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Noticias y entrevistas

¡Oh capitán, mi capitán!

JUAN CARLOS PAREDES | Revista de literatura infantil y juvenil - 10/1/2007

Alguno me llamará loco, lo sé, pero necesito asentar desde ya las bases de mi postulado: la serie de Las aventuras del capitán Alatriste de Arturo Pérez-Reverte, es el acierto narrativo más logrado en España desde aquellos textos milagrosos a cargo de nuestros áureos escritores del XVI y el XVII; y la más inspirada y caprichosa invención literaria desde el Sherlock Holmes del gran Sir Arthur Conan Doyle y los maravillosos folletines de Alejandro Dumas (padre). De hecho, el corpus de los cinco relatos del cartagenero, por cuyas venas circula la ajada pero apasionada tinta de aquellos autores, podría calificarse como una feliz e instintiva mezcla entre las aventuras históricas de capa, espada y corte con las que Dumas dosificó por entregas a arrojados mosqueteros del rey, condes vengativos y tulipanes negros, y el ambiente, los personajes y el habla de la cainita España de Calderón, Cervantes, Lope o, más concretamente de aquel Madrid de los mentideros, las bulliciosas calles regadas con el "agua va" y los lances de honor: ya sean físicos con toledana y vizcaína en mano, ya fueran las agarradas literarias entre el conceptista Quevedo y el culterano Góngora.

Dicho lo cual, si lo ya declarado no permite dudar de que soy un rendido lector de Las aventuras del capitán Alatriste, quiero dejar claro también que el Alatriste (2006) de Agustín Díaz-Yanes es una estupenda película, un fresco épico e histórico raro y audaz en nuestra cinematografía y una adaptación digna y respetuosa con el espíritu del autor y, aunque de otros personajes, bien es cierto, no podría decirse lo mismo (a esto iremos más tarde), fiel hasta el último resuello con ese hombre poco piadoso, pero muy valiente, interpretado magistralmente por Viggo Mortensen. Pero de igual manera sería de menguados negar que los febriles diletantes de las novelas nos hemos encontrado con una versión incomprensiblemente reducida y algo incompleta; pero de esto, supongo, poca culpa tendrá Díaz Yanes. Empaquetar cinco libros en dos horas y media era misión más que imposible. Además de innecesaria. Y poco ambiciosa, pues si su recorrido por la taquilla no se desvía mucho del cauce impuesto por el primer fin de semana, los productores en breve recuperarán el dinero invertido y empezarán a ganar antes y más de lo que esperaban. Allá ellos y que con su pan se la coman. Lo cierto es que lo que hubieran podido ser varias películas, pulidas y bien hilvanadas, ha resultado un único largometraje, interpretado a la perfección y ambientado con rigor y buen gusto, pero que, debido a las numerosas elipsis a las que Díaz Yanes se ve obligado a recurrir, al espectador profano en la obra de Pérez-Reverte le parece confeccionado a retales, mientras que el curtido en las andanzas del capitán soldado sufre como insuficiente y de alguna manera mutilado.

La adaptación
Si esto fuera una crítica cinematográfica, les aseguro que jamás afirmaría lo que a continuación voy a teclear, me centraría en lo que me han contado y no pediría cuentas por lo que no existe en la pantalla, pero como aquí prevalece el asunto literario, entro un poco más al detalle de la adaptación. Señalado ya lo laudatorio en líneas anteriores, diré, amparado por la razón del modo más objetivo posible, que hay dos personajes que me chirrían: el de Garrote, final inapropiado encontró en aquella bodega rebosante de oro el compañero de armas del capitán en Flandes, y, sobre todo, el del conde de Guadalmedina, quien, en mi opinión, no se ajusta a la realidad literaria. Durante las primeras cuatro novelas, el grande de España Álvaro de la Marca respira amistad y admiración por el soldado que le salvó la vida años atrás en los Querquenes. En la película, sin embargo, mira por encima del hombro desde el principio al capitán Alatriste, es altivo, snob y no lo respeta: ¡un tonto, vamos!

Conste que, por otro lado, no me meto en las obligadas modificaciones en las historias de los libros, ni echo de menos a los personajes esquivados, tampoco entro en la caprichosa elección de Blanca Portillo para encarnar a Bocanegra, ni en el salto temporal de diez años que pega Íñigo, con lo que la relación entre el capitán y su protegido no será la misma que la referida en las novelas. Y es que Díaz Yanes se ha percatado de que el joven Balboa carga con la misma importancia o más que el propio Alatriste, pues además de narrador es protagonista. Esta feliz circunstancia ocurre también en las ambiguas páginas de La isla del tesoro del maestro Stevenson. También Jim es el narrador protagonista que termina ensombreciendo la gigantesca figura de John Silver. De hecho, tanto como de un duelo a espada del capitán, el lector es incapaz de pasar sin las memorables y perturbadoras escenas de amor/odio entre el chaval de Oñate y Angélica de Alquézar. De este modo, ahondando más en la referencia, Íñigo, como Jim, también flirteará, en el sentido más etimológico del término, con el enemigo. Reconozco, eso sí, pataleta absurda del que se hace una película distinta a la del director, que echo de menos los largos tirabuzones rubios y los ojos azules de la sobrina del Secretario Real, y más cuando el autor, sus razones tendría, lo ha venido recalcando dos o tres veces en cada novela entregada.

