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Noticias y entrevistas

Arturo Pérez-Reverte: «Si el periodismo se hace literatura, se convierte en mal periodismo»

Jesús García Calero / ABC - 13/7/2020

La memoria viaja, y la máquina de escribir tableteaba en peligrosos campamentos y luego en sórdidos hoteles entre el sonido lejano de las metralletas y los morteros. Desde Chipre al Líbano, y de allí a la guerra de Eritrea, desde el ardiente Sahara a las gélidas Malvinas. La guerra que tenía que contarnos, realidad global y continua, le llevó luego al trópico: El Salvador, Nicaragua; y de vuelta a África: el Chad, Libia, Sudán, Mozambique, Angola, Túnez... Allí vio lo mejor y lo peor de los hombres. Perdió amigos del alma y años de tranquilidad. Finalmente, Rumanía, la guerra del Golfo y a los conflictos en los Balcanes. Después cerró la tienda. Aquel reportero «se extinguió», pero lo hizo leyendo, porque siempre llevaba un libro en la mochila. Vidas leídas sumaron profundidad a las experiencias vividas.

Cambió de piel. Desde 1991, su artículo de XLSemanal sellaba su compromiso con otro periodismo de ambición literaria, cultivada tras el éxito de sus primeras novelas -El húsar (1986), El maestro de esgrima (1988), La tabla de Flandes (1990) o El club Dumas (1993)-, pero lleno de las viejas memorias del reportero bélico. Como le pasó a Vasili Grossman, esa mirada inclemente y curiosa con la humanidad nutre su narrativa, más de una veintena de novelas que luego se verían enriquecidas con el ciclo de Alatriste -el descreído soldado de los Tercios que insufló amor por la Historia de España a varias generaciones- y la más reciente saga del espía Falcó, Lorenzo Falcó, cuyas misiones a ambos lados del frente de la Guerra Civil aún tienen mucho que decir.

Arturo Pérez-Reverte se documenta para escribirlas como aquel reportero, hasta en los más nimios detalles. Lo que comen, fuman, visten sus personajes está basado en hechos reales. Los gestos de otros tiempos vienen calcados de vivencias y lecturas, a partes iguales, de un mundo anterior a las bombillas. El espesor de la noche y la densidad de la sangre sólo los puede comparar quien los ha sentido, palpado, olfateado, mezclados en el peligro de algunas batallas.Esa es la llave, sólo así se pone en marcha la máquina del tiempo que también son sus libros. El Cavia del centenario es para un artículo suyo escrito en Londres, «La posada de Dickens», en el que aquel reportero lector que daba tumbos por el mundo y hoy se sienta en el sillón T de la Real Academia Española, levanta la piel de una ciudad, un río, como si fuera una página de Conrad con la que ya se tiene bastante intimidad para confirmar los ecos que flotan entre colillas y botellas vacías en el Támesis y que predicen la extraña sensación que es estar vivo. Porque también este ha sido uno de los lugares oscuros de la tierra.

-Un lector como usted tiene amigos entre los ilustres premiados con el Cavia... Entre ellos está Chaves Nogales, uno de sus autores más queridos.

-Sí. Que esté Chaves Nogales hace que uno se sienta especialmente bien.

-¿Hay en el viejo periodismo de sabor literario de tantas décadas atrás alguna virtud especialmente necesaria para los periodistas de hoy?

-Chaves Nogales era ya nuevo periodismo, no periodismo literario. El periodismo literario es otro género. Considero que cuando el periodismo se hace literatura es mal periodismo. Igual que cuando la literatura se hace periodismo, es mala literatura. Hay un género, el nuevo periodismo, el periodismo culto, especial, brillante, de firma y carácter, que es un periodismo que lo hace el personaje, como Chaves Nogales o Truman Capote. Pero es un género concreto y fácilmente reconocible. No es literatura. La literatura es la literatura. Y cuando se sitúa el periodista en la literatura es un mal periodista o le sale mal el trabajo.

-Esa confusión no es lo que necesitamos en los tiempos de las noticias falsas...

-No hay que mezclarlo, y menos que nada en un mundo como este, tan complicado, tan llamado a engaño, donde tan fácil es mentir como en el mundo actual. Conviene trazar muy claramente la línea entre una cosa y otra porque el lector puede tomar gato por liebre. Y eso es muy peligroso, en este momento más peligroso todavía.

