que pudo ser algo, una España ilustrada y culta que echaron a perder los curas fanáticos, los ministros incapaces y corruptos y los reyes estúpidos. Contábamos con marinos estupendos, con un prestigio extraordinario, y con barcos magníficos, pero no teníamos tripulaciones porque el sistema político de entonces había hecho que la gente no tuviera ninguna motivación para estar en el mar: te engañaban, te manipulaban, no te pagaban... Cuando fueron al matadero, a muchos marinos les debían seis o siete pagas atrasadas que después las viudas tardaron años en cobrar.

P: ¿Desde cuándo le atrae la batalla de Trafalgar?
R: He nacido junto al mar, en Cartagena, y toda mi vida ha estado relacionada con los barcos y con la historia naval. He hecho maquetas de esos barcos, debo de tener trescientos o cuatrocientos libros de la época... En realidad, de lo que yo sé de verdad es de navíos del siglo XVIII, aunque hasta ahora no había escrito nunca sobre ello.

P: "Es privilegio del novelista manipular la historia en beneficio de la ficción", aclara al final del libro. Sin embargo, ¿no es éste uno de sus libros mejor documentados y más rigurosos con los hechos históricos?
R: Todos lo están. Lo que pasa es que hay libros que te permiten mayor juego, mayor libertad. En Cabo Trafalgar estoy más limitado que en la serie de Alatriste, por ejemplo, porque durante la batalla todo ocurrió de una manera concreta y está documentado. Combinar el rigor histórico y náutico con un relato asequible a un público de ahora ha sido muy divertido, pero también muy duro.

P: ¿Por qué?
R: En toda novela, como dice mi amigo Juan Eslava Galán, hay que construir un andamio, como al hacer una casa. Un andamio técnico, histórico y de documentación muy sólido y complejo. Y debajo de esta historia hay muchísimos datos y muchísima información que sostienen la novela, pero que no se ven. Durante un año una investigadora muy eficiente, Eva de Blas Martín-Merás, estuvo buscándome en los archivos de marina españoles todos los documentos directos sobre Trafalgar: los partes de batalla, los estados de fuerza, las provisiones de cada barco, las tripulaciones... Y en Francia, la librera Michele Polak me proporcionó muchas obras fundamentales para conocer la visión francesa de la batalla. Con ese andamio, he hecho una novela de doscientas cincuenta páginas y he quitado todo lo que no era imprescindible para la historia.

P: Da la impresión de que ha querido que el léxico naval empleado no constituya un obstáculo para la lectura.
R: Claro, ésa es la cuestión: mantener el toque novelesco y utilizar toda esa terminología, correcta y en su sitio, pero al mismo tiempo lo bastante trufada con el lenguaje coloquial para que ningún lector se vea entorpecido. Para hacer que toda esa información histórica y náutica fuese más digerible para el lector, recurrí sobre todo a un humor negro, desgarrado, con mucha mala leche.

P: ¿Por qué el narrador utiliza palabras como espidigonzález?
R: Este libro está lleno de anacronismos deliberados, es muy informal, muy contemporáneo. Yo quería que fuese un relato muy ameno. La historia es terrible, desolada, tremenda, tan española y tan negra que da náuseas pasear por ella; toda la podredumbre y la demagogia de este país tan desgraciado a veces se manifiesta en Trafalgar. Recurrí a ese tono anacrónico, contado con palabras y con guiños de ahora, para que el ritmo fuese fluido. El lector dirá si funciona o no.

P: El lector, además, podrá comprobar que el autor de este libro fue corresponsal de guerra.
R: Hay algo evidente: a mí no me han contado cómo es un combate, cómo es el olor de la sangre o el ruido de las balas. Sé cómo habla, cómo respira, cómo se mueve la gente en combate. Y he visto que el héroe no es más que una mezcla de cabreo y de dignidad. En Trafalgar, hombres engañados y manipulados pelearon de forma tan heroica que los partes ingleses después de la batalla elogiaron su valor.

P: Sin embargo, también hubo cobardes.
R: Sí, no todo el mundo se portó igual. Cuando miras los documentos y estudias la batalla ves que varios barcos franceses no pelearon, porque se largaron sin combatir, y que un par de barcos españoles y alguno más francés apenas combatieron. Basta comparar los cuatrocientos ochenta y siete muertos del barco francés Redoutable, el que se enfrenta con el Victory, o los cien muertos que tiene a bordo el San Juan Nepomuceno, que manda Churruca, con los siete heridos que tiene el San Justo, que manda el capitán de navío Gastón. Hubo leña para todos, y el que no tuvo leña fue porque no quiso. Aunque la mayoría de los españoles se batió con una bravura increíble.

P: ¿Cabo Trafalgar es una novela coral?
R: Sí. Hay cuatro puntos de vista para dar un panorama de la batalla y para que el lector se sienta dentro de un barco, para que sienta la compleja forma de manejar un navío de guerra y vea cómo se desenvuelve cuando llega el combate: el de un capitán francés que manda una balandra de señales y ve la batalla prácticamente desde fuera; después, en el navío protagonista de la novela, el punto de vista del comandante, para dar la visión de conjunto, elevada de la batalla; el de un guardiamarina, para ofrecer la visión media, del joven en combate; y el de un marinero de la chusma, reclutado a la fuerza, que no se entera de nada más que de los cañonazos que están disparando.

P: En esta novela, ¿sigue la estela del Trafalgar de Galdós o de Patrick O'Brian?
R: Las novelas de O'Brian me encantan, como he dicho muchas veces, y por supuesto están en el imaginario de cualquiera que se ponga a escribir un libro naval. Pero O'Brian, que habla de la marina inglesa, que no tiene nada que ver con la nuestra, nunca ha escrito sobre Trafalgar. Galdós sí que tiene una gran influencia en este libro. La suya es la obra maestra sobre Trafalgar. Cualquiera que escriba sobre la batalla tiene que tenerla presente. Aunque Galdós hizo un libro más completo en cuanto a costumbrismo: habla de Cádiz, de la vida de entonces, de la política nacional..., y la batalla la cuenta de una manera más general. Yo quería contar el combate naval, técnica e históricamente. Me circunscribo a un pedazo más pequeño de lo que aborda Galdós, y así puedo intensificar más la dosis de rigor histórico y técnico en la batalla.

P: Y después de este relato naval, ¿qué viene?
R: Tengo una novela en marcha. Hace tiempo que estaba con ella en la cabeza y he empezado a escribirla.

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