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Críticas

Pérez-Reverte al desnudo

RAFAEL CONTE | El País - 07/6/2002

Como de tanto leer a Arturo Pérez-Reverte uno termina descubriendo mediterráneos (el mar que más le gusta) se me ha encendido una lucecita revelándome el sentido del apellido de su más famoso héroe. Pues vamos a ver, no es que "Alatriste" sea tan sólo un préstamo tomado del apellido de su amigo el escritor y editor mexicano Sealtiel ídem, sino toda una declaración de principios, los de la búsqueda del héroe fracasado, la nostalgia del triunfo pasado por la derrota -"¡hala! ¡triste! ¡sigue adelante en medio de tu tristeza, pues la victoria te enaltece si sigues peleando pese a todo en el interior mismo de todos tus fracasos!"-: los verdaderos héroes son los más tristes porque al final es la derrota quien otorga la heroicidad.

Sólo se trata, por tanto, de superar la tristeza mediante la asunción del dolor, y ello se repite en todas sus obras, tanto en la serie juvenil del capitán Alatriste como en su semiautobiográfico Territorio comanche (uno de sus mejores libros), sus textos breves (desde el ensayo perfeccionista de El húsar hasta el magistral texto de Una cuestión de honor o el más humorístico y explosivo de La sombra del águila); y al final, en sus más célebres y contundentes novelas serias, que con este nuevo título llegan a seis y se presentan ya a estas alturas como los mayores éxitos de ventas habidos en España en los últimos diez años. Y ello no es de extrañar, ya que Arturo Pérez-Reverte es hoy el novelista más perfecto de la literatura española de nuestro tiempo. Y digo el más perfecto en el sentido del más perfeccionista, del mejor profesional de todos. Esas cualidades profesionales que tanto brillan por ejemplo en la antigua narrativa anglosajona que Pérez-Reverte, pese a buscar sus raíces en el viejo folletín francés, ha sabido trasplantar entre nosotros con una contundencia total y sin perder por ello ninguna de sus más raciales y tradicionales virtudes. Este perfeccionismo, además, nos llega en su obra de abajo arriba, como si se tratara de una superación de sus aspiraciones literarias, no de una rebaja o degradación de sus propias condiciones. La carrera literaria de Pérez-Reverte nos llega como un camino ascendente, nace de la cultura tradicional, de un trasfondo de lecturas muy bien asimiladas, y que bien utilizado le presta esa capacidad de contagio y transparencia, de comunicabilidad, con una honradez a toda prueba: de ahí que en mi opinión su triunfo aplastante en el mercado haya sido siempre totalmente legítimo, pues a la vez nos llega dotado de ese sentido ético -la dignidad de la derrota- que acabo de exponer.

Pérez-Reverte, sin embargo, nos concede sus aventuras -pues de eso se trata, sus novelas cuentan aventuras como las de siempre, de Homero a Dumas- basadas en aventuras intelectuales que las enriquecen. Ordena El maestro de esgrima según los capítulos de un tratado de este histórico deporte, basa La tabla de Flandes en un cuadro histórico de dos personajes que jugaron otrora una partida de ajedrez, que habrá que jugar al revés para descubrir un crimen del pasado -al que se superpone una intriga contemporánea entre restauradores de cuadros- o en los medios de la bibliofilia y antigüedades y círculos aficionados a la obra de su admirado Alejandro Dumas en El club Dumas, o en ambientes eclesiásticos e informáticos en la historia de una iglesia que mata para no morir en La piel del tambor o nos cuenta el rescate de un tesoro hundido en el mar siguiendo pistas a través de mapas marinos históricos en La carta esférica. Seguir sus libros más largos y serios resulta así tanto o más sugestivo por sus intrigas basadas en enigmas culturales que en las aventuras físicas o normales que corren sus personajes, que muchas veces se resuelven revelando primero sus enigmas intelectuales o culturales. No es fácil saber de bibliofilia, jugar al revés al ajedrez, introducirse como un hacker en la informática vaticana, conocer la historia real de los manuscritos de Dumas, saber de restauraciones de cuadros o de la evolución de la historia de los mapas marinos, ya está, eso es lo que a mis ojos enriquece su sabiduría narrativa, tan bien construida siempre, tan exhaustivamente detallada, documentada y estructurada, hasta el punto de que, frente a todo ello, la historia real resulta más endeble y a veces hasta tópica.

Pues bien, hasta aquí hemos llegado ahora. La Reina del Sur prescinde de todas esas arquitecturas anteriores para contarnos una aventura de manera lineal y directa, sin -al menos en apariencia, pues las citas de los corridos mexicanos sólo le sirven para titular capítulos- las apoyaturas culturales de antes. Se trata de la aventura vital de una joven delincuente, Teresa Mendoza, mexicana de Sinaloa, compañera de un piloto dedicado al contrabando de droga, que traiciona y es asesinado por sus propios colegas, obligando a la muchacha a poner difícilmente pies en polvorosa, pues la violan mientras se defiende a tiros para no correr la misma suerte. Huye a España, a Melilla, donde trabaja de camarera, se lía con un gallego también narcotraficante y piloto de planeadoras marinas, se traslada a Gibraltar y Algeciras, ve morir a su compañero en un accidente que quizá sea criminal y va a dar con sus huesos al penal del Puerto de Santa María. Las aventuras se suceden a un ritmo frenético, que también permite a su autor mostrar sus habilidades lingüísticas en el lenguaje mexicano popular, donde efectúa verdaderos "ejercicios de estilo", y mostrar sus profundos conocimientos del hampa de aquel país y del narcotráfico multirracial, internacional y cosmopolita que transcurre en torno al estrecho de Gibraltar y que el competente periodista que es Pérez-Reverte, experto en guerras y batallas sin cuento, describe a la perfección, pues se trata de una novela escrita "desde fuera", ya que el propio Pérez-Reverte se presenta como un contrapunto persiguiendo la historia de su personaje, aquí no caben experimentos interiores que valgan, su modelo no es Proust sino Dumas.

Durante su estancia en la cárcel, Teresa Mendoza se revela como una buena cabeza, inteligente, fría y calculadora, se aficiona a leer (?) y descubre fascinada -entre otros libros que aquí se homenajean- la historia del Conde de Montecristo, que ella misma está repitiendo sin saberlo conscientemente: pues la suya es la historia de una venganza, pasada por la cárcel, con una iniciadora aristocrática que hace las veces de abate Faria con su tesoro a cuestas, lo que le permitirá al salir iniciar la(s) historia(s) de su(s) venganza(s). Teresa Mendoza es otro Alatriste (femenino), delincuente, eso sí, pero con el honor a cuestas de sus derrotas anteriores, que se salvará al final, lavará sus culpas ante la justicia -no sin la debida y frenética batalla final, que quizá, pese a su perfección, sea un pegote- y se desvanecerá en el horizonte como su admirado Edmundo Dantés, quizá en su caso con un hijo en su seno, aspirando a una posible paz, con las venganzas satisfechas, después de tanto delito, tanto crimen, tanto muerto, tanta traición, tantas mafias, intrigas y aventuras desmelenadas. Pasen y lean, el espectáculo está no solamente servido sino asegurado.

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Críticas sobre los libros de Arturo Pérez-Reverte y su trayectoria literaria.

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