-Lleva escribiendo su artículo «Patente de corso» en «XLSemanal» desde 1991. ¿Ve alguna evolución personal en esa página?

-Sí que la hay en un sentido. Yo tenía fe en muchas cosas cuando empecé a escribir estos artículos, de la que ahora carezco o se me ha ido templando. Los primeros eran más esperanzados. Para mí es muy triste mirarlos porque veo cosas que decía hace veinte años, por las que me hice en su momento muchos enemigos, ya que sonaban fuertes y pesimistas, mientras que ahora es más frecuente oírlas y se repiten tanto... Ahora prefiero no hablar yo de ellas. Se lo dejo a otros.

-El artículo premiado es casi un juego literario, donde la voz de Marlow se manifiesta, sin nostalgia, con una visión oscurecida del mundo, un desencanto. Recuerda cuando aparece en «El corazón de las tinieblas» y dice: «También este ha sido uno de los lugares oscuros de la tierra».

-Alguien que tenga mi biografía no puede tener una visión luminosa del mundo, es imposible. Nadie que se haya asomado a ciertos lugares puede ser optimista cuando mira el mundo. Uno está proyectando en el presente el pasado que conoce y, si además ha leído libros, se completa el contexto. A quien ha estado en ciertos lugares y piensa ahora en Conrad, Joseph Kessel o Chaves Nogales, no se le puede pedir una visión optimista de la vida. Precisamente porque conoce la vida. En mis artículos, supongo, se trasluce también eso.

-Entonces, ¿por qué volver a esos libros?

-Es evidente que no miro hacia atrás con nostalgia, miro hacia atrás y leo hacia atrás para tomar vitaminas, consuelos y alivios respecto a las partes del presente que no me gustan y las partes del futuro que me preocupan.

-¿Y hasta qué punto cambian nuestra percepción del presente o del futuro?

-El artículo premiado simboliza muy bien que, cuando leo y miro hacia atrás, la literatura es compañera del presente. No es lo mismo caminar por Madrid habiendo leído a Galdós que sin haberlo leído, o pasear junto al Támesis habiendo leído a Conrad que sin haberlo leído. Sicilia y Lampedusa, Roma y Virgilio, Tito Livio, Suetonio... Este artículo es importante porque demuestra para mí que las lecturas, el pasado bien digerido, como compañía y no como nostalgia, menos como rencor, le da al presente una riqueza extraordinaria.

-Hablamos de capas invisibles del mundo para alguien que no es lector.

-Es el mundo por el que se mueve el lector que lleva los libros en la cabeza y en la memoria. Ayuda a encontrar algún sentido. Por eso me da tanta pena que alguien no lea. No estoy de acuerdo con obligar a leer, cada uno que haga lo que quiera, pero me da pena aquel que va por el mundo sin haber leído por los lugares que pisa. Es privarte de lo mejor de la vida, de la comprensión y el enriquecimiento.

-Esa mirada, ¿se educa?

-Solo se educa de dos maneras: con vida y con lecturas. No hay otra forma. Las lecturas son vida, porque a un lector lúcido la lectura se le funde con la vida. Crea una especie de material que alimenta todo lo que haces. Si no lees renuncias a la comprensión. Como reportero, cuando fui a Beirut y la vi arder, estaba viendo Troya. Cuando estoy en los Balcanes pienso en Tintín y en Sildavia. No es un gozo estético. Es una comprensión, una interpretación y una intensa apropiación de los lugares en los que estás.

-La misión del periodismo es también esa.

-Que me perdone el jurado, pero para mí no es un artículo de un periodista, sino de alguien que, por haber sido periodista y lector, es lo que es ahora. Si hubiera sido sólo periodista, mi vida habría sido incompleta. Ser periodista y lector o lector y periodista... Porque yo me hice periodista por culpa de los libros. Yo quería ser lo que los libros contaban, y para eso me hice periodista como herramienta útil para serlo.

-En pasado...

-Ya no soy un periodista. Yo era un reportero, una variedad concreta. Esa vida me dejó un montón de cosas. Cuando escribo hoy no es el periodista el que está contando, el periodista hace mucho tiempo que se extinguió. El que escribe es el resultado del periodista más el lector, más el novelista. Todo eso.

-¿El periodismo no hace más falta que nunca?

-Para contestar haría falta otra entrevista. Así que responderé en mi discurso del Cavia.    

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