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Críticas

Poesía de la experiencia

JOSÉ PERONA | La Verdad de Murcia - 08/3/2006

¿Por qué no huelen los cadáveres en las fotos de guerra? ¿Entorpece el dolor el encuadre? ¿Por qué no suena en las fotos el machete entrando en la carne una y otra y otra vez, mientras desgarra venas, tejidos y huesos?

Ingenuas cuestiones de alguna asignatura de periodismo, modelo Arco o Pasarela Cibeles, claro, que se convierten en lanzaderas de grandes silencios y desencadenan una dura, abismada, helada, y sin embargo humana, demasiado humana, tensión entre el fotógrafo de batallas Andrés Faulques y el muchacho de una de las fotos, el croata Ivo Markovic, que vuelve de la vieja foto para ajustarle las cuentas a la buena y muy bien pagada conciencia del fotógrafo apasionado por los encuadres y la perfección técnica de Occidente, hasta que tiró una foto «con objetivo Leica de 55 milímetros, 1/25 de exposición, 5.6 de diafragma, película blanco y negro».

Les estoy hablando de El pintor de batallas, de Arturo Pérez-Reverte. Léanla como si fuera una meditación. Una reflexión sobre la fotografía occidental de guerra. Sobre la guerra fotografiada por Occidente. O sobre la simetría que gobierna el presunto azar. Por ejemplo, la fama del fotógrafo en Occidente y la fama del mecánico croata y el precio de la fama cuando uno sale en una foto al azar y, al estar casado con una mujer serbia, las consecuencias atronadoras que tiene en la alfombra roja...de Vukovar. (página 60, 11 líneas).

Y, claro, cuando Occidente está desorientado, declinando, que dicen los franceses, vuelve la vista atrás. En este caso, a la pintura.

Y ante el fresco de la vieja torre, en esas aguas que vieron la gloria y la derrota de Troya -«Nadie debería irse sin dejar una Troya ardiendo a sus espaldas»- en ese mar que desde ahora sé por qué siempre me recordó a la Laguna Estigia, dos vidas se enfrentan ante una especie de resumen occidental de la pintura de guerra, convertida para unos en una técnica y para otros en una vida. Occidente ignora que detrás de una foto hay una vida. O una muerte. «Mientras hay muerte, hay esperanza».

Y entre el recuerdo de la pintura de guerra -Ucello, Goya, los pintores mexicanos, y la lava del volcán del Dr. Alt- el fotógrafo y el croata entablan una conversación, que, entre verde óxido de plomo, siena natural, gris payne, naranja de cadmio y bermellón, azul prusia y un collage final, se desarrolla a intervalos y a la que el lector asiste como si fuera un final de partida, una purificación. De la memoria, de la fotografía, del sentido -si lo hubiere- de ambas vidas. Ahora, el pintor es veraz. Y la pintura no miente.

Es posible que a los lectores habituales les vengan a la memoria -intertextualité, dicen los cursis- otras obras de Arturo sobre la pintura y los territorios comanches. Incluso la mujer de ojos glaucos, otra Nikon convertida en turista de élite en las guerras, abrazada a su penúltima descreencia. No importa. Lo que aquí se juega es una batalla de ajedrez, un ajuste de cuentas, un descenso a los infiernos compartidos del horror. Me recuerda aquella frase de Corazón de tinieblas: el horror, el horror. 11 líneas, 11, de la página 60 de la novela, son suficientes para entenderlo. Esas 11 líneas concentran la definición del Efecto Mariposa. Y hay varios ejemplos más. Exactos como la herida de una navaja rota, azarosos como las víctimas del franco tirador chetnick, reales como los prisioneros y los cocodrilos de la página 118ss.

Ahora comprendo mejor por qué no le encuentro belleza al alba, a pesar del ronroneo de los poetas románticos, vivos y muertos.

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Foto de Arturo Pérez-Reverte

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Críticas sobre los libros de Arturo Pérez-Reverte y su trayectoria literaria.

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