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Críticas

Una espada en el Madrid de los Austrias

JOSÉ LUIS CHARCAN| La Razón - 15/11/2003

Con el capitán Alatriste está ocurriendo algo parecido a lo que les ocurrió a Arthur Conan Doyle con Sherlock Holmes o a James Mathew Barrie con Peter Pan, que el personaje prevalece por encima del autor. Pues aunque Arturo Pérez-Reverte sabe guardar las distancias, pocos lectores hay que no asocien inmediatamente su nombre al de Diego Alatriste y Tenorio. A mí me parece bien que un personaje o un libro trascienda al propio creador. Sobre todo si ese libro que difumina al escritor ha operado positivamente en los lectores. Todo producto cultural, y el libro es la unidad funcional y estructural de la cultura, debe mover lo que se encuentra entre las sienes. Eso, y no otra cosa más compleja, es la cultura: mover el pensamiento, ofrecer nuevos puntos de vista, romper los esquemas preestablecidos y ayudar a construir otros que nos hagan crecer, salir del terruño para intentar pasearnos por las estrellas, mirar al otro y no ver a un enemigo si antes no hablamos con él. En fin, esas cosas que parecen tan evidentes pero apenas se practican. Dicha función la cumplen los libros de Pérez-Reverte con estricta honestidad.

Otra cosa es la difusión extraliteraria que suelen alcanzar ciertos personajes. El capitán Alatriste ya está en cómic, en juegos de rol y ya hay proyecto cinematográfico, que posiblemente se prolongue en serie televisiva. Esta difusión mediática que sólo beneficia al autor puede llegar a ser nociva para la creación por el riesgo que se corre de desvirtuarla. Yo nunca hubiera aprobado una adaptación al cómic que incide en un dibujo cercano a la caricatura. Las aventuras de Alatriste son oscuras, violentas y cargadas con una intención crítica que dignifica un género denostado tradicionalmente por quienes tienen la potestad en España de sentar cátedra sobre qué es la buena y la mala literatura. En un reciente congreso sobre literatura contemporánea de Castilla y León (de infausto recuerdo porque salieron a relucir todos los prejuicios que un estudioso, por mediocre que sea, no se debería permitir) se habló ocasionalmente de Pérez-Reverte. Su nombre se citó a propósito de la oposición, inventada y falaz, entre una literatura comercial y otra literaria (término redundante) o excelsa (término evidentemente excesivo). Se compararon los libros de John Grisham y los de Pérez-Reverte como ejemplos de libros que se venden bien porque se leen bien, aunque, eso sí, a los de Pérz Reverte hay que considerarlos un punto superiores a los de Grisham, decía el ponente, por no sé qué razones, subjetivas tenían que ser puesto que no había leído, seguro, ninguna de las novelas del americano. Yo siempre digo que las comparaciones, y más entre escritores, son odiosas además de ociosas.

Las novelas de Pérez-Reverte pueden figurar, sean comerciales o no, sin ningún complejo entre las más destacadas de las que la literatura española produce actualmente. Que lleguen al gran público con facilidad no es demérito, sino habilidad de escritor curtido en muchas guerras y las dedicadas a glosar las andanzas de ese soldado de fortuna de nombre sonoro e inolvidable, sin acudir a excusas más o menos justificativas del estilo "trascienden al género", significan la recuperación del placer de leer aventura en estado puro.

La quinta entrega, "El caballero del jubón amarillo", nos presenta al capitán Diego Alatriste (por el escritor mexicano Sealtiel Alatriste, gran amigo de Pérez-Reverte) y Tenorio (porque no podía un personaje como éste sustraerse a la esencia de lo transgresoramente hispánico encarnado en ese mito universal que es Don Juan Tenorio) envuelto en una oscura trama para atentar contra el rey Felipe IV. Alatriste vuelve al Madrid de las dos primeras novelas -después estuvo en el sitio de Breda y luego en Sevilla tras la pista de un cargamento de oro de las Indias- a ese Madrid, no tan distinto del actual, de las calles peligrosas que conducen a bocas de lobo donde la pericia con la espada y el valor de un soldado que se ha codeado con la muerte demasiadas veces son las únicas garantías de vida, ese Madrid mítico donde los enamorados raptan a sus damas, los genios no son inmunes a los odios (Quevedo contra Góngora ya vencido, Lope contra Cervantes ya muerto) y donde una mujer puede ser la línea que marca el abismo sin fondo del olvido o del recuerdo enfangado que los poderosos maquinan para los hombres como Alatriste.

Entre los lances de capa y espada, de verso y comedia o de caricia y alcoba, Pérez-Reverte expone una visión de España cargada de pesimismo que, al igual que la Villa y Corte, se puede trasladar a estos días del siglo XXI. Cortesanos del XVII que hoy se han convertido en políticos que se aplican con el mismo ahínco que sus antepasados a saquear, nunca a administrar, el dinero público, eslabones inevitables en una cadena que incluye a los que cambian de chaqueta cuarenta veces a lo largo de su arrastrada vida por conseguir un poco más de dinero e influencia. Ésos eran los peticionarios de privilegios que hoy están representados en una nauseabunda estirpe caracterizada por su presunción de haber corrido delante de los grises, primero, y, con el paso del tiempo, llegar a ponerse detrás de un político imbécil para lustrarle el trasero con la lengua y de paso convertirse en un delincuente cultural con patente de corso.

Con esa imagen de España y de ciertos españoles que, para desgracia de los demás, suelen ser los que detentan el poder, no es de extrañar que los lectores, todos, nos identifiquemos con un soldado de oscuro pasado, negro presente y futuro sin sol. En la recta moralidad de su entorno poco ejemplar encontramos eso que tan poco abunda ahora y que, sólo como palabra, se encuentra en los planes de estudio de nuestro deficiente sistema de enseñanza: ética.

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Foto de Arturo Pérez-Reverte

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Críticas sobre los libros de Arturo Pérez-Reverte y su trayectoria literaria.

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