Entretenimiento y pedadogía
Bien sabido es que cuando Arturo Pérez-Reverte fue publicando su serie de novelas, declaró su decidida intención de ayudar a preservar la memoria histórica tras comprobar, anonadado (cortesía de la LOGSE), que un libro de texto de su hija apenas dedicaba página y media al Siglo de Oro español. Y lo ha cumplido. Sus novelas se han ido convirtiendo, y cada vez más, en episodios históricos de aquella España que, en lo primordial (mandamases corruptos, iglesia poderosa y sorda ante los gritos de la pobreza, vileza de alma, curiosidad morbosa por las vidas de otros, necedad ante el talento ajeno), poco ha cambiado. Si acaso, aquellos fueron años gloriosos en ingenios artísticos. Sobre todo, literarios: Calderón, Lope de Vega, Cervantes, Tirso, Quevedo, Góngora... se pasearon cerca. Aunque, demasiado alto anda el listón para hacer comparaciones, soy de los que ven siempre la botella medio llena y esta XXª centuria, que todavía atisbamos no demasiado lejos, no ha sido tampoco manca para la literatura en lengua española. Lo cierto es que, en cada aventura, Íñigo nos cuenta, con el idioma del Siglo de Oro o la germanía de los bravos y jaques que lo poblaron, sin estridencias grandilocuentes ni parrafadas catedralicias, partes incorruptas de nuestra historia, momentos de nuestra España que se quedan temblando en nuestras mentes, sacudidas al asimilar con nula dificultad la letra que, en las escuelas, con sangre debía entrar. Letra que casi nunca entró, por supuesto.

Pero no quiero que se me malinterprete. La colección de Las aventuras del capitán Alatriste, de la que por cierto existe una versión escolar, no es sólo aconsejable porque predique educando y nos suministre información, sino que, como en toda buena obra, su modelo creativo y estético trasciende el mensaje que su autor pretende a la vez divulgar. Lo atractivo de los hechos y su vocación pedagógica son inestimables en estas novelas, pero antes de percatarnos de estas dos virtudes poco artísticas, nos descubrimos ensimismados paladeando hasta la última palabra, memorizando la frase que la contiene, volviendo a leer sus brillantes hallazgos lingüísticos, repitiendo alguno de sus precisos diálogos, de los mejores que se han escrito, por cierto, en nuestro parnaso ibérico desde los aparecidos en El Quijote o El Buscón. Lástima, pues, no volver a los años púberes para saborear con aquellos ojos las versiones escolares del capitán Alatriste. Si nos hemos deleitado con más de treinta abriles cumplidos, imagínense lo que hubiéramos disfrutado cuando nos poseía el demonio de la curiosidad, cuando nuestra imaginación fecunda no requería de alas para volar, cuando la ingenuidad fluía caudalosa por nuestra mente, revelándose ésta incapaz de reprimir la emoción. Nada nos saciaba y todo, hasta el más insignificante de los acontecimientos, nos producía admiración y asombro. Porque, ¿cuántos de nosotros sufrimos el pomelazo histórico en nuestras caras con aburridos libros cuya función se limitaba a escupir datos y fechas que había que memorizar? ¿A cuántos de nosotros nos forzaron a leer en nuestra adolescencia o juventud precisamente El Quijote o El buscón sin ayuda, guía o notas? ¿Cuántos los terminaron y, lo que es más importante, los comprendieron? Recuerdo aquellas aburridas clases de literatura en las que el profesor se limitaba a preguntar el más recóndito pasaje de un libro para comprobar si habíamos cumplido con la dichosa lectura obligatoria, pero nunca nos explicó por qué y para qué el buen Sancho hace creer a su señor don Quijote que el Yelmo de Mambrino no era sino un "baciyelmo". Aunque, a decir verdad, lo que siento ahora es esa humana envidia literaria, que a menudo nos asalta a los librófagos, de los que se aprestan a tomar entre sus manos la primera entrega de la serie con la firme intención de adentrarse de nuevas en sus páginas, o de todos aquellos afortunados que están a punto de cerrar con satisfacción aquella primera escaramuza literaria, con la deslumbrante y vital conversación acaecida en las privadas dependencias de Olivares sabiendo que aún les quedan por delante cuatro volúmenes más. Pero nada puede evitar que anhele, desde luego, el día que Arturo Pérez-Reverte entregue por fin la sexta novela de la saga; y espero todavía más si cabe, con la ilusión del lector que relee una y otra vez la obra que le entusiasma, el momento mágico en que el tiempo y el silencio me permitan volver a sumergirme a pulmón libre en cualquiera de las aventuras del capitán Diego Alatriste y Tenorio.

* Juan Carlos Paredes estudió Filología Española en la Universidad Complutense de Madrid. Escribe sobre cine en la revista francesa L'Écran Fantastique (especializada en cine Fantástico) y, en España, en la revista Acción.

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