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Críticas

Pasión de escritor

JOSÉ MARÍA POZUELO YVANCOS | ABC.es - 04/3/2010

Hay una línea sutil que vincula a los personajes protagonistas de esta excelente novela: todos están embebidos en una pasión que les tiene ocupada la mente y el cuerpo. Rogelio Tizón, el comisario de policía de Cádiz, vive para resolver el extraño caso de las muchachas jóvenes asesinadas a latigazos, y si eso tiene que ver con las bombas caídas en el mismo lugar. Es como un jugador de ajedrez, su gran afición, estudiando el movimiento de las piezas, sin descansar hasta ganar la partida. Simón Desfosseux, el capitán francés que dirige la artillería de las tropas napoleónicas sobre la ciudad de Cádiz, estudia una y otra vez las parábolas, los materiales, el viento, obsesionado por perfeccionar su técnica. Lolita Palma, la naviera que dirige una compañía comercial heredada de su padre, vive dedicada al comercio, al que entrega lo mejor de una juventud que comienza a dejar de serlo. Y Pepe Lobo, el marino contratado por ella como corsario, empeña todo, incluso la vida, en la suerte de su misión, más allá de su desengaño.

Cuando el lector va siguiendo a estos personajes, sobre todo si conoce los títulos anteriores de Arturo Pérez-Reverte, se da cuenta de que también su autor realiza en esta novela una gran pasión, la del novelista que la ha concebido como un desafío al que entrega lo mejor de sí.

En vilo hasta el final. Parece como si Pérez-Reverte llevara años preparando El asedio, puesto que buena parte de su obra anterior confluye en esta novela: hay intriga por resolver un caso que mantiene en vilo al lector hasta el final; hay investigación pormenorizada, con libros de época donde cada información sobre viajes, sobre artillería o sobre botánica y especias ha sido contrastada; hay aventuras personales, en la indagación psicológica de la docena de personajes protagonistas. A lo que hay que añadir el ambiente de las calles sorprendidas en su luz, y olor, en distintos momentos y barriadas.

Dejo para el final decir que esta novela vuelve al dominio e interés creciente de Pérez-Reverte por el lenguaje, que ha sido cuidado con precisión de orfebre. Las formas de hablar de cada personaje, los proverbios o sentencias han merecido tanto cuidado como el que pone en cada objeto, que viene a la novela con su término cabal.

Sobre todas las cosas hasta aquí enumeradas, domina en El asedio otra pasión, la que el novelista consigue trasmitir por una ciudad: Cádiz. No es una ciudad como otra cualquiera. Y no lo es tampoco el momento elegido, 1811-1812, cuando en esa localidad se están celebrando las sesiones de las Cortes que habían de alumbrar la primera Constitución, la conocida como La Pepa, promulgada el día de San José de 1812.

Papel mojado. Permite esa circunstancia que la novela suscite una reflexión por aquella oportunidad perdida de los españoles, la de haber creado una España liberal, culta, moderna, la España que lamentablemente no pudo ser. Ahogaron aquella Constitución las mezquindades de una clase política, los caciquismos y clericalismos que la dejaron en papel mojado, y que en esta novela asoman ya en las discusiones parlamentarias, en las que resultan especialmente ricas las deliberaciones sobre la emancipación progresiva de las provincias de América.

Y están Francia e Inglaterra, disputándose la nueva primacía sobre el territorio español, la nación que tuvo la primacía antigua. No viene a esta novela tal mundo en su maniquea situación de buenos y malos, porque el novelista ha procurado que los franceses, a través de Simón Desfosseux, muestren un lado nada convencional, y que termina siendo muy complejo. Como complejos son la psicología y motivaciones de cada personaje.

No es una novela de asaltos y batallas, sino de lo que hay detrás de ellos, de lo que interesa a los comerciantes que fletan, a los oficiales que preparan un asedio y a los soldados que lo sufren. Pero, sobre todo, es una novela de lo que hay detrás de las fuerzas realmente en liza, que son las de la Historia.

Geografía recorrida. Cádiz no es una ciudad cualquiera porque, si nos fijamos bien, es un buen punto de llegada de toda la obra anterior de Pérez-Reverte; una ciudad donde política, navegación, comercio e intrigas políticas se dan la mano. Pero también es puerto de mar donde corsarios, prostitutas, marinos y comerciantes van distribuyéndose, desde la Caleta a la calle Ancha, desde San Francisco a la Puerta de Tierra, con una geografía que termina siendo recorrida como si esa otra pasión hubiera anidado en el novelista, que se ha visto atrapado por la vida de una ciudad, en parte imaginada, pero en otra mucha parte recorrida por cada rincón todavía vivo.

Pese a su extensión, es El asedio una novela llena de elementos no dichos, y de escenas que se esbozan o que esconden un deseo larvado (soberbia la manera como Lolita Palma abre la ventana y se deja empapar), o los matices de cómo se va produciendo un galanteo, o aquella lucha interior de la doble necesidad, la física y la de mantener las obligaciones del estatus (nunca deja de ser una señora...), la brega de la gente pobre (el Mojarra) por su sustento en el contrabando de la bahía...

Una novela extensa que, sin embargo, se lee sin poder dejarla. Porque ocurre con ella la vieja e impagable sensación dual que originan las buenas novelas: no tienes ganas de dejarla, pero al tiempo quieres que acabe para saber quién es el asesino; quieres avanzar, pero te da pena terminarla, porque estás a gusto en esta Cádiz de la Historia, que parecía que estuviera esperando a su novelista.

  • Valoración 4,8/5.
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Críticas sobre los libros de Arturo Pérez-Reverte y su trayectoria literaria.

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