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Críticas

Maestro en el arte de contar una historia

ÁNGEL BASANTA| El Cultural - 08/1/2004

Los hechos narrados en El caballero del jubón amarillo se localizan en el Madrid de los Austrias menores en torno al año 1626, con Felipe IV y el gobierno del imperio español en manos del poderoso valido el conde-duque de Olivares.

El marco histórico-cultural de lo contado en este quinto volumen de Las aventuras del capitán Alatriste se centra en el mundo del teatro, tras haberse inspirado los anteriores, respectivamente, en la estrategia política, la Inquisición, la guerra de Flandes y el oro de América. Así, El caballero del jubón amarillo comienza con el estreno de una comedia de Tirso en el Teatro de la Cruz, con asistencia de Alatriste y su amigo Quevedo, y termina con una escena de impronta teatral y posibilidades cinematográficas presidida por la gravedad del rey en su recompensa a Alatriste por haberle salvado la vida, aunque el desengaño y el pesimismo del barroco en que históricamente nos hallamos pongan en evidencia la falsedad de tan vistosas apariencias.

Este capitán Alatriste descubre ángulos oscuros y un poso de amargura que antes no afloraban en el valiente soldado victorioso de Italia y Flandes. Ahora se parece más a los héroes cansados de las novelas mayores de Pérez-Reverte, con profunda nostalgia del pasado, aunque hubiera que vivirlo en "el barro y la mierda de Flandes", como le dice un viejo colega bien situado ahora en la Corte. Esta percepción más negativa del soldado y espadachín a sueldo se debe también a que su joven paje Íñigo Balboa, narrador de la novela, ha crecido, tiene ya dieciséis años con cicatrices propias y se considera incluso "veterano de Flandes". Por eso en su relato, escrito desde la vejez pero con la visión de los hechos apegada al momento en que transcurren, revela que en sus experiencias compartidas con Alatriste no siempre le gusta lo que ve, pues "a medida que pasaba el tiempo y mis ojos se hacían más despiertos, yo veía cosas que habría preferido no ver". Todo ello conduce a un Alatriste más oscuro, pendenciero y matón, también más desengañado. Para lo cual el mundo del teatro proporciona el adecuado telón de fondo con sus apariencias y disfraces dispuestos para la representación. Aquella España iba camino de su decadencia. Y la serie de Alatriste pone ya los primeros signos a la vista, con un rey que no gobierna y se entrega a su afición a las mujeres y a la caza, con la corrupción política y social dominando el picaresco espectáculo español y con todo tipo de rencillas, maquinaciones y fechorías alimentadas por el arribismo.

La novela reúne una buena colección de lances, raptos, tercerías, emboscadas y conspiraciones que configuran una intriga construida con la habilidad característica de Pérez-Reverte, maestro en el arte de contar una historia con la precisa gradación climática, ajustando los momentos de suspense con nuevas informaciones al final de algunos capítulos para desarrollarlas en los siguientes, cuidando la plasticidad y la composición de algunas escenas distribuidas con acierto a lo largo de la novela por medio de la narración alternante del viaje de Alatriste a El Escorial para aclarar la falsedad de la acusación vertida contra él y las maniobras de Íñigo y Quevedo en su afán por salvar al capitán de las trampas que le han tendido sus enemigos. Así se llega hasta el clímax final en la reunión de todos en la finca de caza donde está a punto de consumarse la conspiración política en la que han participado los malvados Malatesta y Alquézar, con implicación de Angélica y sus encantos amorosos para enredar a Íñigo Balboa. Al cabo todo venía preparado porque la terquedad de Alatriste, siempre leal a su rey, no consentía, en cambio, en tener que ceder al capricho real los favores de la actriz con la que él se solazaba. Por eso el teatro es marco propicio para ambientar esta historia de amores y venganzas, represalias y conspiraciones en la política de la época, odios y amistades en las letras de nuestro Siglo de Oro. Con mayor intensidad que en otras entregas anteriores, el estilo recrea la lengua del Siglo de Oro, con su léxico, modismos y frases hechas, numerosos versos e incluso algunas voces de germanía, todo ello bien integrado en un texto de suma eficacia narrativa.

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Críticas sobre los libros de Arturo Pérez-Reverte y su trayectoria literaria.

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