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Críticas

Arturo Pérez-Reverte, en el corazón de las tinieblas

JOSÉ MARÍA POZUELO YVANCOS | ABC - 03/3/2006

Arturo Pérez-Reverte ha dado con esta novela un enorme giro a su trayectoria de artista, que había cumplido ya altas cotas de buen hacer narrativo, en el oficio de contar historias, algo que sabe hacer como muy pocos. Hasta los más reticentes (que quedan) en considerarlo un buen escritor, tal cosa sí le conceden. Pues esos mismos han de quedarse perplejos ante El pintor de batallas, porque Pérez-Reverte da un paso más allá, quizá el decisivo de su carrera de escritor, al haberse propuesto a sí mismo el salto hacia un gran asunto universal, que supera con mucho las historias base de su literatura anterior, para entregarnos una novela reflexiva, de ideas.

En un estadio de madurez que alcanza su sazón, la novela se enfrenta a dos grandes cuestiones: la guerra y la representación. Como si fuese un diálogo platónico (creo que el griego está en el fondo de esta novela), muestra otra vez el mito de la caverna, pero para plantearse nada menos que si son decibles, representables, el horror, la iniquidad, la barbarie de todas las guerras, que acaban por resultar siempre una y la misma. Es el rostro de la derrota, pero también es la pregunta sobre si ese rostro puede ser representado, fotografiado.

Elementos autobiográficos
No resulta suficiente decir que hay elementos autobiográficos en el protagonista, el fotógrafo de guerra apellidado Faulques. Bastará con el guiño que nos hace en la página 82 sobre su nacimiento en una ciudad minera del Mediterráneo, sus reflexiones posteriores ante el desolado paisaje de Portman, etc., y el hecho por todos conocido de los muchos años que gastó el autor como reportero de guerra, que parecen haberle esperado hasta ahora, para darle la oportunidad de su sedimento artístico. Todos los detalles enumerados bastan para trazar una familiaridad posible entre el autor y el protagonista. Pero es lo externo y quizá sea lo de menos.

Más importante parece que el personaje Faulques, uno de ésos, como Jaime Astarloa, bien creados, de los que le salen redondos, está enfermo, cansado, desengañado, todo lo ha visto, y quiere, en el umbral de su final, explicarse el horror, trazar la geometría del caos, la partitura de la maldad humana, dibujar el perfil del límite, bajar otra vez al corazón de las tinieblas, y como hizo Conrad (y luego Coppola), preguntar por el sentido.

Es aquí donde interviene el otro gran ingrediente de la novela: la reflexión sobre el sentido de la representación, en una época dominada por la técnica de la designación, por la dimensión mostrativa. ¿Cómo decir la iniquidad? ¿Se puede mostrar todo? Y si se hace, ¿desde qué legitimidad? Hay algo maligno en la fotografía de guerra. O en la de cualquier expresión de lo horripilante. ¿Recuerdan ustedes la fotografía del buitre asediando al niño africano a punto de expirar? ¿Qué hizo el fotógrafo? Un clic que le llevó a la fama y al Premio Pulitzer.

El horror en un rostro
Faulques, el personaje de esta novela, ha recibido muchos premios semejantes, por fotos de rostros derrotados, de horrores sintetizados, apresados en una instantánea, como la que le hizo en la guerra serbo-bosnia al otro personaje, Markovic, quien años después viene a pedirle cuentas, establece con él un diálogo sobre el sentido y responsabilidad de su gesto, y le anuncia que por aquella foto, que le destruyó la vida, ha venido a matarle.

Ésa es casi la única tensión que la novela se permite. Ésa y las memorables páginas con escenas de guerras fotografiadas; algunas hay de verdadera antología, que pasarán a ser recordadas por las mejores salidas de su pluma. Recuerdo como ejemplo el capítulo 15, los muchachos croatas con su maestro, o poco después el niño serbio en el estadio, ¡qué soberbia pincelada! Tales escenas son retrospectivas, se van entrometiendo entre el diálogo de Faulques con Markovic, diálogo que se convierte así en una estructura marco y cuyos antecedentes contados sirven para ofrecernos la historia personal de ellos, y de Olvido, la amada del protagonista. He de lamentar que ese personaje esté bien trazado sólo a partir del capítulo 12, en que cobra su dimensión verdadera, habiendo pagado antes un precio excesivo, cedido al estereotipo, y al dibujo de una idea de mujer, más que una mujer, de la entidad de Teresa Mendoza, por ejemplo. Pero tal personaje y algún declive por exceso didactista en el diálogo entre el yugoslavo y el fotógrafo (págs. 216-217) son máculas menores, en el conjunto de una novela que me parece la más importante de las suyas.

Golpe de muerte
He ido hablando de pincelada, dibujo, pintura, etc., porque quizá el ingrediente que explica toda la novela está por reseñar: Faulques y el narrador, que ha ido repasando las obras maestras que ha dado el arte de la fotografía (pág. 226), se preguntan por la razón de que, salvo excepciones (el Guernica de Picasso), la pintura de la guerra no vaya más allá cronológicamente de Goya, y que la fotografía asestara un golpe de muerte a la representación pictórica de las batallas, que tenía en su haber muchas obras pictóricas clásicas aquí recorridas, saboreadas, perseguidas, desde Ucello hacia adelante, con esa precisa información que el autor muestra tener sobre las artes de la pintura y la fotografía.

Faulques ha decidido volver del fotograma al pincel, y trazar con él lo que no pudo hacer la fotografía, la geometría del caos, pintando un gran fresco, donde se representa aquello que la fotografía mostrativa, la designativa, no ha podido alcanzar, y sí quizá pueda hacerlo el arte pictórico (metonimia del literario). Pérez-Reverte, con estas reflexiones sobre el arte de la representación, ha pasado a ponerse a él y a su oficio como tema. Su oficio antiguo, el de reportero de guerra, y su oficio nuevo, el de artista. ¿Cómo contar el mal, cómo designarlo, cómo hacerlo arte? Y ¿cómo comprenderlo? ¿Hay una ética posible en la representación del mal? En ese sentido he dicho diálogo platónico sobre la guerra y sobre la representación. Porque en ambas se comprometen las raíces profundas de lo humano, incomprensible, sin otra geometría posible que la que el arte sea capaz de ordenar.
Me parece su libro de mayor calado. No será desde luego el que más guste a la inmensa mayoría, pero sí servirá para confirmar lo que ya se veía venir, quizá desde El maestro de esgrima, su progresiva pesquisa en la dimensión de autoconciencia, de saberse artista. A Pérez-Reverte parece que se le ha ido quedando pequeño el oficio de ser el mejor narrador de aventuras que tenemos. Ahora ha querido serlo también de otra aventura distinta, la decisiva: la de quien ha escrito sobre la guerra y se ha metido en el cuadro, para que el caos tenga su geometría, su tablero de ajedrez y su sentido. Porque el artista sabe que ciertas cosas solamente desde el arte pueden decirse.

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Foto de Arturo Pérez-Reverte

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Críticas sobre los libros de Arturo Pérez-Reverte y su trayectoria literaria.

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