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Críticas

Amor y aventuras, pasiones e intrigas

Ángel Basanta – El Cultural (El Mundo) - 07/12/2012

‘El tango de la Guardia Vieja' es una extraordinaria novela de amor y aventuras, pasiones e intrigas, sentimientos, traiciones y reencuentros que abarcan cuatro décadas del convulso siglo XX representadas en tres tiempos y lugares fascinantes. El primero se sitúa en 1928, cuando el prestigioso músico Armando de Troeye viaja con su mujer a Buenos Aires por una apuesta en la que se comprometió con Ravel a superar su ‘Bolero' en un tango memorable. En el transatlántico aparece un apuesto bailarín profesional cuya perfección en el tango lo llevará a formar un singular triángulo amoroso con el matrimonio. Desde su baile nocturno de un tango sin otra música que la nacida en sus cabezas, en el salón desierto del barco, la bella, inteligente y turbia Mecha Inzunza y el guapo, elegante y canalla Max Costa quedarán encendidos en una pasión amorosa que no se apagará ni en sus largas separaciones. El segundo encuentro se produce en la Riviera francesa en 1937, espacio cosmopolita entre cuya sociedad galante se han refugiado algunas familias adineradas españolas durante la Guerra Civil. Allí, entre Niza, Montecarlo y Antibes, Max queda envuelto en una intriga de espías italianos y españoles para robar unas cartas del conde Ciano al banquero Ferriol (trasunto apenas disimulado de Juan March), relacionadas con las primeras operaciones militares de la sublevación franquista y comprometedoras para el yerno de Mussolini. Y Mecha tendrá una presencia decisiva en su complicidad con Max. La tercera reunión de los amantes tiene lugar en Sorrento, en 1966, donde se juega un famoso torneo de ajedrez, previo al campeonato mundial, entre el ruso Sokolov, actual campeón, y el joven aspirante, Jorge Keller, hijo de Mecha. Y por allí aparece Max, retirado de sus imposturas en el mundo galante y dispuesto a asumir el reto de intentar volver a ser el que había sido.

Lo contado aquí es un pálido reflejo de la trepidante sucesión de aventuras, sorpresas y lances folletinescos, revelaciones y bien dosificadas escenas melodramáticas agrupadas en tres momentos y espacios, con la trágica historia del siglo XX como escenario teatral donde transcurren los hechos y nacen, se intensifican y entran en declive las pasiones. Todo está cuidado hasta el mínimo detalle en ambos planos. El fuego de la pasión entre los jóvenes amantes en Buenos Aires gravita en los dos momentos futuros. Es admirable la inmersión del narrador omnisciente en sus conocimientos de los orígenes plebeyos del tango auténtico, que ya solo perdura en boliches de arrabales porteños. De allí saldrá el Tango de la Guardia Vieja, motivo recurrente que, con otros como el collar de perlas de Mecha y el guante que ella pone en la chaqueta de Max, da unidad a la composición de la novela en tres tiempos y espacios separados por casi cuarenta años y miles de kilómetros.

Aquella pasión amorosa vivida en la juventud está evocada con melancolía por los amantes, ya sesentones, en 1966 en Sorrento. La narración alternante de ambos episodios intensifica el suspense, con nuevas revelaciones durante las partidas de ajedrez y el contraste entre la plenitud del amor pasado y la melancolía alimentada por el recuerdo ahora. Ambos momentos reciben atención privilegiada en la primera mitad de la novela. Y cuando ya la suspensión e intensidad de lo narrado en los dos tiempos alcanza un desarrollo climático suficiente, mayor en lo sucedido en 1928 y en plena intriga en lo de 1966, entra con atención preferente la guerra de espías en la Riviera francesa en 1937, donde se renueva la pasión amorosa entre los protagonistas.

De modo que, en la segunda mitad, predomina la narración alternante de estos dos últimos episodios, con la melancólica rememoración de la plenitud vivida en 1928 y la reiteración de espionaje y robos en 1937 y 1966, tal vez con alguna inverosímil facilidad en la resolución del perpetrado en Sorrento. En esta nostalgia del tiempo que fue y ya no es reaparece, una vez más, la figura revertiana del héroe cansado, tanto en la belleza marchita de Mecha como en la decadencia de Max. Y al fondo se dibuja el escenario cambiante de una Europa cuyo esplendor y elegancia serán barridos por la II Guerra Mundial. En ambos planos el autor ha desplegado sus mejores cualidades, tanto en la cuidadosa caracterización y evolución física, psicológica y moral de sus personajes, incluidos los secundarios, como en los diálogos, nerviosos y ajustados a cada situación, y en las brillantes descripciones de paisajes.

En suma, una novela de madurez, redonda, en la que se han reunido las mejores cualidades del autor, con una historia narrada sin desfallecimientos, siempre en tensión, con una prosa de suma eficacia narrativa en su riqueza y elegancia. Nadie como su autor domina el arte de contar para todos, seguido y bien, con las estrategias narrativas de siempre.    

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Críticas sobre los libros de Arturo Pérez-Reverte y su trayectoria literaria.

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